miércoles, 6 de febrero de 2013

Domingo de Sexagésima


Santo Evangelio según San Lucas 8, 4-15
Homilía de San Gregorio, Papa.

La lección del Santo Evangelio que habéis oído, no necesita de exposición alguna, sino mas bien de admonición. Pues la humana flaqueza no debe presumir, explicar lo que Verdad por si misma expuso. Pero en esta misma exposición hecha por el Señor encontramos algunas cosas que las debemos considerar atentamente. A la verdad que si nosotros os dijésemos que la semilla significa la palabra, el campo el mundo, las aves los demonios, y las espinas las riquezas quizá vuestra mente vacilaría en darnos crédito. Por eso el mismo Señor se dignó por sí mismo exponer lo que decía, para que supierais inquirir el significado de las cosas, en aquellas que por si mismo no quiso explicar.

Exponiendo, pues, lo que había dicho, manifestó que hablaba figuradamente, y con ello también quiso moveros a darnos crédito cuando nosotros os descubrimos el sentido figurado de sus palabras. Pues a la verdad, ¿Quién a mi jamás me creería, si quisiera interpretar por espinas a las riquezas, y tanto mas cuanto aquellas punzan y estas deleitan?

Y con todo son espinas, por que con la punzadas de sus cuidados destrozan el alma, y al inducir al pecado, como hiriendo ensangrientan. Por lo cual, en este mismo lugar, según el testimonio de otro evangelista, el Señor no las llamo tan sólo riquezas, sino falsas riquezas.

Son mentirosas, porque no pueden permanecer por mucho tiempo con nosotros, son mentirosas, por que no satisfacen la indigencia de nuestra alma. Solamente son verdaderas riquezas las que nos enriquecen con las virtudes. De consiguiente, hermanos carísimos si deseáis ser ricos, amad las verdaderas riquezas. Si deseáis los mas elevados honores, procurad el reino celeste. Si amáis las glorias de las dignidades, apresuraos para ser inscritos en la suprema asamblea de los Ángeles. Las palabras del Señor, que percibís con los oídos, retenedlas en la mente. Pues el alimento del alma es la palabra de Dios. Si no permanece en nuestra memoria, cuando la hemos escuchado es como el alimento que el estomago enfermo rechaza. Y vosotros sabéis muy bien que se desconfía de la vida de cuantos no retienen el alimento.

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