martes, 30 de junio de 2015

Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del S...

SOLEMNIDAD DE LOS SANTOS APOSTOLES PEDRO Y PABLO

CONMEMORACION DEL APOSTOL SAN PABLO


 (Saulo de Tarso,
también llamado San Pablo Apóstol; Tarso, Cilicia, h. 4/15 - Roma?, h. 64/68)
Apóstol del cristianismo. Tras haber destacado como furibundo fustigador de la
secta cristiana en su juventud, una milagrosa aparición de Jesús convirtió a
San Pablo en el más ardiente propagandista del cristianismo, que extendió con
sus predicaciones más allá del pueblo judío, entre los gentiles: viajó como
misionero por Grecia, Asia Menor, Siria y Palestina y escribió misivas (las 
Epístolas) a diversos pueblos del entorno mediterráneo. Los
esfuerzos de San Pablo para llevar a buen fin su visión de una iglesia mundial
fueron decisivos en la rápida difusión del cristianismo y en su posterior
consolidación como una religión universal. Ninguno de los seguidores de
Jesucristo contribuyó tanto como él a establecer los fundamentos de la doctrina
y la práctica cristianas.
Biografía
Las fuentes
fundamentales acerca de la vida de San Pablo pertenecen todas al Nuevo
Testamento: los 
Hechos de los Apóstoles y las catorce Epístolas que se le atribuyen, dirigidas a diversas comunidades
cristianas. De ellas, diversos sectores de la crítica bíblica han puesto en
duda la autoría paulina de las llamadas cartas pastorales (la primera y segunda 
Epístola
a Timoteo
 y la Epístola
a Tito
),
en tanto que existe una práctica unanimidad en considerar la
Epístola a los hebreos como escrita por un autor diferente. Pese a la
disponibilidad de tales fuentes, los datos cronológicos de las mismas resultan
vagos, y cuando existen divergencias entre los 
Hechos y las Epístolas se suele dar preferencia a estas últimas.
Saulo (tal era su nombre hebreo) nació en el
seno de una familia acomodada de artesanos, judíos fariseos de cultura
helenística que poseían el estatuto jurídico de ciudadanos romanos. Después de los
estudios habituales en la comunidad hebraica del lugar, Saulo fue enviado a
Jerusalén para continuarlos en la escuela de los mejores doctores de la Ley, en especial en la del
famoso rabino Gamaliel. Adquirió así una sólida formación teológica, filosófica,
jurídica, mercantil y lingüística (hablaba griego, latín, hebreo y arameo).
No debía, sin
embargo, residir en Jerusalén el año 30, en el momento de la crucifixión de Jesús;
pero habitaba en la ciudad santa seguramente cuando, en el año 36, fue lapidado
el diácono Esteban, mártir de su fe. En concordancia con la educación que había
recibido, presidida por la más rígida observancia de las tradiciones
farisaicas, Saulo se significó por aquellos años como acérrimo perseguidor del
cristianismo, considerado entonces una secta herética del judaísmo.
Inflexiblemente ortodoxo, el joven Saulo de Tarso estuvo presente no sólo en la
lapidación de Esteban, sino que se ofreció además a vigilar los vestidos de los
asesinos.
La conversión
Los jefes de los
sacerdotes de Israel le confiaron la misión de buscar y hacer detener a los
partidarios de Jesús en Damasco. Pero de camino a esta ciudad, Saulo fue objeto
de un modo inesperado de una manifestación prodigiosa del poder divino:
deslumbrado por una misteriosa luz, arrojado a tierra y cegado, se volvió a
levantar convertido ya a la fe de Jesucristo (36 d. C.). Según el relato de los 
Hechos
de los Apóstoles
 y de varias de las
epístolas del propio Pablo, el mismo Jesús se le apareció, le reprochó su
conducta y lo llamó a convertirse en el apóstol de los gentiles (es decir, de
los no judíos) y a predicar entre ellos su palabra.


La conversión de San Pablo (óleo de Caravaggio, c. 1600)
Tras una estancia en Damasco (donde, después
de haber recuperado la vista, se puso en contacto con el pequeño núcleo de
seguidores de la nueva religión), se retiró algunos meses al desierto (no se sabe
exactamente adónde), haciendo así más firmes y profundos, en el silencio y la
soledad, los cimientos de su creencia. Vuelto a Damasco, y violentamente
atacado por los judíos fanáticos, en el año 39 hubo de abandonar
clandestinamente la ciudad descolgándose en un gran cesto desde lo alto de sus
murallas.
Aprovechó la ocasión
para marchar a Jerusalén y ponerse en contacto con los jefes de la Iglesia,San Pedro y los demás apóstoles, no sin
dificultades, porque estaba todavía muy vivo en la Ciudad Santa el
recuerdo de sus actividades como perseguidor. Le avaló en el seno de la
comunidad cristiana San Bernabé, que lo conocía bien y quizá era pariente suyo.
Regresó después a su ciudad natal de Tarso, en cuya región residió y predicó
hasta que hacia el año 43 vino a buscarlo Bernabé. A consecuencia de una
carestía que atacó duramente a Palestina, Pablo y Bernabé fueron enviados a
Antioquía (Siria), ciudad cosmopolita donde eran numerosos los seguidores de
Jesús (allí se les había dado por primera vez el sobrenombre de
"cristianos"), para llevar la ayuda fraternal de la comunidad de
Antioquía a la de Jerusalén.
El apóstol de los gentiles
En compañía de San Bernabé, San
Pablo inició desde Antioquía el primero de sus viajes misioneros, que lo llevó
en el año 46 a
Chipre y luego a diversas localidades del Asia Menor. En Chipre, donde
obtuvieron los primeros frutos de su trabajo, abandonó Saulo definitivamente su
nombre hebreo para adoptar el 
cognomen latino de Paulus, que llevaba probablemente desde niño
como segundo apellido. Su romanidad podía parecer oportuna para el desarrollo
de la misión que el apóstol se proponía llevar a cabo en los ambientes
gentiles. En adelante, sería él quien llevaría la palabra del Evangelio al
mundo pagano; con Pablo, el mensaje de Jesús saldría del marco judaico,
palestiniano, para convertirse en universal.
A lo largo de su predicación, San Pablo iba
presentándose sucesivamente en las sinagogas de las diversas comunidades
judaicas; pero esta presentación terminaba casi siempre en un fracaso. Bien
pocos fueron los hebreos que abrazaron el cristianismo por obra suya. Mucho más
eficaz caía su palabra entre los gentiles y entre los indiferentes que nada
sabían de la religión monoteísta hebraica. En este primer viaje recorrió,
además de Chipre, algunas regiones apartadas del Asia Menor. Creó centros
cristianos en Perge (Panfília), en Antioquía de Pysidia, en Listra, Iconio y
Derbe de Licaonia. El éxito fue notable; pero también fueron numerosas las
dificultades. En Listra escapó de la muerte sólo porque sus lapidadores
creyeron erróneamente que ya había muerto.


San Pablo curando a un lisiado en Listra (óleo de Karel Dujardin, 1663)
Entre el primer y el segundo viaje, San
Pablo residió algún tiempo en Antioquía (49-50 d. C.), desde donde marchó a
Jerusalén para asistir al llamado "Concilio de los Apóstoles". Las
cuestiones que iban a tratarse en el concilio eran de una gravedad difícilmente
concebible en nuestros días. Había que dilucidar la licitud de bautizar a los
paganos (algunos judeo-cristianos se oponían aún a tal iniciativa), y, sobre
todo, establecer o rechazar la obligatoriedad de los preceptos judíos para los
conversos que procedían del paganismo. El éxito de su labor evangelizadora
permitió a San Pablo imponer la tesis de que los cristianos gentiles debían
tener la misma consideración que los judíos; profundo expositor del valor de la Ley mosaica y de su
importancia histórica, San Pablo defendió que la redención operada por Cristo
marcaba el definitivo ocaso de dicha ley y rechazó la obligatoriedad de
numerosas prácticas judaicas.
El segundo viaje
evangélico (50-53) comprendió la visita a las comunidades cristianas de
Anatolia, fundadas unos años antes; luego fue recorriendo parte de la Galatia propiamente dicha,
visitó algunas ciudades del Asia proconsular y marchó después a Macedonia y
Acaya. La evangelización se hizo particularmente patente en Filippos,
Tesalónica, Berea y Corinto. También Atenas fue visitada por San Pablo, quien
pronunció allí el famoso discurso del Areópago, en el que combatió la filosofía
estoica. El resultado, desde el punto de vista evangelizador, fue más bien
exiguo. Durante su estancia en Corinto, donde estuvo en contacto con el
gobernador de la provincia, Gallón (hermano de Séneca), inició al parecer San
Pablo su actividad como escritor, enviando la primera y segunda 
Epístola
a los tesalonicenses
, en las que ilustra a los fieles acerca de la parusía o segunda
venida de Cristo y de la resurrección de la carne.
El tercer viaje (53-54-58) se inició con la
visita a las comunidades del Asia Menor y continuó también por Macedonia y
Acaya, donde San Pablo Apóstol estuvo tres meses. Pero como centro principal
fue escogida la gran ciudad de Éfeso. Allí permaneció durante casi tres años, trabajando
con un grupo de colaboradores en la ciudad y su región, especialmente en las
localidades del valle del Lico. Fue un apostolado muy provechoso, pero también
lleno de fatigas para San Pablo: culminaron éstas con el tumulto de Éfeso,
provocado por Demetrio, representante de los numerosos comerciantes que
explotaban la venta de las estatuillas-recuerdo de Artemisa. San Pablo,
refiriéndose a un episodio anterior, habla de una lucha con las fieras; es casi
seguro que la expresión es metafórica, pero convergen muchos indicios en favor
de la hipótesis de una auténtica prisión.


San Pablo Apóstol (detalle de un retrato de Rubens, c. 1611)
Desde Éfeso escribió
la primera 
Epístola a los corintios, en la que se
transparentan muy bien las dificultades encontradas por el cristianismo en un
ambiente licencioso y frívolo como era el de la ciudad del Istmo. Probablemente
se sitúa en la misma ciudad la redacción de la 
Epístola
a los gálatas
 y la Epístola
a los filipenses
, en tanto que la segunda Epístola a los corintios fue escrita poco después en Macedonia. Desde Corinto
envió el apóstol la importante 
Epístola a los romanos, en la que trata a
fondo la relación entre la fe y las obras respecto a la salvación. Con ello
pretendía preparar su próxima visita a la capital del imperio.

Últimos años
Sin embargo, los
hechos se desarrollaron de un modo distinto. Habiéndose dirigido Pablo a
Jerusalén para entregar una cuantiosa colecta a aquella pobre iglesia, fue
encarcelado por el quiliarca Lisia, quien lo envió al procónsul romano Félix de
Cesarea. Allí pasó el apóstol dos años bajo custodia militar. Decidieron
embarcarlo, fuertemente custodiado, con destino a Roma, donde los tribunales de Nerón decidirían sobre él. El viaje marítimo
fue, por otra parte, fecundo en episodios pintorescos (como el del naufragio y
la salvación milagrosa), y durante el mismo el prestigio del apóstol se impuso
al fin a sus guardianes (invierno de 60-61).
De los años 61 a 63 vivió San Pablo en
Roma, parte en prisión y parte en una especie de libertad condicional y
vigilada, en una casa particular. En el transcurso de este primer cautiverio
romano escribió por lo menos tres de sus cartas: la 
Epístola
a los efesios
, la Epístola a los colosenses y laEpístola a Filemón.


San Pablo escribiendo sus epístolas (óleo atribuido a Valentin de Boulogne, c. 1619)
Puesto en libertad,
ya que los tribunales imperiales no habían considerado consistente ninguna de
las acusaciones hechas contra él, reanudó su ministerio; pero a partir de este
momento la historia no es tan precisa. Falta para este período la ayuda
preciosa de los 
Hechos de los Apóstoles, que se interrumpen
con su llegada a Roma. San Pablo anduvo por Creta, Iliria y Acaya; con mucha
probabilidad estuvo también en España. De este período datarían dos cartas de
discutida atribución, la primera 
Epístola a Timoteo y la Epístola a Tito; también por
entonces habría compuesto la 
Epístola a los hebreos. Se percibe en
ellas una intensa actividad organizadora de la Iglesia.
En el año 66, cuando
se encontraba probablemente en la
Tréade
, San Pablo fue nuevamente detenido por denuncia de un
falso hermano. Desde Roma escribió la más conmovedora de sus cartas, la segunda 
Epístola
a Timoteo
, en la que expresa su único deseo: sufrir por Cristo y dar
junto a Él su vida por la
Iglesia. Encerrado
en horrenda cárcel, vivió los últimos
meses de su existencia iluminado solamente por esta esperanza sobrenatural. Se
sintió humanamente abandonado por todos. En circunstancias que han quedado bastante
oscuras, fue condenado a muerte; según la tradición, como era ciudadano romano,
fue decapitado con la espada. Ello ocurrió probablemente en el año 67 d. C., no
lejos de la carretera que conduce de Roma a Ostia. Según una tradición
atendible, la abadía de las Tres Fontanas ocupa exactamente el lugar de la
decapitación.
El pensamiento paulino
De forma imprudente se ha exagerado en
ocasiones la significación de la obra de San Pablo: algunos lo consideraron
como el auténtico fundador del cristianismo; otros lo acusaron de ser el primer
mixtificador del mensaje de Jesús. Es cierto que trabajó más que los demás
apóstoles y que, en sus cartas, sentó las bases del desarrollo doctrinal y
teológico del cristianismo. Pero su realmente meritoria labor, de la que él
mismo se sentía con razón orgulloso, reside en el hecho de haber sido
intérprete e incansable propagandista del mensaje de Jesús.
A San Pablo se debe, más que a los otros
apóstoles, la oportuna y neta separación entre cristianismo y judaísmo; y es
falso que tal separación se alcanzara mediante la creación de un sistema
religioso especial, que habría sido elaborado bajo la influencia de la
filosofía griega, del sincretismo cultural o de las numerosas religiones de
misterios. En el curso de sus viajes evangelizadores, San Pablo propagó su
concepción teológica del cristianismo, cuyo punto central era la universalidad
de la redención y la nueva alianza establecida por Cristo, que superaba y
abolía la vieja legislación mosaica. La Iglesia, formada por todos los cristianos,
constituye la imagen del cuerpo de Cristo y debe permanecer unida y extender la
palabra de Dios por todo el mundo.
El vigor y la
riqueza de su palabra están atestiguados por las catorce epístolas que de él se
conservan. Dirigidas a comunidades o a particulares, tienen todos los
caracteres de los escritos ocasionales. En ningún caso pretenden ser textos
exhaustivos, pero siempre son una poderosa síntesis de la enseñanza evangélica
expresada en sus más claras verdades y hasta sus últimas consecuencias. Desde
el punto de vista literario, debe reconocérsele el mérito de haber sometido por
primera vez la lengua griega al peso de las nuevas ideas. Su educación
dialéctica asoma en algunas de sus argumentaciones, y su temperamento místico
se eleva hasta la contemplación y alcanza las cumbres de la lírica en el famoso
himno a la caridad de la primera 
Epístola a los corintios.
Los escritos de San
Pablo adaptaron el mensaje de Jesús a la cultura helenística imperante en el
mundo mediterráneo, facilitando su extensión fuera del ámbito cultural hebreo
en donde había nacido. Al mismo tiempo, esos escritos constituyen una de las
primeras interpretaciones del mensaje de Jesús, razón por la que contribuyeron
de manera decisiva al desarrollo teológico del cristianismo (debido a la
inclusión de sus 
Epístolas, se atribuyen a San Pablo más de la
mitad de los libros del 
Nuevo Testamento).
Proceden de la interpretación de San Pablo
ideas tan relevantes para la posteridad como la del pecado original; la de que
Cristo murió en la cruz por los pecados de los hombres y que su sufrimiento
puede redimir a la humanidad; o la de que Jesucristo era el mismo Dios y no
solamente un profeta. Según San Pablo, Dios concibió desde la eternidad el
designio de salvar a todos los hombres sin distinción de raza. Los hombres
descienden de Adán, de quien heredaron un cuerpo corruptible, el pecado y la
muerte; pero todos los hombres, en el nuevo Adán que es Cristo, son regenerados
y recibirán, en la resurrección, un cuerpo incorruptible y glorioso, y, en esta
vida, la liberación del pecado, la victoria sobre la muerte amarga y la certeza
de una futura vida feliz y eterna. También introdujo en la doctrina cristiana
el rechazo de la sexualidad y la subordinación de la mujer, ideas que no habían
aparecido en las predicaciones de Jesucristo.
En llamativo contraste con su juventud de
fariseo intransigente, cerrado a toda amplia visión religiosa y celoso de las
prerrogativas espirituales de su pueblo, San Pablo dedicaría toda su vida a
"derribar el muro" que separaba a los gentiles de los judíos. En su
esfuerzo por hacer universal el mensaje de Jesús, San Pablo lo desligó de la
tradición judía, insistiendo en que el cumplimiento de la ley de Moisés (los
mandatos bíblicos) no es lo que salva al hombre de sus pecados, sino la fe en
Cristo; en consecuencia, polemizó con otros apóstoles hasta liberar a los
gentiles de las obligaciones rituales y alimenticias del judaísmo (incluida la
circuncisión).



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