domingo, 14 de agosto de 2011

Domingo IX después de Pentecostés


(Evangelio según San Lucas capítulo 19 versículos del 41 al 47)
Homilía de San Gregorio, Papa.

Que lo que llorando predice el Señor, es aquella destrucción de la ciudad de Jerusalén que llevaron acabo los príncipes Vespasiano y Tito, nadie que haya leído la historia de esta destrucción lo ignora. En efecto, a los príncipes romanos se refieren estas palabras: “Vendrán días sobre ti en que los enemigos te cercarán de trincheras”. Y estas otras: “No dejarán en ti piedra sobre piedra”, nos dan testimonio del cambio de lugar de la misma ciudad, pues cuando la actual Jerusalén fue construida en aquel lugar extramuros donde el Señor fue crucificado, la primitiva Jerusalén fue, según se dice, destruida desde sus cimientos.

Por qué falta sufrió el castigo de la destrucción. También lo dice Nuestro Señor: “Por cuanto has desconocido el tiempo en que Dios te ha visitado”. En efecto, el Creador dignóse visitar esta ciudad por el misterio de su Encarnación, pero ella no se acordó de demostrarle respeto ni amor.  Por esto el Profeta, en el reproche que dirige al corazón del hombre, apela al testimonio de las aves del cielo, cuando dice: “El milano conoció por la variación de la atmosfera su tiempo; la tortóla y la golondrina y la cigüeña guardaban el tiempo de su transmigración; pero mi pueblo no ha conocido el tiempo del juicio del Señor”.

Anticipóse, pues el Redentor a llorar la ruina de la pérfida ciudad, cuando ella no sabía todavía lo que iba a suceder. Por esto le decía con razón, el Señor, derramando lagrimas: “¡Ah, si conocieses también tu!”, sobrentendiendo: “llorarías” , tú que ahora tanto te regocijas por que ignoras el castigo que te amenaza. De aquí las palabras siguientes: “Por lo menos en este día que se te ha dado, lo que puede procurarte la paz”. Porque, en efecto, cuando aquella ciudad, desconocedora de los males que iban a sobrevenirle, se entregaba a los goces sensuales, entonces, cuando era todavía tiempo propicio para ella, poseía lo que podía asegurarle la paz. 

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