viernes, 11 de octubre de 2013

Maternidad Divina

Dichosa la que oyó el celeste anuncio 
Y a quien hizo fecunda el Santo Espíritu, 
De cuyo casto seno al mundo vino 
El que es el Deseado de los pueblos. 

Entre los dogmas marianos, ninguno tan inculcado y tan venerado por la Liturgia sagrada como el de la Maternidad de la Bienaventurada Virgen María, por ser el principal y la raíz de todas las prerrogativas 
que la distinguen y la encumbran sobre las demás criaturas. Pero, como «de María numquam satis», ha querido la Iglesia afirmarlo aún con mayor explicitud y dejar un monumento vivo del XVº Centenario 
del Concilio efesino, en que los Padres, reunidos en la ciudad mariana por excelencia, bajo la presidencia de San Cirilo de Alejandría, legado al efecto del Papa San Celestino, anatematizaron al patriarca Nestorio 
y definieron la divina Maternidad de la Virgen María, proclamándola Teotócos, Del para o Madre de Dios, por ser Madre de Cristo, el cual es Dios al par que hombre. 
De donde resulta para la Virgen Madre «una dignidad casi infinita» 
(S. Tomás), pudiéndola llamar de algún modo los Santos Padres como el complemento de la 
Trinidad, su instrumento y cooperadora en la magna obra de la Encarnación y de la Redención. Pero, al 
ser María Madre del Hijo de Dios por naturaleza, es también Madre de los hijos de Dios por 
adopción y por gracia. Este aspecto tenía menor relieve en la Liturgia; de ahí que ahora insista en 
él la Iglesia, por ser uno de los mayores consuelos que caben al hombre huérfano y pecador. María es Madre de todos los cristianos en el orden sobrenatural, por serlo de Cristo, el cual se declaró a boca 
llena nuestro hermano mayor, dispuesto a compartir su herencia con nosotros y su divina filiación. Esto por su cooperación en nuestro rescate, y mejor que Eva merece se r llamada «Madre de todos los 
vivientes». Eslo también por su amor y maternal solicitud, y finalmente, a titulo de donación, por habérsela dado Jesús agonizante al Discípulo amado, y en él a todos los señalados con el sello de Cristo. 
«Celebremos, pues, con regocijo la Maternidad de la bienaventurada Virgen María» (Invitatorio). ¡Oh María! monstra te esse Matrem y muéstrense los redimidos hijos tuyos carísimos, hijos dignos de tan 
santa y excelsa Madre, para que merezcan disfrutar un día de tu vista 
d el calor de tu regazo. 

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