domingo, 23 de octubre de 2011

Domingo XIX después de Pentecostés

(Evangelio según San Mateo capítulo 22 versículos del 1 al 14)
Homilía de San Gregorio, Papa.

Recuerdo haberos dicho con frecuencia que en el Santo Evangelio, con el nombre de reino de los cielos se designa por lo común a la actual Iglesia: llámese efectivamente reino de los cielos a la congregación de todos los justos. Y como el Señor dijo por un Profeta: “El cielos es mi trono”, y Salomón  afirma que el alma del justo es sede de la sabiduría, y San Pablo también dice: “Cristo es  la virtud de Dios y la sabiduría de Dios”; de esto debemos deducir claramente que, siendo Dios la sabiduría, y el alma del justo el trono de la sabiduría, al decir que el cielo es trono de Dios, se afirma que el alma del justo es el cielo. De aquí esta sentencia del Salmista, aplicada a los santos predicadores: “Los cielos publican la gloria de Dios”.

Así, el reino de los cielos es la Iglesia de los justos. Como sus corazones no aspiran a nada terrenal, sino que suspiran por las cosas de lo alto, el Señor reina ya en ellos como en los cielos. Repitamos, pues: “Semejante es el reino de los cielos a cierto rey, que celebro las bodas de su hijo”. Ya entiende vuestra caridad quien este Rey, Padre de su hijo igualmente Rey. Es, sin duda, aquel a quien dice el Salmista: “Oh Dios, dad al Rey vuestro juicio y al Hijo del Rey vuestra justicia”-”El cual celebró las bobas de su hijo”. Efectivamente Dios Padre celebró las bodas de Dios, su Hijo, cuando la unió a la naturaleza humana en el seno de la Virgen, esto es, cuando quiso que este Hijo, Dios antes de los siglos. Se hiciese hombre al fin de los tiempos.

Pero de que la unión conyugal ordinaria requiera dos personas, no vayamos a imaginar que la persona de Jesucristo, nuestro Redentor, Dios y hombre a la vez, resulte de la unión de dos personas. Afirmamos que se forma de dos naturalezas y que subsiste en dos naturalezas; pero tenemos por ilícito creer que esté compuesto de dos personas. Es, pues, más claro y seguro decir que el Padre celebró las bodas del Rey, su Hijo, cuando merced del misterio de la Encarnación, unióle a la Santa Iglesia. El seno de la Virgen Madre fue el lecho nupcial de este esposo. Por esto canta también David: “Puso en el sol su tabernáculo , y él mismo es semejante a un esposo que sale de su tálamo nupcial”.

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