viernes, 5 de junio de 2015


Cada Día
Acto de Contrición

¡Dulcísimo Corazón de Jesús, que en este
Divino Sacramento estás vivo e inflamado de amor por

nosotros! Aquí nos  tenéis en vuestra

presencia, pidiéndonos perdón de nuestra culpa e implorando vuestra

misericordia. Nos pesa ¡oh buen Jesús! de haberos ofendido, por ser
Vos tan bueno que no merecéis tal ingratitud. Concedednos

luz y gracia para meditar vuestras virtudes y formar según ellas nuestros pobre

corazón. Amén

Día V
CARTA ENCÍCLICAa
HAURIETIS AQUAS
DE SU

SANTIDAD
PÍO XII
SOBRE

EL CULTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

II.
NUEVO TESTAMENTO TRADICIÓN
9. Pero tan sólo por los
Evangelios llegamos a conocer con perfecta claridad que la Nueva Alianza
estipulada entre Dios y la humanidad —de la cual la alianza pactada por Moisés entre
el pueblo y Dios, fue tan solo una prefiguración simbólica, y el vaticinio de
Jeremías una mera predicción— es la misma que estableció y realizó el Verbo
Encarnado, mereciéndonos la gracia divina. Esta Alianza es incomparablemente
más noble y más sólida, porque a diferencia de la precedente, no fue sancionada
con sangre de cabritos y novillos, sino con la sangre sacrosanta de Aquel a
quienes aquellos animales pacíficos y privados de razón prefiguraban: «el
Cordero de Dios que quita el pecado del mundo»
 [26] Cf. Jn 1, 29; Heb 9, 18-28; 10, 1-17. Porque la Alianza cristiana, más
aún que la antigua, se manifiesta claramente como un pacto fundado no en la
servidumbre o en el temor, sino en la amistad que debe reinar en las relaciones
entre padres e hijos. Se alimenta y se consolida por una más generosa efusión
de la gracia divina y de la verdad, según la sentencia del evangelista san
Juan: «De su plenitud todos nosotros recibimos, y gracia por gracia. Porque la
ley fue dada por Moisés, mas la gracia y la verdad por Jesucristo han venido»
 [27] Jn 1,
16-17.
Introducidos por estas palabras
del discípulo «al que amaba Jesús, y que, durante la Cena, reclinó su cabeza
sobre el pecho de Jesús» [28]
Ibíd., 21, en el mismo misterio de la infinita caridad del Verbo Encarnado, es
cosa digna, justa, recta y saludable, que nos detengamos un poco, venerables
hermanos, en la contemplación de tan dulce misterio, a fin de que, iluminados
por la luz que sobre él proyectan las páginas del Evangelio, podamos también
nosotros experimentar el feliz cumplimiento del deseo significado por el
Apóstol a los fieles de Éfeso: «Que Cristo habite por la fe en vuestros
corazones, de modo que, arraigados y cimentados en la caridad, podáis
comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la alteza y
la profundidad, hasta conocer el amor de Cristo, que sobrepuja a todo
conocimiento, de suerte que estéis llenos de toda la plenitud de Dios»[29]
Ef
 3, 17-19.
10. En efecto, el misterio de
la Redención divina es, ante todo y por su propia naturaleza, un misterio de
amor; esto es, un misterio del amor justo de Cristo a su Padre celestial, a
quien el sacrificio de la cruz, ofrecido con amor y obediencia, presenta una
satisfacción sobreabundante e infinita por los pecados del género humano:
«Cristo sufriendo, por caridad y obediencia, ofreció a Dios algo de mayor valor
que lo que exigía la compensación por todas las ofensas hechas a Dios por el
género humano»
 [30] Sum. theol. 3, 48, 2: ed. Leon. 11 (1903) 464. Además, el misterio de la Redención
es un misterio de amor misericordioso de la augusta Trinidad y del Divino
Redentor hacia la humanidad entera, puesto que, siendo esta del todo incapaz de
ofrecer a Dios una satisfacción condigna por sus propios delitos
 [31] Cf. enc. Miserentissimus
Redemptor
: AAS 20 (1928) 170, Cristo,
mediante la inescrutable riqueza de méritos, que nos ganó con la efusión de su
preciosísima Sangre, pudo restablecer y perfeccionar aquel pacto de amistad
entre Dios y los hombres, violado por vez primera en el paraíso terrenal por
culpa de Adán y luego innumerables veces por las infidelidades del pueblo
escogido.


Por lo tanto, el Divino
Redentor, en su cualidad de legítimo y perfecto Mediador nuestro, al haber
conciliado bajo el estímulo de su caridad ardentísima hacia nosotros los
deberes y obligaciones del género humano con los derechos de Dios, ha sido, sin
duda, el autor de aquella maravillosa reconciliación entre la divina justicia y
la divina misericordia, que constituye esencialmente el misterio trascendente
de nuestra salvación. Muy a propósito dice el Doctor Angélico: «Conviene
observar que la liberación del hombre, mediante la pasión de Cristo, fue
conveniente tanto a su justicia como a su misericordia. Ante todo, a la
justicia; porque con su pasión Cristo satisfizo por la culpa del género humano,
y, por consiguiente, por la justicia de Cristo el hombre fue libertado. Y, en
segundo lugar, a la misericordia; porque, no siéndole posible al hombre
satisfacer por el pecado, que manchaba a toda la naturaleza humana, Dios le dio
un Redentor en la persona de su Hijo». Ahora bien: esto fue de parte de Dios un
acto de más generosa misericordia que si El hubiese perdonado los pecados sin
exigir satisfacción alguna. Por ello está escrito: «Dios, que es rico en
misericordia, movido por el excesivo amor con que nos amó, aun cuando estábamos
muertos por los pecados, nos volvió a dar la vida en Cristo»
 [32] Ef 2, 4; Sum.
theol.
 
3, 46, 1 ad 3: ed. Leon. 11 (1903) 436.

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