miércoles, 26 de enero de 2011

23 de Enero tercer domingo después de Epifanía

(Evangelio según San Mateo capitulo 8 versículo del 1 al 13)
La lepra que Jesús cura, representa el pecado y Él es el único que puede extirparlo de nuestras almas, y en su lugar siembra la gracia.
Adoremos a Jesucristo y digámosle como el leproso del Evangelio: “Señor, si quieres, puedes purificarme”.
Cada vez que nos acercamos al sacramento de la Penitencia o Confesión, arrepentidos y con propósito firme de corregirnos; dándonos cuenta que a quien hemos desafiado haciendo voluntariamente el mal es a Dios.
La medicina que se debe aplicar a nuestras almas para ser limpias, es la sangre de Cristo sus divinas llagas. El médico que las aplica es Cristo, atreves del sacerdote.
Que importante que es la sinceridad en la confesión, ya que Dios nuestro Señor que conoce de manera perfecta nuestras conciencias e intenciones, no nos perdonara si escondemos nuestros pecados a sabiendas.
¿Cómo debo actuar si voluntariamente he ocultado algún pecado en la confesión por vergüenza u otra razón? Debo volver a confesar todos los pecados mortales desde la última confesión bien hecha ya que he cometido el terrible pecado de sacrilegio (profanar los sagrado).
Si no quiero enmendarme (corregirme) ¿Puedo ser perdonado? Evidentemente que no, porque el que no quiere cambiar o al menos intentarlo tampoco quiere el perdón divino. Si no quiero tomar la medicina, el deseo de curarme se hace vano es decir en realidad no quiero curarme. Es como si digiera: “ Señor cúrame la lepra del pecado, pero no me quites la lepra”. Es contradictorio.
Dios es infinitamente Misericordioso pero nunca permisivo, es el Amor increado y porque tanto nos ama, nos exige y nos da la gracia para que nos salvemos y quiere que seamos eternamente felices en el cielo.
Y tu ¿qué quieres para tu vida?

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