domingo, 18 de noviembre de 2012

DEDICACIÓN DE LAS BASÍLICAS DE LOS SANTOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO


Entre los santuarios venerados en otro tiempo por los Cristianos, los más célebres y frecuentados eran aquellos en que habían sido sepultados los cuerpos de los Santos o en que se encontraba algún vestigio o algún recuerdo de los mártires. El primer lugar entre estos santuarios lo ocupó siempre la parte del Vaticano llamada la Confesión de San Pedro.
El Emperador Constantino el Grande vino allí a los ocho días de haber recibido el bautismo; quitándose la diadema y postrado en tierra, derramó abundancia de lágrimas. Pasados algunos instantes, tomando un azadón y un escardillo, púsose a cavar el suelo; y sacando doce espuertas de tierra, en honor de los doce Apóstoles, designó el emplazamiento destinado a la basílica del príncipe de los APÓSTOLES y mandó comenzar la construcción de un iglesia. El Papa San Silvestre efectuó su dedicación, el día catorce de las calendas de Diciembre, observando los mismos ritos que en la consagración de la Iglesia de Letraán, que se había celebrado el día quinto anterior a los idus de Noviembre. Erigió en ella un altar de piedra, que ungió con el Sagrado Crisma, y dispuso que en adelante, sólo se construyeran altares de piedra.
Urbano VIII la consagró solemnemente en el año 1626, en la misma fecha que había sido consagrada cuando su primera erección. 
(Evangelio según San Lucas capítulo 19 versículos del 1 al 10)

Homilía de San Ambrosio, Obispo.
Habiendo oído hablar Zaqueo (Hombre de Baja estatura, esto es, de baja alcurnia y de pocos méritos, como lo era el pueblo gentil) del advenimiento del Divino Salvador, al cual los suyos no habían recibido, tenía grande deseos de verle. Pero nadie ve fácilmente a Jesús, nadie que permanezca en la tierra puede ver a Jesús. Y por lo mismo que no podía apoyarse ni en los profetas ni en la ley, es decir, careciendo de toda gracia natural, sube a un sicómoro, como hollando con sus pies la vanidad de los judíos y corrigiendo los errores de su vida pasada. Gracias a ello recibió a Jesús en lo interior de su casa.

El hizo bien subiendo a un árbol, porque él mismo debía convertirse en un árbol bueno que llevara buenos frutos, y arrancado de un acebuche para ser injertado contra su naturaleza en un buen olivo debía llevar el fruto de la ley. Porque la ley, entre los judíos, era una raíz sana, pero tenía ramas inútiles; su gloria era vana, y el pueblo gentil se elevo sobre ellos por su fe en la resurrección, como por una cierta elevación corporal. Zaqueo, pues, estaba sobre el sicómoro y el ciego al borde del camino; al uno, le espera el Señor para usar de su Misericordia con él; al otro lo ennoblece y le honra hospedándose en su casa; al uno le interroga para curarle, y se invita el mismo en casa de otro sin que éste le invitase. Sabía cuan abundante sería la recompensa que daría a su hospitalidad, y si no había oído la voz de Zaqueo invitándole, había visto ya los sentimientos de su corazón.

Mas para que no parezca que pronto prescindimos de aquel ciego por desprecio a los pobres, y pasamos al rico, aguardémosle, ya que también le aguardó el Señor; preguntémosle, ya que también le pregunto Cristo. Nosotros le preguntaremos a fin de saber cómo Jesús le preguntó, a fin de que en el ejemplo de uno solo, conociéramos lo que todos deben hacer para ver al Señor. Le preguntó para que viésemos que nadie puede salvarse sin la confesión de fe.

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