lunes, 29 de junio de 2015

Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del S...

SOLEMNIDAD DE LOS SANTOS APOSTOLES PEDRO Y PABLO

                                San
Pedro


(Simón o Simeón; Betsaida, Galilea, ? - Roma
?, h. 64/67). Apóstol de Jesucristo y primer jefe de su Iglesia. Era un
pescador del mar de Galilea, hasta que dejó su casa de Cafarnaúm para unirse a
los discípulos de Jesús en los primeros momentos de su predicación; junto con
él se unieron a Jesús otros pescadores de la localidad, como su propio hermano
Andrés y los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, todos los cuales formaron
parte del núcleo originario de los doce apóstoles.
  San Pedro carecía de estudios, pero pronto
se distinguió entre los discípulos por su fuerte personalidad y su cercanía al
maestro, erigiéndose frecuentemente en portavoz del grupo. A través de los
Evangelios puede trazarse un perfil bastante completo de su personalidad. Pedro
es sencillo, generoso e impulsivo en sus intervenciones, que a veces denotan
una incomprensión del auténtico mensaje del maestro. Jesús, por su parte,
muestra por Simón una predilección que aparece patente desde el primer
encuentro. Junto con Santiago y Juan, Pedro participaba en toda la actividad de
Jesús, asistiendo incluso a episodios íntimos de los que quedaban excluidos los
demás apóstoles. En Cafarnaúm, Jesús debió ser a menudo huésped de la familia
de la que procedía la mujer de Pedro.
El sobrenombre de Pedro se lo puso Jesús al señalarle como la «piedra» (petra en latín) sobre la que habría de edificar su Iglesia. En
Cesarea de Filipos, al nordeste del lago Tiberíades, tuvo lugar el episodio en
que San Pedro afirmó la divinidad de Jesús: "Tú eres Cristo, el Hijo de
Dios vivo" (Mat. 16, 16). Jesús juzgó la afirmación como efecto de una
iluminación de lo alto y confirió a Pedro la máxima autoridad:
"Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado
eso la carne y la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo
que tú eres Pedro, y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; las puertas
del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los
cielos. Y todo lo que atares sobre la tierra será también atado en los cielos;
y todo lo que desatares sobre la tierra, será también desatado en los
cielos" (Mat. 16, 17-19).

Personalidad impetuosa y sincera, San Pedro
tuvo también momentos de debilidad. Según el relato evangélico, San Pedro negó
hasta tres veces conocer a Jesús la noche en que éste fue arrestado, cumpliendo
una profecía que le había hecho el maestro; pero, arrepentido de aquella
negación, su fe ya no volvió a flaquear y, después de la crucifixión y la
resurrección, fue privilegiado con la primera aparición de Jesús y se dedicó a
propagar sus enseñanzas.
Tras la muerte de Jesús (hacia el año 30 d.
C.), San Pedro se convirtió en el líder indiscutido de la diminuta comunidad de
los primeros creyentes cristianos de Palestina por espacio de quince años:
dirigía las oraciones, respondía a las acusaciones de herejía lanzadas por los
rabinos ortodoxos y admitía a los nuevos adeptos (incluidos los primeros no
judíos).
Hacia el año 44 fue
encarcelado por orden del rey Herodes Agripa, pero consiguió escapar y abandonó
Jerusalén, dedicándose a propagar la nueva religión por Siria, Asia Menor y
Grecia. En esa época, probablemente, su liderazgo fue menos evidente,
disputándole la primacía entre los cristianos otros apóstoles, como Pablo o
Santiago. Asistió al llamado Concilio de Jerusalén (48 o 49), en el cual apoyó
la línea de San Pablo de abrir el cristianismo a los
gentiles, frente a quienes lo seguían ligando a la tradición judía.
Los últimos años de
la vida de San Pedro están envueltos en la leyenda, pues sólo pueden
reconstruirse a partir de relatos muy posteriores. Posiblemente se trasladó a
Roma, donde habría ejercido un largo apostolado justificativo de la futura sede
del Papado: la Iglesia
romana considera a San Pedro el primero de sus papas. Allí fue detenido durante
las persecuciones deNerón contra los cristianos, y murió
crucificado. Una tradición poco contrastada sitúa su tumba en la colina del
Vaticano, lugar en donde el emperador Constantino hizo levantar en el siglo IV la
basílica de San Pedro y San Pablo.
Las epístolas de San Pedro
Las dos epístolas de
San Pedro que se conservan forman parte, en el Nuevo Testamento, de las siete
epístolas llamadas católicas que siguen a las catorce de San Pablo. La primera
fue escrita en lengua griega, tal vez en el año 64, y va dirigida a los hebreos
dispersos del Ponto, de Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia. Está fechada en
Babilonia (V, 13), topónimo que, como en el
Apocalipsis, indica tal vez
Roma. Destaca en ella un parecido de pensamientos, de expresiones y de
enseñanzas con las epístolas de San Pablo. Enérgica, vehemente y densa en
sentencias, su estilo es conciso, elevado, autoritario y dulce a un mismo
tiempo.
El propósito de la carta es exhortativo. En
una primera serie de exhortaciones, San Pedro expone la dignidad del cristiano,
la sublimidad de su vocación y la santidad de la vida que debe ser su
consecuencia (I, 1-II, 10). Desde el capítulo II, 11 al IV, 6, con graciosas
comparaciones, el apóstol recomienda obediencia, paciencia, respeto a la
autoridad, amor a los enemigos y concordia entre los hermanos. La tercera y
última parte (IV, 7-V, 14) contiene instrucciones para una vida pura y santa,
primero para todos indistintamente y después para los pastores de almas en
particular. En toda la epístola está presente Jesús, con sus padecimientos y
sus consejos.
La segunda epístola, escrita aparentemente
unos meses después, se presenta como una continuación de la primera y va
dirigida a las mismas personas, según expresa el autor con las palabras
"He aquí la segunda carta que os escribo" (III, 1). Generalmente se
presume que San Pedro la dictó poco antes de su martirio, como se puede deducir
del apartado I, 14. En la primera parte (I, 1-21), San Pedro recuerda los
principios generales según los cuales deben los cristianos atenerse tenazmente
a la doctrina recibida y a la práctica de las virtudes. En la segunda (II,
1-22) condena máximas y costumbres de los falsos doctores, cuya perversión de
mente y corazón describe en fuertes términos y enérgico estilo. En la última
(III, 1-13), ataca los frívolos argumentos con que aquellos sectarios se
proponen desacreditar la doctrina de los fieles.


Las bellezas literarias abundan más en esta
segunda epístola que en la primera. El estilo es vigoroso, a menudo impetuoso,
y en toda ella se advierte una viveza especial y un esplendor impresionante de
metáforas. Cierta diversidad de estilo entre esta carta y la precedente ha
hecho dudar de su autenticidad; la
Iglesia
, sin embargo, la acogió en el canon tridentino,
incluyéndola entre las epístolas católicas del Nuevo Testamento.

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