lunes, 25 de julio de 2011

Domingo VI después de Pentecostés

(Evangelio según San Marcos capítulo 8 versículos del 1 al 9)
Homilía de San Ambrosio, Obispo.

Habiendo ya aquélla mujer que figuraba la Iglesia sido cura de un flujo de sangre y los doce Apóstoles sido destinados a anunciar el Reino de Dios, distribuyó Jesucristo el alimento de la gracia celestial. Y fijaos en aquellos a quienes lo dispensa. No a los que están ociosos, ni a los que quedan a la ciudad, es decir, a los que pasan el tiempo en la sinagoga o se complacen en los honores del siglo, sino a los que buscan a Jesucristo entre las arideces del desierto. Los que saben sobreponerse  a lo que le repugna, son los acogidos por Jesucristo; con ellos habla el Verbo Divino, no de negocios mundanos, sino del Reino de Dios. Y si entre ellos hay quien padece alguna enfermedad corporal, le aplica benignamente el remedio.

Era, pues, natural que después de haberlos curados de las molestias de las enfermedades, remediaría su hambre con alimentos, espirituales. Porque nadie recibe el alimento de Jesucristo, si primeramente no ha sido curado, y todos cuantos son llamados al banquete, han sido curados previamente por virtud del mismo mandamiento divino. Si había algún cojo, obtuvo, para poder acudir, la facultad de andar, y si alguno estaba privado de la vista, no pudo entrar en la casa del Señor, sino después de haberla recobrado.

Siempre, pues, se ha de observado este orden misterioso; primeramente, por la remisión de los pecados, se curan las heridas espirituales; después se concede con largueza el alimento de la mesa celestial. Ello no obstante, aquella multitud no fue todavía llamada a alimentarse de los manjares más sustanciosos, como tampoco los corazones que carecen de una fe sólida se nutren del cuerpo y de la sangre de Jesucristo. “Os he alimentado con leche, y no con manjares, dice el Apóstol, porque todavía no eras capaces de ellos, si no lo sois aún”. Aquí, los cinco panes recuerdan la leche; pero el alimento más sustancioso es el Cuerpo de Cristo, y la bebida más fortificante es la Sangre del Señor.

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