miércoles, 1 de julio de 2015

Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del S...

SOLEMNIDAD DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE
DE CRISTO

¡Canta, lengua, el
misterio del Cuerpo glorioso y de la
Sangre
preciosa de Cristo; de esa Sangre, fruto de un seno
generoso, que el Rey de las gentes derramó para rescate del mundo: "in
mundi praetium"!

Pero, antes de que la
lengua cante gozosa y el corazón se explaye en afectos de gratitud y amor, es
necesario que medite la inteligencia las sublimidades del Misterio de Sangre
que palpita en el centro mismo de la vida cristiana.

Hay tres hechos que se
dan, de modo constante y universal, a través de la historia del hombre: la
religión, el sacrificio y la efusión de sangre.

Los más eminentes
antropólogos han considerado la religiosidad como uno de los atributos del
género humano. La función céntrica de toda forma religioso-social ha sido
siempre el sacrificio. Este se presenta como la ofrenda a Dios de alguna cosa
útil al hombre, que la destruye en reconocimiento del supremo dominio del Señor
sobre todas las cosas y con carácter expiatorio. Por lo que se refiere a la
efusión de sangre, observamos que el sacrificio -al menos en su forma más
eficaz y solemne- importa la idea de inmolación o mactación de una víctima, y,
por lo mismo, el derramamiento de sangre, de modo que no hay religión que, en
su sacrificio expiatorio, no lleve consigo efusión de sangre de las víctimas
inmoladas a la divinidad.

La sangre es algo que
repugna y aparta, sobre todo si se trata de sangre humana. Sin embargo, en los
altares de todos los pueblos, en el acto, cumbre en que el hombre se pone en
relación con Dios, aparece siempre sangre derramada.

Así lo hace Abel, a la
salida del paraíso (Gen. 4, 4), y Noé, al abandonar el arca (Gen. 8, 20-21). El
mismo acto repite Abraham (Gen. 15, 10). Y sangre emplea Moisés para salvar a
los hijos de Israel en Egipto (Ex. 12, 13), para adorar a Dios en el desierto
(Ex. 14, 6) y para purificar a los israelitas (Heb. 9, 22). Una hecatombe de
víctimas inmoladas solemnizó la dedicación del templo de Salomón.


Y no es sólo el pueblo escogido el que hace de la sangre el centro de sus
funciones religiosas más solemnes, sino que son también los pueblos gentiles;
en ellos encontramos igualmente víctimas y altares de sacrificio cubiertos de
sangre, como lo cuentan Homero y Herodoto en la narración de sus viajes.



Adulterado el primitivo sentido de la efusión de sangre, en el colmo de la
aberración, llegaron los pueblos idólatras a ofrecer a los dioses falsos la
sangre caliente de víctimas humanas. Niños, doncellas y hombres fueron
inmolados, no sólo en los pueblos salvajes, sino también en las cultas
ciudades. Y todavía, cuando los conquistadores españoles llegaron a Méjico,
quedaron horripilados a la vista de los sacrificios humanos. Los sacerdotes
idólatras sacrificaban anualmente miles de hombres, a los que, después de
abrirles vivos el pecho, sacaban el corazón palpitante para exprimirlo en los
labios del ídolo.

el hecho histórico,
constante y universal, del derramamiento de sangre como función religiosa
principal de los pueblos encierra en sí un gran misterio, cuya clave para
descifrarlo se halla entre dos hechos también históricos, uno de partida y otro
de llegada, de los que uno plantea el tremendo problema y el otro lo resuelve,
para alcanzar su punto culminante en el "himno nuevo", que
eternamente cantan los ancianos ante el Cordero sacrificado (Apoc. 7, 14), al
que rodean los que, viniendo de la gran tribulación, lavaron y blanquearon sus
túnicas en la Sangre
del Cordero (ibid.), y vencieron definitivamente, por la virtud de la Sangre, al dragón infernal
(cf. Apoc. 12, 11).



El pecado original
creó un estado de discordia y enemistad entre Dios y el hombre. Consecuencia
del pecado fue la siguiente: Dios, en el cielo, ofendido; el hombre, en la
tierra, enemigo de Dios, y Satanás, "príncipe de este mundo" (Jn. 12,
31), al que reduce a esclavitud.

En la conciencia del
hombre desgraciado quedó el recuerdo de su felicidad primera, la amargura de su
deslealtad para con el Creador, el instinto de recobrar el derecho a sus
destinos gloriosos y el ansia de reconciliarse con Dios.

¡Y surge el fenómeno
misterioso de la sangre! El hombre siente en lo más íntimo de su naturaleza que
su vida es de Dios y que ha manchado esta vida por el pecado original y por sus
crímenes personales. La voz de la naturaleza, escondida en lo íntimo de su
conciencia, le exige que rinda al supremo Hacedor el homenaje de adoración que
le es debido, y, después de la caída desastrosa, le reclama una condigna
expiación. Adivina el hombre la fuerza y el valor de la sangre para su
reconciliación con Dios, pues en la sangre está la vida de la carne, ya que la
sangre es la que nutre y restaura, purifica y renueva la vida del hombre; sin
ella, en las formas orgánicas superiores, es imposible la vida: al derramarse
la sangre sobreviene la muerte.

Por otra parte, si en
la sangre está la vida -vida que manchó el pecado-, extirpar la vida será
borrar el pecado. De ahí que el hombre, llevado por su instinto natural, se
decide a "hacer sangre", eligiendo para este oficio a "hombres
de sangre", como han llamado algunas razas a sus sacerdotes, para que, con
los sacrificios cruentos, rindan, en nombre de todos, homenaje y expiación a la
divinidad. Dios mostró su agrado por estos sacrificios (Gen. 4, 4; 8, 21) y
consagró con sus mandatos esta creencia al ordenar el culto del pueblo hebreo
(Lev. 1, 6; 17, 22).

La sangre, por
representar la vida, fue entonces elegida como el instrumento más adecuado para
reconocer el supremo dominio de Dios sobre la vida y sobre todas las cosas y
para expiar el pecado. Por eso Virgilio, al contemplar la efusión de sangre de
la víctima inmolada, dirá poéticamente que es el alma vestida de púrpura la que
sale del cuerpo sacrificado (Eneida, 9,349).

Pero como el hombre no
podía derramar su propia sangre ni la de sus hermanos, buscó un sustituto de su
vida en la vida de los animales, especialmente en la de aquellos que le
prestaban mayor utilidad, y los colocó sobre los altares, sacrificándolos en
adoración y en acción de gracias, para impetrar los dones celestes y para que
le fueran perdonados sus pecados. He aquí descifrado el misterio del
derramamiento de sangre. Su universalidad hace pensar si sería Dios mismo el
que enseñara a nuestros primeros padres esta forma principal del culto
religioso.

Los sacrificios
gentílicos, aun en medio de sus aberraciones, no eran otra cosa que el anhelo
por la verdadera expiación. Por eso se ofrecían animales inmaculados o niños
inocentes, buscando una ofrenda enteramente pura. Pero vana era la esperanza de
reconciliación con Dios por medio de los animales: no hay paridad entre la vida
de un animal y el pecado de un hombre (cf. Heb. 10, 4). Era inútil para ello la
efusión de sangre humana, de niños y doncellas, que eran sacrificados a
millares: no se lava un crimen con otro crimen, ni se paga a Dios con la sangre
de los hombres.

Quedaban los
sacrificios del pueblo judío, ordenados y queridos por Dios, pero en ellos no
había más que una expiación pasajera e insuficiente.

Los sacrificios
judaicos, especialmente el sacrificio del Cordero pascual y el de la Expiación, tenían por
fin principal anunciar y representar el futuro sacrificio expiatorio del
Redentor (Heb. 10, 1-9). Estos sacrificios no tenían más valor que su relación
típica con un sacrificio ideal futuro, con una Sangre inocente y divina que
había de derramarse para nivelar la justicia de Dios y poner paz entre Él y los
hombres (cf. Cor, 2, 17). Todo el Antiguo Testamento estaba lleno de sangre,
figura de la Sangre
de Cristo, que había de purificarnos a todos y de la que aquélla recibía su
eficacia. Los sacrificios del Antiguo Testamento eran, en efecto, de un valor
limitado, pues su eficacia se reducía a recordar a los hombres sus pecados y a
despertar en ellos afectos de penitencia, significando una limpieza puramente
exterior, por medio de una santidad legal, que se aviniera con las intenciones
del culto, pero que no podía obrar su santificación interior.

Por lo demás, Dios
sentía ya hastío por los sacrificios de animales, ofrecidos por un pueblo que
le honraba con los labios, pero cuyo corazón estaba lejos de Él (cf. Mt. 15,
8). "¡Si todo es mío! ¿Por qué me ofrecéis inútilmente la sangre de
animales, si me pertenecen todos los de las selvas? No ofrezcáis más
sacrificios en vano" (Is. 1, 11-13; 40, 16; Ps. 49, 10).



Para reconciliar al
mundo con Dios se necesitaba sangre limpia, incontaminada; sangre humana,
porque era el hombre el que había ofendido a Dios; pero sangre de un valor tal
que pudiera aceptarla Dios como precio de la redención y de la paz; sangre
representativa y sustitutiva de la de todos los hombres, porque todos estaban
enemistados con Dios. ¡Ninguna sangre bastaba, pues, sino la de Cristo, Hijo de
Dios!

Esta sola es
incontaminada, como de Cordero inmaculado (1 Petr. 1, 19); de valor infinito,
porque es sangre divina; representativa de toda la sangre humana manchada por
el pecado, porque Dios cargará a este, su divino Hijo, todas las iniquidades de
todos los hombres (Is. 53, 6).


El Santo Sacrificio de
Cristo en la Cruz
era necesario para la reconciliación del mundo con Dios, porque su Sangre era
inmaculada

Si los hombres
tuvieron facilidad para venderse, observa San Agustín, ahora no la tenían para
rescatarse; pero aún más, no tenían siquiera posibilidad de ello. Y el Verbo de
Dios, movido por un ímpetu inefablemente generoso de amor, al entrar en el
mundo le dijo al Padre: "Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me diste
un cuerpo a propósito; holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron;
entonces dije: Heme aquí presente" (Heb. 10, 5-7). Y ofreciendo su
sacrificio, con una sola oblación, la del Calvario, perfeccionó para siempre a
los santificados (Heb. 10, 12-14). Y el hombre, deudor de Dios, pagó su deuda
con precio infinito; alejado de Él, pudo acercarse con confianza (Heb. 10,
19-22); degradado por la hecatombe de origen, fue rehabilitado y restituido a
su primitiva dignidad. Se había acabado todo lo viejo; la reconciliación estaba
hecha por medio de Jesucristo; Dios y el hombre habían sido puestos cerca por la Sangre de Cristo Jesús.
Todo había sido reconciliado en el cielo y en la tierra por la Sangre de la Cruz (2 Cor. 5, 18-19; Eph.
2, 16; Col. 1, 20).

La sangre real de
Cristo (Lc. 1, 32; Apoc. 22, 16), divina y humana, sangre preciosa, precio del
mundo, había realizado el milagro. El rescate fabuloso estaba pagado.
"Nada es capaz de ponérsele junto para compararla, porque realmente su
valor es tan grande que ha podido comprarse con ella el mundo entero y todos
los pueblos" (San Agustín).

Pudo Jesucristo
redimir al mundo sin derramar su Sangre; pero no quiso, sino que vivió siempre
con la voluntad de derramarla por entero. Hubiera bastado una sola gota para
salvar a la humanidad; pero Jesús quiso derramarla toda, en un insólito y
maravilloso heroísmo de caridad, fundamento de nuestra esperanza.

¡Oh generoso Amigo,
que das la vida por tus amigos! ¡Oh Buen Pastor, que te entregaste a la muerte
por tus ovejas! (lo. 15, 13: 10, 15). ¡Y nosotros no éramos amigos, sino
pecadores! Jesucristo se nos presenta como el Esposo de los Cantares, cándido y
rubicundo; por su santidad inmaculada, mas blanco que la nieve; pero con una
blancura como la de las cumbres nevadas a la hora del crepúsculo, siempre
rosada por el anhelo, por la voluntad, por el hecho inaudito de la total
efusión de su Sangre redentora.


Las tres formas
legítimas de religión con las que Dios ha querido ser honrado a lo largo de los
siglos (patriarcal, mosaica y cristiana) están basadas en un pacto que regula
las relaciones entre Dios y el hombre; pacto sellado con sangre (Gen. 17,
9-10,13; Ex. 24, 3-7,8; Mt. 26, 8; Mc. 14, 24: Lc, 22, 20; 1 Cor. 11, 25). La Sangre purísima de
Jesucristo es la Sangre
del Pacto nuevo, del Nuevo Testamento, que debe regular las relaciones de la
humanidad con Dios hasta el fin del mundo.

Cada uno de estos
pactos es un mojón de la misericordia de Dios, que orienta la ruta de la
humanidad en su camino de aproximación a la divinidad: caída del hombre,
vocación de Abraham, constitución de Israel, fundación de la Iglesia.

Todo pacto tiene su
texto. El texto del Nuevo Testamento es el Evangelio en su expresión más
comprensiva, que significa el cúmulo de cosas que trajo el Hijo de Dios al
mundo y que se encierran bajo el nombre de la "Buena Nueva". Buena
Nueva que comprende al mismo Jesucristo, alfa y omega de todo el sistema
maravilloso de nuestra religión; la
Iglesia
, su Cuerpo Místico, con su ley, su culto y su
jerarquía; los sacramentos, que canalizan la gracia, participación de la vida
de Dios, y el texto precioso de los sagrados Evangelios y de los escritos
apostólicos, llamados por antonomasia el Nuevo Testamento, luz del mundo y
monumento de sabiduría del cielo y de la tierra.



Además, el Pacto lleva
consigo compromisos y obligaciones que Cristo ha cumplido y sigue cumpliendo, y
debe cumplir también el cristiano. Antes de ingresar en el cristianismo y de
ser revestidos con la vestidura de la gracia hicimos la formalización del Pacto
de sangre, con sus renuncias y con la aceptación de sus creencias.
"¿Renuncias?... ¿Crees?..., nos preguntó el ministro de Cristo.
"¡Renuncio! ¡Creo!" "¿Quieres ser bautizado?" "¡Quiero!"
Y fuimos bautizados en el nombre de la Trinidad Santísima
y en la muerte de Cristo, para que entendiéramos que entrábamos en la Iglesia marcados con la Sangre del Hijo de Dios.
Quedó cerrado el pacto, por cuyo cumplimiento hemos de ser salvados. “La Sangre del Señor, si quieres,
ha sido dada para ti; si no quieres, no ha sido dada para ti. La Sangre de Cristo es
salvación para el que quiere, suplicio para el que la rehusa" (Serm. 31,
lec.9, Brev. in fest. Pret. Sanguinis).



El pacto de paz y
reconciliación tendrá su confirmación total en la vida eterna. "Entró
Cristo en el cielo -dice Santo Tomás- y preparó el camino para que también
nosotros entráramos por la virtud de su Sangre, que derramó en la tierra"
(3 q.22 a.5).

"No os
pertenecéis a vosotros mismos. Habéis sido comprados a alto precio. Glorificad,
pues, y llevad a Dios en vuestro cuerpo", advierte San Pablo (1 Cor. 6,
19.20). Glorificar a Dios en el propio cuerpo significa mantener limpia y
radiante -por una vida intachable y una conducta auténticamente cristiana- a
imagen soberana de Dios, impresa en nosotros por la creación, y la amable
fisonomía de Cristo, grabada en nuestra alma por medio de los sacramentos. Si
nos sentimos débiles, vayamos a la
Misa
, sacrificio del Nuevo Testamento, y acerquémonos a la
comunión para beber la Sangre
que nos dará la vida (lo. 6, 54).

e de Cristo

En esta hora de sangre
para la humanidad sólo los rubíes de la Sangre de Cristo pueden salvarnos. Con Catalina
de Siena. "os suplico, por el amor de Cristo crucificado, que recibáis el
tesoro de la Sangre,
que se os ha encomendado por la
Esposa
de Cristo", pues es sangre dulcísima y pacificadora,
en la que "se apagan todos los odios y la guerra, y toda la soberbia del
hombre se relaja".

Si para el mundo es
ésta una hora de sangre, para el cristiano ha sonado la hora de la santidad. Lo
exige la Sangre
de Cristo. "Sed Santos -amonestaba San Pedro a la primera generación
cristiana-, sed santos en toda vuestra conducta, a semejanza del Santo que os
ha llamado a la santidad... Conducíos con temor durante el tiempo de nuestra
peregrinación en la tierra, sabiendo que no habéis sido rescatados con el valor
de cosas perecederas, el oro o la plata, sino con la preciosa Sangre de Cristo,
que es como de Cordero incontaminado e inmaculado" (1 Petr. 1, 15-18).

¡Acuérdate, Señor, de
estos tus siervos, a los que con tu preciosa Sangre redimiste!

JUAN HERVÁS BENET

Fuente: Año Cristiano,
Tomo III, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966.


ORACIÓN
Omnipotente y sempiterno Dios, que
constituiste a tu Hijo unigénito como Redentor del mundo y por su Sangre
quisiste ser aplacado, concédenos adorar fielmente el precio de nuestra
salvación, y que, por su virtud, seamos preservados en la tierra de los males
de la vida presente, para que gocemos en el cielo del fruto sempiterno. Por J.
C. N. S. Amén


FUENTE: Año Cristiano, Tomo
III, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966.


 Jorge
Rondón Santo
s
 
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