lunes, 18 de junio de 2012

III Domingo después Pentecostés

(Evangelio según San Lucas 15, 1-10)


Homilía de San Gregorio, Papa.


Habéis oído, hermanos míos, en la lectura del Evangelio que los pecadores y los publicanos se acercaban a nuestro Redentor, y que fueron admitidos, no solamente a conversar, sino también a comer con él. Al ver esto, los fariseos lo comentaron despectivamente. De donde podemos deducir que la verdadera justicia es compasiva, y la falsa, desdeñosa. No quiere decir esto que los justos no se muestren a veces, y con razón, indignados  contra los pecadores, sino que no es lo mismo obrar por soberbia que por celo de la disciplina.

 Los justos, pues, se muestran a veces indignados, pero sin estarlo realmente; desconfían de los pecadores, pero sin desesperar; los persiguen, pero sin dejar de amarlos, porque si el celo por el bien pone con frecuencia reprimendas en sus labios, conservan interiormente la dulzura de la caridad; anteponen muchas veces a sí mismos que, en su estimación, a los mismos que reprenden, y juzgan mejores que ellos a aquellos cuyos jueces son, de esta suerte, a la vez que mantienen a sus súbditos en la disciplina, se conservan ellos mismos humildes.
Por lo contrario, los que se enorgullecen so pretexto de una falsa justicia, desprecian a los demás, sin compadecerse de sus debilidades, y por lo mismo que no se tienen por pecadores, conviértense en pecadores muchos más odiosos. A este número pertenecían, sin duda, los fariseos, los cuales, al vituperar al Señor porque acogía a los pecadores, recriminaban, ellos, los secos de corazón, a la fuente misma de la misericordia. Mas como estaban enfermos, hasta el punto de ignorar su mal, el Médico celestial los trata con una conmovedora parábola, y oprime dulcemente la entumecida herida de su corazón.



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