domingo, 19 de enero de 2014

II Domingo después de Epifanía

(Evangelio según San Juan  capítulo 2 versículos del  1 al 11)
Homilía de San Agustín, Obispo.

El acudir al Señor como convidado a una boda, de toda significación mística quiso confirmar que él instituyo las bodas. Ya que había de suceder que algunos, de quienes habla el Apóstol, habían de prohibir las bodas, diciendo que era cosa mala el casarse, y el que el diablo las había inventado, siendo así que el mismo Señor dice en el Evangelio: “preguntando si era licito al hombre despedir a su esposa, por cualquier causa” que esto no es licito, excepto por causa de fornicación. En cuya respuesta, podéis recordar que dice: “lo que Dios a unido, no lo separe el hombre”.

Y los que están bien instruidos en la fe católica, saben que Dios instituyo las bodas. Así como la unión es obra de Dios, así el divorcio es obra del diablo. Con todo, en el caso de fornicación, es licito despedir a la consorte, ya que ella a sido la primera en no querer ser esposa, no guardando fidelidad conyugal al marido. Debese  también tener presente que ni las mismas que consagran su virginidad a Dios, aunque tengan un grado mayor de honor y de santidad en la Iglesia, con todo no carecen de bodas, ya que tienen participación con toda la Iglesia, en aquellas bodas en que Cristo es el esposo.

El Señor asistió como invitado a las bodas para confirmar la castidad conyugal, y para revelarnos la significación misteriosa de aquellas bodas; en ellas las personas de Nuestro Señor, estaba figurada por el esposo, a quien se dijo “a reservado el buen vino para lo ultimo”. En efecto, Jesucristo a reservado para estos últimos tiempos el buen vino, es decir su Evangelio.

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