lunes, 21 de noviembre de 2011

Domingo XXIII después de Pentecostés

(Evangelio según San Mateo  capítulo 9 versículos del 18 al 26)
Homilía de San Jerónimo, Presbítero.

El octavo milagro consiste en que el jefe de la Sinagoga, que no quiere ser excluido del sacramento de la verdadera circuncisión, pide a Jesús la resurrección de su hija. Más he aquí que una mujer afligida de una pérdida de sangre, se desliza por entre el cortejo, y es curada en el octavo lugar, de suerte que la hija del jefe de la Sinagoga, perdiendo su turno, es postergada al noveno, de conformidad con las palabras del salmista: “La Etiopía alzará la primera sus manos hacia Dios”, y con las del Apóstol: “Cuando haya entrado la plenitud de los gentiles, entonces se salvará todo Israel”.

Cuando he aquí que una mujer, “que hacia ya doce años que padecía un flujo de sangre, vino por detrás y tocó el ruedo de sus vestidos”. Leemos en el Evangelio de San Lucas que la hija del jefe de la Sinagoga tenia doce años. Advierte, pues, que esta mujer, osea el pueblo gentil, comienza a sentirse enferma al mismo tiempo en que el pueblo judío nacía la fe. Y ciertamente, el vicio no distingue si no se en comparación con las virtudes.

Pero no fue en el interior de una casa, ni en la ciudad ( en semejantes casos la ley excluía de las poblaciones) en donde esta la mujer, afligida de una perdida de sangre, se acercó al Salvador, sino en el camino por donde él iba; de suerte que al ir a visitar a una persona curaba otra. Por lo que también dicen los Apóstoles: “A vosotros debía ser primeramente anunciada la Palabra de Dios; más ya que os juzgáis indignos de la salvación, nos pasamos a los gentiles”.

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