lunes, agosto 21, 2017

SANTA JUANA FRANCISCA FRÉMIOT DE CHANTAL, VIUDA Y FUNDADORA.
Vida de los Santos de A. Butler.

(1641 d. C.) - El padre de santa Juana de Chantal era Benigno Frémiot, presidente del parlamento de Borgoña. El señor Frémiot había quedado viudo cuando sus hijos eran todavía pequeños, pero no ahorró ningún esfuerzo para educarlos en la práctica de la virtud y prepararlos para la vida. Juana, que recibió en la confirmación el nombre de Francisca, fue sin duda la que mejor supo aprovechar esa magnífica educación. Cuando la joven tenía veinte años, su padre, que la amaba tiernamente, la concedió en matrimonio al barón de Chantal, Cristóbal de Rabutin. El barón tenía veintisiete años, era oficial del ejército francés y contaba con un largo historial de victoriosos duelos; su madre descendía de la beata Humbelina. El matrimonio tuvo lugar en Dijon y Juana Francisca partió con su marido a Bourbilly. Desde la muerte de su madre, el barón no había llevado una vida muy ordenada, de suerte que la servidumbre de su casa se había acostumbrado a cierta falta de disciplina; en consecuencia, el primer cuidado de la flamante baronesa fue establecer el orden en su casa. Los tres primeros hijos del matrimonio murieron poco después de nacer; pero los jóvenes esposos tuvieron después un niño y tres niñas que vivieron. Por otra parte, poseían cuanto puede constituir la felicidad a los ojos del mundo y procuraban corresponder a tantas bendiciones del cielo. Cuando su marido se hallaba ausente, la baronesa se vestía en forma muy modesta y, si alguien le preguntase por qué, ella respondía: «Los ojos de aquél a quien quiero agradar están a cien leguas de aquí». Las palabras quesan Francisco de Sales dijo más tarde sobre santa Juana Francisca podían aplicársele ya desde entonces: «La señora de Chantal es la mujer fuerte que Salomón no podía encontrar en Jerusalén».
Pero la felicidad de la familia sólo duró nueve años. En 1601, el barón de Chantal salió de cacería con su amigo, el señor D'Aulézy, quien accidentalmente le hirió en la parte superior del muslo. El barón sobrevivió nueve días, durante los cuales sufrió un verdadero martirio a manos de un cirujano muy torpe y recibió los últimos sacramentos con ejemplar resignación. La baronesa había vivido exclusivamente para su esposo, de modo que el lector puede suponer fácilmente su dolor al verse viuda a los veintiocho años. Durante cuatro meses estuvo sumida en el más profundo dolor, hasta que una carta de su padre le recordó sus obligaciones para con sus hijos. Para demostrar que había perdonado de corazón al señor D'Aulézy, la baronesa le prestó cuantos servicios pudo y fue madrina de uno de sus hijos. Por otra parte, redobló sus limosnas a los pobres y consagró su tiempo a la educación e instrucción de sus hijos. Juana pedía constantemente a Dios que le diese un guía verdaderamente santo, capaz de ayudarla a cumplir perfectamente su voluntad. Una vez, mientras repetía esta oración, vio súbitamente a un hombre cuyas facciones y modo de vestir reconocería más tarde, al encontrar en Dijon a san Francisco de Sales. En otra ocasión, se vio a sí misma en un bosquecillo, tratando en vano de encontrar una iglesia. Por aquel medio, Dios le dio a entender que el amor divino tenía que consumir la imperfección del amor propio que había en su corazón y que se vería obligada a enfrentarse con numerosas dificultades.
La futura santa fue a pasar el año del luto en Dijon, en casa de su padre. Más tarde, se transladó con sus hijos a Monthelon, cerca de Autun, donde habitaba su suegro, que tenía ya setenta y cinco años. Desde entonces, cambió su hermosa y querida casa de Bourbilly por un viejo castillo. A pesar de que su suegro era un anciano vanidoso, orgulloso y extravagante, dominado por una ama de llaves insolente y de mala reputación, la noble dama no pronunció jamás una sola palabra de queja y se esforzó por mostrarse alegre y amable. En 1604, san Francisco de Sales fue a predicar la cuaresma a Dijon y Juana se transladó ahí con su suegro para oír al famoso predicador. Al punto reconoció en él al hombre que había vislumbrado en su visión y comprendió que era el director espiritual que tanto había pedido a Dios. San Francisco cenaba frecuentemente en casa del padre de Juana Francisca y ahí se ganó, poco a poco, la confianza de ésta. Ella deseaba abrirle su corazón, pero la retenía un voto que había hecho por consejo de un director espiritual indiscreto, de no abrir su conciencia a ningún otro sacerdote. Pero no por ello dejó de sacar gran provecho de la presencia del santo obispo, quien a su vez se sintió profundamente impresionado por la piedad de Juana Francisca. En cierta ocasión en que se había vestido más elegantemente que de ordinario, san Francisco de Sales le dijo: «¿Pensáis casaros de nuevo?» «De ninguna manera, Excelencia», replicó ella. «Entonces os aconsejo que no tentéis al diablo», le dijo el santo. Juana Francisca siguió el consejo.
Después de vencer sus escrúpulos sobre su voto indiscreto, la santa consiguió que Francisco de Sales aceptara dirigirla. Por consejo suyo, moderó un tanto sus devociones y ejercicios de piedad para poder cumplir con sus obligaciones mundanas én tanto que vivía con su padre o con su suegro. Lo hizo con tanto éxito, que alguien dijo de ella: «Esta dama es capaz de orar todo el día sin molestar a nadie». De acuerdo con una estricta regla de vida, consagrada la mayor parte de su tiempo a sus hijos, visitaba a los enfermos pobres de los alrededores y pasaba en vela noches enteras junto a los agonizantes. La bondad y mansedumbre de su carácter mostraban hasta qué punto había secundado las exigencias de la gracia, porque en su naturaleza firme y fuerte había cierta dureza y rigidez que sólo consiguió vencer del todo al cabo de largos años de oración, sufrimiento y paciente sumisión a la dirección espiritual. Tal fue la obra de san Francisco de Sales, a quien Juana Francisca iba a ver, de cuando en cuando, a Annecy, en Saboya, y con quien sostenía una nutrida correspondencia. El santo la moderó mucho en materia de mortificaciones corporales, recordándole que san Carlos Borromeo, «cuya libertad de espíritu tenía por base la verdadera caridad», no vacilaba en brindar con sus vecinos, y que san Ignacio de Loyola había comido tranquilamente carne los viernes por consejo de un médico, «en tanto que un hombre de espíritu estrecho hubiese discutido esa orden cuando menos durante tres días». San Francisco de Sales no permitía que su dirigida olvidase que estaba todavía en el mundo, que tenía un padre anciano y, sobre todo, que era madre; con frecuencia le hablaba de la educación de sus hijos y moderaba su tendencia a ser demasiado estricta con ellos. En esta forma, los hijos de Juana Francisca se beneficiaron de la dirección de san Francisco de Sales tanto como su madre.
Durante algún tiempo, la señora de Chantal se sintió inclinada a la vida conventual por varios motivos, entre los que se contaba la presencia de las carmelitas en Dijon. San Francisco de Sales, después de algún tiempo de consultar el asunto con Dios, le habló en 1607 de su proyecto de fundar la nueva Congregación de la Visitación. Santa Juana acogió gozosamente el proyecto; pero la edad de su padre, sus propias obligaciones de familia y la situación de los asuntos de su casa constituían, por el momento, obstáculos que la hacían sufrir. Juana Francisca respondió a su director que la educación de sus hijos exigía su presencia en el mundo, pero el santo le respondió que sus hijos ya no eran niños y que desde el claustro podría velar por ellos tal vez con más fruto, sobre todo si tomaba en cuenta que los dos mayores estaban ya en edad de «entrar en el mundo». En esa forma, lógica y serena, resolvió san Francisco de Sales todas las dificultades de la señora de Chantal. Antes de abandonar el mundo, Juana Francisca casó a su hija mayor con el barón de Thorens, hermano de san Francisco de Sales, y se llevó consigo al convento a sus dos hijas menores; la primera murió al poco tiempo, y la segunda se caso más tarde con el señor de Toulonjon. Celso Benigno, el hijo mayor, quedó al cuidado de su abuelo y de varios tutores. Después de despedirse de sus amistades, Juana fue a decir adiós a Celso Benigno. El joven, que había tratado en vano de apartarla de su resolución, se tendió por tierra ante el dintel de la puerta de la habitación para cerrarle la salida, pero la santa no se dejó vencer por la tentación de escoger la solución más fácil y pasó sobre el cuerpo de su hijo. Frente a la casa la esperaba su anciano padre. Juana Francisca se postró de rodillas y, llorando, le pidió su bendición. El anciano le impuso las manos y le dijo: «No puedo reprocharte lo que haces. Ve con mi bendición. Te ofrezco a Dios como Abraham le ofreció a Isaac, a quien amaba tanto como yo a ti. Ve a donde Dios te llama y sé feliz en Su casa. Ruega por mí». La santa inauguró el nuevo convento el domingo de la Santísima Trinidad de 1610, en una casa que san Francisco de Sales le había proporcionado, a orillas del lago de Annecy. Las primeras compañeras de Juana Francisca fueron María Favre, Carlota de Bréchard y una sirvienta llamada Ana Coste. Pronto ingresaron en el convento otras diez religiosas. Hasta ese momento, la congregación no tenía todavía nombre y la única idea clara que san Francisco de Sales poseía sobre su finalidad, era que debía servir de puerto de refugio a quienes no podían ingresar en otras congregaciones y que las religiosas no debían vivir en clausura para poder consagrarse con mayor facilidad a las obras de apostolado y caridad.
Naturalmente, la idea provocó fuerte oposición por parte de los espíritus estrechos e incapaces de aceptar algo nuevo. San Francisco de Sales acabó por modificar sus planes y aceptar la clausura para sus religiosas. A las reglas de San Agustín añadió unas constituciones admirables por su sabiduría y moderación, «no demasiado duras para los débiles y no demasiado suaves para los fuertes». Lo único que se negó a cambiar fue el nombre de "Congregación de la Visitación de Nuestra Señora", y santa Juana Francisca le exhortó a no hacer concesiones en ese punto. El santo quería que la humildad y la mansedumbre fuesen la base de la observancia. «Pero en la práctica -decía a sus religiosas- la humildad es la fuente de todas las otras virtudes; no pongáis límites a la humildad y haced de ella el principio de todas vuestras acciones». Para bien de santa Juana y de las hermanas más experimentadas, el santo obispo escribió el «Tratado del amor de Dios». Santa Juana progresó tanto en la virtud bajo la dirección de san Francisco de Sales, que éste le permitió que hiciese el voto de que, en todas las ocasiones, realizaría lo que juzgase más perfecto a los ojos de Dios. Inútil decir que la santa gobernó prudentemente su comunidad, inspirándose en el espíritu de su director.
La madre de Chantal tuvo que salir frecuentemente de Annecy, tanto para fundar nuevos conventos como para cumplir con sus obligaciones de familia. Un año después de la toma de hábito, se vio obligada a pasar tres meses en Dijon, con motivo de la muerte de su padre, para poner en orden sus asuntos. Sus parientes aprovecharon la ocasión para intentar hacerla volver al mundo. Una mujer imaginativa exclamó al verla: «¿Cómo podéis sepultaron en dos metros de tela basta? Deberíais hacer pedazos ese velo». San Francisco de Sales le escribió entonces las palabras decisivas: «Si os hubiéseis casado de nuevo con algún señor de Gascuña o de Bretaña, habríais tenido que abandonar a vuestra familia y nadie habría opuesto en ese caso la menor objeción ...» Después de la fundación de los conventos de Lyon, Moulins, Grénoble y Bourges, san Francisco de Sales, que estaba entonces en París, mandó llamar a la madre de Chantal para que fundase un convento en dicha ciudad. A pesar de las intrigas y la oposición, santa Juana Francisca consiguió fundarlo en 1619. Dios la sostuvo, le dio valor y la santa se ganó la admiración de sus más acerbos opositores con su paciencia y mansedumbre. Ella misma gobernó durante tres años el convento de París, bajo la dirección de san Vicente de Paul y ahí conoció a Angélica Arnauld, la abadesa de Port-Royal, quien no consiguió permiso de renunciar a su cargo e ingresar en la Congregación de la Visitación.
En 1622, murió san Francisco de Sales y su muerte constituyó un rudo golpe para la madre de Chantal; pero su conformidad con la voluntad divina le ayudó a soportarlo con invencible paciencia. El santo fue sepultado en el convento de la Visitación de Annecy. En 1627, murió Celso Benigno en la isla de Ré, durante las batallas contra los ingleses y los hugonotes; el hijo de la santa, que no tenía sino treinta y un años, dejaba a su esposa viuda y con una hijita de un año, la que con el tiempo sería la célebre Madame de Sévigné. Santa Juana Francisca recibió la noticia con heroica fortaleza y ofreció su corazón a Dios, diciendo: «Destruye, corta y quema cuanto se oponga a tu santa voluntad».
El año siguiente, se desató una terrible peste, que asoló Francia, Saboya y el Piamonte, y diezmó varios conventos de la Visitación. Cuando la peste llegó a Annecy, la santa se negó a abandonar la ciudad, puso a la disposición del pueblo todos los recursos de su convento y espoleó a las autoridades a tomar medidas más eficaces para asistir a los enfermos. En 1632, murieron la viuda de Celso Benigno, Antonio de Toulonjon (el yerno de la santa, a quien ésta quería mucho) y el P. Miguel Favre, quien había sido el confesor de san Francisco y era muy amigo de las visitandinas. A estas pruebas se añadieron la angustia, la oscuridad y la sequedad espiritual, que en ciertos momentos eran casi insoportables, como lo prueban algunas cartas de Santa Juana Francisca. Dios permite con frecuencia que las almas que le son más queridas atraviesen por largos períodos de bruma, oscuridad y angustia; pero a través de ellos las lleva con mano segura a las fuentes de la felicidad y al centro de la luz.
En los años de 1635 y 1636, la santa visitó todos los conventos de la Visitación, que eran ya sesenta y cinco, pues muchos de ellos no habían tenido aún el consuelo de conocerla. En 1641, fue a Francia para ver a Madame de Montmorency en una misión de caridad. Ese fue su último viaje. La reina Ana de Austria la convidó a París, donde la colmó de honores y distinciones, con gran confusión por parte de la homenajeada. Al regreso, cayó enferma en el convento de Moulins, donde murió el 13 de diciembre de 1641, a los sesenta y nueve años de edad. Su cuerpo fue transladado a Annecy y sepultado cerca del de san Francisco de Sales. La canonización de santa Juana Francisca tuvo lugar en 1767. San Vicente de Paul dijo de ella: «Era una mujer de gran fe y, sin embargo, tuvo tentaciones contra la fe toda su vida. Aunque aparentemente había alcanzado la paz y tranquilidad de espíritu de las almas virtuosas, sufría terribles pruebas interiores, de las que me habló varias veces. Se veía tan asediada de tentaciones abominables, que tenía que apartar los ojos de sí misma para no contemplar ese espectáculo insoportable. La vista de su propia alma la horrorizaba como si se tratase de una imagen del infierno. Pero en medio de tan grandes sufrimientos jamás perdió la serenidad ni cejó en la plena fidelidad que Dios le exigía. Por ello, la considero como una de las almas más santas que me haya sido dado encontrar sobre la tierra».
Aparte de los escritos y la correspondencia de la santa y de las cartas de san Francisco de Sales, las fuentes biográficas más importantes son las Mémoires de la Madre de Chaugy. Dicha obra constituye el primer volumen de la colección Sainte Chantal, sa vie et ses oeuvres (1874-1879, 8 vols.). Las cartas de san Francisco se hallan en la imponente edición de sus obras (20 vols.), publicada por las religiosas de la Visitación de Annecy; naturalmente, las cartas de san Francisco son muy importantes por la luz que arrojan sobre los orígenes de la Congregación de la Visitación. Además, la fundadora tuvo la suerte de encontrar en los tiempos modernos, un biógrafo ideal: la Histoire de Sainte Chantal et des origines de la Visitation de Mons. Bougaud resulta ser una de las obras maestras de la hagiografía.

domingo, agosto 20, 2017

UNDECIMO DOMINGO DESPUES DE PENTECOSTES.
Año Liturgico - Dom Prospero Gueranger.
UNDECIMO DOMINGO DESPUES DE PENTECOSTES - Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger
Este Domingo, el undécimo de San Mateo, recibe el nombre entre los Griegos de la parábola del rey que hizo rendir cuentas a sus servidores. En Occidente se le llama Domingo del Sordomudo desde que el Evangelio del Fariseo y del Publicano se trasladó al Domingo anterior. La Misa actual conserva aún, como será fácil comprobar, más de un recuerdo de la antigua disposición.
En los años en que la Pascua se aproxima lo más cerca posible al 21 de Marzo, la lectura de los libros de los Reyes se prosigue hasta esta semana, que nunca llega a pasarla. En el Oficio de la noche son tema de las primeras lecciones: la enfermedad de Ezequías y la curación milagrosa obtenida por las oraciones del santo rey.
M I S A
El sabio y piadoso Abad Ruperto, escribiendo antes del cambio verificado en el orden de las lecturas evangélicas, explica en estos términos la elección del Introito del día hecha por la Iglesia "El publicano en el Evangelio se acusa y dice: Soy indigno de elevar los ojos al cielo. Pablo en la Epístola le imita diciendo: Soy el menor de los apóstoles, que ni merezco ser llamado apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Así pues, como esta humildad que se nos presenta como ejemplo, es la guardiana de la unión entre los servidores de Dios, haciendo que el uno no se levante contra el otro2; del mismo modo es muy natural que se cante al principio el Introito, en el cual habla del Dios que hace que habiten los hombres en su casa con un solo espíritu".
INTROITO
Dios está en su lugar santo: Dios nos hace habitar unánimes en su casa: El mismo dará vigor y fortaleza a su pueblo. — Salmo: Levántese Dios, y disípense sus enemigos: y huyan de su presencia los que Le odian. V. Gloria al Padre.
Nada tan conmovedor como la Colecta de este dia cuando se relaciona con el Evangelio que primitivamente la acompañaba. Con ser menos inmediata hoy esta aproximación, esta conexión no ha desaparecido aún, puesto que la Epístola, como diremos en su lugar, continúa, con el ejemplo de San Pablo, la lección de humildad que nos daba el publicano arrepentido. Ante el espectáculo que ofrece siempre a sus ojos maternales este publicano despreciado del judío, mientras golpea su pecho y sin apenas poder, por su profundo dolor, pronunciar una palabra, la Santa Iglesia, conmovida hasta lo más profundo de sus entrañas, viene a completar y ayudar su oración. Con inefable delicadeza pide a Dios Todopoderoso que, por su misericordia infinita, haga recobrar la paz a las conciencias intranquilas, perdonando los pecados, y que otorgue lo que la misma oración de los pobres pecadores no osa pedir en su reservado temor.
COLECTA
Omnipotente y sempiterno Dios, que, con la abundancia de tu piedad, excedes los méritos y deseos de los suplicantes: derrama sobre nosotros tu misericordia; para que perdones lo que la conciencia teme, y añadas lo que la oración no se atreve a pedir. Por nuestro Señor.
EPISTOLA
Lección de la Epístola del Ap. S. Pablo a los Corintios. (1.* XV, 1-10).
Hermanos: Os recuerdo el Evangelio que ya os prediqué, el que ya recibisteis, y en el cual permanecéis, y por el cual os salvaréis, si retenéis la palabra que os prediqué, y no creéis en vano. Porque os enseñé, en primer lugar, lo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras: y que fué sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras: y que fué visto por Cefas y después de él, pollos Once. Después fué visto por más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven todavía, otros, en cambio, ya murieron. Después fué visto por Santiago, después por todos los Apóstoles: y, al último de todos, como a un abortivo, se apareció también a mí. Porque yo soy el mínimo de los Apóstoles, que no soy digno de ser llamado Apóstol, pues perseguí a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no ha sido vana en mí.
CONTRICCIÓN Y CARIDAD. — El Domingo pasado el Publicano nos recordaba la humildad que conviene al pecador. Hoy, el Doctor de las gentes nos muestra en su propia persona, que esta virtud cae bien asimismo al hombre justificado, que recuerda las ofensas que en otro tiempo hizo al Altísimo. El pecado del justo, aunque perdonado ya hace mucho, permanece sin cesar ante sus ojos; siempre dispuesto a acusarse a si mismo, no ve en el perdón y en el olvido de la ofensa por parte de Dios, sino un nuevo motivo para no olvidar jamás sus faltas. Los favores celestiales que vienen a recompensar la sinceridad de su arrepentimiento, conduciéndole más adelante en el conocimiento de los derechos de la justicia infinita le revelan más aún la enormidad de los crímenes voluntarios que han venido a juntarse" a la mancha original5. Una vez entrado en este camino, la humildad no es para él solamente una satisfacción dada a la justicia y a la verdad por su inteligencia esclarecida de lo alto; sino que, a medida que vive con Dios en unión cada vez más estrecha, y conforme va elevándose por la contemplación en la inteligencia y en el amor, la caridad divina, que le apremia cada vez más de todos los modoses causa del mismo recuerdo de sus faltas. Sondea el abismo de donde la ha sacado la gracia, para lanzarse desde estas profundidades del infierno, más vehemente, dominante y activa. Entonces el pecador de otros tiempos no se contenta con el reconocimiento de las riquezas sin número que obtiene hoy de la divina liberalidad, sino que la confesión de sus miserias pasadas sale de su alma arrebatada como un himno al Señor.
NUESTRA COLABORACIÓN A LA GRACIA. — Por la gracia de Dios soy lo que soy, debe decir, en efecto, el justo con el Apóstol; y cuando esta verdad fundamental arraigue en su alma, puede con él añadir sin temor: Su gracia no ha sido en mi estéril. Pues la humildad descansa sobre la verdad: se faltaría a la verdad imputando al hombre, lo que en el hombre viene del Ser supremo; sería también ir contra ella, el no reconocer con los santos las obras de la gracia que Dios ha puesto en ellos. En el primer caso se iría contra la justicia tanto como contra la verdad; en el segundo contra la gratitud. La humildad, cuyo fin directo es evitar estos daños causados a la gloria debida a Dios refrenando las ansias de la soberbia, viene a ser por otra parte el más seguro auxilio del agradecimiento, noble virtud, que, en los caminos de aquí abajo, no tiene mayor enemigo que el orgullo.
GLORIARSE EN DIOS. — Cuando la Virgen proclamaba que todas las generaciones la llamarían bienaventurada, el entusiasmo divino que la animaba, no consistía menos en el éxtasis de su humildad que de su amor. La vida de las almas escogidas presenta a cada paso transportes sublimes de esta clase, en que, aplicándose a sí el cántico de su Reina, magnifican al Señor cantando las cosas grandes que hace por ellas con su poder. Cuando San Pablo, después del bajo aprecio que siente de sí, al compararse con los otros Apóstoles, añade que la gracia ha sido en él productiva y que ha trabajado más que todos ellos, no creamos que cambia de tema, o que el Espíritu que le dirige quiere corregir de este modo sus primeras expresiones; una sola necesidad, un mismo y único deseo le inspira estas palabras aparentemente diversas y contrarias: el deseo y la nenesidad de no frustrar a Dios la gloria en sus dones, ya sea por la apropiación del orgullo, ya por el silencio de la ingratitud.
El Gradual ha sido puesto, según las obras de los piadosos intérpretes de la Liturgia, como la acción de gracias de los humildes, curados por Dios en conformidad con la esperanza que tenían puesta en El.
GRADUAL
En Dios esperó mi corazón, y he sido ayudado: y ha reflorecido mi carne, y le alabaré con toda mi voluntad. y. A Ti, Señor, he clamado: Dios mío, no calles: no Te apartes de mí.
Aleluya, aleluya. V. Ensalzad a Dios, nuestro ayudador, cantad jubilosos al Dios de Jacob: cantad un salmo alegre con la cítara. Aleluya.
EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según S. Marcos. (VII, 31-37).
En aquel tiempo, saliendo Jesús de los límites de Tiro, fué, por Sidón, al mar de Galilea, por medio de los confines de la Decápolis. Y le presentaron un sordomudo, y le rogaron que le impusiera las manos. Y, tomándole aparte de la turba, metió sus dedos en las orejas de él: y, escupiendo, tocó su lengua: y, mirando al cielo, suspiró, y díjole: Ephphetha, que significa: ¡Abrios! Y al punto se abrieron sus oídos, y se soltó el nudo de su lengua, y habló bien. Y les ordenó que no lo dijeran a nadie. Pero cuanto más se lo prohibió El, más lo divulgaron ellos: y tanto más se admiraron, diciendo: Todo lo ha hecho bien: ha hecho oír a los sordos y hablar a los mudos.
EL GÉNERO HUMANO ENFERMO. Los Santos Doctores nos enseñan que este hombre representa a todo el género humano, excepción hecha del pueblo judío. Abandonado desde tantísimo tiempo en las regiones del aquilón, donde solamente reinaba el príncipe del mundo, experimentó los efectos desastrosos del olvido en que parece le tenía su Creador y Padre, como consecuencia del pecado original. Satanás, cuya pérfida astucia le hizo salir del paraíso, apoderándose de él, se excedió a sí mismo en la elección del medio que puso para salvaguardar su conquista. Con ladina tiranía redujo a su víctima a un estado de mutismo y de sordera, con que le tiene bajo su imperio más seguro que amarrado con cadenas de diamante; mudo para implorar a Dios, sordo para oír su voz; los dos medios de que podía servirse para libertarse, los tiene impedidos. Satanás, el adversario de Dios y del hombre, puede felicitarse. ¡Se ha dado al traste, a lo que puede creerse, con la última de las creaciones del Todopoderoso, se ha dado al traste con el género humano sin distinción de familias y de pueblos; pues hasta la misma nación conservada por el Altísimo como su parte escogida en medio de la defección de los pueblos, se ha aprovechado de sus ventajas para renegar con más crueldad que todos los demás, de su Señor y su Rey!
EL MILAGRO. — El Hombre-Dios gimió al ver una miseria tan extrema. Y ¿cómo no lo iba a hacer considerando los estragos ocasionados por el enemigo en este ser escogido? Así pues, levantando los ojos siempre misericordiosos de su santa humanidad, ve el consentimiento del Padre a las intenciones de su misericordiosa compasión; y, usando de aquel poder creador que en el principio hizo perfectas todas las cosas, pronuncia como Dios y como Verbo la palabra omnipotente de restauración: ¡Ephphetha! La nada, o más bien, en este caso, la ruina, que es peor que la nada, obedece a esta voz tan conocida; el oído del infortunado se despierta; se abre con placer a las enseñanzas que le prodiga la triunfadora ternura de la Iglesia, cuyas oraciones maternales han obtenido esta liberación; y, penetrando en él la fe y obrando al mismo instante sus efectos, su hasta aquí trabada lengua vuelve a tomar el cántico de alabanza al Señor, interrumpido por el pecado desde hacía siglos
LA ENSEÑANZA. — Con todo eso, el Hombre-Dics quiere más, con esta curación, instruir a los suyos, que manifestar el poder de su palabra divina; quiere revelarles simbólicamente las realidades invisibles producidas por su gracia en lo secreto de los sacramentos. Por esto, conduce aparte al hombre que le presentan, lo lleva lejos de esa turba tumultuosa de pasiones y de vanos pensamientos que le habían hecho sordo a las cosas del cielo: ¿de qué serviría, en efecto, curarle si tiene el peligro de volver a caer nuevamente por no hallarse alejadas las causas de su enfermedad? Jesús, asegurando el futuro, mete en los oídos del cuerpo del enfermo sus dedos sagrados, que llevan el Espíritu Santo y hacen penetrar hasta los oídos de su corazón la virtud reparadora de este Espíritu de amor. Finalmente, con mayor misterio aún, puesto que la verdad que se trata de expresar es más profunda, toca con saliva de su boca divina esta lengua que se había hecho impotente para la confesión y la alabanza; y la Sabiduría, pues ella es la que se significa aquí místicamente, la Sabiduría que sale de la boca del Altísimo y, cual onda embriagadora, fluye sobre nosotros de la carne del Salvador, abre la boca del mundo del mismo modo que hace elocuente la lengua de los niños que aún no sabían hablar.
RITOS DEL BAUTISMO. — También la Iglesia, para hacernos ver que el relato evangélico se refiere en figura, no a un hombre aislado sino a todos nosotros, ha querido que los ritos del bautismo de cada uno de sus hijos recuerden las circunstancias de la curación que se nos acaba de relatar. Su ministro, antes de sumergir en el baño sagrado al escogido que le presenta, debe depositar en su lengua la sal de la Sabiduría, y tocar los oídos del neófito, repitiendo la palabra que Cristo dijo al sordomudo: Ephphetha, que significa: abrios.
En el Ofertorio se deja oír el canto de los humildes, libertados, curados y ensalzados por Dios.
OFERTORIO
Te exaltaré, Señor, porque me has socorrido, y no consentiste que se riesen de mí mis enemigos: Señor, clamé a Ti, y me has sanado.
La asamblea de los siervos de Dios, le suplica en la Secreta que acepte sus dones, y que haga del Sacrificio el homenaje de su servidumbre y el sostén de su debilidad.
SECRETA
Suplicárnoste, Señor, mires propicio nuestra servidumbre: para que lo que te ofrecemos, sea un don grato a Ti, y sirva de ayuda a nuestra flaqueza. Por nuestro Señor.
La Antífona elegida para la Comunión no puede venir mejor, en un tiempo en que los trabajos de la siega y de la recolección están en todas partes en plena actividad. Debemos, en efecto, tratar de ofrecer al Señor, por intermedio de su Iglesia y de sus pobres, las primicias de estos bienes que recibimos de sus manos. Mas si queremos en verdad honrar con ello a Dios, guardémonos de imitar la jactancia del Fariseo en el cumplimiento del deber tan sencillo y tan provechoso a quien lo cumple.
COMUNION
Honra al Señor con tu riqueza, y con las primicias de tus frutos: y se llenarán tus graneros plenamente y tus lagares rebosarán de vino.
El sagrado remedio de los Misterios obra en el cuerpo y en el alma; produciendo de este modo la salvación del uno y de la otra, es la verduodecimo domingo despues de pentecostes 289 dadera gloria del cristiano. En la Poscomunión, la Iglesia implora para sus hijos esta plenitud efectiva del Sacramento.
POSCOMUNION
Suplicárnoste, Señor, hagas que, con la recepción de tu Sacramento, sintamos su ayuda en el alma y en el cuerpo: para que salvados ambos, nos gloriemos de la plenitud de tu celestial remedio. Por nuestro Señor.
SAN BERNARDO, ABAD DE CLARAVAL Y DOCTOR DE LA IGLESIA.
Vida de los Santos de A. Butler.

(1153 d. C.) - EL padre de Bernardo era un noble borgoñón llamado Tescelino Sorrel. Su madre, llamada Aleth, era hija del señor de Montbard. Bernardo, el tercero de los hijos, nació en 1090 en Fontaines, castillo próximo a Dijon, que formaba parte de las propiedades de su padre. Los siete hijos de Tescelino y Aleth eran: el Beato Guido, el Beato Gerardo, San Bernardo, la Beata Humbelina, Andrés, Bartolomé y el Beato Nivardo. Todos aprendieron el latín y la poética antes de abrazar la carrera de las armas. Bernardo fue enviado al colegio de los canónigos seculares de Chatillon-sur-Seine para hacer una carrera completa. Desde entonces amaba ya la soledad, quizá debido a su timidez. Hizo progresos rapidísimos en los estudios y se preparó así a oír la voz de la inspiración de Dios. La víspera del día de Navidad, cuando esperaba a su madre para asistir a los maitines, Bernardo se quedó dormido y soñó que veía al Niño Jesús en el establo de Belén. Desde entonces, concibió uns gran devoción por el misterio de amor y misericordia de la Encarnación Cuando tenía diecisiete años, murió su madre. Bernardo, que la quería apasionadamente, sufrió una grave depresión y se dejó arrastrar a un estado detristeza mórbida, del que sólo consiguió salir gracias a la tenacidad de su hermana Humbelina por distraerlo y consolarlo.
Al entrar en sociedad, Bernardo poseía todas las ventajas y talentos que pueden hacer amable y atractivo a un joven. Con su ágil inteligencia y temperamento afable y bondadoso, se ganaba a cuantos le conocían. Ello constituía un grave peligro y durante, algún tiempo, Bernardo bordeó la tibieza e indiferencia, hasta que empezó a pensar en abandonar el mundo y consagrarse a los estudios, que siempre le habían atraído mucho. Pocos años antes, Roberto, San Alberico y San Esteban Harding habían fundado en Citea el primer monasterio en que se practicaba en todo su rigor la primitiva regla de San Benito. Bernardo vaciló algún tiempo antes de ingresar en la orden cisterciense. Un día, presa de graves dudas, entró en una iglesia a pedir a Dios que le ayudase a conocer y seguir su voluntad y, al salir, estaba decidido a abrazar la vida de los monjes de Citaux. Sus amigos hicieron cuanto pudieron por disuadirle, pero Bernardo no sólo se mantuvo firme en su propósito, sino que se llevó consigo al monasterio a cuatro de sus hermanos y a un tío. Un íntimo amigo de Bernardo, Hugo de Mâcon (quien más tarde fundó el monasterio de Pontigny y murió siendo obispo de Auxerre), lloraba amargamente ante la idea de separarse de Bernardo; pero dos entrevistas bastaron a éste para convencerle de que le siguiese al monasterio. Para no extendernos demasiado, Bernardo, que unas cuantas semanas antes dudaba de su vocación religiosa, llegó al monasterio acompañado de treinta y un candidatos que hasta poco antes no se habían sentido llamados a la vida monástica. En ese sentido, ningún santo de la era moderna ha igualado a Bernardo, quien poseía una elocuencia irresistible: cuando él se presentaba, las madres temblaban por sus hijos y las esposas por sus maridos. El día de la partida al monasterio, Bernardo y sus hermanos se reunieron en Châtillon y fueron a Fontaines a despedirse de su padre y a pedirle su bendición. Nivardo, el más joven de la familia, se quedó a cuidar a su padre. Al salir de Fontaines, Guido encontró a Nivardo jugando con otros chicos de su edad, y le dijo: “Adiós, hermanito. Tú vas a heredar todas las tierras y posesiones”. Nivardo respondió: “No estoy de acuerdo. Vosotros os reserváis el cielo y me dejáis la tierra. Es una repartición muy poco equitativa.” Poco después, Nivardo fue a reunirse con sus hermanos en el monasterio, de suerte que sólo Humbelina y su padre quedaron en Fontaines.
Bernardo y sus compañeros llegaron a Cítaux alrededor de la Pascua de 1112. San Esteban Harding, que era el abad, les recibió con los brazos abiertos, puesto que en los últimos años no se había presentado un solo novicio. San Bernardo tenía entonces veintidós años, quería vivir olvidado del mundo y entregado totalmente a Dios en el retiro. Tres años después, el abad, comprobó los progresos de Bernardo y sus extraordinarias cualidades y le mandó, con otros doce monjes, a fundar un nuevo monasterio en la diócesis de Langres, en la Champagne. Bernardo y sus compañeros hicieron el viaje cantando los salmos, y se establecieron en un valle rodeado de bosques. Con la ayuda del obispo y de los habitantes de la región, los monjes talaron una parte del bosque y construyeron un monasterio. Los principios de la nueva fundación fueron duros, pues la tierra era muy pobre y sólo producía un poco de avena para el pan y unas hojas silvestres que constituían todo el alimento de los monjes. Por otra parte, Bernardo, que carecía aún de experiencia, tendía a una severidad exagerada y reprendía ásperamente a sus compañeros por las menores distracciones y transgresiones de la regla. Felizmente el santo cayó poco a poco, en la cuenta de ese estado de cosas al ver el desaliento que se apoderaba de los monjes, a pesar de su gran humildad y obediencia. Para hacer penitencia por su omisión, Bernardo guardó silencio durante mucho tiempo; pero finalmente volvió a predicar y se preocupó de que sus súbditos comiesen un poco mejor, a pesar de la escasez. Se extendió la fama del monasterio y de la santidad de su abad y, muy pronto, el número de los monjes llegó a ciento treinta. También se dio al lugar el nombre de Claraval (Valle Claro), porque el sol daba de lleno en él. El padre de Bernardo y su hermano Nivardo ingresaron en Claraval en 1117 y recibieron el hábito de manos del santo. Los cuatro primeros monasterios derivados de Cíteaux se convirtieron, a su vez, en sementeras de nuevos monasterios. El de Claraval fue el más fecundo de todos, y entre sus filiales se contaban el monasterio de Rivevaulx y, en cierto sentido, el monasterio de Fountains, en Inglaterra.
En 1121, San Bernardo realizó su primer milagro: mientras cantaba la misa, restituyó el habla a cierto señor feudal, quien pudo así confesarse antes de morir y hacer numerosas restituciones por las injusticias que había cometido. Se cuenta que el santo obró otras muchísimas curaciones con sólo bendecir a los enfermos y que “excomulgó” a las moscas que infestaban la iglesia de Foigny, las cuales murieron al punto. La maldición a las moscas de Foigny se convirtió en un proverbio francés. Guillermo de Saint-Thierry refiere con pormenores los males de estómago que aquejaban a Bernardo, que ciertamente no mejoraban con la comida mala e insuficiente. A causa de su mala salud, el capítulo general le dispensó de trabajar en el campo y le ordenó que se dedicase más intensamente a la predicación. Para cumplir, Bernardo empezó a escribir su tratado sobre los Grados de Humildad y de Orgullo, que fue la primera obra que publicó. El P. Vacandard dice que “cualquier psicológo moderno aprobaría el estudio caracteriológico” que hay en dicho tratado.
A pesar de su amor por el retiro, las necesidades de la Iglesia y la obediencia obligaron frecuentemente a Bernardo a salir de él. Como tantos otros santos a quienes el cielo ha concedido un extraordinario don de contemplación y cuyo mayor deseo sería consagrarse enteramente a Dios en la paz del monasterio, San Bernardo hubo de pasar años enteros en la vida pública y aun en la vida política, “atendiendo a los asuntos de su Padre celestial”. En 1137, escribía que estaba “asediado de cuidados y preocupaciones y apenas hay un momento en que me dejen en paz los visitantes que vienen a pedirme los más diversos favores. Y, como no tengo derecho a impedirles que vengan ni puedo rehusarme a recibirlos, apenas me queda tiempo para orar.” La fama de las cualidades y poderes del santo era tan grande, que los príncipes acudíar a su arbitraje y los obispos le consultaban los asuntos más importantes de la Iglesia y se atenían respetuosamente a sus decisiones. Los Papas veían en su consejo uno de los principales apoyos de la Iglesia, y todo el pueblo escuchaba sus palabras con veneración. Aun llegó a llamársele “el Oráculo de la cristiandad”. Porque Bernardo no era únicamente un fundador de monasterios, un teólogo y un predicador, sino también un reformador y un “cruzado”; jamás hurtó el cuerpo a las dificultades, ya proviniesen de la abad de Cluny o de un antipapa, del filósofo Abelardo o de la segunda Cruzada. Por lo demás, no perdía el tiempo en rodeos. Así, escribía a un clérigo Languedoc: “Parece que os imagináis que los bienes de la Iglesia son vuestros. Pero os equivocáis totalmente; pues, si bien es justo que viva del altar quien sirve al altar, ello no significa que los bienes del altar sean para fomentar la lujuria y el orgullo. Todo lo que va más allá de una mesa sencilla y un vestido modesto es sacrilegio y robo.”
Las dificultades provocadas por la elección de Inocencio en 1130 obligaron a San Bernardo a viajar por toda Francia, Alemania e Italia. En una de sus visitas a Claraval, llevó consigo a Pedro Bernardo Paganell canónigo de Pisa, que sería más tarde Papa, con el nombre de Eugenio III y alcanzaría el honor de los altares. Por el momento, Bernardo confió al novicio el cargo de acarrear carbón para el monasterio. Después de que toda la Iglesia le reconoció a Inocencio II, San Bernardo asistió a los Concilios de Roma y de Letrán. Por entonces, conoció a San Malaquías de Armagh; nueve años después,
San Malaquías moriría en brazos de su amigo. A pesar de sus múltiples actividades, San Bernardo seguía predicando a los monjes siempre que podía. Sus sermones sobre el Cantar de los Cantares se hicieron famosos. En 1140 predicó por primera vez en público, a los estudiantes de París. Esos dos sermones se cuentan entre los más violentos y poderosos que pronunció el santo; las “cosas terribles e infernales” que dijo en ellos, hicieron cierto bien al auditorio y convirtieron a algunos estudiantes que hasta entonces habían visto con malos ojos el “evangelismo” de Bernardo. Poco después de terminado el cisma, el santo se vio envuelto en la controversia con Abelardo. Y si el primero era el hombre más influyente y elocuente de la época, el brillante y desdichado Pedro Abelardo le cedía apenas en ese aspecto y tenía la ventaja de ser mucho más erudito. Era inevitable que los dos personajes chocasen un día, pues representaban dos corrientes de pensamiento que, sin ser opuestas, no habían llegado todavía a sintetizarse: por una parte, la concepción tradicional de la autoridad y de la “fe, que no es una opinión sino una certeza”; por la otra, el nuevo racionalismo y la exaltación de la inteligencia humana. Se ha criticado mucho a San Bernardo por haber acosado implacablemente a Abelardo. Pero hay que comprender que el santo creía que, bajo la máscara del saber se ocultaban en Abelardo la vanidad y la arrogancia, que bajo la máscara del uso de la razón se ocultaba el racionalismo y que las cualidades y la erudición del filósofo le hacían muy peligroso para la cristiandad. San Bernardo escribía al Papa: “Pedro Abelardo, al defender que la razón humana es capaz de comprender enteramente a Dios, ataca las bases del mérito de la fe . . . Ese hombre es demasiado grande a sus propios ojos.”
Probablemente a principios del año 1142, se fundó en Irlanda el primer convento cisterciense. Los monjes procedían de Claraval, a donde San Malaquías los había enviado a formarse bajo la dirección de San Bernardo. La abadía, que estaba situada en el condado de Louth, recibió el nombre de Melilfont. Diez años más tarde, contaba ya con seis monasterios filiales. Por la misma época, San Bernardo intervino en el asunto de la sucesión de la sede de York (cf. nuestro artículo sobre San Guillermo de York, 8 de junio). Inocencio II murió antes de que el asunto quedase resuelto. Dieciocho meses después, ascendió al trono pontificio el abad del monasterio cisterciense de Tre Fontane, Eugenio III, que no era otro que el Bernardo de Pisa a quien San Bernardo había conducido al noviciado. El santo escribió a su antiguo discípulo una carta encantadora, redactada en estos términos: “A su queridísimo padre y maestro Eugenio, por la gracia de Dios Sumo Pontífice, Bernardo, abad de Claraval, presenta su humilde homenaje.” En realidad Bernardo sentía ciertos temores por Eugenio, pues conocía su carácter tímido y retraído y su falta de experiencia en la vida pública. Por ello, escribió también una carta a los cardenales, en la que les decía: “Dios os perdone lo que habéis hecho. Habéis vuelto a la vida a un hombre que estaba muerto al mundo y sepultado en la paz del monasterio. Habéis empujado a la vorágine de los negocios y las multitudes a un hombre que había huido de los negocios y de las multitudes. Habéis convertido lo menos importante en lo más importante. Tened cuidado, pues el sitio que ocupa ahora ese hombre es más peligroso que el que ocupaba antes.” Más tarde, para aconsejar a Eugenio III, escribió el más largo e importante de sus tratados, el “De consideratione”, en el que examinaba las obligaciones del Pontífice y le recomendaba abiertamente que se reservase cada día algún tiempo para el examen de conciencia y la contemplación y que se dedicase a ellos con más diligencia que a los negocios. San Bernardo declaraba que la “consideración” o contemplación forma y dirige todas las virtudes y recordaba al Papa que la multiplicidad de los negocios le ponían en el riesgo de caer en el olvido de Dios y la dureza de corazón. La sola mención de esos peligros hacía temblar al santo, quien decía al Pontífice que si él mismo no temblaba ante esos peligros era señal de que su corazón se había endurecido ya; porque si el Papa cae, toda la Iglesia decae.
Entre tanto, la herejía albigense había hecho rápidos progresos en Francia, con todas sus consecuencias morales y sociales. San Bernardo había tenido ya que ver con una secta similar en Colonia; en 1145, el cardenal Alberico, legado pontificio, le pidió que fuese al Languedoc. Aunque se hallaba enfermo, débil y apenas podía hacer el viaje, obedeció al punto y predicó en el camino. Le acompañó su secretario, Godofredo, quien refiere numerosos milagros de los que fue testigo presencial. Por ejemplo, en Sarlat, ciudad de Périgord, Bernardo bendijo unas piezas de pan, diciendo: “Para que conozcáis la verdad de nuestra doctrina y la falsedad de la hereje, que los enfermos que coman de este pan queden curados”. El obispo de Chartres, que estaba junto al santo, ante el temor de una desilusión colectiva, corrigió: “Es decir, que queden curados los que coman de este pan con la fe debida”. Pero el abad replicó: “Yo no dije eso, sino que todos los enfermos que prueben este pan queden curados para que sepan que somos enviados de Dios y predicamos la verdad”. En efecto, un gran número de enfermos recobró la salud. Bernardo predicó contra la herejía en todo el Languedoc. Sus oyentes se mostraron obstinados y violentos, sobre todo en Albi y en Toulouse; sin embargo, el santo consiguió reconquistar en poco tiempo la región y volvió después a Claraval. Desgraciadamente, San Bernardo se retiró demasiado pronto, pues la conversión del Languedoc había sido más aparente que real y, veinticinco años más tarde, la herejía era ahí más fuerte que nunca. Fue entonces cuando apareció Santo Domingo.
El día de Navidad de 1144, los turcos selyukidas se habían apoderado de Edesa, uno de los cuatro principados del reino latino de Jerusalén. Los cristianos pidieron inmediatamente auxilio a Europa, pues todo el reino estaba en peligro. Eugenio III encargó entonces a San Bernardo predicar una Cruzada. El santo inauguró la predicación el domingo de Ramos de 1146, en Vézelay. La reina Eleonor y una gran multitud de nobles fueron los primeros en abrazar la causa; el pueblo, movido por las palabras de fuego de Bernardo, le siguió en masa, de suerte que se acabó la provisión de cruces de tela para el distintivo y el santo tuvo que desgarrar su propio hábito para fabricar otras. Tras de levantar en armas a toda Francia, Bernardo escribió a los principales señores de Europa central y occidental. Después se trasladó a Alemania y lo primero que tuvo que hacer, fue enfrentarse con un monje medio loco llamado Rodolfo, quien, valiéndose del nombre del santo, incitaba al pueblo a acabar con los judíos. En seguida, emprendió una gira triunfal por la Renania, donde realizó numerosos milagros, según el testimonio de los que le acompañaban. El emperador Conrado III recibió la Cruz de manos del santo, y partió a la cabeza de un ejército, en mayo de 1147. Luis de Francia le siguió poco después. Pero la segunda Cruzada resultó un fracaso. Los ejércitos de Conrado fueronon deshechos en Asia Menor, y lo único que hizo Luis fue poner sitio a Damasco. El fracaso se debió, en gran parte, a los mismos cruzados, muchos de los cuales habían partido únicamente por codicia y, en la primera oportunidad, cometieron toda clase de excesos. Los que se unieron a la empresa por motivos de penitencia y religión tuvieron ocasión de ejercitar heroicamente la virtud, pero debe reconocerse que el precio de aquel ejercicio ascético fue demasiado elevado. El fracaso de la cruzada levantó una tempestad contra San Bernardo, quien se había mostrado seguro del triunfo. El santo respondió que él había confiado en que Dios bendeciría una cruzada emprendida en su honor, pero que los excesos de los cruzados habían sido la causa de su propia perdición. Por otra parte, ¿quién podía juzgar del éxito o el fracaso de una empresa? y “¿cómo se atreverían los mortales a reprobar lo que eran incapaces de comprender?”
A principios de 1153, el santo padeció su última enfermedad. Desde mucho antes, vivía ya en el cielo por el deseo, aunque por humildad calificaba de debilidad ese anhelo: “Los santos ansiaban morir para ver a Cristo; yo lo deseo al verme acosado por el escándalo y el mal. Confieso que me falta valor para enfrentarme a la violencia de la tempestad”. En la primavera, Bernardo se repuso un tanto y hubo de abandonar por última vez Claraval para acudir en socorro de los necesitados. Los habitantes de Metz querían a toda costa vengarse del duque de Lorena, que había atacado la ciudad. Para impedir el derramamiento de sangre, el arzobispo de Tréveris fue a Claraval a suplicar a Bernardo que le ayudase a reconciliar a los enemigos. El santo, olvidando su propia enfermedad, se transladó inmediatamente a Lorena, donde consiguió que los dos bandos depusiesen las armas y firmasen un tratado. Pero la enfermedad de Bernardo se agravó a su vuelta a Claraval y hubo de recibir los últimos sacramentos. Los monjes se reunieron alrededor de su abad con las lágrimas en los ojos y éste los confortó y alentó, diciéndoles que un siervo inútil debía dejar el sitio a otros y que era necesario derribar el árbol estéril. Aunque el amor que profesaba a sus hijos le impulsaba al deseo de permanecer con ellos, su ansia de ver a Cristo le había hecho desear la muerte desde tiempo atrás. “Estoy crucificado entre estos dos deseos, y no sabría por cuál decidirme. Pongámonos en manos de Dios y dejemos que El decida”. Dios decidió llamar a Sí al santo el 20 de agosto de 1153. Bernardo tenía entonces sesenta y tres años y había sido abad durante treinta y ocho. Los monjes de Claraval habían fundado ya sesenta y ocho monasterios. No es, por consiguiente, exagerado considerar a San Bernardo como uno de los fundadores de la orden cisterciense, ya que fue él quien la sacó de la oscuridad y la hizo famosa en todo el occidente. San Bernardo fue canonizado en 1174. En 1830 fue proclamado Doctor de la Iglesia, el “Doctor Melifluo”.
San Bernardo “llevó sobre los hombros el siglo XII y no pudo menos de sufrir bajo ese peso enorme”. En vida fue el oráculo de la Iglesia, la luz de los prelados, el reformador de la disciplina y, después de su muerte, no ha cesado de vigorizar a instruir a la Iglesia con sus escritos. Enrique de Valois, ese gran erudito francés del siglo XVII, no vacilaba en afirmar que entre las obras de los Padres de la Iglesia las de San Bernardo eran las más útiles para fomentar la piedad. Sixto de Siena, que se había convertido del judaismo, escribió: “Las palabras de Bernardo son siempre suaves y ardientes; leche y miel deleitosas manan de su boca y el encendido amor que arde en su pecho calienta los corazones”. Erasmo decía que San Bernardo era “alegre, amable y apasionado”, “cristiano erudito, de santidad elocuente y devoción radiante y amable”. Todos los católicos y protestantes de importancia, desde Inocencio II hasta el cardenal Manning, de Lutero a Federico Harrison, han reconocido la santidad de Bernardo y la grandeza de sus escritos, en los que el vigor se une a la dulzura y la caridad a la rudeza; porque el santo reprochaba para corregir, no para insultar. Tan profundamente había meditado la Sagrada Escritura, que su propio estilo recuerda a cada paso el de la Biblia y tiene algo del calor particular del texto sagrado. Bernardo conocía bien los escritos de los Padres de la Iglesia, sobre todo los de San Ambrosio y San Agustín, a los que citaba con frecuencia. Aunque vivió después de San Ambrosio, el primer escolástico y aunque su época era ya escolástica, San Bernardo trataba los temas teológicos a la manera de los antiguos escritores eclesiásticos. Por ello y por la excelencia de sus escritos, se le clasifica entre los Padres de la Iglesia y, si bien fue el último de ellos, es sin duda uno de los que más pueden ayudar a quienes quieran profundizar la religión y progresar en el fervor.
Los principales materiales biográficos de San Bernardo se hallan reunidos en la Patrología Latina de Migne, vol. 185. El mejor texto de la Vita prima es el de Waitz en MGH., Scriptores, vol. xxvi. Dicha obra, que es la fuente más importante, consta de cinco secciones escritas por tres autores diferentes: Guillermo de Saint-Thierry, Amoldo de Bonneval y Godofredo de Auxerre; además de la parte propiamente biográfica, hay una colección de milagros. Existen también las biografías escritas por Alan de Auxerre, Juan el Ermitaño, etc., por no hablar de las leyendas posteriores, como el Exordium Magnum de Conrado de Eberbach, y el Líber Miraculorum de Herberto. Todas estas fuentes y la correspondencia del santo han sido estudiadas por G. Hüffer en Vorstudien (1886). También las estudia a fondo E. Vacandard en el primer capítulo de su Vie de Saint Bernard (1910), que sigue siendo la biografía más autorizada. Existen muchísimas biografías de tipo más popular: G. Goyau (1927); F. Hover (1927) ; A Luddy, Life and Teaching of Saint Bernard (1927), obra voluminosa pero no muy exacta. También rinden tributo a San Bernardo numerosos escritores e historiadores no católicos, como J. Cotter Morrison (1877), R. S. Storrs (1893), Watkin Williams (1935) y G. G. Coulton, Five Centuries of Religión, vol. i. La obra de E. Gilson, Mystical Theology of St Bernard, apareció en 1940. La obra de J. Leclercq, St Bernard Mystique (1948) incluye 200 páginas de pasajes tomados de los escritos del santo. Dom Leclercq está trabajando actualmente en la edición crítica de las obras di San Bernardo, Véanse los dos volúmenes publicados por la Assoc. Bourguignonne de Sociétés Savantes, St Bernard et son temps (1928); cf. D. Knowles, The Monastic Order i England (1949). Entre las principales obras publicadas en 1953 citaremos la traduccic' inglesa de las cartas de San Bernardo, hecha por B. Scott James, y el Bernard de Clairva¡ editado por Dom Jean Bouton, que contiene importantes documentos biográñcos.

sábado, agosto 19, 2017

SAN JUAN EUDES, CONFESOR


  • Vidas de los Santos de A. Butler

G. Francisi, S. Juan Eudes consagra su familia religiosa 
al Sgdo. Corazón. 1909, Charlesbourg, Québec.
(1680 d. C.) - En la noche de Navidad de 1625, en la capilla del Oratorio de París, capilla y altar dedicados a la Santísima Virgen, decía su primera misa un joven sacerdote normando. Aquel mismo día hizo el voto de perpetua servidumbre a Jesús y María.
   No habían pasado aún dos años desde que, atraído por la doctrina espiritual y prendado por los planes apostólicos del célebre cardenal De Bérulle, había ingresado en el Oratorio. ¿Quién podía vislumbrar en aquellos momentos cuál iba a ser el futuro brillante, aunque doloroso, del novel sacerdote?
   Su vida sería larga: ochenta años. El voto de servidumbre que acababa de recitar la resumiría perfectamente. Juan Eudes no viviría para sí, sino para Jesús y María. Necesitaría todo su tesón normando para no cejar en aquélla batalla continua y dura, que cubriría toda su vida sacerdotal. Habría de luchar y sufrir por la salvación de sus hermanos y la gloria de Jesús y María. Era lo único que le interesaba.
   Quiso la Providencia que viviera en los días de mayor esplendor de la historia de Francia. No le faltaron contactos con los principales personajes y actores de él. Pero a Eudes nada le interesaban los triunfos temporales y descansaba en la abundante cosecha de sinsabores y amarguras que siempre le acompañó. Por doquiera le surgieron enemigos enconados. De entre los que debieran ser sus amigos, como servidores del mismo Dios, y de entre los separados por el hondo foso de las diferencias ideológicas. En su propia casa le acecharía la traición. En aquélla cruz constante, cruz dura y dolorosa, Eudes veía el sello del beneplácito divino que, contra el parecer de los hombres, refrendaba su apostolado y sus obras. Fiel a la voluntad del Señor, su siervo caminaría hasta el fin.
   Había venido al mundo en un pueblecito normando, de la diócesis de Séez: Ri. Era el 14 de noviembre de 1601. Pocos años antes la peste lo había asolado. De la familia Eudes sólo sobrevivió un varón: Isaac. Para que no pereciera la familia, Isaac, a punto de ordenarse de subdiácono, renuncia a la carrera eclesiástica, vuelve a la heredad paterna, la cultiva y con su esfuerzo logra crearse una posición desahogada. En las postrimerías del siglo XVI contrae matrimonio con Marta Corbin, mujer de ejemplares virtudes y de una probada y no común energía de carácter.
   De Isaac Eudes, que, casado y padre de siete hijos, rezaba diariamente el oficio divino, y de Marta Corbin nació Juan Eudes. Era el mayor de los hermanos.
   Próximo a cumplir sus catorce años, fue encomendada su educación a los padres jesuitas que, en Caen, regentaban el Real Colegio del Monte. Allí cursó los estudios de humanidades y filosofía. Muchos años después, en la conclusión de su libro El corazón admirable, Eudes recordará con agradecimiento a su antiguo colegio y a su congregación mariana. En septiembre de 1620 recibió la tonsura y las órdenes menores.
   Dos años después, cuando ya adelantaba en sus estudios de teología, se creó en Caen una casa del Oratorio, instituto recientemente fundado, en París, por el padre De Bertille. Conoció Eudes a los oratorianos e inmediatamente simpatizó con ellos.
   El cardenal De Bérulle fue una de las grandes glorias religiosas de la Francia del Siglo de Oro. Enamorado de su sacerdocio, añoraba los días antiguos en que el clero "no respiraba más que cosas santas, dejando las profanas a los profanos, y llevaba profundamente grabado en sí mismo la autoridad de Dios, la santidad de Dios y la luz de Dios". Pero, ¡qué distinto espectáculo presentaba el clero de sus días! Se ha podido escribir que "el nombre de sacerdote había llegado a ser sinónimo de ignorante y libertino". De Bérulle quiso rehabilitarlo. El Oratorio tendrá como misión santificar al clero secular.
   ¿No era la santidad lo que desde su niñez anhelaba Eudes? En su Memorial dejará anotado: "Fui recibido y entré en la congregación del Oratorio, en la casa de Saint-Honoré, de París, por su fundador el reverendo padre De Bérulle, en el año de 1623, el 25 de marzo". En 1625 fue ordenado de presbítero y en 1627 volvió a su tierra, cuando nuevamente se ensañaba en ella la peste. Adscrito a la casa de Caen, el padre Eudes atiende a los apestados, se dedica al estudio y a la oración e inicia la predicación de misiones populares, apostolado que constituirá una de las grandes tareas de su vida.
   Toda la vida del padre Eudes había de ser un martirio continuado, por lo que no podemos olvidar el voto que hiciera al Señor en 1637: "Me ofrezco y me entrego, me dedico y consagro a Vos, oh Jesús mi Señor, como hostia y víctima para sufrir en mi cuerpo y en mi alma, según vuestro agrado y mediante vuestra santa gracia, toda clase de penas y tormentos, incluso el derramamiento de mi sangre y sacrificio de mi vida con cualquier género de muerte. Y esto, sólo para vuestra gloria y por vuestro puro amor".
   En 1640 fue nombrado superior del Oratorio de Caen. Poco tiempo lo sería.
   El padre Eudes había comprobado el bien inmenso que las misiones realizaban en la población; mas una preocupación le inquietaba: ¿Era posible que el fruto perdurase sin un clero que acogiera y alimentara los buenos propósitos?
   El clero. Al padre Eudes le preocupaba el clero. "¿Qué se puede esperar de estos pobres hombres con disposiciones excelentes -decía refiriéndose a los seglares- si están bajo la dirección de tales pastores como por doquier vemos? ¿No es lógico que, olvidando pronto las grandes verdades que les impresionaron durante la misión, caigan en sus anteriores desórdenes?"
   Pensando en esto había dedicado en algunas misiones conferencias especiales a los eclesiásticos. No bastaba. Eudes comienza a pensar en una congregación que tuviera por primera finalidad el crear y regir seminarios para la formación y santificación del clero. Su pertenencia al Oratorio es un obstáculo para sus proyectos.
   En 1642 es llamado a París por el cardenal Richelieu y cambia impresiones con él sobre sus planes. El cardenal le comprende perfectamente; él también sueña con la creación de seminarios y le promete su apoyo. El cardenal muere a fines del mismo año, pero la autorización real para la fundación de la nueva congregación es firmada en el mes de diciembre.
   El padre Eudes está resuelto a abandonar el Oratorio. Ningún obstáculo canónico existe, pues en el Oratorio no hay votos religiosos que vinculen a sus miembros con el instituto. Entretanto, para evitar posibles complicaciones, las letras reales se expiden a nombre de monseñor D'Angennes, obispo de Bayeux, amigo y protector del Santo.
   A principios de 1643 el padre Eudes vuelve a Caen. Todo está decidido. Abandona el Oratorio y el 25 de marzo nace la Congregación de los Seminarios de Jesús y de María.  
   La congregación nació en la fiesta de la Anunciación, porque pretendía "continuar el trabajo y las funciones del Verbo Encarnado y debía estar consagrada por entero a Jesús y María". Sus finalidades, tal como se concretan en las letras de Luis XIII, son: "Trabajar con el ejemplo y la instrucción por establecer la piedad y santidad entre los sacerdotes y aquellos que aspiran al sacerdocio, enseñándoles a llevar una vida conforme a la dignidad y santidad de su condición, y desempeñar convenientemente todas las funciones sacerdotales, como también emplearse en la enseñanza de la doctrina cristiana por medio de misiones, predicaciones, exhortaciones, conferencias y otros ejercicios".
   Seminarios y misiones. Pero, en primer término, seminarios.
   Seis años hacía que el padre Eudes había firmado con su sangre el voto martirial; ahora, separándose del Oratorio, desencadenaba el inacabable séquito de dolores, persecuciones y calumnias que no le abandonaría jamás.
   En todas sus negociaciones, tanto ante las autoridades regionales como en París, tanto ante los obispos como en las Congregaciones romanas, el padre Eudes tropezará con una enemiga tenaz y poderosa, abierta unas veces, solapada otras, que no reparará en dificultades ni en la licitud de los medios y tratará de hacerle fracasar y con frecuencia lo conseguirá. Si en 1648 logró en Roma la aprobación del seminario de Caen, en noviembre de 1650 el obispo de la misma ciudad, monseñor Malé, sucesor de monseñor D'Arigennes, llegará a clausurarle la capilla.
   Eudes no desiste. En 1652 ultima las constituciones de su congregación. En 1653, muerto monseñor Malé, la autoridad diocesana permite la apertura de la capilla del seminario de Caen. Tendrá que luchar para aclarar malentendidos y refutar calumnias. El sigue adelante. Tras del seminario de Caen vendrán los de Coutances en 1650, Lisieux en 1653, Evreux en 1667 y Rennes en 1670.
   Su apostolado entre los sacerdotes se intensifica. A ellos dedica retiros especiales en sus misiones; para ellos escribe diversos libros que los ayuden en su vida espiritual o pastoral. Y su enamoramiento del sacerdocio halla expresión magnífica y bella en su oficio del sacerdocio de Cristo y de los santos sacerdotes, que le fue aprobado por la autoridad eclesiástica en 1652.
   La Congregación de Jesús y María había de dedicar una atención primordial a la fundación de seminarios y a la formación del clero. Por tal motivo, el padre Eudes había abandonado el Oratorio. Ella nació en el laborar misional del Santo, al contacto con las necesidades espirituales de los pueblos misionados. San Juan había nacido misionero y jamás dejaría de serlo; la congregación que él fundara sería también misionera. En el Oratorio comenzó el misionar del padre Eudes y continuó toda su vida, con gran éxito visible y espiritual. Cruzó en todas direcciones su provincia natal de Normandía. Las poblaciones de gran parte de Bretaña, Picardía, Ile-de-France, Perche, Brie y Borgoña se apiñaron cabe su púlpito. Ciudades populosas como Caen, Rouen, Autun, Beaune, Versalles y París escucharon su predicación.
   Recorriendo el Memorial en que el Santo recogió los principales recuerdos de su vida hallamos mencionadas unas ciento diez misiones predicadas desde 1632 hasta 1676, y no puede olvidarse que la duración mínima ordinaria de una misión era de seis semanas y algunas, como la de Rennes, en 1667, se prolongó durante cinco meses.
   Su predicación era ardorosa y vibrante. Dotado de un temperamento ardiente y apasionado, sus palabras brotaban directamente del corazón. Le llamaron "león en el púlpito y cordero en el confesonario". Tronaba sin compasión contra los vicios y con espíritu de caridad hacia los pobres pecadores, cuya suerte le acongojaba. Su palabra se alzaba enérgica y libre, con la santa libertad de los apóstoles. Buen ejemplo de ello dio en la misión de Saint-Germain-des-Prés (1660), en presencia de la reina de Francia y de la corte. Poco antes el fuego había destruido, en parte, el palacio del Louvre, y de ello tomó pie el Santo para recordar a sus oyentes que, si a los príncipes les está permitido edificar Louvres, Dios les manda aliviar a sus súbditos desgraciados; que no pueden pasar los días y los años en diversiones, pues no es ése el camino del cielo; que si el fuego temporal no había respetado la mansión real, tampoco el fuego eterno respetaría a los reyes y príncipes que no vivieran como cristianos; que causaba grande pena, finalmente, ver a los grandes de la tierra asediados por una multitud de aduladores sin que casi nunca se les diga la verdad y que él se consideraría por muy culpable si ocultara estas cosas a su majestad.
   De las misiones nació la Congregación de Jesús y de María; de ellas nacería también la de Nuestra Señora de la Caridad, dedicada a la rehabilitación de las desgraciadas víctimas del vicio. Nació esta obra del padre Eudes en los mismos días en que abandonaba el Oratorio y, como todas las suyas, nació y creció en medio de las mayores dificultades exteriores, a las que aquí se sumaron las más penosas interiores. En la consolidación de la nueva congregación tuvieron gran parte las religiosas de la Orden de la Visitación, que, a petición del fundador, se encargaron de la formación de las primeras postulantes. La primera toma de hábito fue la de la señorita Taillefer, en la Orden sor María de la Asunción, el 12 de febrero de 1645. Monseñor Malé, obispo de Bayeux y no afecto al Santo como vimos, aprobó la fundación de la casa de Caen, en 1651. El Papa Alejandro VII dio la bula de erección de la nueva Orden el 2 de enero de 1666.
   Aún nacientes sus dos congregaciones, el padre Eudes las consagró, en 1643, a los Sagrados Corazones de Jesús y María. Esta devoción llena su vida y su apostolado. Ella aparece pujante en todas sus manifestaciones: misiones, cartas, libros... Desde 1643 o, a más tardar, 1644, la Congregación de Jesús y de María celebraba ya la fiesta del Sagrado Corazón de María. Entre 1668 y 1670 el padre: Eudes compuso su oficio del Sagrado Corazón de Jesús, que inmediatamente fue aprobado por varios obispos. Desde 1672 celebra su instituto la fiesta del Corazón de Jesús el día 20 de octubre, día en que aún la celebran por concesión de la Santa Sede, en atención a los méritos de su fundador, a quien San Pío X no dudó en calificar, en el decreto de beatificación, de padre, doctor y apóstol del culto litúrgico de los Sagrados Corazones. Al año siguiente de disponer el padre Eudes la celebración de la fiesta, se manifestó por primera vez el Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacoque.
   El último decenio de la vida de nuestro Santo, como toda su vida, fue abundante en tribulaciones y persecuciones. Su Memorial repite año tras año: "En este año (1670) quiso el Señor favorecerme con diferentes cruces, por lo que sea eternamente bendecido... En este año (1671) me acompañaron las cruces por todas partes. Eternas gracias sean dadas al amabilísimo Crucificado... En el año de 1672 estuve rodeado de cruces casi sin, interrupción..." Y así continúa. Sus enemigos tradicionales, oratorianos y jansenistas, a los que ahora se sumarán los lazaristas, no cejaron en su empeño de sembrarle de dificultades todos los caminos. En Roma impidieron que llegara a buen término la aprobación canónica de la Congregación de Jesús y de María; en París le hicieron caer en desgracia de Luis XIV, que le desterró de la corte.
   Por su parte los jansenistas atacaban su ortodoxia. "Me cargan con trece herejías -escribía la víctima-. El motivo de toda su cólera está en que me opuse en todas partes a sus novedades, que sostengo en alto la fe en la Iglesia y la autoridad del Romano Pontífice y que he quemado un libro detestable compuesto contra la devoción a la Santísima Virgen." Llegaron a sobornar a su secretario para que le traicionase. En numerosas cartas expresa el padre Eudes la compasión que siente hacia sus calumniadores y el perdón que rebosa de su corazón. Pero no podía menos de defenderse. El rey encargó del asunto a la asamblea episcopal de la región, reunida en Meulan a fines de 1674; ella le declaró inocente de cuantas acusaciones se acumulaban contra su persona y su doctrina. A mediados de 1679 Luis XIV volvió a acoger en su gracia al Santo, le recibió en audiencia, alabó sus afanes apostólicos y le prometió su apoyo.
   Ya la vida del infatigable misionero tocaba a su fin. Consciente él más que nadie de la precariedad de su salud, convocó en junio de 1680 la primera asamblea de su instituto y en ella presentó la dimisión de su cargo de superior general. No habían transcurrido dos meses, cuando la enfermedad le rindió en el lecho. A sus hijos, que ansiosos le rodeaban, les habló de las alegrías del paraíso y de la eternidad, y de su gran indignidad. Les exhortó a la paz, les consoló de su muerte, les recomendó a Dios y les puso en manos de la Santísima Virgen.
   El 19 de agosto entregó su alma a Dios. Eran las tres de la tarde. Se consumaba el sacrificio de un hombre cuya vida entera fue un ascender a la cumbre del Calvario

viernes, agosto 18, 2017

SANTA ELENA EMPERATRIZ, MADRE DE CONSTANTINO


Quien honra a su madre es como quien encuentra un tesoro. (Eclesiástico)

Santa Elena

Elena significa: "antorcha resplandeciente".
Esta gran santa se ha hecho famosa por haber sido la madre del emperador que les concedió la libertad a los cristianos, después de tres siglos de persecución, y por haber logrado encontrar laSanta Cruz de Cristo en Jerusalén.
Nació ella en el año 270 en Bitinia (hacia el sur de Rusia, junto al Mar Negro). Era hija de un hotelero, y especialmente hermosa.
sucedió que llegó por esas tierras un general muy famoso del ejército romano, llamado Constancio Cloro y se enamoró de Elena y se casó con ella. De su matrimonio nació un niño llamado Constantino que se iba a hacer célebre en la historia por ser el que concedió la libertad a los cristianos.
Cuando ya llevaban un buen tiempo de matrimonio sucedió que el emperador de Roma, Maximiliano, ofreció a Constancio Cloro nombrarlo su más cercano colaborador, pero con la condición de que repudiara a su esposa Elena y se casara con la hija de Maximiliano. Constancio, con tal de obtener tan alto puesto repudió a Elena. Y así ella tuvo que estar durante 14 años abandonada y echada a un lado. Pero esto mismo la llevó a practicar una vida de santidad.
Pero al morir Constancio Cloro, fue proclamado emperador por el ejército el hijo de Elena, Constantino, y después de una fulgurante victoria obtenida contra los enemigos en el puente Milvio en Roma (antes de la cual se cuenta que Constantino vio en sueños que Cristo le mostraba una cruz y le decía: "Con este signo vencerás"), el nuevo emperador decretó que la religión católica tendría en adelante plena libertad (año 313) y con este decreto terminaron tres siglos de crueles y sangrientas persecuciones que los emperadores romanos habían hecho contra la Iglesia de Cristo.
Constantino amaba inmensamente a su madre Elena y la nombró Augusta o emperatriz, y mandó hacer monedas con la figura de ella, y le dio plenos poderes para que empleara el dinero del gobierno en las obras buenas que ella quisiera.
Elena, que se había convertido al cristianismo, se fue a Jerusalén, y allá, con los obreros, que su hijo, el emperador, le proporcionó, se dedicó a excavar en el sitio donde había estado el monte Calvario y allá encontró la cruz en la cual habían crucificado a Jesucristo (por eso la pintan con una cruz en la mano).
Dice San Ambrosio que Santa Elena aunque era la madre del emperador, vestía siempre con mucha sencillez y se mezclaba con la gente pobre y aprovechaba de todo el dinero que su hijo le daba para hacer limosnas entre los necesitados. Que era supremamente piadosa y pasaba muchas horas en el templo rezando.
En Tierra Santa hizo construir tres templos: uno en el Calvario, otro en el monte de los Olivos y el tercero en Belén.


Gastó su vida en hacer obras buenas por la religión y los pobres, y ahora reina en el cielo y ruega por nosotros que todavía sufrimos en la tierra.

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