miércoles, 7 de marzo de 2012

PODER DE SAN JOSÉ EN EL CIELO

No siempre la gloria y el poder de los justos sobre la tierra están en la medida exacta de su santidad; pero no es así con la gloria y el poder de que están revestidos en el Cielo, donde cada uno es recompensado según sus obras. Cuanto más santos a los ojos de Dios, más sublime es el grado de poder y autoridad.
Sentado este principio, ¿podemos dudar de que entre los Bienaventurados que son objeto de nuestro culto, San José es, después de María Santísima, el más poderoso de todos delante de Dios, y el que con más derecho merece nuestros homenajes y nuestra confianza?
En efecto, ¡cuántos gloriosos privilegios lo distinguen de los demás Santos, que nos inspiran hacia Él una profunda y tierna devoción!
El Hijo de Dios, que eligió a San José para Padre suyo, recibió de Él los cuidados de tal, y le tributó en cambio el más tierno amor durante su vida mortal, no lo ama menos en el Cielo.
Feliz de tener la eternidad entera para dar a su dilecto Padre todo lo que este hizo por Él en el tiempo, con tan ardiente celo, con una fidelidad tan inviolable y una humildad tan profunda, está Jesús siempre dispuesto a escuchar favorablemente todas sus oraciones y a satisfacer todos sus deseos.
Entre los privilegios y gracias de que fue colmado el antiguo José, que no es más que una imagen de nuestro glorioso Patriarca, vemos una figura del crédito todopoderoso de que goza en el Cielo el Santo Esposo de María.
Faraón, para recompensar los servicios que había recibido del joven hijo de Jacob, lo nombró intendente general de su casa y dueño de todos sus bienes, queriendo que cada cosa se hiciera de acuerdo con su criterio. Después de haberlo establecido virrey de Egipto, le confió el sello de su autoridad real, y le dio pleno poder para otorgar todas las gracias que quisiera conceder.
Ordenó que fuese llamado Salvador del mundo, a fin de que sus súbditos supieran que a él le debían la salvación; y por último, enviaba a José a todos los que venían a solicitar algún favor: Ite ad Joseph, a fin de que los obtuvieran de su autoridad y le demostraran su gratitud. Id a José, y haced cuanto él os dijere, y recibid de él todo lo que quiera daros.
¡Cuánto más maravillosos y capaces de inspirarnos una ilimitada confianza son los privilegios del casto Esposo de María y del Padre Adoptivo del Salvador!… No se trata de un rey de la tierra, como Faraón, sino que es Dios omnipotente quien ha querido colmar de sus favores a este nuevo José.
Comienza por establecerlo como dueño y cabeza venerable de la Sagrada Familia; quiere que todos le obedezcan y le estén sometidos, hasta su propio Hijo, que es igual a Él en todo. Lo nombra su virrey, queriendo que represente a su adorable Persona, hasta darle el privilegio de usar su nombre y ser llamado Padre de su Unigénito.
Pone en sus manos a este Hijo, para hacer saber que le da el poder de conceder cualquier gracia. Ved cómo hace publicar en el Evangelio por toda la tierra y en todos los siglos, que San José es el padre del Rey de los reyes. Quiere que sea llamado el salvador del mundo, porque es el que alimentó y conservó al que es salvación de los hombres.
Finalmente., nos advierte que si deseamos gracias y favores, es a San José a quien debemos dirigirnos: Ite ad Joseph, pues que Él tiene todo poder junto al Rey de reyes para obtener cuanto pide.
La Santa Iglesia reconoce este poder soberano de San José, pues que por su intercesión pide todo lo que no puede obtener por sí misma.
Algunos Santos — dice Santo Tomás— recibieron de Dios el poder de socorrernos en determinadas necesidades particulares; pero el poder de San José no tiene límites: se extiende a todas las necesidades, y cualquiera que recurra a él con fe, está seguro de ser pronto escuchado.
Santa Teresa dice que jamás pidió nada a Dios por intermedio de San José, que no lo haya obtenido; y este testimonio vale por mil, por cuanto está fundado en la comprobación diaria de sus beneficios.
Los demás Santos gozan, es verdad, de un gran poder en el Cielo; pero ellos interceden suplicando como siervos, no mandan como dueños. San José, en cambio, que vio a Jesús y a María sujetos a su autoridad, tiene ante ambos un poder ilimitado, y todo lo obtiene del Rey su Hijo y de la Reina su Esposa; y como lo afirma Gersón: José, más que pedir, manda.
Jesús — dice San Bernardino de Siena— quiere continuar en el cielo dando a San José pruebas de su respeto filial, satisfaciendo todos sus deseos.
En efecto, ¿qué podría negar Nuestro Señor Jesucristo a San José, si nada le negó durante su vida mortal?
Moisés, que tan sólo fue cabeza y conductor del pueblo de Israel, tuvo ante Dios tal poder, que cuando rogó en favor de ese pueblo rebelde e incorregible, su oración pareció más bien un mandato, que ató, por así decirlo, las manos de Dios impidiéndole castigar a los culpables.
¡Cuánta mayor virtud y poder tendrá la oración que San José hace por nosotros al Soberano Juez, siendo que fue su padre adoptivo!
Pues que si es cierto — como dice San Bernardo— que Jesús, nuestro abogado ante su Padre, le presenta sus Sagradas Llagas y la Sangre adorable que derramó por nuestra salvación; si María, por su parte, hace valer el haber criado y alimentado al Hijo único del Eterno, ¿no podemos añadir que José muestra al Hijo y a la Madre las manos que tanto trabajaron, y los sudores que bañaron su frente para ganarles el sustento?
Y si Dios Padre no puede negar nada a su Hijo cuando le pide en nombre de sus Llagas, ni el Hijo negar a su Madre Santísima cuando le conjura por su Maternidad, ¿no creeremos que ni el Hijo ni la Madre, convertida en dispensadora de todas las gracias que Jesús nos ha merecido, no pueden negar nada al glorioso San José, cuando este les ruega invocando todo lo que Él hizo en los treinta años de su vida?
Imaginemos que nuestro Santo Protector dirige por nosotros a Jesucristo, su Hijo adoptivo, esta conmovedora plegaria: ¡Oh, Hijo mío, dignaos derramar vuestras más abundantes gracias sobre mis más fieles siervos! Os lo pido por el dulce nombre de padre con que tantas veces me habéis honrado; por estos brazos que os recibieron y acariciaron en vuestro nacimiento, y que os llevaron a Egipto para salvaros del furor de Herodes. Os lo pido por las lágrimas que enjugué de vuestros ojos, por aquella Sangre preciosa que recogí en vuestra circuncisión, por los trabajos y fatigas que soporté con tanta alegría para nutriros en vuestra infancia y fortaleceros en vuestra juventud…
¿Podrá Jesús, tan lleno de caridad, resistir a esta oración?… Y si está escrito que Dios hace la voluntad de los que le temen, ¿cómo puede negarse a hacer la de aquel que le sirvió y alimentó con tanta fidelidad, con tanto amor?
Pero lo que debe redoblar nuestra confianza en San José, es su inefable caridad hacia nosotros. Jesús, haciéndose su Hijo, puso en su corazón un amor más tierno que el del mejor de los padres.
¿Y no somos nosotros sus hijos, así como Jesús es nuestro Hermano, y María, su Santa Esposa, nuestra Madre plena de misericordia?…
Volvámonos, pues a San José con una viva y plena confianza, que su oración, unida a la de María y presentada a Dios en nombre de la infancia adorable de Jesucristo, no sólo no puede ser rechazada, sino que debe obtenernos todo cuanto pide.
El poder de San José es ilimitado, y se extiende a todas las necesidades de nuestra alma y de nuestro cuerpo, pero es especialmente en nuestra última hora, cuando el infierno redoble sus esfuerzos para apoderarse de nuestra alma; es en aquel momento decisivo para nuestra salvación cuando San José nos asistirá de una manera toda particular… siempre que hayamos sido fieles en honrarlo e invocarlo durante nuestra vida.
El divino Salvador, para recompensarlo por haberle librado de la muerte de manos de Herodes, le dio el privilegio especial de librar de las insidias del demonio y de la muerte eterna a los moribundos que se ponen bajo su protección. Y este es el motivo por el cual se lo invoca con María en todo el mundo católico, comoPatrono de la buena muerte.
¡Qué felices seríamos si pudiéramos morir como tantos fieles siervos de Dios, pronunciando los nombres tan dulces y tan a propósito para reavivar nuestra confianza, los nombres todopoderosos de Jesús, María y José!…
El Hijo de Dios —dice el venerable Bernardo de Bustis—, dueño de las llaves del cielo, le dio una a María y la otra a José, a fin de que pudieran introducir a todos sus servidores en el lugar del descanso y de la paz.
Tomemos la firme resolución de amarlo, honrarlo y servirlo todos los días de nuestra vida. Redoblemos nuestro celo en propagar esta dulce y amable devoción a San José; sirvámonos de toda nuestra influencia, usemos de todos los medios que nuestro corazón nos inspire, para aumentar cada día el número de sus devotos.
Nuestra perseverancia en propagar su culto nos merecerá favores especiales de Jesús y de María, quienes aman con un amor especial a las almas fieles en hacer conocer y bendecir doquiera y siempre a aquel que, después de haber estado unido con ellos estrechamente en la tierra, reina ahora con ellos en el esplendor de los santos.

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