domingo, 28 de junio de 2015

Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del Santísimo Rosario:

Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del Santísim

Cada Día
Acto de Contrición

¡Dulcísimo Corazón de Jesús, que en este
Divino Sacramento estás vivo e inflamado de amor por

nosotros! Aquí nos  tenéis en vuestra

presencia, pidiéndonos perdón de nuestra culpa e implorando vuestra

misericordia. Nos pesa ¡oh buen Jesús! de haberos ofendido, por ser
Vos tan bueno que no merecéis tal ingratitud. Concedednos

luz y gracia para meditar vuestras virtudes y formar según ellas nuestros pobre

corazón. Amén
Día XXVIII
CARTA ENCÍCLICA
MISERENTISSIMUS REDEMPTOR
DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO XI
SOBRE LA EXPIACIÓN QUE TODOS DEBEN
AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
9. Y ciertamente en el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús tiene la primacía y la parte principal el espíritu de expiación Y reparación; ni hay nada más conforme con el origen, índole, virtud y prácticas propias de esta devoción, como la Historia y la tradición, la sagrada liturgia y las actas de los Santos Pontífices confirman. Cuando Jesucristo se aparece a Santa Margarita María, predicándole la infinitud de su caridad, juntamente, como
Apenado, se queja de tantas injurias como recibe de los hombres por estas palabras que habían de grabarse en las Almas piadosas de manera que jamás se olvidarán: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres y de
Tantos beneficios los ha colmado, y que en pago a su amor infinito no halla gratitud alguna, sino ultrajes, a veces aun de Aquellos que están obligados a amarle con especial amor». Para reparar estas y otras culpas recomendó entre otras Cosas que los hombres comulgaran con ánimo de expiar, que es lo que llaman Comunión Reparadora, y las súplicas y Preces durante una hora, que propiamente se llama la Hora Santa; ejercicios de piedad que la Iglesia no sólo aprobó, Sino que enriqueció con copiosos favores espirituales.
Consolar a Cristo
10. Más ¿cómo podrán estos actos de reparación consolar a Cristo, que dichosamente reina en los cielos? Respondemos con palabras de San Agustín: «Dame un corazón que ame y sentirá lo que digo» (31) In Ioan. tr.XXVI 4. Un alma de veras amante de Dios, si mira al tiempo pasado, ve a Jesucristo trabajando, doliente, sufriendo durísimas Penas «por nosotros los hombres y por nuestra salvación», tristeza, angustias, oprobios, «quebrantado por nuestras Culpas» (32) Is 53,5 y sanándonos con sus llagas. De todo lo cual tanto más hondamente se penetran las almas piadosas Cuanto más claro ven que los pecados de los hombres en cualquier tiempo cometidos fueron causa de que el Hijo de Dios se entregase a la muerte; y aun ahora esta misma muerte, con sus mismos dolores y tristezas, de nuevo le infieren, Ya que cada pecado renueva a su modo la pasión del Señor, conforme a lo del Apóstol: «Nuevamente crucifican al Hijo
De Dios y le exponen a vituperio» (33) Is 5. Que si a causa también de nuestros pecados futuros, pero previstos, el alma de Cristo Jesús estuvo triste hasta la muerte, sin duda algún consuelo recibiría de nuestra reparación también futura, pero Prevista, cuando el ángel del cielo (34) Lc 22,43 se le apareció para consolar su Corazón oprimido de tristeza y angustias. Así, aún Podemos y debemos consolar aquel Corazón sacratísimo, incesantemente ofendido por los pecados y la ingratitud de Los hombres, por este modo admirable, pero verdadero; pues alguna vez, como se lee en la sagrada liturgia, el mismo Cristo se queja a sus amigos del desamparo, diciendo por los labios del Salmista: «Improperio y miseria esperó mi Corazón; y busqué quien compartiera mi tristeza y no lo hubo; busqué quien me consolara y no lo hallé» (35) Sal 68,21.
La pasión de Cristo en su Cuerpo, la Iglesia.
11. Añádase que la pasión expiadora de Cristo se renueva y en cierto modo se continúa y se completa en el Cuerpo
Místico, que es la Iglesia. Pues sirviéndonos de otras palabras de San Agustín (36) In Ps. 86.: «Cristo padeció cuanto debió
Padecer; nada falta a la medida de su pasión. Completa está la pasión, pero en la cabeza; faltaban todavía las pasiones
De Cristo en el cuerpo». Nuestro Señor se dignó declarar esto mismo cuando, apareciéndose a Saulo, «que respiraba
Amenazas y muerte contra los discípulos» (37) . Hech 91,1., le dijo: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (38) Hech 5; significando claramente
Que en las persecuciones contra la Iglesia es a la Cabeza divina de la Iglesia a quien se veja e impugna. Con razón,
Pues, Jesucristo, que todavía en su Cuerpo místico padece, desea tenernos por socios en la expiación, y esto pide con
El nuestra propia necesidad; porque siendo como somos «cuerpo de Cristo, y cada uno por su parte miembro» (39) 1 Cor 12,27,
Necesario es que lo que padezca la cabeza lo padezcan con ella los miembros (40) Ibíd.
Necesidad actual de expiación por tantos pecados
12. Cuánta sea, especialmente en nuestros tiempos, la necesidad de esta expiación y reparación, no se le ocultará a
Quien vea y contemple este mundo, como dijimos, «en poder del malo» (41) 1 Jn 5,19. De todas partes sube a Nos clamor de
Pueblos que gimen, cuyos príncipes o rectores se congregaron y confabularon a una contra el Señor y su Iglesia (42) 2 Pe 2,2.
Por esas regiones vemos atropellados todos los derechos divinos y humanos; derribados y destruidos los templos, los
Religiosos y religiosas expulsados de sus casas, afligidos con ultrajes, tormentos, cárceles y hambre; multitudes de niños
Y niñas arrancados del seno de la Madre Iglesia, e inducidos a renegar y blasfemar de Jesucristo y a los más horrendos
Crímenes de la lujuria; todo el pueblo cristiano duramente amenazado y oprimido, puesto en el trance de apostatar de la
Fe o de padecer muerte crudelísima. Todo lo cual es tan triste que por estos acontecimientos parecen manifestarse «los
Principios de aquellos dolores» que habían de preceder «al hombre de pecado que se levanta contra todo lo que se
Llama Dios o que se adora» (43) 2 Tes 2,4.
Y aún es más triste, venerables hermanos, que entre los mismos fieles, lavados en el bautismo con la sangre del
Cordero inmaculado y enriquecidos con la gracia, haya tantos hombres, de todo orden o clase, que con increíble
Ignorancia de las cosas divinas, inficionados de doctrinas falsas, viven vida llena de vicios, lejos de la casa del Padre;
Vida no iluminada por la luz de la fe, ni alentada de la esperanza en la felicidad futura, ni caldeada y fomentada por el
Calor de la caridad, de manera que verdaderamente parecen sentados en las tinieblas y en la sombra de la muerte.
Cunde además entre los fieles la incuria de la eclesiástica disciplina y de aquellas antiguas instituciones en que toda la
Vida cristiana se funda y con que se rige la sociedad doméstica y se defiende la santidad del matrimonio; menospreciada
Totalmente o depravada con muelles halagos la educación de los niños, aún negada a la Iglesia la facultad de educar a
La juventud cristiana; el olvido deplorable del pudor cristiano en la vida y principalmente en el vestido de la mujer; la
Codicia desenfrenada de las cosas perecederas, el ansia desapoderada de aura popular; la difamación de la autoridad
Legítima, y, finalmente, el menosprecio de la palabra de Dios, con que la fe se destruye o se pone al borde de la ruina.
Forman el cúmulo de estos males la pereza y la necedad de los que, durmiendo o huyendo como los discípulos,
Vacilantes en la fe míseramente desamparan a Cristo, oprimido de angustias o rodeado de los satélites de Satanás; no
Menos que la perfidia de los que, a imitación del traidor Judas, o temeraria o sacrílegamente comulgan o se pasan a los
Campamentos enemigos. Y así aun involuntariamente se ofrece la idea de que se acercan los tiempos vaticinados por
Nuestro Señor: «Y porque abundó la iniquidad, se enfrió la caridad de muchos» (44) Mt 24,12.
El ansia ardiente de expiar
13. Cuantos fieles mediten piadosamente todo esto, no podrán menos de sentir, encendidos en amor a Cristo apenado,
El ansia ardiente de expiar sus culpas y las de los demás; de reparar el honor de Cristo, de acudir a la salud eterna de
Las almas. Las palabras del Apóstol: «Donde abundó el delito, sobreabundó la gracia» (45) Rom 5,20, de alguna manera se
Acomodan también para describir nuestros tiempos; pues si bien la perversidad de los hombres sobremanera crece,
Maravillosamente crece también, inspirando el Espíritu Santo, el número de los fieles de uno y otro sexo, que con
Resuelto ánimo procuran satisfacer al Corazón divino por todas las ofensas que se le hacen, y aun no dudan ofrecerse a
Cristo como víctimas.
Quien con amor medite cuanto hemos dicho y en lo profundo del corazón lo grabe, no podrá menos de aborrecer y de
Abstenerse de todo pecado como de sumo mal; se entregará a la voluntad divina y se afanará por reparar el ofendido
Honor de la divina Majestad, ya orando asiduamente, ya sufriendo pacientemente las mortificaciones voluntarias, y las
Aflicciones que sobrevinieren, ya, en fin, ordenando a la expiación toda su vida.
Aquí tienen su origen muchas familias religiosas de varones y mujeres que, con celo ferviente y como ambicioso de
Servir, se proponen hacer día y noche las veces del Ángel que consoló a Jesús en el Huerto; de aquí las piadosas
Asociaciones asimismo aprobadas por la Sede Apostólica y enriquecidas con indulgencias, que hacen suyo también este
Oficio de la expiación con ejercicios convenientes de piedad y de virtudes; de aquí finalmente los frecuentes y solemnes
Actos de desagravio encaminados a reparar el honor divino, no sólo por los fieles particulares, sino también por las
Parroquias, las diócesis y ciudades.
LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS
Causa de muchos bienes
14. Pues bien: venerables hermanos, así como la devoción de la consagración, en sus comienzos humildes, extendidos
Después, empieza a tener su deseado esplendor con nuestra confirmación, así la devoción de la expiación o reparación,
Desde un principio santamente introducida y santamente propagada. Nos deseamos mucho que, más firmemente
Sancionada por nuestra autoridad apostólica, más solemnemente se practique por todo el universo católico. A este fin
Disponemos y mandamos que cada año en la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús —fiesta que con esta ocasión
Ordenamos se eleve al grado litúrgico de doble de primera clase con octava— en todos los templos del mundo se rece
Solemnemente el acto de reparación al Sacratísimo Corazón de Jesús, cuya oración ponemos al pie de esta carta para
Que se reparen nuestras culpas y se resarzan los derechos violados de Cristo, Sumo Rey y amantísimo Señor.
No es de dudar, venerables hermanos, sino que de esta devoción santamente establecida y mandada a toda la Iglesia,
Muchos y preclaros bienes sobrevendrán no sólo a los individuos, sino a la sociedad sagrada, a la civil y a la doméstica,
Ya que nuestro mismo Redentor prometió a Santa Margarita Marí«que todos aquellos que con esta devoción honraran
Su Corazón, serían colmados con gracias celestiales».
Los pecadores, ciertamente, «viendo al que traspasaron» (46) Jn 19,37, y conmovidos por los gemidos y llantos de toda la Iglesia,
Doliéndose de las injurias inferidas al Sumo Rey, «volverán a su corazón» (47) Is 46,8; no sea que obcecados e impenitentes en
Sus culpas, cuando vieren a Aquel a quien hirieron «venir en las nubes del cielo» (48) Mt 26,64, tarde y en vano lloren sobre
E1 (49) Cf. Ap 1,7.
Los justos más y más se justificarán y se santificarán, y con nuevas fervores se entregarán al servicio de su Rey, a quien
Miran tan menospreciado y combatido y con tantas contumelias ultrajado; pero especialmente se sentirán enardecidos
Para trabajar por la salvación de las almas, penetrados de aquella queja de la divina Víctima: « ¿Qué utilidad en mi
Sangre?»(50) Sal 19,10; y de aquel gozo que recibirá el Corazón sacratísimo de Jesú«por un solo pecador que hiciere
Penitencia» (51) Lc 15,4.
Especialmente anhelamos y esperamos que aquella justicia de Dios, que por diez justos movidos a misericordia perdonara
A los de Sodoma, mucho más perdonará a todos los hombres, suplicantemente invocada y felizmente aplacada por toda
La comunidad de los fieles unidos con Cristo, su Mediador y Cabeza.
La Virgen Reparadora
15. Plazcan, finalmente, a la benignísima Virgen Madre de Dios nuestros deseos y esfuerzos; que cuando nos dio al
Redentor, cuando lo alimentaba, cuando al pie de la cruz lo ofreció como hostia, por su unión misteriosa con Cristo y
Singular privilegio de su gracia fue, como se la llama piadosamente, reparadora. Nos, confiados en su intercesión con
Cristo, que siendo el «único Mediador entre Dios y los hombres» (52) Tim 2,3, quiso asociarse a su Madre como abogada de los
Pecadores, dispensadora de la gracia y mediadora, amantísimamente os damos como prenda de los dones celestiales
de nuestra paternal benevolencia, a vosotros, venerables hermanos, y a toda la grey confiada a vuestro cuidado, la
bendición apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, día 8 de mayo de 1928, séptimo de nuestro pontificado.
* * * * * * *
ORACIÓN EXPIATORIA
AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Dulcísimo Jesús, cuya caridad derramada sobre los hombres se paga tan ingratamente con el olvido, el desdén y el
desprecio, míranos aquí postrados ante tu altar. Queremos reparar con especiales manifestaciones de honor tan indigna
frialdad y las injurias con las que en todas partes es herido por los hombres tu amoroso Corazón.
Recordando, sin embargo, que también nosotros nos hemos manchado tantas veces con el mal, y sintiendo ahora
vivísimo dolor, imploramos ante todo tu misericordia para nosotros, dispuestos a reparar con voluntaria expiación no sólo
los pecados que cometimos nosotros mismos, sino también los de aquellos que, perdidos y alejados del camino de la
salud, rehúsan seguirte como pastor y guía, obstinándose en su infidelidad, y han sacudido el yugo suavísimo de tu ley,
pisoteando las promesas del bautismo.
A1 mismo tiempo que queremos expiar todo el cúmulo de tan deplorables crímenes, nos proponemos reparar cada uno
de ellos en particular: la inmodestia y las torpezas de la vida y del vestido, las insidias que la corrupción tiende a las
almas inocentes, la profanación de los días festivos, las miserables injurias dirigidas contra ti y contra tus santos, los
insultos lanzados contra tu Vicario y el orden sacerdotal, las negligencias y los horribles sacrilegios con que se profana
el mismo Sacramento del amor divino y, en fin, las culpas públicas de las naciones que menosprecian los derechos y el
magisterio de la Iglesia por ti fundada.
¡Ojalá que podamos nosotros lavar con nuestra sangre estos crímenes! Entre tanto, como reparación del honor divino
conculcado, te presentamos, acompañándola con las expiaciones de tu Madre la Virgen, de todos los santos y de los
fieles piadosos, aquella satisfacción que tú mismo ofrecisté un día en la cruz al Padre, y que renuevas todos los días en
los altares. Te prometemos con todo el corazón compensar en cuanto esté de nuestra parte, y con el auxilio de tu gracia,
los pecados cometidos por nosotros y por los demás: la indiferencia a tan grande amor con la firmeza de la fe, la

inocencia de la vida, la observancia perfecta de la ley evangélica, especialmente de la caridad, e impedir además con
todas nuestras fuerzas las injurias contra ti, y atraer a cuantos podamos a tu seguimiento. Acepta, te rogamos,
benignísimo Jesús, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María Reparadora, el voluntario ofrecimiento de
expiación; y con el gran don de la perseverancia, consérvanos fidelísimos hasta la muerte en el culto y servicio a ti, para
que lleguemos todos un día a la patria donde tú con el Padre y con el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los
siglos. Amén.o Rosario::

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