miércoles, 3 de junio de 2015


Cada Día
Acto de Contrición

¡Dulcísimo Corazón de Jesús, que en este
Divino Sacramento estás vivo e inflamado de amor por

nosotros! Aquí nos  tenéis en vuestra

presencia, pidiéndonos perdón de nuestra culpa e implorando vuestra

misericordia. Nos pesa ¡oh buen Jesús! de haberos ofendido, por ser
Vos tan bueno que no merecéis tal ingratitud. Concedednos

luz y gracia para meditar vuestras virtudes y formar según ellas nuestros pobre

corazón. Amén

Día III
CARTA ENCÍCLICAa
HAURIETIS AQUAS
DE SU

SANTIDAD
PÍO XII
SOBRE

EL CULTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Fundamentación

del cultro

5. Conmovidos, pues, al ver

cómo tan gran abundancia de aguas, es decir, de dones celestiales de amor
sobrenatural del Sagrado Corazón de nuestro Redentor, se derrama sobre
innumerables hijos de la Iglesia católica por obra e inspiración del Espíritu
Santo, no podemos menos, venerables hermanos, de exhortaros con ánimo paternal
a que, juntamente con Nos, tributéis alabanzas y rendida acción de gracias a
Dios, dador de todo bien, exclamando con el Apóstol: «Al que es poderoso para
hacer sobre toda medida con incomparable exceso más de lo que pedimos o
pensamos, según la potencia que despliega en nosotros su energía, a El la
gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, en los
siglos de los siglos. Amén» [13] Ef 3, 20-21. Pero,
después de tributar las debidas gracias al Dios eterno, queremos por medio de
esta encíclica exhortaros a vosotros y a todos los amadísimos hijos de la
Iglesia a una más atenta consideración de los principios doctrinales
—contenidos en la Sagrada Escritura, en los Santos Padres y en los teólogos—,
sobre los cuales, como sobre sólidos fundamentos, se apoya el culto del
Sacratísimo Corazón de Jesús. Porque Nos estamos plenamente persuadido de que
sólo cuando a la luz de la divina revelación hayamos penetrado más a fondo en
la naturaleza y esencia íntima de este culto, podremos apreciar debidamente su
incomparable excelencia y su inexhausta fecundidad en toda clase de gracias
celestiales; y de esta manera, luego de meditar y contemplar piadosamente los
innumerables bienes que produce, encontraremos muy digno de celebrar el primer
centenario de la extensión de la fiesta del Sacratísimo Corazón a la Iglesia
universal.

Con el fin, pues, de ofrecer a

la mente de los fieles el alimento de saludables reflexiones, con las que más
fácilmente puedan comprender la naturaleza de este culto, sacando de él los
frutos más abundantes, nos detendremos, ante todo, en las páginas del Antiguo y
del Nuevo Testamento que revelan y describen la caridad infinita de Dios hacia
el género humano, pues jamás podremos escudriñar suficientemente su sublime
grandeza; aludiremos luego a los comentarios de los Padres y Doctores de la
Iglesia; finalmente, procuraremos poner en claro la íntima conexión existente
entre la forma de devoción que se debe tributar al Corazón del Divino Redentor
y el culto que los hombres están obligados a dar al amor que El y las otras Personas
de la Santísima Trinidad tienen a todo el género humano. Porque juzgamos que,
una vez considerados a la luz de la Sagrada Escritura y de la Tradición los
elementos constitutivos de esta devoción tan noble, será más fácil a los
cristianos de ver «con gozo las aguas en las fuentes del Salvador» [14] Is 12,
3; es decir, podrán apreciar mejor la singular importancia que el culto al
Corazón Sacratísimo de Jesús ha adquirido en la liturgia de la Iglesia, en su
vida interna y externa, y también en sus obras: así podrá cada uno obtener
aquellos frutos espirituales que señalarán una saludable renovación en sus
costumbres, según lo desean los Pastores de la grey de Cristo.

Culto

de latría

6. Para comprender mejor, en

orden a esta devoción, la fuerza de algunos textos del Antiguo y del Nuevo
Testamento, precisa atender bien al motivo por el cual la Iglesia tributa al
Corazón del Divino Redentor el culto de latría. Tal motivo, como bien sabéis,
venerables hermanos, es doble: el primero, común también a los demás miembros
adorables del Cuerpo de Jesucristo, se funda en el hecho de que su Corazón, por
ser la parte más noble de su naturaleza humana, está unido hipostáticamente a
la Persona del Verbo de Dios, y, por consiguiente, se le ha de tributar el
mismo culto de adoración con que la Iglesia honra a la Persona del mismo Hijo
de Dios encarnado. Es una verdad de la fe católica, solemnemente definida en el
Concilio Ecuménico de Éfeso y en el II de Constantinopla [15] Conc. Ephes. can. 8; cf. Mansi, Sacrorum Conciliorum ampliss.

Collectio, 4,

1083 C.; Conc. Const.
II, can. 9; cf. ibíd. 9, 382 E. El otro motivo se refiere ya de manera especial
al Corazón del Divino Redentor, y, por lo mismo, le confiere un título
esencialmente propio para recibir el culto de latría: su Corazón, más que
ningún otro miembro de su Cuerpo, es un signo o símbolo natural de su inmensa
caridad hacia el género humano. «Es innata al Sagrado Corazón», observaba
nuestro predecesor León XIII, de f. m., «la cualidad de ser símbolo e imagen
expresiva de la infinita caridad de Jesucristo, que nos incita a devolverle
amor por amor» [16] Cf. enc. Annum sacrum: AL 19 (1900) 76.

Es indudable que los Libros

Sagrados nunca hacen una mención clara de un culto de especial veneración y
amor, tributado al Corazón físico del Verbo Encarnado como a símbolo de su
encendidísima caridad. Este hecho, que se debe reconocer abiertamente, no nos
ha de admirar ni puede en modo alguno hacernos dudar de que el amor de Dios a
nosotros —razón principal de este culto— es proclamado e inculcado tanto en el
Antiguo como en el Nuevo Testamento con imágenes con que vivamente se conmueven
los corazones. Y estas imágenes, por encontrarse ya en los Libros Santos cuando
predecían la venida del Hijo de Dios hecho hombre, han de considerarse como un
presagio de lo que había de ser el símbolo y signo más noble del amor divino,
es a saber, el sacratísimo y adorable Corazón del Redentor divino.



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