domingo, 9 de diciembre de 2012

II Domingo de Adviento


Santo Evangelio según San Mateo 11, 2-10

Homilía de San Gregorio, Papa.

Vistos tantos prodigios y señales tan grandes, no debía nadie escandalizarse, sino llenarse de admiración. Mas las mentes de los infieles se escandalizaron en gran manera, cuando después de haber visto que realizaba tan grandes maravillas, le vieron morir. Eso es lo que el Apóstol San Pablo nos enseñó cuando dijo: “Nosotros predicamos a Jesucristo crucificado, cosa de que los judíos  se escandalizaron, y los gentiles tuvieron por locura”. Pues les pareció a los hombres una locura, que por ellos muriera el Autor de la Vida, y de donde le son más deudores, tomaron ocasión de escandalizarse. Siendo así, que tanto más Dios merece ser honrado por los hombres, cuanto por ellos sufrió más oprobios.

¿Qué significa, por lo tanto: “Bienaventurados quien no tomare de mí ocasión de escandalizarse”; sino anunciarnos con palabras claras cuán humilde y llena de injurias habrá de ser su muerte? Como si dijera manifiestamente: En verdad que realizo cosas admirables, pero no me desdeño de sufrir las más humillantes. Por lo tanto, ya que muriendo me asemejo a vosotros, guárdense bien de despreciar la muerte que padezco, cuantos verán mis milagros.

Mas, dejados los discípulos de Juan, atendamos a lo que el mismo Juan dice de las turbas: “¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿A una caña agitada por el viento?” lo cual no lo dijo afirmándolo, sino negándolo. Pues la caña, luego que fuere agitada por el viento, se dobla hacia la otra parte. Y ¿Qué significa la caña sino el hombre carnal? Este, luego que es tocado por la alabanza o la detracción, al instante se inclina a la otra parte.

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