domingo, 5 de junio de 2011

05 de Junio Domingo Después de la Ascensión del Señor

(Evangelio según San Juan capítulo 15 versículos del 26 al 27, capítulo 16 versículos del 1 al 4)
Homilía de San Agustín, Obispo.
El Señor Jesús, en el sermón que dirigió a sus discípulos después de la cena, cercano ya a la Pasión, debiendo partir y habiendo de privarles de su presencia corporal, por más que, por su presencia espiritual permaneciera entre todos los suyos hasta la consumación de los siglos; el Señor Jesús, en aquel discurso les exhortó a soportar las persecuciones de los impíos, a quienes designó con el nombre de mundo. Del seno de este mundo, con todo, había elegido a sus discípulos; se lo declaró a fin de que supieran que ellos eran lo que eran por la gracia de Dios; y que por sus vicios fueron lo que habían sido.

Después anunció claramente que los Judíos serían sus perseguidores y los de sus discípulos, a fin de que quedaran bien sentados que los que persiguen a los santos están comprendidos en está denominación de mundo condenable. Y después de decir que ellos desconocían al que le envió, y que, no obstante, odiaban al Hijo y al Padre, es decir, al que había sido enviado, llegó el pasaje en que dice: “Para que se cumpla lo que está escrito: me odiaron sin motivo”.

Después, como consecuencia, añadió aquello que empezamos a tratar: “cuando viniere el Consolador, que yo os enviaré del Padre, Espíritu de verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí, y vosotros también daréis testimonio, puesto que desde el principio estáis en mi compañía”. Ahora bien ¿cómo puede entenderse esto con relación a lo que antes había dicho: “Mas ahora me han visto y me han aborrecido a mí y a mí Padre, por donde se viene a cumplir la sentencia escrita en su ley: Me han aborrecido sin causa alguna”? ¿Acaso porque cuando vino el Paráclito, este Espíritu de Verdad, convenció con testimonio más evidentes a los que, habiendo visto sus obras, le aborrecieron? Hizo más aún: ya manifestándose a aquellos, convirtió a la fe, que obra mediante la caridad, a algunos de aquellos que habían visto, cuyo odio perduraba.

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