domingo, 5 de julio de 2015

Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del S...

Domingo VI después de Pentecostés (San marcos
cap. 8, versículo 1 al 9)  
        
























Adorado seas, Jesús, Cordero de
Dios, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios oculto en el Santísimo
Sacramento del altar. Adorado seas en la eternidad, en el seno de Dios Padre;
adorado seas en el tiempo, en el seno de la Virgen Madre; adorado seas, en el
tiempo de la Iglesia, en su seno, el altar Eucarístico. Adorado seas, Jesús, en
el tiempo y en la eternidad.
El significado sobrenatural de
la multiplicación de panes y peces

  El milagro de la multiplicación de panes y
peces demuestra la condición divina de Jesús, puesto que sólo Dios, Creador de
todo cuanto existe, y por lo tanto, creador también de la materia, tiene el
poder suficiente para crear, de la nada, la materialidad de los panes y de los
peces, con los cuales alimenta a más de cinco mil personas.
        
Al realizar estos milagros, Jesús proclama, con obras, su condición de Dios
Hijo, dando al mismo tiempo un signo irrefutable para creer en Él -en sus
afirmaciones de ser Dios Hijo, igual en dignidad y poder a Dios Padre-, de
manera tal que ya no se pueda, a partir de estos signos sobrenaturales, dudar
de sus palabras. Es lo que Él les dice a los fariseos: “Si no me creéis a Mí,
creed al menos en mis obras”.
        
Quien se cierra a la evidencia de los milagros, difícilmente podrá acceder al
Reino de los cielos.
        
Pero Jesús tiene otra intención, además de afirmar que Él es Dios: el milagro
de la multiplicación de panes y peces tiene por objeto prefigurar y anticipar
otro milagro, infinitamente más grande, el Milagro de los milagros, la
conversión del pan y del vino en su Cuerpo y en su Sangre.
        
La multiplicación del pan inerte, sin vida, hecho de trigo y agua, que da sólo
sustento a la vida corporal, tiene por objeto prefigurar y anticipar otro Pan,
no hecho de trigo y agua, sino de la Carne y la Sangre del
Hombre-Dios; un Pan Vivo, bajado del cielo, que contiene en sí la Vida eterna,
y que comunica de esa vida eterna a quien lo consume; un Pan que, más que dar
sustento a la vida corporal y terrena del hombre, le concede y le hace
partícipe de una vida nueva, la vida eterna del Hombre-Dios.
        
A su vez, la multiplicación de la carne muerta del pescado, cuya ingestión sólo
sirve para sustentar la vida corporal, anticipa y prefigura otro milagro, la
conversión del pan en la carne del Cordero de Dios, carne no muerta sino viva,
glorificada, llena de la vida divina, de la luz inextinguible, y de la gloria
eterna del Hombre-Dios.


        
En consecuencia, al leer y meditar el pasaje de la multiplicación de panes y
peces, el cristiano no puede guiarse por una mentalidad racionalista, negadora
de la realidad sobrenatural y de la condición divina de Jesús de Nazareth y de
sus signos, los milagros. En este caso particular, la negación del milagro de
la multiplicación de panes y peces, conduce a la negación del Milagro de los
milagros, la Eucaristía.

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