jueves, diciembre 07, 2017

SAN AMBROSIO, OBISPO DE MILAN, DOCTOR DE LA IGLESIA.
Vidas de los Santos de A. Butler.
Claude Bignon, San Ambrosio, 1623 - Mineapolis -Instituto de Arte
Claude Bignon, San Ambrosio, 1623
Mineapolis -Instituto de Arte
(397 p.c.) El valor y la constancia para resistir el mal forman parte de las virtudes esenciales de un obispo. En ese sentido, San Ambrosio fue uno de los más grandes pastores de la Iglesia de Dios desde la época de los Apóstoles. Por otra parte, su ciencia hace de él uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia de occidente. El santo nació en Tréveris, probablemente el año 340. Su padre, que se llamaba también Ambrosio, era entonces prefecto de la Galia. El prefecto murió cuando su hijo era todavía joven, y su esposa volvió con la familia a Roma. La madre de San Ambrosio dio a sus hijos una educación esmerada, y puede decirse que el futuro santo debió mucho a su madre y a su hermana Santa Marcelina. El joven aprendió el griego, llegó a ser buen poeta y orador y se dedicó a la abogacía. En el ejercicio de su carrera llamó la atención de Anicio Probo y de Símaco. Este último, que era prefecto de Roma, se mantenía en el paganismo. El otro era prefecto pretorial de Italia. Ambrosio defendió ante este último varias causas con tanto éxito, que Probo le nombró asesor suyo. Más tarde, el emperador Valentiniano nombró al joven abogado gobernador de la Liguria y de la Emilia, con residencia en Milán. Cuando Ambrosio se separó de su protector Probo, éste le recomendó: "Gobierna más bien como obispo que como juez." El oficio que se había confiado a Ambrosio era del rango consular y constituía uno de los puestos de mayor importancia y responsabilidad en el Imperio de occidente. Ambrosio, que no había cumplido aún los cuarenta años, supo ejercer su oficio con extraordinario acierto, como se verá por lo que sigue.
Auxencio, un arriano que había gobernado la diócesis de Milán durante casi veinte años, murió el año 374. La ciudad se dividió en dos partidos, ya que unos querían a un obispo católico y otros a un arriano. Para evitar en cuanto fuese posible que la división degenerase en pleito, San Ambrosio acudió a la iglesia on la que iba a llevarse a cabo la elección, y exhortó al pueblo proceder a ella pacíficamente y sin tumulto. Mientras el santo hablaba, alguien gritó: "¡Ambrosio obispo!" Todos los presentes repitieron unánimemente ese grito, y católicos y arríanos eligieron al santo para el cargo. Ambrosio quedó desconcertado tanto más cuanto que, aunque era cristiano, no estaba todavía bautizado. Pero los obispos presentes ratificaron su nombramiento por aclamación. Ambrosio alegó irónicamente que "la emoción había pesado más que el derecho canónico y trató de huir de Milán. El emperador recibió un informe sobre lo sucedido. Por su parte, Ambrosio también le escribió, rogándole que le permitiese renunciar. Valentiniano respondió que se sentía muy complacido por haber sabido elegir a un gobernador que era digno de ser obispo, y mandó al vicario de la provincia que tomase las medidas necesarias para consagrar a Ambrosio. Este trató de escapar una vez más y se escondió en casa del senador Leoncio. Pero, cuando Leoncio se enteró de la decisión del emperador, entregó al santo, y éste no tuvo más remedio que aceptar. Así pues, recibió el baustimo y, una semana más tarde, el 7 de diciembre de 374, se le confirió la consagración episcopal. Tenía entonces unos treinta y cinco años.
Consciente de que ya no pertenecía al mundo, el santo decidió romper todos los lazos que le unían a él. En efecto, repartió entre los pobres sus bienes muebles y cedió a la Iglesia todas sus tierras y posesiones; lo único que conservó fue una renta para su hermana Santa Marcelina. Por otra parte, confió a su hermano San Sátiro la administración temporal de su diócesis para poder consagrarse exclusivamente al ministerio espiritual. Poco después de su ordenación, escribió a Valentiniano quejándose con amargura de los abusos de ciertos magistrados imperiales. El emperador le respondió: "Desde hace tiempo estoy acostumbrado a tu libertad de palabra y no por ello dejé de aceptar tu elección. No dejes de seguir aplicando a nuestras faltas los remedios que la ley divina prescribe." San Basilio escribió a Ambrosio para felicitarle, o más bien dicho para felicitar a la Iglesia por su elección y para exhortarle a combatir vigorosamente a los arrianos. San Ambrosio, que se creía muy ignorante en las cuestiones teológicas, se entregó al estudio de la Sagrada Escritura y de las obras de los autores eclesiásticos, particularmente de Orígenes y San Basilio. En sus estudios le dirigió San Simpliciano, un sabio sacerdote romano, a quien amaba como amigo, honraba como padre y reverenciaba como maestro. San Ambrosio combatió con tanto éxito el arrianismo que, diez años más tarde, no había en Milán un solo ciudadano contaminado por la herejía, fuera de algunos godos que pertenecían a la corte imperial. El santo vivía con gran sencillez y trabajaba infatigablemente. Sólo cenaba los domingos, los días de la fiesta de algunos mártires famosos y los sábados. En efecto, en Milán no se ayunaba nunca en sábado; pero cuando Ambrosio estaba en Roma, ayunaba también los sábados. El santo no asistía jamás a los banquetes y recibía en su casa con suma frugalidad. Todos los días celebraba la misa por su pueblo y vivía consagrado enteramente al servicio de su grey; todos los fieles podían hablar con él siempre que lo deseaban, y le amaban y admiraban enormemente. El santo tenía por norma no meterse nunca a arreglar matrimonios, no aconsejar a nadie que ingresase en el ejército, y no recomendar a nadie para los puestos de la corte. Los visitantes invadían la casa del obispo, que estaba siempre ocupadisimo, hasta el grado de que San Agustín fue a verle varias veces y entró y salió de la habitación de San Ambrosio, sin que éste advirtiese su presencia. En sus sermones, San Ambrosio alababa con frecuencia el estado y la virtud de la virginidad por amor de Dios, y dirigía personalmente a muchas vírgenes consagradas. A petición de Santa Marcelina, el santo reunió sus sermones sobre el tema; tal fue el origen de uno de sus tratados más famosos. Las madres impedían que sus hijas fuesen a oír predicar a San Ambrosio, y aun llegó a acusársele de que quería despoblar el Imperio. El santo respondía: "Quisiera que se me citase el caso de un hombre que haya querido casarse y no haya encontrado esposa", y sostenía que en los sitios en que se tiene en alta estima la virginidad la población es mayor. Según él, la guerra y no la virginidad era el gran enemigo de la raza humana.
Como los godos hubiesen invadido ciertos territorios romanos del oriente, el emperador Graciano decidió acudir con su ejército en socorro de su tío Valente. Sin embargo, para preservarse del arrianismo, del que Valente era gran protector, Graciano pidió a San Ambrosio que le instruyese sobre dicha herejía. Con ese objeto, el santo escribió el año 377 una obra titulada "A Graciano acerca de la Fe" y, más tarde, la amplió. Los godos habían causado estragos desde Tracia a la Iliria. San Ambrosio, no contento con reunir todo el dinero posible para rescatar a los prisioneros, mandó fundir los vasos sagrados. Los arríanos consideraron esa medida como un sacrilegio y se la echaron en cara. El santo respondió que le parecía más útil salvar vidas humanas que conservar el oro: "Si la Iglesia tiene oro, no es para guardarlo, sino para emplearlo en favor de los necesitados." Después del asesinato de Graciano en 383, la emperatriz Justina rogó a San Ambrosio que negociase con el usurpador Máximo para evitar que éste atacase a su hijo, Valentiniano II. San Ambrosio fue a entrevistarse con Máximo en Tréveris y consiguió convencerle de que se contentase con la Galia, España y las Islas Británicas. Según se dice, fue ésa la primera vez que un ministro del Evangelio intervino en los asuntos de la alta política. El objeto de tal intervención fue precisamente defender el derecho y el orden contra un usurpador armado.
Por entonces, ciertos senadores trataron de restablecer en Roma el culto a la diosa Victoria. El grupo estaba encabezado por Quinto Aurelio Símaco, hijo y sucesor del prefecto romano que había protegido a San Ambrosio en su juventud y había sido un admirable erudito, hombre de Estado y orador. Quinto Aurelio Símaco pidió a Valentiniano que reconstruyese el altar de la Victoria en el senado, pues a dicha diosa atribuía los triunfos y la prosperidad de la antigua Roma. Quinto Aurelio Símaco redactó muy hábilmente su petición, apelando a la emoción y empleando argumentos que se oyen todavía en labios de los no católicos: "¿Qué importa el camino por el que cada uno busca la verdad? Existen muchos caminos para llegar al gran misterio." La petición era un ataque velado contra San Ambrosio. Cuando el santo se enteró por conducto privado de la existencia del documento, escribió al emperador pidiéndole que le enviase una copia y reprendiéndolo por no haberle consultado inmediatamente en ese asunto que atañía a la religión. Poco después, escribió una respuesta que sobrepasaba en elocuencia a la petición de Símaco y la demolía punto por punto. Tras ridiculizar la idea de que los éxitos conseguidos por el valor de los soldados se vaticinaban en las entrañas de las bestias sacrificadas, el santo, elevándose a las cumbres de la más alta retórica, hablaba por boca de Roma, diciendo que la ciudad se lamentaba de sus errores pasados y que no se avergonzaba de cambiar, puesto que el mundo había cambiado también. En seguida, Ambrosio exhortaba a Símaco y sus compañeros a interpretar los misterios de la naturaleza a través del Dios que los había creado y a pedir a Dios que concediese la paz a los emperadores, en vez de pedir a los emperadores que les concediesen adorar en paz a sus dioses. La respuesta del santo terminaba con una parábola sobre el progreso y el desarrollo del mundo. "Por medio de la justicia, la verdad se cierne sobre las ruinas de las opiniones que antiguamente gobernaban el mundo." Tanto el escrito de Símaco como el de San Ambrosio fueron leídos ante el emperador y su consejo. No hubo discusión de ninguna especie. Valentiniano dijo a los presentes. "Mi padre no destruyó los altares, y nadie le pidió tampoco que los reconstruyese. Yo seguiré su ejemplo y no modificaré el estado de cosas."
La emperatriz Justina no se atrevió a apoyar abiertamente a los arríanos mientras vivieron su esposo y Graciano; pero, en cuanto la paz que San Ambrosio negoció entre Máximo y el hijo de Justina le dieron oportunidad de oponerse al obispo, se olvidó de todo lo que le debía. Al acercarse la Pascua del año 385, Justina indujo a Valentiniano a reclamar la basílica Porcia (actualmente llamada de San Víctor), situada en las afueras de Milán, para cederla a los arríanos, entre los que se contaban ella y muchos personajes de la corte. San Ambrosio respondió que jamás entregaría un templo de Dios. Entonces, Valentiniano envió a unos mensajeros a pedir la nueva basílica de los Apóstoles. Pero el santo obispo no cedió. El emperador mandó a sus cortesanos a apoderarse de la basílica. Los milaneses, enfurecidos al ver eso, tomaron prisionero a un sacerdote arriano. Al enterarse de lo sucedido, San Ambrosio pidió a Dios que no permitiese que la sangre corriese y envió a varios sacerdotes y diáconos a rescatar al prisionero. Aunque el santo tenía de su parte a la multitud y aun al ejército, se guardó de hacer o decir nada que pudiese desatar la violencia y poner en peligro al emperador y a su madre. Cierto que se negó a entregar las iglesias, pero se abstuvo de oficiar en ellas para no encender los ánimos. Sus adversarios, que le llamaban "el Tirano", hicieron lo posible por provocarle. San Ambrosio preguntó a sus enemigos: "¿por qué me llamáis tirano? Cuando me enteré de que la iglesia estaba rodeada de soldados, dije que no la entregaría, pero que tampoco me lanzaría a la lucha. Máximo no afirma que tiranizó a Valentiniano, a pesar de que a él le impedí marchar sobre Italia." En el momento en que el santo explicaba un pasaje del libro de Job al pueblo, irrumpió en la capilla un pelotón de soldados, a los que se había dado la orden de atacar; pero ellos se negaron a obedecer y entraron a orar con los católicos. A los pocos momentos, todo el pueblo se dirigió a la basílica contigua, arrancó las decoraciones que se habían puesto para recibir al emperador, y las dio a los niños para que jugasen con ellas. Sin embargo, San Ambrosio no aprovechó ese triunfo y no entró en la basílica sino hasta el día de Pascua, cuando Valentiniano retiró de ahí a los soldados. El pueblo celebró con gran júbilo esa victoria. San Ambrosio escribió un relato de los hechos a Santa Marcelina, que estaba entonces en Roma, y añadió que preveía desórdenes todavía mayores: "El eunuco Calígono, que es camarlengo imperial, me dijo: 'Tú desprecias al emperador, de suerte que te voy a mandar decapitar.' Yo repuse: ¡Dios lo quiera! Así sufriría yo como corresponde a un obispo, y tú obrarías como las gentes de tu calaña.' "
En enero del año siguiente, Justina convenció a su hijo de que promulgase utia ley para autorizar a los arríanos a celebrar reuniones y las prohibiera a los católicos. Dicha ley amenazaba con la pena de muerte a quien traíase de irnpedir las reuniones de los arríanos. Nadie tenía derecho a oponerse legalmente a que las iglesias fuesen cedidas a los arríanos, sin exponerse al destierro por el hecho mismo. San Ambrosio no hizo caso de la ley y se negó a entregar una sola iglesia. Sin embargo, nadie se atrevió a tocarle. "Yo he dicho ya lo que un obispo tenía que decir. Que el emperador proceda ahora como corresponde a un emperador. Nabot se negó a entregar la herencia de sus antepasados. ¿Cómo voy yo a entregar las iglesias de Jesucristo?" El Domingo de Ramos, el santo predicó sobre su decisión de no entregarlas. Entonces, el pueblo, temeroso de la venganza del emperador, se encerró con su pastor en la basílica. Las tropas imperiales la sitiaron con miras a vencer al pueblo por el hambre; pero ocho días después, el pueblo seguía ahí. Para ocupar a las gentes, San Ambrosio se dedicó a enseñarles himnos y salmos que él mismo había compuesto. Todos cantaban en coros alternados. El emperador envió al tribuno Dalmacio a conferenciar con el santo. Proponía que Ambrosio y el obispo arriano, Auxencio, eligiesen conjuntamente un grupo de jueces para decidir la cuestión. Si San Ambrosio no aceptaba esa proposición, debía retirarse y dejar la diócesis en manos de Auxencio. Ambrosio respondió por escrito al emperador, haciéndole notar que los laicos (pues Valentiniano había propuesto que se eligiesen jueces laicos) no tenían derecho a juzgar a los obispos ni a dictar leyes eclesiásticas. En seguida, el santo subió al pulpito y expuso al pueblo el desarrollo de los acontecimientos en el último año. En una sola frase resumió espléndidamente el fondo de la disputa: "El emperador está en la Iglesia, no sobre la Iglesia."
Entre tanto, llegó la noticia de que Máximo, con el pretexto de la persecución de que eran objeto los católicos, así como ciertas cuestiones de fronteras, estaba preparándose para invadir Italia. Valentiniano y Justina, sobrecogidos por el pánico, rogaron entonces a San Ambrosio que partiese nuevamente a impedir la invasión del usurpador. Olvidando todas las injurias públicas y privadas de que había sido objeto, el santo emprendió el viaje. Máximo, que estaba en Tréveris, se negó a concederle una audiencia privada, a pesar de que Ambrosio era obispo y embajador imperial, y le propuso recibirle en un consistorio público. Cuando Ambrosio fue introducido a la presencia de Máximo y éste se levantó del trono para darle el beso de paz, el santo permaneció inmóvil y se negó a acercarse a recibir el ósculo. En seguida, demostró públicamente a Máximo que la invasión que proyectaba era injustificable y constituía una deslealtad y terminó pidiéndole que enviase a Valentiniano los restos de su hermano Graciano como prenda de paz. Desde su llegada a Tréveris, el santo se había negado a mantener la comunión con los prelados de la corte que habían participado en la ejecución del hereje Prisciliano, y aun con el mismo Máximo. Por ello, se le ordenó al día siguiente que abandonase Tréveris. El santo regresó a Milán, no sin escribir antes a Valentiniano para referirle lo sucedido y aconsejarle que no se dejase engañar por Máximo, pues consideraba a éste como un enemigo velado que prometía la paz pero buscaba la guerra. En efecto, Máximo invadió súbitamente Italia, donde no encontró oposición alguna. Justina y Valentiniano dejaron en Milán a San Ambrosio para que hiciese frente a la tormenta y huyeron a Grecia en busca del amparo del emperador de oriente, Teodosio, en cuyas manos se pusieron. Teodosio declaró la guerra a Máximo, le derrotó y ejecutó en Panonia, y devolvió a Valentiniano sus territorios y los que le había arrebatado el usurpador. Pero en realidad, Teodosio fue quien gobernó desde entonces el imperio.
El emperador de oriente permaneció algún tiempo en Milán, e indujo a Valentiniano a abandonar el arrianismo y a tratar a San Ambrosio con el respeto que merecía un obispo verdaderamente católico. Sin embargo, no dejaron de surgir conflictos entre Teodosio y San Ambrosio, como era de esperarse, y hay que reconocer que en el primero de esos conflictos no faltaba razón a Teodosio. En efecto, ciertos cristianos de Kallinikum de Mesopotamia habían demolido la sinagoga de los judíos. Cuando Teodosio se enteró, ordenó que el obispo del lugar, a quien se acusaba de estar complicado en el asunto, se encargase de reconstruir la sinagoga. El obispo apeló a San Ambrosio, quien escribió una carta de protesta a Teodosio; pero, en vez de alegrar que no se conocían con certeza las circunstancias del caso, el santo basó su protesta en la tesis de que ningún obispo cristiano tenía derecho a pagar la construcción de un templo de una religión falsa. Como Teodosio hiciese caso omiso de esa protesta, San Ambrosio predicó contra él en su presencia, lo que dio lugar a una discusión en la iglesia. El santo no cantó la misa hasta haber arrancado a Teodosio la promesa de que revocaría la orden que había dado.
El año 390, llegó a Milán la noticia de una horrible matanza que había tenido lugar en Tesalónica. Buterico, el gobernador, había encarcelado a un auriga que había seducido a una sirvienta de palacio, y se negó a ponerle en libertad por más que el pueblo quería verlo correr en el circo. La multitud se enfureció tanto ante la negativa, que mató a pedradas a varios oficiales y asesinó a Buterico. Teodosio ordenó que se tomasen represalias increíblemente crueles. Los soldados rodearon el circo cuando todo el pueblo se hallaba congregado en él, y cargaron contra la multitud. La carnicería duró cuatro horas. Los soldados dieron muerte a 7,000 personas, sin distinción de edad, de sexo, ni de grado de culpabilidad. El mundo entero quedó aterrorizado y volvió los ojos a San Ambrosio, quien reunió a los obispos para consultarles sobre el caso. En seguida, escribió a Teodosio una carta muy digna, en la que le exhortaba a aceptar la penitencia eclesiástica y declaraba que no podía ni estaba dispuesto a recibir su ofrenda y celebrar ante él los divinos misterios hasta que hubiese cumplido esa obligación. "Los sucesos de Tesalónica no tienen precedentes... Sois humano y os habéis dejado vencer por la tentación. Os aconsejo, os ruego y os suplico que hagáis penitencia. Vos, que en tantas ocasiones os habéis mostrado misericordioso y habéis perdonado a los culpables, mandasteis matar a muchos inocentes. El demonio quería sin duda arrancaros la corona de piedad que era vuestro mayor timbre de gloria. Arrojadle lejos de vos ahora que podéis hacerlo... Os escribo esto de mano propia para que lo leáis en particular".
Desgraciadamente, el efecto que produjo esta carta en un hombre que sin duda estaba devorado por los remordimientos ha sido desvirtuado por una leyenda pintoresca y melodramática, según la cual, como Teodosio se negase a aceptar la penitencia eclesiástica, San Ambrosio salió a la puerta de la iglesia para impedirle el paso, cuando se acercaba con toda su corte a oír la misa. El obispo le reprendió públicamente y se negó a admitirle. El emperador estuvo excomulgado ocho meses, al cabo de los cuales se sometió sin condiciones. El P. Van Ortroy, S. J., echó por tierra esa leyenda. Por otra parte, la "religiosa humildad" que San Agustín, bautizado apenas tres años antes por San Ambrosio, atribuye a Teodosio, resume perfectamente «manto necesitamos saber. "Habiendo incurrido en las penas eclesiásticas, hizo penitencia con extraordinario fervor y, los que habían acudido a interceder por él, se estremecían de compasión al ver tanto rebajamiento de la dignidad imperial más de lo que hubiesen temblado ante su cólera si se hubieran sentido culpables de alguna falta en su presencia". En la oración fúnebre de Teodosio, dijo San Ambrosio simplemente: "Se despojó de todas las insignias de la dignidad regia y lloró públicamente su pecado en la iglesia. Él, que era emperador, no se avergonzó de hacer penitencia pública, en tanto que otros muchos menores que él se rehusan a hacerla. El no cesó de llorar su pecado hasta el fin de su vida." Ese triunfo de la gracia en Teodosio y del deber pastoral en Ambrosio demostró al mundo que la Iglesia no hace distinción de personas y que las leyes morales obligan a todos por igual. El propio Teodosio dio testimonio de la influencia decisiva de San Ambrosio en aquellas circunstancias, al señalarle como el único obispo digno de ese nombre que él había conocido.
Teodoreto menciona otro ejemplo de la humildad y religiosidad de que Teodosio dio muestra. Un día de fiesta, durante la misa en la catedral de Milán, Teodosio se acercó al altar a depositar su ofrenda y permaneció en el presbiterio. San Ambrosio le preguntó si deseaba algo. El emperador dijo que quería asistir a la misa y comulgar. Entonces San Ambrosio mandó al diácono a decirle: "Señor, durante la celebración de la misa nadie puede estar en el presbiterio. Os ruego que os retiréis a donde están los demás. La púrpura os hace príncipe pero no sacerdote." Teodosio se disculpó y dijo que estaba en la creencia de que en Milán existía la misma costumbre que en Constantinopla, donde el sitial del emperador se hallaba en el presbiterio. En seguida, dio las gracias al obispo por haberle instruido y se retiró al sitio en el que se hallaban los laicos.
El año 393, tuvo lugar la patética muerte del joven Valentiniano, quien fue asesinado en las Galias por Arbogastes cuando se hallaba solo entre sus enemigos. San Ambrosio, que había partido en auxilio suyo, encontró la procesión funeraria antes de cruzar los Alpes. Arbogastes, a quien se había dicho que San Ambrosio era "un hombre que dice al sol: '¡Detente!', y el sol se detiene", maniobró para conseguir que el santo obispo le apoyase en sus ambiciones. Pero Ambrosio, sin nombrar personalmente a Arbogastes, manifestó claramente en la oración fúnebre de Valentiniano que sabía a qué atenerse sobre su muerte. Por otra parte, salió de Milán antes de la llegada de Eugenio, el enviado de Arbogastes, de suerte que este último empezó a amenazar con perseguir a los cristianos. Entre tanto, San Ambrosio fue de ciudad en ciudad, exhortando al pueblo a oponerse a los invasores. Después regresó a Milán, donde recibió la carta en que Teodosio le anunciaba que había vencido a Arbogastes en Aquileya. Dicha victoria fue el golpe de muerte al paganismo en el imperio. Pocos meses después, murió Teodosio en brazos de San Ambrosio. En la oración fúnebre del emperador, el santo habló con gran elocuencia del amor que profesaba al difunto y de la gran responsabilidad que pesaba sobre sus dos hijos, a quienes tocaba gobernar un imperio cuyo lazo de unión era el cristianismo. Los dos hijos de Teodosio eran los débiles Arcadio y Honorio. Es posible que un joven godo, oficial de caballería del ejército imperial, haya estado presente en la iglesia. Su nombre era Alarico.
San Ambrosio sólo sobrevivió dos años a Teodosio el Grande. Una de las últimas obras que escribió fue el tratado sobre "La bondad de la muerte". Las obras homiléticas, exegéticas, teológicas, ascéticas y poéticas del santo son numerosísimas. En tanto que el Imperio Romano comenzaba a decaer en el occidente, San Ambrosio daba nueva vida a su idioma y enriquecía a la Iglesia con sus escritos. Cuando el santo cayó enfermo, predijo que moriría después de la Pascua, pero prosiguió sus estudios acostumbrados y escribió una explicación al salmo 43. Mientras San Ambrosio dictaba, Paulino, que era su secretario y fue más tarde su biógrafo, vio una llama en forma de escudo posarse sobre su cabeza y descender gradualmente hasta su boca, en tanto que su rostro se ponía blanco como la nieve. A este propósito escribió Paulino: "Estaba yo tan asustado, que permanecí inmóvil, sin poder escribir. Y a partir de ese día, dejó de escribir y de dictarme, de suerte que no terminó la explicación del salmo." En efecto, el escrito sobre el salmo se interrumpe en el versículo veinticuatro. Después de ordenar al nuevo obispo de Pavía, San Ambrosio tuvo que guardar cama. Cuando el conde Estilicen, tutor de Honorio, se enteró de la noticia, dijo públicamente: "El día en que ese hombre muera, la ruina se cernirá sobre Italia." Inmediatamente, el conde envió al santo unos mensajeros para pedirle que rogara a Dios que le alargase la vida. El santo repuso: "He vivido de suerte que no me avergonzaría de vivir más tiempo. Pero tampoco tengo miedo de morir, pues mi Amo es bueno." El día de su muerte, Ambrosio estuvo varias horas acostado con los brazos en cruz, orando constantemente. San Honorato de Vercelli, que se hallaba descansando en otra habitación, oyó una voz que le decía tres veces: "¡Levántate pronto, que se muere!" Inmediatamente bajó y dio el viático a San Ambrosio, quien murió a los pocos momentos. Era el Viernes Santo, 4 de abril de 397. El santo tenía aproximadamente cincuenta y siete años. Fue sepultado el día de Pascua. Sus reliquias reposan bajo el altar mayor de su basílica, a donde fueron transladadas el año 835. Su fiesta se celebra el día del aniversario de su consagración episcopal, tanto en oriente como en occidente. Su nombre figura en el canon de la misa del rito de Milán.
Dos obras muy importantes sobre la vida y escritos de San Ambrosio son la de J. R. Palanque, Saint Ambroise et l´Empire Romain (1934), acerca de la cual véase el juicio del P. Halkin en Analecta Bollandiana, vol. III (1934), pp. 395-401, y la biografía del canónigo anglicano F. Homes Dudden, The Life and Times of St Ambrose (1935), 2 vols. Ambos autores estudian la vida del santo desde muchos puntos de vista, con amplio conocimiento de las fuentes y de la bibliografía moderna sobre el tema. Las principales fuentes son los escritos del santo y la biografía de Paulino; pero naturalmente, se encuentran muchos datos dispersos en las oblas de San Agustín y otros contemporáneos, lo mismo que en los documentos que el P. Van Ortroy llama "las biografías griegas de San Ambrosio". El importante estudio de este último autor forma parte de una valiosa colección de ensayos publicados en 1897 con motivo del décimo quinto centenario de la muerte del santo. En dicho volumen, titulado Ambrosiana, escribieron el Dr. Achille Ratti (Pío XI), Marucchi, Savio, Schenkl, Mocquereau, etc. Véase también R. Wirtz, Ambrosius und seine Zeit (1924); M. R. McGuire, en Catholic Historical Review, vol. XXII (1936), pp. 304-318; W. Wilbrand, en Historisches Jahrbuch, vol. XII (1921), pp. 1-19; L. T. Lefort, en Le Muséon, vol. XVIII (1935), pp. 55-73; Fliche et Martin, Histoire de l'Eglise, vol. III (1936), etc. La Vie de S. Ambroise publicada por el duque de Broglie en la colección Les Saints da una buena idea sobre el santo y su época, aunque no está al día en todos los puntos. Más completas son las biografías de Palanque y de Dudden, así como la que se encuentra en la última edición de Bardenhewer, Geschichte der altkirchuchen Literatur, vol. III. F. R. Hoarc tradujo la biografía escrita por el diácono Paulino, en The Western Fathers, (1954).

miércoles, diciembre 06, 2017

SAN NICOLAS DE BARI, OBISPO DE MIRA, PATRONO DE LA PROVINCIA DE LA RIOJA, ARGENTINA.
Vida de los Santos de A. Butler.
SAN NICOLÁS DE BARÍ, OBISPO DE MIRA - Vidas de los Santos de A. Butler
(Siglo IV) La gran veneración que se ha profesado al santo durante tantas generaciones y el número de iglesias y altares que se le han dedicado en todas partes, son el mejor testimonio de su santidad y de la gloria de que goza con Dios. Según se dice, nació en Patara de Licia, una antigua provincia del Asia Menor. La capital, Mira, próxima al mar, era una sede episcopal. Cuando quedó vacante, Nicolás fue elegido obispo y ahí se hizo famoso por su extraordinaria piedad, su celo y sus sorprendentes y numerosos milagros. Los relatos griegos sobre su vida afirman que estuvo encarcelado por la fe y la confesó gloriosamente, al fin de la persecución de Diocleciano. San Nicolás asistió al Concilio de Nicea, donde se condenó al arrianismo. El silencio que guardan algunos autores sobre estos datos los hacen sospechosos. El santo murió en Mira y fue sepultado en su catedral.
Este conciso resumen de Alban Butler nos dice cuanto se sabe sobre la vida de San Nicolás y un poco más. En realidad, lo único que aparece seguro es que fue obispo de Mira en el siglo IV. Sin embargo, no escasean los materiales biográficos, como la biografía que se atribuye a San Metodio, patriarca de Constantinopla, quien murió el año 847. Pero el biógrafo afirma que, "hasta el presente, la vida de este distinguido pastor ha sido desconocida para la mayoría de los fieles" y, en consecuencia, trata de llenar esa laguna, casi cinco siglos después de la muerte del santo. Dicha biografía es la más fidedigna de las fuentes "biográficas", sobre las que se ha escrito mucho, desde el punto de vista crítico y desde el expositivo. La fama de que ha disfrutado San Nicolás durante tantos siglos, exige que hablemos sobre estas leyendas.
Se dice que desde la más tierna infancia Nicolás sólo comía los miércoles y los viernes por la tarde, según los cánones. "Sus padres le educaron extraordinariamente bien, y el niño siguió el ejemplo que ellos le daban. La Iglesia le cuidó con la solicitud con que la tórtola cuida a sus polluelos, de suerte que conservó intacta la inocencia de su corazón." A los cinco años de edad, empezó a estudiar las ciencias sagradas: "día tras día, la doctrina de la Iglesia iluminó su inteligencia y despertó su ansia de conocer la verdadera religión." Sus padres murieron cuando él era todavía joven y le dejaron una herencia considerable. Nicolás decidió consagrarla a obras de caridad. Pronto se le presentó la oportunidad. Un habitante de Patara había perdido toda su fortuna y tenía que mantener a sus tres hijas, pues éstas no podían casarse sin dote. El pobre hombre pensaba ya en dedicar a sus hijas a la prostitución para poder comer. Cuando Nicolás se enteró de ello, tomó una bolsa con monedas de oro y, al amparo de la oscuridad de la noche, la arrojó por la ventana en la casa de aquel hombre. Con ese dinero, se casó la hija mayor. San Nicolás hizo lo mismo por las otras dos. El padre de las jóvenes se puso al acecho en la ventana, descubrió a su bienhechor y le agradeció expresivamente su caridad. Según parece, con el tiempo, los artistas confundieron las tres bolsas de oro con tres cabezas de niño; de ahí nació la absurda leyenda de que el santo había resucitado a tres niños a los que un posadero había asesinado y sepultado en un montón de sal.
San Nicolás llegó a la ciudad de Mira precisamente cuando el clero y el pueblo celebraban una reunión para elegir obispo. Dios hizo comprender a los electores que San Nicolás era el hombre indicado para el cargo. Era por entonces el principio del siglo IV, cuando se desencadenaron las persecuciones. "Como. Nicolás era el principal sacerdote de los cristianos en esa ciudad y predicaba con toda libertad las verdades de la fe, fue arrestado por los magistrados, quienes le mandaron torturar y le arrojaron cargado de cadenas en la prisión, con otros muchos cristianos. Pero cuando el grande y religioso Constantino, elegido por Dios, fue coronado con la diadema imperial de los romanos, los prisioneros fueron puestos en libertad. También el ilustre Nicolás recobró la libertad y pudo regresar a Mira. San Metodio afirma que, "gracias a las enseñanzas de Nicolás, la metrópolis de Mira fue la única que no se contaminó con la herejía arriana y la rechazó firmemente, como si fuese un veneno mortal." Pero dicho autor no dice que el santo haya asistido al Concilio de Nicea el año 325. Según otras tradiciones, San Nicolás no sólo asistió al Concilio, sino que dio a Arrio una bofetada en pleno rostro. En vista de ello, los Padres conciliares le privaron de sus insignias episcopales y le encarcelaron. Pero el Señor y su Santísima Madre se le aparecieron ahí, le pusieron en libertad y le restituyeron a su sede. San Nicolás tomó también medidas muy severas contra el paganismo y lo combatió incansablemente. Destruyó, entre otros, el templo de Artemisa, que era el principal de la provincia, y los malos espíritus salieron huyendo ante él. El santo protegió también a su pueblo en lo temporal. El gobernador Eustacio había sido sobornado para que condenase a muerte a tres inocentes. En el momento de la eiecución, Nicolás se presentó, detuvo al verdugo y puso en libertad a los prisioneros. En seguida, se volvió a Eustacio y le reprendió, hasta que éste reconoció su crimen y se arrepintió. En esa ocasión estuvieron presentes tres oficiales del imperio que iban de camino a Frigia. Cuando dichos oficiales volvieron a Constantinopla, el prefecto Ablavio, que les tenía envidia, los mandó encarcelar por falsos cargos y consiguió que el emperador Constantino los condenase a muerte. Al saberlo, los tres oficiales, recordando el amor de la justicia de que había dado muestras el poderoso obispo de Mira, pidieron a Dios que los salvase de la muerte por sus méritos e intercesión. Esa misma noche, San Nicolás se apareció en sueños a Constantino y le ordenó que pusiese en libertad a los tres inocentes. También se apareció a Ablavio. A la mañana siguiente el emperador y el prefecto tuvieron una conferencia, mandaron llamar a los tres oficiales, y los interrogaron. Cuando Constantino supo que habían invocado a San Nicolás, los puso en libertad y les envió al santo obispo con una carta en la que le rogaba que no volviese a amenazarle y que orase por la paz del mundo. Durante mucho tiempo, ése fue el milagro más famoso de San Nicolás, y prácticamente lo único que se sabía sobre él en la época de San Metodio.
Todos los relatos afirman unánimemente que San Nicolás murió y fue sepultado en Mira. En la época de Justiniano, se construyó en Constantinopla una basílica en honor del santo. Un autor griego anónimo del siglo X dice "que el oriente y el occidente le aclaman unánimemente. Su nombre se venera y se construyen iglesias en su honor en dondequiera que hay seres humanos: en la ciudad y en el campo, en los pueblos, en las islas y en los extremos de la tierra. En todas partes hay imágenes suyas, se predican panegíricos en su honor y se celebran fiestas. Todos los cristianos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, niños y niñas, respetan su memoria e imploran su protección. Y el santo derrama beneficios sin límite a través de las generaciones, entre los escitas, los indios, los bárbaros, los africanos y los italianos." Cuando Mira y su santuario cayeron en manos de los sarracenos, varias ciudades italianas se disputaron el honor de rescatar las reliquias del santo. La rivalidad se manifestó particularmente entre Venecia y Bari y, finalmente, ganó esta última. Las reliquias, robadas bajo las narices de los guardias griegos y mahometanos, llegaron a Bari el 9 de mayo de 1807. En su honor se construyó una iglesia, y el Papa Urbano Ií asistió a la consagración. La devoción de San Nicolás existía en el occidente desde mucho antes de la translación de sus reliquias, pero este acontecimiento contribuyó naturalmente a popularizar la devoción, y en Europa comenzó a hablarse de los milagros del santo tanto en Asia. En Mira, se decía que "el venerable cuerpo del obispo, embalsamado en el aceite de la virtud, sudaba una suave mirra que le preservaba de la corrupción y curaba a los enfermos, para gloria de aquél que había glorificado a Jesucristo, nuestro verdadero Dios." El fenómeno no se interrumpió con la translación de los restos; según se dice, el "maná de San Nicolás" sigue brotando en nuestros días, y ello constituye uno de los atractivos principales para los peregrinos que acuden de toda Europa.
La imagen de San Nicolás aparece más frecuentemente que ninguna otra en los sellos bizantinos. Al fin de la Edad Media, había en Inglaterra más de 400 iglesias dedicadas al santo. Se dice que, después de la Santísima Virgen, San Nicolás es el santo al que los artistas cristianos han representado con más frecuencia. En el oriente se le venera entre otras cosas, como patrono de los marineros; en el occidente, como patrono de los niños. Probablemente, el primero de esos patrocinios se originó en la leyenda que afirma que San Nicolás se apareció durante su vida a unos marineros que le habían invocado en una tempestad, frente a las costas de Licia y los llevó sanos y salvos al puerto. Los navegantes del mar Egeo y los del Jónico, siguiendo la costumbre de oriente, tienen una "estrella de San Nicolás" y se desean buen viaje con estas palabras: "Que San Nicolás lleve el timón." De la leyenda de los tres niños se deriva el patrocinio de San Nicolás sobre los niños y muchas otras prácticas, así eclesiásticas como seculares, relacionadas con ese incidente; tales, por ejemplo, el "niño-obispo" y la costumbre de hacer regalos en la época de Navidad, que es tan común en Alemania, Suiza y los Países Bajos. Dicha costumbre fue popularizada en los Estados Unidos por los protestantes holandeses de Nueva Amsterdam, que convirtieron al santo "papista" en un mago nórdico (Santa Claus, Sint Klaes, San Nicolás). En Inglaterra la costumbre no es muy antigua, por lo. menos en la forma en que se practica actualmente. La liberación de los tres oficiales imperiales hace que los prisioneros invoquen a San Nicolás. A este propósito se contaban muchos milagros del santo en la Edad Media.
Por curioso que parezca, en Rusia, San Nicolás es todavía más popular que en los países del Mediterráneo oriental y el noroeste de Europa. En efecto, San Andrés Apóstol y San Nicolás son los dos patronos de Rusia, y la Iglesia ortodoxa rusa celebra la fiesta de la traslación de las reliquias. Antes de la Revolución rusa, había tantos peregrinos rusos en Bari, que su gobierno mantenía en dicha ciudad una iglesia, un hospital y un albergue. El santo es también patrono de Grecia, Apulia, Sicilia y Lorena, así como de innumerables diócesis, ciudades e iglesias. La basílica romana de San Nicolás in Carcere fue construida entre el fin del siglo VI y el comienzo del VIL El nombre del santo figura en la preparación de la misa bizantina.
De 1900 a nuestros días, se han publicado dos estudios muy buenos sobre el santo y su culto. El primero es el de G. Anrich, Hagios Nikolaos . . . in der griechischen Kirche(2 vols, 1917). En él se encontrarán todos los textos griegos de algún interés, mucho mejor editados que en Falconius o Migne, con introducción y notas muy copiosas. El segundo estudio es el de K. Meisen. Nikolauskult und Nikolausbrauch im Abendlande(1931), en el que hay muchas ilustraciones. Véase sobre este último Analecta Bollandiana, vol. I (1932), pp. 178-181, donde se hace notar que uno de los textos publicados por Meisen está tomado de un manuscrito del siglo IX, lo cual prueba que la leyenda de San Nicolás era conocida en occidente dos siglos antes de la translación de las reliquias a Bari. Jules Laroche publicó una imponente Vie de S. Nicolás; conviene leerla a la luz de las críticas de Analecta Bollandiana, vol. XII, p. 459. Acerca del folklore griego relacionado con San Nicolás, véase N. G. PolitisLaographika symmikta (1931); dicha obra está escrita en griego moderno. Sobre otros aspectos de la leyenda, cf. J. Dorn, en Archiv f. Kulturgeschiclue, vol. XIII (1911), sobre todo p. 243, K. R. B. Yewdale, Bohemond I, Prince of Antioch, p. 31; Karl Young, The Drama of the Medieval Church (1933), passim. Acerca del emblema de San Nicolás, y su figura en el arte, cf. Künstle, Ikonographie, vol. II; y Drake, Saints and their Emblems, así como la monografía de D. van Adrichem, publicada en italiano y holandés en 1928. No faltan en la actualidad quienes defienden ardientemente el "maná de San Nicolás"; así, por ejemplo, P. Scognamilio, La Marina di San Nicola (1925).

martes, diciembre 05, 2017

SAN SABAS, ABAD
Vida de los Santos de A. Butler.


(532 P.C.) San Sabas, uno de los patriarcas más renombrados entre los monjes de Palestina, nació en Mutalaska de Capadocia, no lejos de Cesárea, el año 439. Su padre era un oficial del ejército. Este, obligado a partir a Alejandría con su esposa, confió a su hijo Sabas y la administración de sus posesiones a su cuñado. La tía de Sabas le maltrató de tal manera que el niño huyó de la casa a los ocho años y se refugió en la casa de su tío Gregorio, hermano de su padre, con la esperanza de ser ahí menos infeliz. Gregorio exigió entonces que se le confiase también la administración de los bienes de su hermano, lo cual dio origen a dificultades y pleitos legales entre los dos tíos de Sabas. El niño, que era de temperamento pacífico y sufría mucho por ser causa de discordias, huyó al monasterio de Mutalaska. Al cabo de algunos años, sus dos tíos, avergonzados de su conducta, decidieron sacarle del monasterio, devolverle sus propiedades y convencerle de que contrajese matrimonio. Pero el joven Sabas había gustado ya la amargura del mundo y la suavidad de Cristo, y su corazón estaba tan apegado a Dios, que no hubo argumento capaz de arrancarle del monasterio. A pesar de que era el más joven de los monjes, en fervor y virtud los aventajaba a todos. En cierta ocasión en que Sabas ayudaba al panadero, éste puso a secar sus vestidos junto al horno, pero los dejó olvidados y se le quemaron. Viendo al pobre monje muy afligido por ello, Sabas se trasladó a Jerusalén para tomar ejemplo de los anacoretas de esa región. Pasó el invierno en un monasterio gobernado por el santo abad Elpidio. Los monjes querían que Sabas se quedase con ellos, pero el joven, que deseaba mayor silencio y retiro, prefirió el modo de vida de San Eutimio, quien se había negado a abandonar su celda aislada a pesar de que se había construido un monasterio expresamente para él. Sabas pidió a San Kulimio que le aceptase por discípulo; pero el santo, juzgándole demasiado joven para el retiro absoluto, le recomendó a San Teoctisto, el cual era superior de un monasterio que quedaba a unos cinco kilómetros de la colina en la que él vivía.
Sabas se consagró con renovado fervor al servicio de Dios. Trabajaba el día entero y velaba en oración buena parte de la noche. Como era muy vigoroso, ayudaba a los otros monjes en los trabajos más pesados, cortaba leña y acarreaba agua al monasterio. Sus padres fueron a visitarle ahí. Su padre quería que ingresara en el ejército y disfrutase de las riquezas que él había amasado. Como el joven se negase, le rogó que por lo menos aceptara algún dinero para poder vivir; pero Sabas sólo aceptó tres monedas de oro y las entregó al abad a su regreso. A los treinta años de edad, Sabas consiguió que San Eutimio le diese permiso de pasar cinco días por semana en una cueva lejana. Empleaba ese tiempo en la oración y el trabajo manual. Partía del monasterio el domingo por la tarde, con una carga de hojas de palma, y regresaba el sábado por la mañana con cincuenta canastas, porque tejía diez canastas al día. San Eutimio eligió a Sabas y a Domiciano para que le acompañasen a su retiro anual en el desierto de Jebel Quarantal, donde, según la tradición, ayunó el Señor durante cuarenta días. Los tres monjes iniciaron su penitencia el día de la octava de la Epifanía y volvieron al monasterio el Domingo de Ramos. Durante aquel primer retiro San Sabas perdió el conocimiento a causa de la sed. San Eutimio, compadecido de él, rogó a Jesucristo que se apiadase de su fervoroso soldado; acto seguido golpeó la tierra con su bastón e hizo brotar una fuente. Sabas bebió un poco y recobró las fuerzas. Después de la muerte de Eutimio, San Sabas se adentró todavía más en el desierto, rumbo a Jericó. Ahí pasó cuatro años sin hablar con nadie. Después, se trasladó a una cueva situada frente a un acantilado, al pie del cual, corría el torrente Cedrón. Para subir a la cueva y bajar de ella, el santo empleaba una cuerda. Su único alimento eran las yerbas silvestres que crecían entre las rocas, excepto cuando los habitantes de la región le llevaban un poco de pan, queso, dátiles y otros alimentos. Para tomar un poco de agua, tenía que recorrer una distancia considerable.
Al cabo de algún tiempo, empezaron a acudir muchos monjes que querían servir a Dios bajo la dirección del santo. Este se resistió al principio; pero finalmente fundó una nueva "laura". Una de las primeras dificultades que surgieron, fue la escasez de agua. Pero el santo, viendo un día a un asno hocear la tierra, mandó excavar en ese sitio. Ahí se descubrió una fuente que dio de beber a muchas generaciones. San Sabas llegó a tener ciento cincuenta discípulos; sin embargo, no había entre ellos ningún sacerdote, pues el santo opinaba que ningún religioso podía aspirar a tan alta dignidad sin incurrir en presunción. Ello movió a algunos de sus discípulos a quejarse ante Salustio, patriarca de Jerusalén. El obispo juzgó infundadas las acusaciones que hicieron al santo; pero, comprendiendo que hacía falta en la comunidad un sacerdote para restablecer la paz, ordenó a San Sabas el año 491. El santo tenía entonces cincuenta y tres años. Su fama de santidad atrajo a los monjes de las regiones más distantes. En la "laura" del santo había egipcios y armenios, de suerte que éste tomó disposiciones para que pudiesen celebrar los oficios en sus respectivos idiomas. Después de la muerte del padre de Sabas, su madre se trasladó a Palestina y sirvió a Dios bajo su dirección. Con el dinero que su madre había llevado, San Sabas construyó dos hospitales, uno para los forasteros y otro para los enfermos; también construyó un hospital en Jericó y otro en una colina de las alrededores. El año 493, el patriarca de Jerusalén nombró a San Sabas archimandrita de todos los monjes de Palestina que vivían en celdas aisladas (ermitaños) y a San Teodosio de Belén archimandrita de todos los que vivían en comunidad (cenobitas).
Siguiendo el ejemplo de San Eutimio, San Sabas Siguiendo el ejemplo de San Eutimio, San Sabas partía de la "laura" una o más veces al año y, por lo menos, pasaba la cuaresma sin ver a nadie. Algunos de sus monjes se quejaron de ello. Como el patriarca no atendiese a sus quejas, unos sesenta de ellos abandonaron la "laura" y se establecieron en las ruinas de un monasterio de Tecua, en donde había nacido el profeta Amos. Cuando San Sabas se enteró de que los disidentes se hallaban en grandes dificultades, les envió víveres y los ayudó a reconstruir la iglesia. El santo fue arrojado de su "laura" por algunos rebeldes; pero San Elias, el sucesor de Salustio de Jerusalén, le mandó volver. Entre otras cosas, se cuenta que el santo se echó una vez a dormir en una cueva que era la madriguera de un león. Cuando la fiera volvió, cogió entre las fauces al santo por los vestidos y le echó fuera. Sin inmutarse por ello, Sabas volvió a la cueva y llegó a domar al león. Pero la fiera puso en aprietos al santo en varias ocasiones, de suerte que Sabas le dijo que, si no podía vivir en paz con él, más valía que retornase a su madriguera. Así lo hizo el león.
Por entonces, el emperador Anastasio apoyaba la herejía de Enrique y desterró a muchos obispos ortodoxos. El año 511, envió a San Sabas a ver al emperador para que dejase de perseguir a los cristianos. San Sabas tenía setenta años cuando emprendió ese viaje a Constantinopla. Como el santo parecía un mendigo, los guardias del palacio del emperador dejaron pasar a los otros miembros de la embajada, pero no a él. Sabas no dijo nada y se retiró. Una vez que el emperador hubo leído la carta del patriarca, en la que éste se hacía lenguas de Sabas, preguntó dónde estaba éste. Los guardias le buscaron por todas partes hasta encontrarlo en un rincón, orando. Anastasio dijo a los abades que pidieran lo que quisiesen; cada uno de ellos presentó sus peticiones, excepto San Sabas. Como el emperador le urgiese a hacerlo, dijo que no tenía nada que pedir para él y que sólo deseaba que el emperador restableciese la paz en la Iglesia y no molestase al clero. Sabas pasó todo el invierno en Constantinopla. Con frecuencia, visitaba al emperador para discutir con él contra la herejía. A pesar de todo, Anastasio desterró a Elias de Jerusalén y le sustituyó por un tal Juan. Entonces, San Sabas y otro monje partieron apresuradamente a Jerusalén y persuadieron al intruso de que por lo menos no repudiase los edictos del Concilio de Calcedonia. Se cuenta que San Sabas asistió en su lecho de muerte a Elias en una ciudad llamada Aila, junto al Mar Rojo. En los años siguientes, estuvo en Cesárea, Escitópolis y otros sitios, predicando la verdadera fe, y convirtió a muchos a la ortodoxia y a mejor vida.
A los noventa y un años, a petición del patriarca Pedro de Jerusalén, el santo emprendió otro viaje a Constantinopla, con motivo de los desórdenes producidos por la rebelión de los samaritanos y su represión por parte de las tropas imperiales. Justiniano le acogió con grandes honores y le ofreció dotar sus monasterios. Sabas replicó, agradecido, que no necesitaban renta alguna mientras los monjes sirviesen fielmente a Dios. En cambio, rogó al emperador que rebajase los impuestos a los habitantes de Palestina, si tomaba en cuenta lo que habían tenido que sufrir a consecuencias de la rebelión de los sarnarítanos. Igualmente, le pidió que construyese en Jerusalén un hospital para los peregrinos y una fortaleza para proteger a los ermitaños y a los monjes contra los merodeadores. El emperador accedió a todas sus peticiones. Un día en que éste se ocupaba de los asuntos de San Sabas, el abad se retiró de su presencia a la hora de tercia para decir sus oraciones. Su compañero, Jeremías, le hizo notar que no estaba bien retirarse así de la presencia del emperador. El santo replicó: "Hijo mío, el emperador cumple con su deber y nosotros debemos cumplir con el nuestro." Poco después de regresar a su "laura", el santo cayó enfermo. El patriarca logró convencerle de que se trasladase a una iglesia vecina, donde le asistió personalmente. Los sufrimientos del santo eran muy agudos; pero Dios le concedió la gracia de una paciencia y resignación perfectas. Cuando Sabas comprendió que se aproximaba su última hora, rogó al patriarca que mandara trasladarle a su "laura". Inmediatamente, procedió a nombrar a su sucesor y a darle sus últimas instrucciones. Después, pasó cuatro días sin ver a nadie, ocupado únicamente de Dios. Murió al atardecer del 5 de diciembre de 532, a los noventa y cuatro años de edad. Sus reliquias fueron veneradas en su principal monasterio, hasta que los venecianos se las llevaron.
San Sabas es una de las figuras señeras del monaquisino primitivo. Su fiesta se celebra en la Iglesia de oriente y en la de occidente. Su nombre figura en la preparación de la misa bizantina. El "Typikon" de Jerusalén, que consiste en una serie de reglas sobre la recitación del oficio divino, la celebración de las ceremonias y es la norma oficial en casi todas las iglesias del rito bizantino, se atribuye al santo, lo mismo que una regla monástica; pero, a decir verdad, es dudoso que San Sabas haya sido realmente su autor. El principal de sus monasterios, la Gran "Laura" de Mar Saba (así llamado en honor del santo), existe todavía en la barranca del Cedrón, a unos deciséis kilómetros de Jerusalén, en el desierto que se extiende hacia el Mar Muerto. Entre los monjes famosos de aquel monasterio, se cuentan San Juan Damasceno, San Juan el Silencioso, San Afrodisio, San Teófanes de Nicea, San Cosme de Majuma y San Teodoro de Edesa. En una época, el monasterio estuvo en ruinas, pero el gobierno ruso lo restauró en 1840. Actualmente está ocupado por monjes de la Iglesia ortodoxa de oriente, cuya vida no es indigna del ejemplo del santo fundador. Después del monasterio de Santa Catalina en el Monte Sinaí (y tal vez de los monasterios de Dair Antonios y Dair Boulos en Egipto), el de Mar Saba es el más antiguo de los monasterios habitados del mundo y, ciertamente el más notable. El paisaje dersértico en el que está situado y la majestad de los edificios, que parecen fortalezas, no ceden a los del monasterio de Santa Catalina. La fuente de San Sabas aún mana agua, su palmera todavía produce dátiles, los monjes llaman "pájaros de San Sabas" a las urracas que abundan en el sitio y les dan de comer.
La biografía de San Sabas, escrita en griego por Cirilo de Escitópolis, es uno de los más famosos y fidedignos documentos hagiográficos de los primeros tiempos. El texto in. tegro se encuentra en Cotelerius, Ecclesiae Graecae Monumento, vol. III, pp. 220-376, y en la edición que hizo E. Schwartz de Kyrillos von Skytopolis (1939). Existe otra biografía, cuya adaptación se atribuye a Metafrasto; fue publicada por Kleopas Koikylides como apéndice a los dos primeros volúmenes de la revista griega, Nea Siun(1906). La biografía de San Sabas fue traducida al árabe relativamente pronto. Acerca de la cronología (-f Loofs, en Texle und Untcrsiirhangen ,vol. 111 (que trata de Leoncio de Bizancio), pp. 274-297. Sobre las obras literarias y litúgicas (que se atribuyen a San Sabas, cf. A. Erhard en Kirchenlezikon, vol. X (1897), cc. 1434-1437, y otro artículo más completo del mismo autor, en Romische Quartalschrift, vol. VII (1893), pp. 31-79. J. Phokylides publicó en griego un estudio exhaustivo y satisfactorio sobre San Sabas y su monasterio (Alejandría, 1927). Cirilo de Escitópolis era todavía un niño cuando conoció a San Sabas y quedó muy impresionado; según parece, ingresó en el monasterio de San Eutimio el año 544, y pasó al de Mar Saba, poco antes de su muerte, ocurrida en 558.
Lunes, 04 de Diciembre 2017
SAN PEDRO CRISOLOGO, ARZOBISPO DE RAVENA, DOCTOR DE LA IGLESIA.
Vida de los Santos de A. Butler.

(450 P.C.) San Pedro nació en Imola, en la Emilia oriental. Estudió las ciencias sagradas, y recibió el diaconado de manos de Cornelio, obispo de Imola, de quien habla con la mayor veneración y gratitud. Cornelio formó a Pedro en la virtud desde sus primeros años y le hizo comprender que en el dominio de las pasiones y de sí mismo residía la verdadera grandeza y que era éste el único medio de alcanzar el espíritu de Cristo. Según la leyenda, San Pedro fue elevado a la dignidad episcopal de la manera siguiente: Juan, el arzobispo de Ravena, murió hacia el año 433. El clero y el pueblo de la ciudad eligieron a su sucesor y pidieron a Cornelio de Imola que encabezase la embajada que iba a Roma a pedir al Papa San Sixto III que confirmase la elección. Cornelio llevó consigo a su diácono Pedro. Según se cuenta, el Papa había tenido la noche anterior una visión de San Pedro y San Apolinar (primer obispo de Ravena, que había muerto por la fe), quienes le ordenaron que no confirmase la elección. Así pues, Sixto III propuso para el cargo a San Pedro Crisólogo, siguiendo las instrucciones del cielo. Los embajadores acabaron por doblegarse. El nuevo obispo recibió la consagración y se trasladó a Ravena, donde el pueblo le recibió con cierta frialdad. Es muy poco probable que San Pedro haya sido elegido en esta forma. El emperador Valentiniano III y su madre, Gala Placidia, residían entonces en Ravena. San Pedro gozó de su estima y confianza, así como de las del sucesor de Sixto III, San León Magno. Cuando San Pedro llegó a Ravena, aún había muchos paganos en su diócesis y abundaban los abusos entre los fieles. El celo infatigable del santo consiguió extirpar el paganismo y corregir los abusos. En la ciudad de Classis, que era entonces el puerto de Ravena, San Pedro construyó un bautisterio y una iglesia dedicadas a San Andrés. Se distinguió por la inmensa caridad e incansable vigilancia con que atendió a su grey, a la que alimentó constantemente con el pan de vida, que es la palabra de Dios. Se conservan todavía muchos sermones del santo que son siempre muy cortos, pues temía fatigar a sus oyentes.
En el siglo IX, se escribió una biografía de Pedro que da muy pocos datos sobre él. Alban Butler llenó esa laguna con citas de los sermones del santo, que él califica de "más bien instructivos que patéticos. En ellos se encuentran largas exposiciones doctrinales y pocas exhortaciones y afectos. No se puede considerar a esos sermones como modelo de elocuencia, por más que la fama del santo como predicador le haya valido el título de Crisólogo, es decir, orador áureo o excelente." Sin embargo, aunque el estilo oratorio de San Pedro no es perfecto (bien que Butler afirma en otra parte que su vocabulario es "exacto, sencillo y natural"), el contenido de sus sermones movió a Benedicto XIII a declarar al santo doctor de la Iglesia, en 1729. Butler omitió este dato. Se cuenta que San Pedro predicaba con tal vehemencia que a veces la emoción le impedía seguir hablando. Predicó en favor de la comunión frecuente y exhortó a los cristianos a convertir la Eucaristía en su alimento cotidiano. El heresiarca Eutiques, que fue condenado por San Flavio el año 448, escribió una circular a los prelados más distinguidos para justificarse. En su respuesta, San Pedro le decía que había leído su carta con la pena más profunda, porque así como la pacífica unión de la Iglesia alegra a los cielos, así las divisiones los entristecen. Y añade que, por inexplicable que sea el ministerio de la Encarnación, nos ha sido revelado por Dios y debemos creerlo con sencillez. En seguida, exhorta a Eutiques a someterse sin discusión. Ese mismo año, San Pedro Crisólogo recibió con grandes honores en Ravena a San Germán de Auxerre; el 31 de julio, ofició en los funerales del santo francés, y conservó como reliquias su capucha y su camisa de pelo. San Pedro Crisólogo no sobrevivió largo tiempo a San Germán. Habiendo tenido una revelación sobre su muerte próxima, volvió a su ciudad natal de Imola, donde regaló a la iglesia de San Casiano varios cálices preciosos. Después de aconsejar que se procediese con diligencia a elegir a su sucesor, murió en Imola el 2 de diciembre, probablemente el año 450, y fue sepultado en la iglesia de San Casiano.
La biografía latina tan poco satisfactoria, que es nuestra única fuente de información sobre la vida personal de este Doctor de la Iglesia, fue escrita por el abad Agnellus el año 836. En Migne, PL., hay dos textos: vol. LII, cc. 13-20, y vol. CVI, cc. 533-559. Pero la mejor edición es, sin duda, la de Testi Rasponi, Codex pontificalis ecclesiae Ravennatis, vol. I (1924). Vale la pena leer la semblanza biográfica de D. L. Baldisserri,San Pier Crisólogo (1920), asi como las monografías alemanas de H. Dapper (1867) y G. Bohmer (1919). Se ha discutido mucho sobre los sermones que se atribuyen a San Pedro. Véase Mons. Lanzoni, I sermoni di S. Pier Crisólogo (1909); F. J. Peters, Petrus Chrysologus ais Homilet (1918); Baxter, en Journal oj Theol. Studies, vol. XXIX (1928), pp. 362-368; también C. Jenkins en Churck Quarterly Review, vol. CIII (1927), pp. 233-259. En Revue Bénédictine, vol. XXIII (1906), pp. 486-500, el abad Cabrol enumera las razones que hay para atribuir al santo el "Rotulus" de Ravena; pero la cosa no es clara. Los sermones atribuidos a San Pedro Crisólogo pueden verse en Migne, PL., vol. III; en la obra de F. Liverani, Spicilegium Liberianum (1863), pp. 125-203, hay otros sermones y se aprovechan otros manuscritos. Véase también Bardenhtwer, Geschichte der altkinhliihcri Literatur, vol. IV, pp. 604-610.
Domingo, 03 de Diciembre 2017
SAN FRANCISCO JAVIER.
Vida de los Santos de A. Butler.


Claudio Coello, S. Francisco Javier, Iglesia Parroquial Valdemoro
Claudio Coello, S. Francisco Javier
Iglesia Parroquial Valdemoro
(1552 p.c.) Cristo confió a sus Apóstoles la misión de ir a predicar a todas las naciones. En todas las épocas, Dios ha suscitado y llenado de su Espíritu divino a hombres dispuestos a continuar esa ardua misión. Enviados con la autoridad y en el nombre de Cristo por los sucesores de los apóstoles en el gobierno de la Iglesia, esos hombres han conducido al redil de Cristo a todas las naciones, con el propósito de completar el número de los santos. Entre los misioneros que más éxito han tenido en la tarea, se cuenta al ilustre San Francisco Javier, a quien Pío X nombró patrono oficial de las misiones extranjeras y de todas las obras relacionadas con la propagación de la fe. Francisco Javier fue sin duda uno de los misioneros más grandes que han existido. A este propósito, vale la pena citar, entre otros, el testimonio sorprendente de Sir Walter Scott: "El protestante más rígido y el filósofo más indiferente no pueden negar que supo reunir el valor y la paciensia de un mártir con el buen sentido, la decisión, la agilidad mental y la habilidad del mejor negociador que haya ido nunca en embajada alguna." Francisco nació en Navarra, cerca de Pamplona, en el castillo de Javier, en 1506. Su lengua materna era, por consiguiente, el vascuense. El futuro santo era el benjamín de la familia. A los dieciocho años, fue a estudiar a la Universidad de París, en el colegio de Santa Bárbara, donde en 1528, obtuvo el grado de licenciado. Ahí conoció a Ignacio de Loyola, a cuya influencia opuso resistencia al principio. Sin embargo, fue uno de los siete primeros jesuítas que se consagraron al servicio de Dios en Montmartre, en 1534. Junto con ellos recibió la ordenación sacerdotal en Venecia, tres años más tarde, y con ellos compartió las vicisitudes de la naciente Compañía. En 1540, San Ignacio envió a Francisco Javier y a Simón Rodríguez a la India. Fue esa la primera expedición misional de la Compañía de Jesús.
Francisco Javier llegó a Lisboa hacia fines de junio. Inmediatamente, fue a reunirse con el P. Rodríguez, quien moraba en un hospital donde se ocupaba de asistir e instruir a los enfermos. Javier se hospedó también ahí y ambos solían salir a instruir y catequizar en la ciudad. Pasaban los domingos oyendo confesiones en la corte, pues el rey Juan III los tenía en gran estima. Esa fue la razón por la que el P. Rodríguez tuvo que quedarse en Lisboa. También San Francisco Javier se vio obligado a permanecer ahí ocho meses y, fue por entonces cuando escribió a San Ignacio: "El rey no está todavía decidido a enviarnos a la India, porque piensa que aquí podremos servir al Señor tan eficazmente como allá." Antes de la partida de Javier, que tuvo lugar el 7 de abril de 1541, día de su trigésimo quinto cumpleaños, el rey le entregó un breve por el que el Papa le nombraba nuncio apostólico en el oriente. El monarca no pudo conseguir que aceptase como presente más que un poco de ropa y algunos libros. Tampoco quiso Javier llevar consigo a ningún criado, alegando que "la mejor manera de alcanzar la verdadera dignidad es lavar los propios vestidos sin que nadie lo sepa." Con él partieron a la India el P. Pablo de Camerino, que era italiano, y Francisco Mansilhas, un portugués que aún no había recibido las órdenes sagradas. En una afectuosa carta de despedida que el santo escribió a San Ignacio, le decía a propósito de este último, que poseía "un bagaje de celo, virtud y sencillez, más que de ciencia extraordinaria".
Francisco Javier partió en el barco que transportaba al gobernador de la India, Don Martín Alfonso de Sousa. Otros cuatro navios completaban la flota. En la nave del almirante, además de la tripulación, había pasajeros, soldados, esclavos y convictos. Francisco se encargó de catequizar a todos. Los domingos predicaba al pie del palo mayor de la nave. Por otra parte, convirtió su camarote en enfermería y se dedicó a cuidar a todos los enfermos, a pesar de que, al principio del viaje, los mareos le hicieron sufrir mucho a él también. Entre la tripulación y entre los pasajeros había gentes de toda especie, de suerte que Javier tuvo que mediar en reyertas, combatir la blasfemia, el juego y otros desórdenes. Pronto se desató a bordo una epidemia de escorbuto y sólo los tres misioneros se encargaban del cuidado de los enfermos. La expedición navegó cinco meses para doblar el Cabo de Buena Esperanza y llegar a Mozambique, donde se detuvo durante el invierno; después siguió por la costa este del África y se detuvo en Malindi y en Socotra. Por fin, dos meses después de haber zarpado de este último puerto, la expedición llegó a Goa, el 6 de mayo de 1542, al cabo de tres meses de viaje (es decir, el doble del tiempo normal). San Francisco Javier se estableció en el hospital hasta que llegaron sus compañeros, cuyo navio se había retrasado.
Goa era colonia portuguesa desde 1510. Había ahí un número considerable de cristianos, y la organización eclesiástica estaba compuesta por un obispo, el clero secular y regular, y varias iglesias. Desgraciadamente, muchos de los portugueses se habían dejado arrastrar por la ambición, la avaricia, la usura y los vicios, hasta el extremo de olvidar completamente que eran cristianos. Los sacramentos habían caído en desuso; fuera de Goa había a lo más, cuatro predicadores y ninguno de ellos era sacerdote; los portugueses usaban el rosario para contar el número de azotes que mandaban dar a sus esclavos. La escandalosa conducta de los cristianos, que vivían en abierta oposición con la fe que profesaban y así alejaban de la fe a los infieles, fue una especie de reto para San Francisco Javier. El misionero comenzó por instruir a los portugueses en los principios de la religión y formar a los jóvenes en la práctica de la virtud. Después de pasar la mañana en asistir y consolar a los enfermos y a los presos, en hospitales y prisiones miserables, recorría las calles tocando una campanita para llamar a los niños y a los esclavos al catecismo. Estos acudían en gran cantidad y el santo les enseñaba el Credo, las oraciones y la manera de practicar la vida cristiana. Todos los domingos celebraba la misa a los leprosos, predicaba a los cristianos y a los hindúes y visitaba las casas. Su amabilidad y su caridad con el prójimo le ganaron muchas almas. Uno de los excesos más comunes era el concubinato de los portugueses de todas las clases sociales con las •mujeres del país, dado que había en Goa muy pocas cristianas portuguesas. Tursellini, el autor de la primera biografía de San Francisco Javier, que fue publicada en 1594, describe con viveza los métodos que empleó el santo contra ese exceso. Por ellos, puede verse el tacto con que supo Javier predicar la moralidad cristiana, demostrando que no contradecía ni al sentido común, ni a los instintos verdaderamente humanos. Para instruir a los pequeños y a los ignorantes, el santo solía adaptar las verdades del cristianismo a la música popular, un método que tuvo tal éxito que, poco después, se cantaban las canciones que él había compuesto, lo mismo en las calles que en las casas, en los campos que en los talleres.
Cinco meses más tarde, se enteró Javier de que en las costas de la Pesquería, que se extienden frente a Ceilán desde el Cabo de Comorín hasta la isla de Manar, habitaba la tribu de los paravas. Estos habían aceptado el bautismo para obtener la protección de los portugueses contra los árabes y otros enemigos; pero, por falta de instrucción, conservaban aún las supersticiones del paganismo y praticaban sus errores. (El P. Coleridge, S. J. escribe con razón: "Probablemente todos los misioneros que han ido a regiones en las que sus compatriotas se hallaban ya establecidos . . . han encontrado en ellos a los peores enemigos de su obra de evangelización. En este sentido, las naciones católicas son tan culpables como las protestantes. España, Francia y Portugal son tan culpables como Inglaterra y Holanda".) Javier partió en auxilio de esa tribu que "sólo sabía que era cristiana y nada más". El santo hizo trece veces aquel viaje tan peligroso, bajo el tórrido calor del sur de Asia. A pesar de la dificultad, se puso a aprender el idioma nativo y a instruir y confirmar a los ya bautizados. Particular atención consagró a la enseñanza del catecismo a los niños. Los paravas, que hasta entonces no conocían siquiera el nombre de Cristo, recibieron el bautismo en grandes multitudes. A este propósito, Javier informaba a sus hermanos de Europa que, algunas veces, tenía los brazos tan fatigados por administrar el bautismo, que apenas podía moverlos. Los generosos paravas que eran de casta baja, dispensaron a San Francisco Javier una acogida calurosa, en tanto que los brahamanes, de clase elevada, recibieron al santo con gran frialdad, y su éxito con ellos fue tan reducido que, al cabo de doce meses, sólo había logrado convertir a un brahamán. Según parece, en aquella época Dios obró varias curaciones milagrosas por medio de Javier.
Por su parte, Javier se adaptaba plenamente al pueblo con el que vivía. Lo mismo que los pobres, comía arroz, bebía agua y dormía en el suelo de una pobre choza. Dios le concedió maravillosas consolaciones interiores. Con frecuencia, decía Javier de sí mimo: "Oigo exclamar a este pobre hombre que trabaja en la viña de Dios: 'Señor no me des tantos consuelos en esta vida; pero, si tu misericordia ha decidido dármelos, llévame entonces todo entero a gozar plenamente de Ti' ". Javier regresó a Goa en busca de otros misioneros y volvió a la tierra de los paravas con dos sacerdotes y un catequista indígenas y con Francisco Mansilhas a quienes dejó en diferentes puntos del país. El santo escribió a Mansilhas una serie de cartas que constituyen uno de los documentos más importantes para comprender el espíritu de Javier y conocer las dificultades con que se enfrentó. El sufrimiento de los nativos a manos de los paganos y de los portugueses se convirtió en lo que él describía como "una espina que llevo constantemente en el corazón". En cierta ocasión, fue raptado un esclavo indio y el santo escribió: "¿Les gustaría a los portugueses que uno de los indios se llevase por la fuerza a un portugués al interior del país? Los indios tienen idénticos sentimientos que los portugueses". Poco tiempo después, San Francisco Javier extendió sus actividades a Travancore. Algunos autores han exagerado el éxito que tuvo ahí, pero es cierto que fue acogido con gran regocijo en todas las poblaciones y que bautizó a muchos de los habitantes. En seguida, escribió al P. Mansilhas que fuese a organizar la Iglesia entre los nuevos convertidos. En su tarea solía valerse el santo de los niños, a quienes seguramente divertía mucho repetir a otros lo que acababan de aprender de labios del misionero. Los badagas del norte cayeron sobre los cristianos de Comoín y Tuticorín, destrozaron las poblaciones, asesinaron a varios y se llevaron a otros muchos como esclavos. Ello entorpeció la obra misional del santo. Según se cuenta, en cierta ocasión, salió solo Javier al encuentro del enemigo, con el crucifijo en la mano, y le obligó a detenerse. Por otra parte, también los portugueses entorpecían la evangelización; así, por ejemplo, el comandante de la región estaba en tratos secretos con los badagas. A pesar de ello, cuando el propio comandante tuvo que salir huyendo, perseguido por los badagas, San Francisco Javier escribió inmediatamente al P. Mansilhas: "Os suplico, por el amor de Dios, que vayáis a prestarle auxilio sin demora". De no haber sido por los esfuerzos infatigables del santo, el enemigo hubiese exterminado a los paravas. Y hay que decir, en honor de esa tribu, que su firmeza en la fe católica resistió a todos los embates.
El reyezuelo de Jaffna (Ceilán del norte), al enterarse de los progresos que había hecho el cristianismo en Manar, mandó asesinar ahí a 600 cristianos. El gobernador, Martín de Sousa, organizó una expedición punitiva que debía partir de Negatapam. San Francisco Javier se dirigió a ese sitio; pero la expedición no llegó a partir, de suerte que el santo decidió emprender una peregrinación, a pie, al santuario de Santo Tomás en Milapur, donde había una reducida colonia portuguesa a la que podía prestar sus servicios. Se cuentan muchas maravillas de los viajes de San Francisco Javier. Además de la conversión de numerosos pecadores públicos europeos, a los que se ganaba con su exquisita cortesía, se le atribuyen también otros milagros. En 1545, el santo escribió desde Cochín una extensa carta muy franca al rey, en la que le daba cuenta del estado de la misión. En ella habla del peligro en que estaban los neófitos de volver al paganismo, "escandalizados y desalentados por las injusticias y vejaciones que les imponen los propios oficiales de Vuestra Majestad . . . Cuando nuestro Señor llame a Vuestra Majestad a juicio, oirá tal vez Vuestra Majestad las palabras airadas del Señor: '¿Por qué no castigaste a aquellos de tus subditos sobre los que tenías autoridad y que me hicieron la guerra en la India?' ". El santo habla muy elogiosamente del vicario general en las Indias, Don Miguel Vaz, y ruega al rey que le envíe nuevamente con plenos poderes, una vez que éste haya rendido su infome en Lisboa. "Como espero morir en estas partes de la tierra y no volveré a ver a Vuestra Majestad en este mundo, ruégole que me ayude con sus oraciones para que nos encontremos en el otro, donde ciertamente estaremos más descansados que en éste". San Francisco Javier repite sus alabanzas sobre el vicario general en una carta al P. Simón Rodríguez, en donde habla todavía con mayor franqueza acerca de los europeos: "No titubean en hacer el mal, porque piensan que no puede ser malo lo que se hace sin dificultad y para su beneficio. Estoy aterrado ante el número de inflexiones nuevas que se dan aquí a la conjugación del verbo 'robar'".
En la primavera de 1545, San Francisco Javier partió para Malaca, donde pasó cuatro meses. Malaca era entonces una ciudad grande y próspera. Albuquerque la había conquistado para la corona portuguesa en 1511 y, desde entonces, se había convertido en un centro de costumbres licenciosas. Anticipándose a la moda que se introduciría varios siglos más tarde, las jóvenes se paseaban en pantalones, sin tener siquiera la excusa de que trabajaban como los hombres. El santo fue acogido en la ciudad con gran reverencia y cordialidad, y tuvo cierto éxito en sus esfuerzos de reforma. En los dieciocho meses siguientes, es difícil seguirle los pasos. Fue una época muy activa y particularmente interesante, pues la pasó en un mundo en gran parte desconocido, visitando ciertas islas a las que él da el nombre genérico de Molucas y que es difícil identificar con exactitud. Sabemos que predicó y ejerció el ministerio sacerdotal en Amboina, Ternate, Gilolo y otros sitios, en algunos de los cuales había colonias de mercaderes portugueses. Aunque sufrió mucho en aquella misión, escribió a San Ignacio: "Los peligros a los que me encuentro expuesto y los trabajos que emprendo por Dios, son primaveras de gozo espiritual. Estas islas son el sitio del mundo en que el hombre puede más fácilmente perder la vista de tanto llorar; pero se trata de lágrimas de alegría. No recuerdo haber gustado jamás tantas delicias interiores y los consuelos no me dejan sentir el efecto de las duras condiciones materiales y de los obstáculos que me oponen los enemigos declarados y los amigos aparentes." De vuelta a Malaca, el santo pasó ahí otros cuatro meses, predicando a aquellos cristianos tan poco generosos. Antes de partir a la India, oyó hablar del Japón a unos mercaderes portugueses y conoció personalmente a un fugitivo del Japón, llamado Anjiro. Javier desembarcó nuevamente en la India, en enero de 1548.
Pasó los siguientes quince meses viajando sin descanso entre Goa, Ceilán y Cabo de Comorín, para consolidar su obra (sobre todo el "Colegio Internacional de San Pablo" de Goa) y preparar su partida al misterioso Japón, en el que hasta entonces no había penetrado ningún europeo. Entonces, escribió la última carta al rey Juan III, a propósito de un obispo armenio y de un fraile franciscano. En ella decía: "La experiencia me ha enseñado que Vuestra Majestad tiene poder para arrebatar a las Indias sus riquezas y disfrutar de ellas, pero no lo tiene para difundir la fe cristiana." En abril de 1549, partió de la India, acompañado por otro sacerdote de la Compañía de Jesús y un hermano coadjutor, por Anjiro (que había tomado el nombre de Pablo) y por otros dos japoneses que se habían convertido al cristianismo. El día de la fiesta de la Asunción del mismo año, desembarcaron en Kagoshima, en tierra japonesa.
En Kagoshima, los habitantes los dejaron en paz. San Francisco Javier se dedicó a aprender el japonés. Lejos de poseer el don de lenguas que algunos le atribuyen, el santo tenía más bien dificultad en aprender los idiomas. Tradujo al japonés una exposición muy sencilla de la doctrina cristiana que repetía a cuantos se mostraban dispuestos a escucharle. Al cabo de un año de trabajo, había logrado unas cien conversiones. Ello provocó las sospechas de las autoridades, las cuales le prohibieron que siguiese predicando. Entonces, el santo decidió trasladarse a otro sitio con sus compañeros, dejando a Pablo al cuidado de los neófitos. Antes de partir de Kagoshima, fue a visitar la fortaleza de Ichiku; ahí convirtió a la esposa del jefe de la fortaleza, al criado de ésta, a algunas personas más y dejó la nueva cristiandad al cargo del criado. Diez años más tarde, Luis de Almeida, médico y hermano coadjutor de la Compañía de Jesús, encontró en pleno fervor a esa cristiandad aislada. San Francisco Javier se trasladó a Hirado, al norte de Nagasaki. El gobernador de la ciudad acogió bien a los misioneros, de suerte que en unas cuantas semanas pudieron hacer más de lo que había hecho en Kagoshima en un año. El santo dejó esa cristiandad a cargo del P. de Torres y partió con el hermano Fernández y un japonés a Yamaguchi, en Honshu. Ahí predicó en las calles y delante del gobernador; pero no tuvo ningún éxito y las gentes de la región se burlaron de, él.
Javier quería ir a Miyako (Kioto), que era entonces la principal ciudad del Japón. Después de trabajar un mes en Yamaguchi, donde apenas cosechó algo más que afrentas, prosiguió el viaje con sus dos compañeros. Como el mes de diciembre estaba ya muy avanzado, los aguaceros, la nieve y los abruptos caminos hicieron el viaje muy penoso. En febrero, llegaron los misioneros a Miyako. Ahí se enteró el santo de que para tener una entrevista con el mikado (cuyo poder era puramente aparente) necesitaba pagar una suma mucho mayor a la que poseía. Por otra parte, como la guerra civil hacía estragos en la ciudad, San Francisco Javier comprendió que, por el momento, no podía hacer ningún bien ahí, por lo cual volvió a Yamaguchi, quince días después. Viendo que la pobreza evangélica no producía en el Japón el mismo efecto que en la India, el santo cambió de método. Vestido decentemente y escoltado por sus compañeros, se presentó ante el gobernador como embajador de Portugal, le entregó las cartas que le habían dado para el caso las autoridades de la India y le regaló una caja de música, un reloj y unos anteojos, entre otras cosas. El gobernador quedó encantado con esos regalos, dio al santo permiso de predicar y le cedió un antiguo templo budista para que se alojase mientras estuviese ahí. Habiendo obtenido así la protección oficial, San Francisco Javier predicó con gran éxito y bautizó a muchas personas.
Habiéndose enterado de que un navio portugués había atracado en Funai (Oita) de Kiushu, el santo partió para allá. Uno de los miembros de la expedición era el viajero Fernando Méndez Pinto, quien dejó una descripción muy completa y divertida de la procesión que organizaron los portugueses para acompañar ceremoniosamente a su admirado Javier en su visita al gobernador de la ciudad. Desgraciadamente, Méndez Pinto era un escritor muy imaginativo, de suerte que no se puede dar crédito a lo que nos cuenta sobre las actividades y peripecias del santo en Funai. Francisco Javier resolvió partir en ese barco portugués a visitar sus cristiandades de la India antes de hacer el deseado viaje a China. Los cristianos del Japón, que eran ya unos 2000 y constuían la semilla de tantos mártires del futuro, quedaron al cuidado del P. Cosme de Torres y del hermano Fernández. A pesar de los descalabros que había sufrido en el Japón, San Francisco Javier opinaba que "no hay entre los infieles ningún pueblo más bien dotado que el japonés."
La cristiandad había prosperado en la India durante la ausencia de Javier; pero también se habían multiplicado las dificultades y los abusos, tanto entre los misioneros como entre las autoridades portuguesas, y todo ello necesitaba urgentemente la atención del santo. Francisco Javier emprendió la tarea con tanta caridad como firmeza. Cuatro meses después, el 25 de abril de 1552, se embarcó nuevamente, llevando por compañeros a un sacerdote y un estudiante jesuítas, un criado indio y un joven chino que hubiera sido su intérprete si no hubiese olvidado su lengua natal. En Malaca, el santo fue recibido por Diego Pereira, a quien el virrey de la India había nombrado embajador ante la corte de China.
San Francisco tuvo que hablar en Malaca sobre dicha embajada con Don Alvaro de Ataide, hijo de Vasco de Gama, que era el jefe en la marina de la región. Como Alvaro de Ataide era enemigo personal de Diego Pereira, se negó a dejarle partir, tanto en calidad de embajador como de comerciante. Ataide no se dejó convencer por los argumentos de Francisco Javier, ni siquiera cuando éste le mostró el breve de Paulo III por el que había sido nombrado nuncio apostólico. Por él hecho de oponer obstáculos a un nuncio pontificio, Ataide incurría en la excomunión. Desgraciadamente, el santo había dejado en Goa el original del breve pontificio. Finalmente, Ataide permitió que Francisco Javier partiese a la China en la nave de Pereira, pero no dejó que este último se embarcase. Pereira tuvo la nobleza de aceptar el trato. Como el fin de la embajada hubiese fracasado, el santo envió al Japón al otro sacerdote jesuita y sólo conservó a su lado al joven chino, que se llamaba Antonio. Con su ayuda, esperaba poder introducirse furtivamente en China, que hasta entonces había sido inaccesible a los extranjeros. A fines de agosto de 1552, la expedición llegó a la isla desierta de Sancián (Shang-Chawan), que dista unos veinte kilómetros de la costa y está situada a cien kilómetros al sur de Hong Kong.
Por medio de una de las naves, Francisco Javier escribió desde ahí varias cartas. Una de ellas iba dirigida a Pereira, a quien el santo decía: "Si hay alguien que merezca que Dios le premie en esta empresa, sois vos. Y a vos se deberá su éxito." En seguida, describía las medidas que había tomado: con mucha dificultad y pagando generosamente, había conseguido que un mercader chino se comprometiese a desembarcarle de noche en Cantón, no sin exigirle que jurase que no revelaría su nombre a nadie. En tanto que llegaba la ocasión de realizar el proyecto, Javier cayó enfermo. Como sólo quedaba uno 3 de los navios portugueses, el santo se encontró en la miseria. En su última carta escribió: "Hace mucho tiempo que no tenía tan pocas ganas de vivir como ahora." El mercader chino no volvió a presentarse. El 21 de noviembre, el santo se vio atacado por una fiebre y se refugió en el navio. Pero el movimiento del mar le hizo daño, de suerte que al día siguiente pidió que le transportasen de nuevo a tierra. En el navio predominaban los hombres de Don Alvaro de Ataide, los cuales, temiendo ofender a éste, dejaron a Javier en la playa, expuesto al terrible viento del norte. Un compasivo comerciante portugués le condujo a su cabaña, tan maltrecha, que el viento se colaba por las rendijas. Ahí estuvo Francisco Javier recostado, consumido por la fiebre. Sus amigos le hicieron algunas sangrías, sin éxito alguno. Entre los espasmos del delirio, el santo oraba constantemente. Poco a poco, se fue debilitando. El sábado 3 de diciembre, según escribió Antonio, "viendo que estaba moribundo, le puse en la mano un cirio encendido. Poco después, entregó el alma a su Creador y Señor con gran paz y reposo, pronunciando el nombre de Jesús." San Francisco Javier tenía entonces cuarenta y seis años y había pasado once en el oriente. Fue sepultado el domingo por la tarde. Al entierro asistieron Antonio, un portugués y dos esclavos. (El fiel Antonio describió los últimos días del santo, en una carta a Manuel Teixeira, el cual la publicó en su biografía de San Francisco Javier.)
Uno de los tripulantes del navio había aconsejado que se llenase de barro el féretro para poder trasladar más tarde los restos. Diez semanas después, se procedió a abrir la tumba. Al quitar el barro del rostro, los presentes descubrieron que se conservaba perfectamente fresco y que no había perdido el color; también el resto del cuerpo estaba incorrupto y sólo olía a barro. El cuerpo fue trasladado a Malaca, donde todos salieron a recibirlo con gran gozo, excepto Don Alvaro de Ataide. Al fin del año, fue trasladado a Goa, donde los médicos comprobaron que se hallaba incorrupto. Ahí reposa todavía, en la iglesia del Buen Jesús. Francisco Javier fue canonizado en 1622, al mismo tiempo que Ignacio de Loyola, Teresa de Avila, Felipe Neri e Isidro el Labrador.
Durante mucho tiempo, se creyó que las cartas y documentos biográficos reunidos en dos voluminosos tomos titulados Monumento Xaveriana (1899-1912) habían agotado la materia. Indudablemente dichos documentos, de los que se hizo una edición critica en Monumento Histórica Societatis Jesu (Madrid), son importantísimos; constituyen el texto más autorizado de las cartas del santo y transmiten fielmente las deposiciones de los testigos en el proceso de beatificación, además de otros materiales de gran valor. Pero el P. Jorge Schurhammer, trabajando en los archivos de Lisboa y empleando ciertas fuentes japonesas de Tokio, que hasta entonces no se habían estudiado, consiguió reunir muchos otros datos, que completan y aun corrigen los que se tenían hasta entonces. El P. Schurhammer publicó, en colaboración con el P. J. Wicki, la edición definitiva de las preciosas cartas del santo (2 vols., 1943-1944). También publicó una biografía corta, titulada Der heilige Franz Xaver (1925), que fue traducida al inglés en los Estados Unidos, y completó esa obra con una serie de artículos y estudios monográficos sobre diferentes aspectos de la extraordinaria vida misionera de Francisco Javier. La mayor parte de esos estudios puede verse enAnalecta Bollandiana, particularmente vol. XL (1922), pp. 171-178, vol. XLIV (1926), pp. 445-446, vol. XLVI (1928), pp. 455-546, vol. XLVIII (1930), pp. 441-445, vol. L (1932), pp. 453-454, vol. LK (1936), pp. 247-249, y vol. LXIX (1951), pp. 438-441. En el primero de dichos artículos se encontrará un estudio sobre las reliquias del santo; en el cuarlo, un resumen del folleto del I'. Scliuihammer, titulado Das Kirchliche Sprachproblemsostiene que el santo era capaz de conversar y discutir en japonés carece de fundamento. Dicha leyenda se debe a la imaginación e ignorancia de dos testigos en el proceso de beatificación. El P. Astrain, en Historia de la Compañía de Jesús, fue uno de los primeros in der japanischen Jesuitemission (1928). En él demuestra el autor que hay que considerar como legendarios muchos de los milagros que se atribuían al santo en sus primeras biografías. Por ello, no se puede prestar mucho crédito a las biografías de O. Tursellini y Bouhours; el poeta Juan Dryden tradujo esta última al inglés. El P. L. J. M. Cros reunió muchos materiales críticos sobre la familia de Javier, etc., antes de la publicación de Monumenta Xaveriana, en Documents nouveaux (1894) y S. Francois Xavier, sa vie et ses lettres (2 vols., 1900). La biografía farncesa más de fiar es la del P. A. Brou (2 vols., 1912). El P. H. J. Coleridge publicó en inglés una biografía muy sentida (2 vols., 1886); pero desgraciadamente dicho autor no conoció la edición crítica de las cartas del santo. Por ello, es preferible, desde el punto de vista de la exactitud, la obra corta de la Sra. Yeo (1933).Según el P. James Brodrick, la obra de Edith A. Stewart, Life of St Francis Xavier (1917) "si se exceptúan ciertas explosiones de sentimiento protestante, es más crítica y satisfactoria que todas las otras biografías católicas del santo". Esto pudo ser verdad en 1940, pero la biografía inglesa definitiva fue la que escribió el mismo P. Brodrick, St Francis Xavier (1952). El P. Thurston estudió la obra misionera de San Francisco Javier en el Japón y en la India (The Month, feb y marzo de 1905, dic. de 1912). Acerca del espíritu de San Francisco Javier, véase la semblanza del P. C. C. Martindale, en God's Army, vol. i (1915); sobre los milagros del santo, cf. Analecta Bollandiana, vol. XVI (1897), pp. 52-63.

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