domingo, 10 de febrero de 2013

Domingo de Quincuagésima


Santo Evangelio según San Lucas 18, 31-43
Homilía de San Gregorio, Papa.

Nuestro Divino Redentor previniendo que los ánimos de sus discípulos se habían de perturbar a causa de su Pasión, mucho antes de que estas sucediese, les dio noticia de ella y de su Resurrección, a fin de que viéndole morir, como El se lo había dicho, estuviesen ciertos de que también había  de resucitar. Mas sabiendo el Señor que los discípulos, como carnales que eran, no podían comprender las palabras de este misterio, quiso realizar en su presencia un milagro, y así, dio vista aun ciego, para que mediante esta sobras maravillosas se afirmaran más y más la fe de aquellos que no comprendían las palabras del misterio celestial. 

Mas los milagros de nuestro Señor y Salvador, han de ser admitidos, hermanos carísimos, de manera que creamos en verdad que se realizaron, entendiendo, además que con su significación quieran indicarnos algún misterio. Sus obras, por una parte manifiestan su poder y por otra nos revelan algún misterio. Y, a la verdad, quien fue históricamente aquel ciego lo ignoramos, y con todo sabemos lo que designa alegóricamente. El ciego representa el genero humano, el que arrojado de los goces del paraíso en los primeros padres, y viéndose privados de la claridad de la luz celestial, sufren las tinieblas de su condenación. Con todo, es iluminado con la presencia de su Redentor, de manera que movido con el deseo vea los goces de la luz interna, y de esta suerte dirija sus pasos por el camino de una vida santificada por las buenas obras.

Debemos observar haber sido iluminado el ciego al acercarse a Jesús a Jericó, el ciego recobra la vista, lo cual tubo lugar para darnos a entender que cuando Dios unió así mismos la flaqueza de nuestra humanidad, el generó humano cobro la vista que había perdido. Y ciertamente, humillándose Dios con los sufrimientos del hombre, este fue elevado al goce de los bienes divinos. Y se describe acertadamente aquel ciego, sentado junto al camino, mendigando; ya que la misma verdad dice: “Yo soy el camino”. 

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