domingo, 17 de febrero de 2013

I Domingo de Cuaresma



Santo Evangelio según San Mateo 4, 1-11
Homilía de San León, Papa.

 Habiéndonos de predicar, carísimos, el sacratísimo y máximo ayuno, ¿qué exordio más apropiado que el que me proporcionan las palabras del Apóstol, por cuya boca hablan del mismo Jesucristo, repitiendo lo que se os ha leído: “He aquí el tiempo aceptable he aquí los días de salud”. Si bien es cierto que no existe tiempo alguno que no este lleno de mercedes divinas, y que siempre la gracia de Dios nos facilita el acceso a su misericordia, con todo ahora, en que el recuerdo de aquel día en que fuimos redimidos nos invita, es conveniente que nuestras almas sean estimuladas a espiritual aprovechamiento y confianza. Así celebremos el más excelente de los misterios, el de la pasión del Señor, con pureza de alma y de cuerpo.

Ya la verdad tan grande misterio merecería de nuestra parte testimonio de incesante devoción y continua reverencia, y deberíamos permanecer siempre de tal suerte en la presencia de Dios cual conviene que nos hallemos en las festividad de Pascua. Mas, siendo esta fortaleza patrimonio de pocos, mientras que, por una parte, la observancia más austera se afloja a causa de la flaqueza de la carne, y por otra, debido a la diversidad de ocupaciones de la presente vida, se enerva nuestra solicitud, sucede necesariamente que el polvo mundano mancha incluso a las almas religiosas. Ha sido, pues, utilísima para nuestra salvación esta institución divina que, por medio de los ejercicios de cuarenta días, nos ayuda a recobrar la pureza de nuestras almas, reparando por medio de obras piadosas y castos ayunos las faltas de los restante del año.

Al entrar, carísimos hermanos, instituidos santamente para purificar las lamas de los cuerpos, procuremos obedecer los preceptos del  Apóstol, preservándonos de cuanto pueda manchar la carne y el espíritu, a fin de que refrenadas las luchas existentes entre ambos elementos, el alma, que por voluntad de Dios debe gobernar el cuerpo, consiga la dignidad de su dominación. De suerte que no dando a nadie motivo de ofensa, nos libremos de ser objeto de los vituperios de las calumniadores. Y a la verdad, seríamos justamente reprendidos por los infieles, y por nuestras perversas acciones las lenguas impías se armarían contra la religión, si las costumbres de los que ayunan estuvieran en pugna con la pureza de la perfecta continencia. Pues la perfección del ayuno no consiste solamente en la abstinencia del manjar. No se priva fructuosamente al cuerpo del manjar, si el alma no se aparta de las obras malas.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Buscar este blog