domingo, 19 de agosto de 2012

XII Domingo después Pentecostés


(Evangelio según San Lucas 10, 11-19)

Homilía de San Beda el Venerable, Presbítero.

Bienaventurados los ojos, no de los escribas y de los fariseos, que vieron sólo el cuerpo del Señor, sino los que pueden conocer sus misterios, aquellos de los cuales se ha dicho: “Y los has revelado a los pequeñuelos”. Bienaventurados los ojos de esos pequeñuelos, a los cuales el Hijo se digna revelarse y revelar al Padre. “Abrahán, vuestro padre, ardió en deseos de ver el día de Cristo: viólo, y se llenó de gozo”. Isaías, Miqueas y muchos otros profetas vieron también la gloria del Señor; por eso se les ha llamado Videntes; pero le vieron y le saludaron de lejos, como en un espejo y enigma.

En cuanto a los Apóstoles, que gozaban de la presencia del Señor, que comían con él y que podían preguntarle sobre todo cuanto deseaban saber, no tenían necesidad, para ser instruidos, ni de ángeles, ni de ningún genero de visiones. A los que San Lucas llama profetas y reyes, los llama San Mateo con más claridad profetas y justos. Los justos son, en efecto, grandes reyes; porque, en ves de consentir y sucumbir  a los alicientes de sus pasiones, saben gobernarlas y someterlas.

Levantóse entonces un doctor de la ley, y díjole con el fin de tentarle: Maestro, ¿Qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” Este doctor de la Ley que en el designio de tentarle, interroga al Señor sobre la vida eterna, paréceme que tomó pretexto para hacerlo de estas del Salvador: “Alegraos, porque vuestros nombres están escritos en los cielos”. Pero el lazo que tiende a Jesús, muestra con cuanta verdad el Señor había dicho al dirigirse a su Padre: “Porque has encubierto estas cosas a los sabios y prudentes y las has descubierto a los pequeñuelos”.

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