domingo, 14 de octubre de 2012

XX Domingo después Pentecostés


Evangelio Según San Juan Cap. 4, 45-53.
Homilía de San Gregorio, Papa.
La lectura del Santo Evangelio que acabáis de oír, hermanos míos, no tiene necesidad de explicación, pero a fin de que no parezca que la pasamos en silencio, diremos algo de ella, más como exhortación que como comentario. Sólo veo en ella un extremo que exige aclaración, a saber: ¿por qué el que fue a solicitar la curación de su hijo, oyó esta respuesta: “¿si no veis milagros y prodigios no creéis?” Seguramente, el que imploraba la curación de su hijo, creía, porque no habría pedido a Jesucristo esta curación si no hubiera creído que era el Salvador. ¿Por qué, pues, se le respondió: “¿si no veis milagros y prodigios no creéis?”, siendo así que él había creído ya antes de ver el milagro.
Pero recordad los términos de su plegaria y veréis claramente que su fe era imperfecta, ya que pidió al Señor que bajara a su casa y curase a su hijo. Reclamaba, pues, la presencia corporal de aquel Señor cuyo espíritu nunca está ausente de ningún sitio. Menguaba fe la del que no creía que Jesús pudiese devolver la salud a su hijo sin estar corporalmente junto a el. Si su fe hubiese sido perfecta, habría sabido, sin duda, que no hay lugar alguno en que Dios no esté presente.
Tuvo, pues, poca confianza, ya que no atribuyó el poder a la majestad soberana de Dios, sino a su presencia corporal. Pidió, sí, la cura pero con fe vacilante, puesto que creyó que aquel a quien acudía tenía poder bastante para curar, pero juzgó que estaba lejos de su hijo moribundo. Sin embargo, al Señor, al rogarle él que vaya, le da a entender que ya esta presente allí donde se le invita: aquel que con su sola voluntad creó todas las cosas, con su solo mandato cura al enfermo.

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