viernes, 12 de junio de 2015

Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del S...

FIESTA DEL SACRATISIMO CORAZON DE
JESUS


¿Que es una devoción?
-
Todas las devociones aprobadas por la Iglesia son ACTOS DE RELIGIÓN QUE BUSCAN DAR
CULTO A DIÓS.
- ¿Y por qué damos culto a Dios? Porque Dios nos creó y nos ha
dado todos los bienes que tenemos, y por eso es digno de que nosotros sus hijos
lo adoremos
“Cor meum ibi cunctis diebus”

“Mi corazón estará allí todos los días” (III Reyes, IX, 3)
Deseaba
San Pablo que los habitantes de Efeso conocieran, por la gracia de Dios Padre,
de quien procede todo don, la incomparable ciencia de la caridad de Jesucristo
para con el hombre. Nada podría desearles más santo, más hermoso ni más
importante. Conocer el amor de Jesucristo y estar llenos de él es el reino de
Dios en el hombre. Estos son precisamente los frutos de la devoción al Sagrado
Corazón de Jesús, que vive y nos ama en el Santísimo Sacramento. Esta devoción
es el culto supremo del amor. Es el alma y el centro de toda la religión,
porque la religión no es otra cosa que la ley, la virtud y la perfección del
amor, y el Sagrado Corazón de Jesús contiene la gracia y es el modelo y la vida
de este amor. Estudiemos tal amor delante de ese foco en el cual está ardiendo
por nosotros.



La devoción al Sagrado Corazón tiene un doble objeto: proponerse, en primer
lugar, honrar por medio de la adoración y del culto público, el corazón de
carne de Jesucristo, y, en segundo lugar, tiende a honrar aquel amor infinito
que nos ha tenido desde su creación y que todavía está consumiéndole por
nosotros en el Sacramento de nuestros altares.



De todos los órganos del cuerpo humano el corazón es el más noble. Hallase
colocado en medio del cuerpo como un rey en medio de sus estados. Está rodeado
de los miembros más principales, que son como sus ministros y oficiales, él los
mueve y les imprime actividad, comunicándoles el calor vital que en él hay
acumulado y reservado. Es la fuente de donde emana la sangre por todas las
partes del organismo, regándolas y refrescándolas, Esta sangre, debilitada por
la pérdida de principios vitales, vuelve desde las extremidades al corazón para
renovar su calor y recobrar nuevos elementos de vida.



Lo que es verdad, tratándose del corazón humano en general, lo es también
verdad tratándose del Corazón de Jesús. Es la parte más noble del cuerpo del Hombre-Dios
unido hipostáticamente al Verbo, por lo cual merece el culto supremo de
adoración que se debe a Dios solo. Es necesario notar que en nuestra veneración
no debemos separar el Corazón de Jesús de la divinidad del Hombre-Dios; está
unido al la divinidad por indisolubles lazos, y el culto que tributamos al
Corazón no termina en él, sino que pasa a la Persona adorable que le posee y a la cual está
unido para siempre.



De aquí se sigue que pueden dirigirse a este Corazón divino las oraciones, los
homenajes y las adoraciones que dirigimos al mismo Dios. Están equivocados
todos aquéllos que al oír estas palabras “Corazón de Jesús”, piensan únicamente
en este órgano material, considerando el Corazón de Jesús como un miembro sin
vida y sin amor, poco más o menos como se haría tratándose de una santa
reliquia; se equivocan también aquéllos que juzgan que esta devoción divide la
persona de Jesucristo, restringiendo al corazón sólo el culto que debe
tributarse a toda la
Persona. Estos
no se fijan en que, al honrar el Corazón de
Jesús no suprimimos lo restante del compuesto divino del Hombre-Dios, ya que al
honrar a su Corazón lo que en realidad pretendemos es celebrar todas las
acciones, la vida entera de Jesucristo que no es otra cosa que la difusión de
su Corazón al exterior.


Todo lo que pertenece a la Persona del Hijo de Dios
es infinitamente digno de veneración. La menor parte de su Cuerpo, la más
ligera gota de su Sangre, merece la adoración del cielo y de la tierra. Las
cosas más viles se hacen dignas de veneración merced al contacto de su carne,
como sucede con la cruz, con los clavos, con las espinas, con la esponja, con
la lanza y con todos los instrumentos de su suplicio; ¿cuánta más veneración no
se le deberá a su Corazón, cuya excelencia es tanto más notable, cuanto más
nobles son las funciones que ejerce y más perfectos los sentimientos que
produce y acciones que inspira? Porque no hay que perder de vista que si
Jesucristo nació en un establo, si vivió pobre en Nazaret y murió por nosotros,
a su Corazón lo debemos. En este santuario se formaron. Todas las resoluciones
heroicas y todos los divinos propósitos que llevó a la práctica durante su
vida. Su Corazón debe, por lo tanto, ser honrado no menos que el pesebre, en el
cual mira el alma fiel a Jesús cuando viene al mundo pobre y abandonado; como
debe también ser honrada la cátedra desde la cual Jesús nos íntima aquel
amoroso mandato: "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón";
como debe serlo la cruz en que el alma le ve expirar; como se debe honrar el
sepulcro de donde salió inmortal, y el Evangelio eterno, que enseña al hombre a
imitar todas las virtudes de que Jesús es acabado modelo.



El alma devota del Sagrado Corazón de Jesús se ejercitará muy especialmente en
actos de amor divino, puesto que este Corazón es ante todo el asiento y el
símbolo de ese amor; y como el Santísimo Sacramento es la prenda sensible y
permanente del amor, en la
Eucaristía
el alma encontrará al Corazón de Jesús, y de este
Corazón eucarístico aprenderá a amar.

¿Por qué separar al
Corazón de Jesús de su cuerpo y de su divinidad? ¿No es cierto que por su
Corazón vive en el Santísimo Sacramento y que por él se halla su cuerpo
vivificado y animado? Jesús resucitado no muere ya. ¿Por qué separar ya su
corazón de su Persona y querer hacerle morir, por decirlo así, en nuestro
espíritu? Este Corazón vive y palpita en la Eucaristía, no ya con
la vida del Salvador pasible y mortal, capaz de tristeza, de agonía, de dolor,
sino con una vida resucitada y consumada en la bienaventuranza. Esta
imposibilidad de sufrir y de morir no disminuye en nada la realidad de su vida;
al contrario, la hace más perfecta. ¿Ha podido, acaso, la muerte llegar hasta
Dios?... Muy al revés, El es el manantial de la vida perfecta y eterna.



El Corazón de Jesús vive en la
Eucaristía
, supuesto que su cuerpo está allí vivo. Es verdad
que este Corazón divino no está allí de un modo sensible, ni se le puede ver,
pero lo, mismo ocurre con todos los hombres. Este principio de vida conviene
que sea misterioso, que esté oculto: descubrirlo sería matarlo; sólo se conoce
su existencia por los efectos que produce. El hombre no pretende ver el corazón
de un amigo, le basta una palabra para cerciorarse de su amor. ¿Qué diremos del
Corazón divino de Jesús? El se nos manifiesta por los sentimientos que nos
inspira, y esto debe bastarnos. Por otra parte, ¿quién sería capaz de
contemplar la belleza y la bondad de este Corazón? ¿Quién podría tolerar el
esplendor de su gloria ni soportar la intensidad del fuego devorador de su
amor, capaz de consumirlo todo? ¿Quién se atrevería a dirigir su mirada a esa
arca divina, en la cual está escrito con letras de fuego su Evangelio de amor,
en donde se hallan glorificadas todas sus virtudes, donde su amor tiene su
trono y su bondad guarda todos sus tesoros? ¿Quién querría penetrar en el
propio santuario de la divinidad? ¡El Corazón de Jesús! ¡Es el cielo de los
cielos, habitado por el mismo Dios, en el cual encuentra todas sus delicias!
¡No, no vemos el Corazón eucarístico de Jesús; pero lo poseemos...! ¡Es
nuestro!


"Obras
Eucarísticas de San Pedro Julián de Eymard"




LA HISTORIA DE SANTA MARGARITA DE
ALACOQUE
-
Margarita era una niña que desde pequeña rezaba mucho y quería mucho a la Santísima Virgen.
Margarita sentía claramente que Jesús la llamaba a la vida religiosa.
-
En 1671, cuando tenía 24 años, se convirtió en religiosa de las "Hijas de
Santa María".
- Jesús se le aparecía a Margarita. De
las muchas APARICIONES que recibió de Jesús, son 4 las que se consideran como
principales:
+
La primera, en 1673, en la que Jesús le descubrió su amor infinito hacia los
hombres.
+
La segunda, al año siguiente, el Corazón de Jesús se le mostró herido por las
espinas de nuestros pecados, que le rodeaban y oprimían.
+
La tercera, ese mismo año, cuando Margarita estaba adorando el Santísimo Sacramento(la Hostia consagrada), el
Señor se dejó ver y le pidió que comulgara siempre que se lo permitiera la
obediencia, especialmente los primeros viernes del mes. Le pidió además que
rezara la Hora Santa
en la noche del jueves al viernes, para acompañarle en la oración que hizo en
el huerto de los Olivos en medio de tantos sufrimientos antes de su Pasión. + La Hora Santa es una hora
de oración, frente a la Hostia,
en la que se busca reparar las ofensas hechas a Jesús recitando unas plegarias.
+ El cuarto, el gran encuentro con el SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, en
1675. Margarita estaba adorando al Santísimo Sacramento cuando Jesús se le
apareció y le dijo: 'Mira este Corazón que tanto ha amado a los hombres y en
cambio, no recibe de la mayoría más que ingratitudes, por sus faltas de
respeto, sacrilegios y pecados. Pero lo que más me duele, es que obran así
hasta los corazones, que de manera especial se han consagrado a Mí. Por esto te
pido, que el primer viernes después de la octava del Corpus se celebre una
fiesta particular para honrar a mi Corazón, comulgando en dicho día y reparando
las ofensas que he recibido en el Sacramento del Altar. Te prometo que mi
corazón derramará abundantes bendiciones sobre los que hagan esto
¿CÓMO SER DEVOTOS DEL
SAGRADO CORAZÓN?

-
Haciendo actos de amor que respondan en algún modo al amor infinito que Jesús
nos ha tenido.
-
Haciendo oración, dirigiendo palabras de amor al Corazón de Jesús, palabras de
gratitud y adoración.
-
Rezando jaculatorias (pequeñas plegarias).
-
Haciendo visitas a Jesús ante el Sagrario.
-
Ofreciendo la comunión para reparar las ofensas al Corazón de Jesús.
-
Haciendo la costumbre de ir a misa y comulgar todos los primeros viernes de
mes.
-
Ofreciendo todas nuestras acciones del día y nuestra vida como un acto de amor
a Dios.
-
Aceptando los sufrimientos de cada día con resignación y alegría y haciendo
sacrificios para REPARAR las ofensas que hemos hecho a su corazón y las ofensas
que continuamente le hacen otros.
-
Podemos pensar piadosamente que con nuestros actos de amor, penitencia y
reparación vamos quitando las espinas de aquella punzante corona que rodea el
Corazón de Jesús.


-
Pero más que cualquier otra cosa, es del agrado del Corazón de Jesús, el que
seamos buenos, el que sigamos su ejemplo, el que imitemos sus virtudes para
tener un alma cada día más santa y más cercana a El.
Cada Día


Acto de Contrición

¡Dulcísimo Corazón de Jesús, que en este
Divino Sacramento estás vivo e inflamado de amor por

nosotros! Aquí nos  tenéis en vuestra

presencia, pidiéndonos perdón de nuestra culpa e implorando vuestra

misericordia. Nos pesa ¡oh buen Jesús! de haberos ofendido, por ser
Vos tan bueno que no merecéis tal ingratitud. Concedednos

luz y gracia para meditar vuestras virtudes y formar según ellas nuestros pobre

corazón. Amén
Día XII
CARTA ENCÍCLICA
HAURIETIS AQUAS
DE SU

SANTIDAD
PÍO XII
SOBRE
III.
CONTEMPLACIÓN DEL AMOR DEL CORAZÓN DE JESÚS
Pentecostés
23. La misión del Espíritu Santo a los discípulos es la
primera y espléndida señal del munífico amor del Salvador, después de su
triunfal ascensión a la diestra del Padre. De hecho, pasados diez días, el
Espíritu Paráclito, dado por el Padre celestial, bajó sobre los apóstoles
reunidos en el Cenáculo, como Jesús mismo les había prometido en la última
cena: «Yo rogaré al Padre y él os dará otro consolador para que esté con
vosotros eternamente»
 [84] Jn 14, 16. El
Espíritu Paráclito, por ser el Amor mutuo personal por el que el Padre ama al
Hijo y el Hijo al Padre, es enviado por ambos, bajo forma de lenguas de fuego,
para infundir en el alma de los discípulos la abundancia de la caridad divina y
de los demás carismas celestiales. Pero esta infusión de la caridad divina
brota también del Corazón de nuestro Salvador, «en el cual están encerrados
todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia»
 [85] Col 2, 3.
Esta caridad es, por lo tanto, don del Corazón de Jesús y de
su Espíritu. A este común Espíritu del Padre y del Hijo se debe, en primer
lugar, el nacimiento de la Iglesia y su propagación admirable en medio de todos
los pueblos paganos, dominados hasta entonces por la idolatría, el odio
fraterno, la corrupción de costumbres y la violencia. Esta divina caridad, don
preciosísimo del Corazón de Cristo y de su Espíritu, es la que dio a los
Apóstoles y a los mártires la fortaleza para predicar la verdad evangélica y
testimoniarla hasta con su sangre; a los Doctores de la Iglesia, aquel ardiente
celo por ilustrar y defender la fe católica; a los Confesores, para practicar
las más selectas virtudes y realizar las empresas más útiles y admirables,
provechosas a la propia santificación y a la salud eterna y temporal de los
prójimos; a las Vírgenes, finalmente, para renunciar espontánea y alegremente a
los goces de los sentidos, con tal de consagrarse por completo al amor del
celestial Esposo.
A esta divina caridad, que redunda del Corazón del Verbo
encarnado y se infunde por obra del Espíritu Santo en las almas de todos los
creyentes, el Apóstol de las Gentes entonó aquel himno de victoria, que ensalza
a la par el triunfo de Jesucristo, Cabeza, y el de los miembros de su Místico
Cuerpo sobre todo cuanto de algún modo se opone al establecimiento del divino
Reino del amor entre los hombres: «¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?
¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el riesgo, la
persecución?, ¿la espada? ... Mas en todas estas cosas soberanamente triunfamos
por obra de Aquel que nos amó. Porque seguro estoy de que ni muerte ni vida, ni
ángeles ni principados, ni lo presente ni lo venidero, ni poderíos, ni altura,
ni profundidades, ni otra alguna criatura será capaz de separarnos del amor de
Dios que se funda en Jesucristo nuestro Señor»
 [86] Rom 8, 35. 37-39.
Sagrado Corazón, símbolo del amor de Cristo
24. Nada, por lo tanto, prohíbe que adoremos el Corazón
Sacratísimo de Jesucristo como participación y símbolo natural, el más
expresivo, de aquel amor inexhausto que nuestro Divino Redentor siente aun hoy
hacia el género humano. Ya no está sometido a las perturbaciones de esta vida
mortal; sin embargo, vive y palpita y está unido de modo indisoluble a la Persona
del Verbo divino, y, en ella y por ella, a su divina voluntad. Y porque el
Corazón de Cristo se desborda en amor divino y humano, y porque está lleno de
los tesoros de todas las gracias que nuestro Redentor adquirió por los méritos
de su vida, padecimientos y muerte, es, sin duda, la fuente perenne de aquel
amor que su Espíritu comunica a todos los miembros de su Cuerpo Místico.
Así, pues, el Corazón de nuestro Salvador en cierto modo
refleja la imagen de la divina Persona del Verbo, y es imagen también de sus
dos naturalezas, la humana y la divina; y así en él podemos considerar no sólo
el símbolo, sino también, en cierto modo, la síntesis de todo el misterio de
nuestra Redención. Luego, cuando adoramos el Corazón de Jesucristo, en él y por
él adoramos así el amor increado del Verbo divino como su amor humano, con
todos sus demás afectos y virtudes, pues por un amor y por el otro nuestro
Redentor se movió a inmolarse por nosotros y por toda la Iglesia, su Esposa,
según el Apóstol: «Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella,
para santificarla, purificándola con el bautismo de agua por la palabra de
vida, a fin de hacerla comparecer ante sí llena de gloria, sin mancha ni arruga
ni cosa semejante, sino siendo santa e inmaculada»
 [87] Ef 5, 25-27.
Cristo ha amado a la Iglesia, y la sigue amando intensamente
con aquel triple amor de que hemos hablado
 [88] Cf. 1 Jn 2, 1, y ése es
el amor que le mueve a hacerse nuestro Abogado para conciliarnos la gracia y la
misericordia del Padre, «siempre vivo para interceder por nosotros»
 [89] Heb 7, 25. La plegaria que brota de su inagotable
amor, dirigida al Padre, no sufre interrupción alguna. Como «en los días de su
vida en la carne»
 [90] Ibíd. 5, 7, también
ahora, triunfante ya en el cielo, suplica al Padre con no menor eficacia; y a
Aquel que «amó tanto al mundo que dio a su Unigénito Hijo, a fin de que todos
cuantos creen en El no perezcan, sino que tengan la vida eterna»
 [91] Jn 3,
16. El muestra su Corazón vivo y herido, con un amor más ardiente que cuando,
ya exánime, fue herido por la lanza del soldado romano: «Por esto fue herido
[tu Corazón], para que por la herida visible viésemos la herida invisible del
amor»
 [92] S. Buenaventura, Opusc.
X Vitis mystica 3, 5: Opera Omnia; Ad
Claras Aquas
 (Quaracchi) 1898,
8, 164. -Cf. S. Th. 3, 54, 4: ed. Leon. 11 (1903) 513
.
Luego
no puede haber duda alguna de que ante las súplicas de tan grande Abogado
hechas con tan vehemente amor, el Padre celestial,
 que no
perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros
 [93]
Rom 8, 32,
por medio de El hará descender siempre sobre todos los hombres la exuberante
abundancia de sus gracias divinas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Buscar este blog