lunes, 21 de noviembre de 2011

21 de Noviembre Presentación de la Santísima Virgen María

Admitía la ley antigua que las niñas se consagrasen a Dios para servirle en su Templo, en el cual moraban, según una antigua tradición, también María fue muy pronto consagrada a Dios. Un Evangelio apócrifo precisa el tiempo, la edad de tres años, en que se hizo esta ofrenda.

La Presentación de María en el templo es objeto de una festividad que los Griegos y los Armenios celebran, a la par de los Latinos, el 21 de Noviembre. En la Iglesia griega esta solemnidad se llama la entrada de la Madre de Dios en el templo. Simeón Metafraste dice se celebraba en Constantinopla en el año 730. el 1143 el Emperador Manuel Comneno la coloca en el número de las fiestas conocidas en toda la Iglesia. La diligencias del embajador del Rey de Chipre cerca de Gregorio XI (residente en Aviñón) lograron que fuese aceptada por la curia Pontificia en 1372.

Habiendo pasado de allí a diversos reinos o Iglesias, la fiesta fue introducida en el breviario romano por Sixto IV, suprimida por San Pio V y luego restablecida por Sixto V gracias principalmente a los esfuerzos del P. Torres (Turriano) de la Compañía de Jesús. Clemente VIII aprobó su oficio en forma actual, en que la Presentación sólo se nombra en la oración , en una lleción sacada de San Juan Damasceno y en el responsorio del nocturno octavo. (Del Breviario Romano).

Piados y santos autores y aun un gran número de teólogos, suponen que María recibió por privilegio el uso anticipado de la razón. Según esto la presente festividad nos recordaría  la emisión de su voto de virginidad, comprendido en la ofrenda total de sí misma, o la ratificación solemne, de esta consagración.

Es, con todo, indudable que María, al primer asomo de la razón, se entrego completamente a Dios.

Dios de mi corazón, Dios herencia mía por toda la eternidad” (Salmo 72, 26).


Al felicitar a nuestra Madre, pidámosle que nos obtenga la gracia de imitarla, y dando de nuevo a Dios cuando le tenemos ofrecido, digámosle con San Ignacio: “Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi oblación con vuestro favor y ayuda, delante de vuestra infinita bondad, y delante de vuestra Madre gloriosa, y de todos los santos y santas de la corte celestial, que yo quiero y deseo, y es mi determinación deliberada, sólo que sea vuestro mayor servicio y alabanza, de imitaros en pasar todas las injurias y todo vituperio y toda pobreza, así actual como espiritual, queriéndome vuestra santísima Majestad elegir y recibir en tal vida y tal estado”. Amén



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