domingo, 16 de marzo de 2014

II Domingo de Cuaresma

(Evangelio según San Mateo capitulo 17 versículos del 1 al 9)

De la Homilía de San León Papa.
Tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y habiendo subido juntamente con ellos a un monte excelso, manifestóles el  esplendor de su gloria. Pues si bien habían entendido que era Dios, ignoraban aún de qué era capaz aquel cuerpo en el cual la divinidad estaba encubierta. Y por lo mismo, propia y concretamente el Salvador, había prometido que algunos de sus discípulos presentes no habían de morir sin haber visto antes al Hijo del hombre que venía en su reino, es decir,  en su gloria regia, perteneciente de una manera espiritual a la naturaleza que había tomado, y que quería mostrar a estos tres discípulos. Ya que, de la inefable e inaccesible visión de la Divinidad reservada en la vida eterna para los limpios de corazón, no podían disfrutar en modo alguno mientras se encontrasen revestidos de carne mortal.

Las palabras del Padre. “¡Este es mi hijo amado, en quien me he complacido, oídle!”, ¿por ventura no dicen claramente: Este es mi Hijo el cual recibe de mí y posee conmigo un ser eterno?. Ya que ni el engendrador es primero que el engendrado, ni el engendrado es posterior al engendrador. Este es mi Hijo; no nos separa la divinidad, ni nos divide el poder, ni nos diferencia la eternidad. Este es mi Hijo, no adoptivo sino propio, no creado por otro sino engendrado de mí mismo, ni pertenece a otra naturaleza semejante a la mía, sino que, nacido de mi sustancia es igual a mí mismo.
Este es mi Hijo, por quien fueron hechas todas las cosas y sin el cual nada hizo; hace lo mismo que yo hago, y cuantas cosas yo obro, también las realiza él unido conmigo inseparablemente. Este es mi Hijo, el cual no arrebató la igualdad que tiene conmigo, ni la usurpó presuntuosamente, sino que permaneciendo en la forma de mi gloria, para realizar el común consejo de la reparación humana, inclinó la inconmutable Divinidad hasta la forma de siervo.
A éste, por lo mismo, en quien yo me complazco, por cuya predicación soy conocido y por cuya humildad soy glorificado, oídle constantemente, porque él es la verdad y la vida, mi poder y mi sabiduría.


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