martes, 2 de junio de 2015


Cada Día
Acto de Contrición


¡Dulcísimo Corazón de Jesús, que en este
Divino Sacramento estás vivo e inflamado de amor por

nosotros! Aquí nos  tenéis en vuestra

presencia, pidiéndonos perdón de nuestra culpa e implorando vuestra

misericordia. Nos pesa ¡oh buen Jesús! de haberos ofendido, por ser
Vos tan bueno que no merecéis tal ingratitud. Concedednos

luz y gracia para meditar vuestras virtudes y formar según ellas nuestros pobre

corazón. Amén

Día II
CARTA ENCÍCLICAa
HAURIETIS AQUAS

DE SU

SANTIDAD
PÍO XII

SOBRE

EL CULTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS


I.
FUNDAMENTACIÓN TEOLÓGICA

Dificultades

y objeciones

3. La Iglesia siempre ha tenido

y tiene en tan grande estima el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús: lo
fomenta y propaga entre todos los cristianos, y lo defiende, además,
enérgicamente contra las acusaciones del naturalismo y del sentimentalismo; sin embargo, es muy doloroso comprobar cómo, en lo
pasado y aun en nuestros días, este nobilísimo culto no es tenido en el debido
honor y estimación por algunos cristianos, y a veces ni aun por los que se
dicen animados de un sincero celo por la religión católica y por su propia
santificación.

«Si tú conocieses el don de

Dios» [7] Jn 4,
10. Con estas palabras, venerables hermanos, Nos, que por divina disposición
hemos sido constituidos guardián y dispensador del tesoro de la fe y de la
piedad que el Divino Redentor ha confiado a la Iglesia, conscientes del deber
de nuestro oficio, amonestamos a todos aquellos de nuestros hijos que, a pesar
de que el culto del Sagrado Corazón de Jesús, venciendo la indiferencia y los
errores humanos, ha penetrado ya en su Cuerpo Místico, todavía abrigan
prejuicios hacia él y aun llegan a reputarlo menos adaptado, por no decir
nocivo, a las necesidades espirituales de la Iglesia y de la humanidad en la
hora presente, que son las más apremiantes. Pues no faltan quienes,
confundiendo o equiparando la índole de este culto con las diversas formas
particulares de devoción, que la Iglesia aprueba y favorece sin imponerlas, lo
juzgan como algo superfluo que cada uno pueda practicar o no, según le
agradare; otros consideran oneroso este culto, y aun de poca o ninguna
utilidad, singularmente para los que militan en el Reino de Dios, consagrando
todas sus energías espirituales, su actividad y su tiempo a la defensa y
propaganda de la verdad católica, a la difusión de la doctrina social católica,
y a la multiplicación de aquellas prácticas religiosas y obras que ellos juzgan
mucho más necesarias en nuestros días. Y no faltan quienes estiman que este
culto, lejos de ser un poderoso medio para renovar y reforzar las costumbres
cristianas, tanto en la vida individual como en la familiar, no es sino una
devoción, más saturada de sentimientos que constituida por pensamientos y
afectos nobles; así la juzgan más propia de la sensibilidad de las mujeres
piadosas que de la seriedad de los espíritus cultivados.

Otros, finalmente, al

considerar que esta devoción exige, sobre todo, penitencia, expiación y otras
virtudes, que más bien juzgan pasivas porque
aparentemente no producen frutos externos, no la creen a propósito para
reanimar la espiritualidad moderna, a la que corresponde el deber de emprender
una acción franca y de gran alcance en pro del triunfo de la fe católica y en
valiente defensa de las costumbres cristianas; y ello, dentro de una sociedad
plenamente dominada por el indiferentismo religioso que niega toda norma para
distinguir lo verdadero de lo falso, y que, además, se halla penetrada, en el
pensar y en el obrar, por los principios del materialismo ateo y del laicismo.

La

doctrina de los papas

4. ¿Quién no ve, venerables

hermanos, la plena oposición entre estas opiniones y el sentir de nuestros
predecesores, que desde esta cátedra de verdad aprobaron públicamente el culto
del Sacratísimo Corazón de Jesús? ¿Quién se atreverá a llamar inútil o menos
acomodada a nuestros tiempos esta devoción que nuestro predecesor, de i. m.,
León XIII, llamó «práctica religiosa dignísima de todo encomio», y en la que
vio un poderoso remedio para los mismos males que en nuestros días, en forma
más aguda y más amplia, inquietan y hacen sufrir a los individuos y a la
sociedad? «Esta devoción —decía—, que a todos recomendamos, a todos será de
provecho». Y añadía este aviso y exhortación que se refiere a la devoción al
Sagrado Corazón: «Ante la amenaza de las graves desgracias que hace ya mucho
tiempo se ciernen sobre nosotros, urge recurrir a Aquel único, que puede
alejarlas. Mas ¿quién podrá ser Este sino Jesucristo, el Unigénito de Dios?
"Porque debajo del cielo no existe otro nombre, dado a los hombres, en el
cual hayamos de ser salvos" [8] Hech 4,
12. Por lo tanto, a El debemos recurrir, que es "camino, verdad y
vida"» [9] Enc. Annum
Sacrum, 25 mayo 1899; AL 19 (1900)
71, 77-78.

No menos recomendable ni menos

apto para fomentar la piedad cristiana lo juzgó nuestro inmediato predecesor,
de f. m., Pío XI, en su encíclica Miserentissimus Redemptor: «¿No están acaso contenidos en esta forma de
devoción el compendio de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta,
puesto que constituye el medio más suave de encaminar las almas al profundo
conocimiento de Cristo Señor nuestro y el medio más eficaz que las mueve a
amarle con más ardor y a imitarle con mayor fidelidad y eficacia?» [10] Enc. Miserentissimus
Redemptor, 8 mayo 1928 AAS 20 (1928)
167.

Nos, por nuestra parte, en no

menor grado que nuestros predecesores, hemos aprobado y aceptado esta sublime
verdad; y cuando fuimos elevado al sumo pontificado, al contemplar el feliz y
triunfal progreso del culto al Sagrado Corazón de Jesús entre el pueblo
cristiano, sentimos nuestro ánimo lleno de gozo y nos regocijamos por los
innumerables frutos de salvación que producía en toda la Iglesia; sentimientos
que nos complacimos en expresar ya en nuestra primera Encíclica [11] Cf. enc. Summi Pontificatus, 20
octubre 1939 AAS 31 (1939) 415.

 Estos frutos, a través de los años de nuestro

pontificado —llenos de sufrimientos y angustias, pero también de inefables
consuelos—, no se mermaron en número, eficacia y hermosura, antes bien se
aumentaron. Pues, en efecto, muchas iniciativas, y muy acomodadas a las
necesidades de nuestros tiempos, han surgido para favorecer el crecimiento cada
día mayor de este mismo culto: asociaciones, destinadas a la cultura
intelectual y a promover la religión y la beneficencia; publicaciones de
carácter histórico, ascético y místico para explicar su doctrina; piadosas
prácticas de reparación y, de manera especial, las manifestaciones de
ardentísima piedad promovidas por el Apostolado de la Oración, a cuyo celo y actividad se debe que familias,
colegios, instituciones y aun, a veces, algunas naciones se hayan consagrado al
Sacratísimo Corazón de Jesús. Por todo ello, ya en Cartas, ya en Discursos y
aun Radiomensajes, no pocas veces hemos expresado nuestra paternal complacencia [12] Cf. AAS 32 (1940) 276; 35 (1943) 170; 37 (1945)
263-264; 40 (1948) 501; 41 (1949) 331.



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