jueves, 4 de junio de 2015


Cada Día
Acto de Contrición

¡Dulcísimo Corazón de Jesús, que en este
Divino Sacramento estás vivo e inflamado de amor por

nosotros! Aquí nos  tenéis en vuestra

presencia, pidiéndonos perdón de nuestra culpa e implorando vuestra

misericordia. Nos pesa ¡oh buen Jesús! de haberos ofendido, por ser
Vos tan bueno que no merecéis tal ingratitud. Concedednos

luz y gracia para meditar vuestras virtudes y formar según ellas nuestros pobre

corazón. Amén

Día IV
CARTA ENCÍCLICAa
HAURIETIS AQUAS
DE SU

SANTIDAD
PÍO XII
SOBRE

EL CULTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Antiguo
Testamento
7. Por lo que toca a nuestro
propósito, al escribir esta Encíclica, no juzgamos necesario aducir muchos
textos de los libros del Antiguo Testamento que contienen las primeras verdades
reveladas por Dios; creemos baste recordar la Alianza establecida entre Dios y
el pueblo elegido, consagrada con víctimas pacíficas —cuyas leyes
fundamentales, esculpidas en dos tablas, promulgó Moisés
 [17] Cf. Ex. 34, 27-28.
 e
interpretaron los profetas—; alianza, ratificada por los vínculos del supremo
dominio de Dios y de la obediencia debida por parte de los hombres, pero
consolidada y vivificada por los más nobles motivos del amor. Porque aun para
el mismo pueblo de Israel, la razón suprema de obedecer a Dios era no ya el
temor de las divinas venganzas, que los truenos y relámpagos fulgurantes en la
ardiente cumbre del Sinaí suscitaban en los ánimos, sino más bien el amor
debido a Dios: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor.
Amarás, pues al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda
tu fuerza. Y estas palabras que hoy te mando estarán en tu corazón»
 [18] Dt 6, 4-6.
No nos extrañemos, pues, si
Moisés y los profetas, a quien con toda razón llama el Angélico Doctor los
«mayores» del pueblo elegido[19]
 2. 2.ae 2,
7: ed. Leon. 8 (1895) 34. comprendiendo bien que el fundamento de toda la ley
se basaba en este mandamiento del amor, describieron las relaciones todas
existentes entre Dios y su nación, recurriendo a semejanzas sacadas del amor
recíproco entre padre e hijo, o entre los esposos, y no representándolas con
severas imágenes inspiradas en el supremo dominio de Dios o en nuestra obligada
servidumbre llena de temor.
Así, por ejemplo, Moisés mismo,
en su celebérrimo cántico, al ver liberado su pueblo de la servidumbre de
Egipto, queriendo expresar cómo esa liberación era debida a la intervención
omnipotente de Dios, recurre a estas conmovedoras expresiones e imágenes: «Como
el águila que adiestra a sus polluelos para que alcen el vuelo y encima de
ellos revolotea, así (Dios) desplegó sus alas, alzó (a Israel) y le llevó en
sus hombros»[20]
Dt
 32, 11.
Pero ninguno, tal vez, entre los profetas, expresa y descubre tan clara y
ardientemente como Oseas el amor constante de Dios hacia su pueblo. En efecto,
en los escritos de este profeta que entre los profetas menores sobresale por la
profundidad de conceptos y la concisión del lenguaje, se describe a Dios amando
a su pueblo escogido con un amor justo y lleno de santa solicitud, cual es el
amor de un padre lleno de misericordia y amor, o el de un esposo herido en su
honor. Es un amor que, lejos de disminuir y cesar ante las monstruosas
infidelidades y pérfidas traiciones, las castiga, sí, como lo merecen, en los
culpables, no para repudiarlos y abandonarlos a sí mismos, sino sólo con el fin
de limpiar y purificar a la esposa alejada e infiel y a los hijos ingratos para
hacerles volver a unirse de nuevo consigo, una vez renovados y confirmados los
vínculos de amor: «Cuando Israel era niño, yo le amé; y de Egipto llamé a mi
hijo... Yo enseñé a andar a Efraín, los tomé en mis brazos, mas ellos no
comprendieron que yo los cuidaba. Los conducía con cuerdas de humanidad, con
lazos de amor... Sanaré su rebeldía, los amaré generosamente, pues mi ira se ha
apartado de ellos. Seré como el rocío para Israel, florecerá él como el lirio y
echará sus raíces como el Líbano»
 [21] Os 11,
1, 3-4; 14, 5-6.
Expresiones semejantes tiene el
profeta Isaías, cuando presenta a Dios mismo y a su pueblo escogido como
dialogando y discutiendo entre sí con opuestos sentimientos: «Mas Sión dijo: Me
ha abandonado el Señor, el Señor se ha olvidado de mí. ¿Puede, acaso, una mujer
olvidar a su pequeñuelo hasta no apiadarse del hijo de sus entrañas? Aunque
esta se olvidare, yo no me olvidaré de ti»
 [22] Is 49,
14-15. Ni son menos conmovedoras las palabras con que el autor del
 Cantar de los Cantares, sirviéndose del simbolismo del amor conyugal,
describe con vivos colores los lazos de amor mutuo que unen entre sí a Dios y a
la nación predilecta: «Como lirio entre las espinas, así mi amada entre las
doncellas... Yo soy de mi amado, y mi amado es para mí; El se apacienta entre
lirios... Ponme como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo, pues
fuerte como la muerte es el amor, duros como el infierno los celos; sus ardores
son ardores de fuego y llamas»
 [23] Cant 2,
2; 6, 2; 8, 6.
8. Este amor de Dios tan
tierno, indulgente y sufrido, aunque se indigna por las repetidas infidelidades
del pueblo de Israel, nunca llega a repudiarlo definitivamente; se nos muestra,
sí, vehemente y sublime; pero no es así, en sustancia, sino el preludio a
aquella muy encendida caridad que el Redentor prometido había de mostrar a
todos con su amantísimo Corazón y que iba a ser el modelo de nuestro amor y la
piedra angular de la Nueva Alianza.
Porque, en verdad sólo Aquel
que es el Unigénito del Padre y el Verbo hecho carne «lleno de gracia y de
verdad»
 [24] Jn 1,
14, al descender hasta los hombres, oprimidos por innumerables pecados y
miserias, podía hacer que de su naturaleza humana, unida hipostáticamente a su
Divina Persona, brotara
 un
manantial de agua viva
 que
regaría copiosamente la tierra árida de la humanidad, transformándola en
florido jardín lleno de frutos. Obra admirable que había de realizar el amor
misericordiosísimo y eterno de Dios, y que ya parece preanunciar en cierto modo
el profeta Jeremías con estas palabras: «Te he amado con un amor eterno, por
eso te he atraído a mí lleno de misericordia... He aquí que vienen días, afirma
el Señor, en que pactaré con la casa de Israel y con la casa de Judá una
alianza nueva; ... Este será el pacto que yo concertaré con la casa de Israel
después de aquellos días, declara el Señor: Pondré mi ley en su interior y la
escribiré en su corazón; yo les seré su Dios, y ellos serán mi pueblo...;
porque les perdonaré su culpa y no me acordaré ya de su pecado»
 [25] Jer 31, 3; 31, 33-34.




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