jueves, 20 de julio de 2017

SAN JERÓNIMO EMILIANO, FUNDADOR DE LOS CLERIGOS REGULARES DE SOMASCA.
Vida de los Santos de A. Butler.
Pier Antonio Magatti, San Jerónimo Emiliano en éxtasis
Pier Antonio Magatti, San Jerónimo Emiliano en éxtasis
(1537 P. C.) - Jeronimo nació en Venecia el año 1486. Era hijo de Ángel Emiliani y Leonor Mauroceni. En el turbulento período de principios del siglo XVI Jerónimo combatió en el ejército de la República de Venecia. Cuando se formó la Liga de Cambrai contra los venecianos, el joven fue nombrado comandante de la fortaleza de Castelnuovo, en las montañas de Treviso. Después de la caída de dicha ciudad, Jerónimo fue hecho prisionero y encarcelado en un calabozo. Hasta entonces había llevado una vida disipada e indiferente; pero en la prisión se volvió a Dios y santificó sus sufrimientos con la oración. Finalmente, consiguió evadirse en circunstancias casi milagrosas y se refugió en una iglesia de Treviso, donde más tarde colgó sus cadenas como exvoto, ante el altar de la Virgen María, a quien se había consagrado. Durante algún tiempo, ejerció el cargo de alcalde de la ciudad; después, retornó a Venecia para encargarse de la educación de sus sobrinos y proseguir sus estudios eclesiásticos. En 1518 recibió la ordenación sacerdotal.
El hambre y las epidemias habían causado grandes estragos en Venecia. San Jerónimo se consagró al socorro de los necesitados, particularmente de los huérfanos. Pronto alquiló una casa para darles albergue y se encargaba de vestirlos y alimentarlos, además de instruirlos en la doctrina cristiana y en la virtud. El santo contrajo la peste cuando asistía a los enfermos, pero logró restablecerse. En 1531, resolvió consagrar su vida y sus bienes para beneficio del prójimo y fundó orfanatorios en Brescia, Bérgamo y Como; también estableció en Verona una casa para mujeres arrepentidas y un hospital. En 1532, con otros dos sacerdotes, inició una congregación religiosa cuyo noviciado estaba en Somasca, entre Bérgamo y Milán. Por ello, los miembros de la congregación tomaron el nombre de Clérigos Regulares de Somasca. Los fines principales de dicha congregación eran -y son en la actualidad-, el cuidado de los huérfanos, la instrucción de la juventud y la dirección de seminarios menores. Según se dice, san Jerónimo Emiliano introdujo la práctica de enseñar el catecismo a base de preguntas y respuestas. Los campesinos de los alrededores de Somasca, por quienes trabajó incansablemente, afirmaban que poseía el don de curar a los enfermos. El santo solía compartir con los labriegos las labores del campo y aprovechaba la ocasión para hablarles de Dios. En 1537, al cuidar de los enfermos, contrajo el mal que le llevó al sepulcro en febrero del mismo año. Fue canonizado en 1767. Pío XI proclamó a san Jerónimo Emiliano patrono de los huérfanos y niños abandonados, en 1928.
La congregación fundada por el santo, después de muchas vicisitudes, obtuvo el apoyo de san Carlos Borromeo y fue aprobada por Pablo III en 1540. En la actualidad dicha congregación es muy poco numerosa; sus miembros dirigen varias escuelas y orfanatorios en Italia.
19/07. SAN VICENTE DE PAÚL, FUNDADOR DE LAS MISIONES DE LAS HERMANAS DE CARIDAD.
Vida de los Santos de A. Butler
SAN VICENTE DE PAUL, FUNDADOR DE LAS MISIONES DE LAS HERMANAS DE LA CARIDAD - Vidas de los Santos de A. Butler
Anónimo, S. Vicente de Paul preside una reunión de las
Damas de la Caridad. Museo de la Asistencia Pública, París
(1660 P. C.) - Aun en los períodos de mayor decadencia religiosa, cuando los hombres parecen haber olvidado totalmente el Evangelio, Dios se encarga de que surjan en la cristiandad ministros fieles, capaces de reavivar la caridad en el corazón de los hombres. San Vicente de Paul fue uno de esos instrumentos de la Providencia. Sus padres poseían una pequeña granja en Pouy, aldea vecina a Dax, en la Gascuña. Allí nació Vicente, el tercero de cuatro hermanos. Ante la inteligencia y la inclinación al estudio de que Vicente daba muestras, su padre le confió a los franciscanos recoletos de Dax para que le educasen. Vicente terminó sus estudios en la Universidad de Toulouse y, en 1600, a los veinte años de edad, recibió la ordenación sacerdotal. Lo poco que sabemos sobre la juventud de Vicente no hacía prever la fama de santidad que alcanzaría en el futuro. Se dice que hizo un viaje a Marsella, qnc estuvo prisionero en Túnez y que logró escapar en forma muy novelesca. Pero estos sucesos han sido tan controvertidos y plantean tantos problemas, que lo mejor que podemos hacer es ignorarlos.
El propio san Vicente cuenta que, en aquella época, lo único que le preocupaba era hacer carrera. Logró obtener el puesto de capellán de la reina Margarita de Valois, al que estaban anexas las rentas de una pequeña abadía, según la reprobable costumbre de aquel tiempo. Vivía en París con un amigo, cuando ocurrió un suceso que iba a cambiar su vida. El amigo con quien compartía sus habitaciones, le acusó de haberle robado cuatrocientas coronas y como todos los indicios estaban en contra de Vicente, empezó a esparcir entre sus conocidos el rumor de que su compañero era un ladrón. Vicente se contentó con negar el hecho diciendo: «Dios sabe la verdad». Seis meses más tarde, cuando Vicente había soportado la difamación con increíble paciencia, el verdadero ladrón confesó su fechoría. San Vicente relató más tarde el suceso en una conferencia espiritual a sus sacerdotes (pero habló en tercera persona), para hacerles comprender que la paciencia, el silencio y la resignación son la mejor defensa de la inocencia y el medio más apto para santificarse gracias a la calumnia y la persecución.
Vicente conoció en París a un virtuoso sacerdote, Pedro de Bérulle, quien sería más tarde cardenal. Bérulle, que Ie profesaba gran estimación, consiguió que aceptase el cargo de tutor de los hijos de Felipe de Gondi, conde de Joigny. La condesa le eligió como confesor y director espiritual.
En 1617, cuando la familia se hallaba en la casa de veraneo en Folleville, Vicente acudió a confesar a un campesino gravemente enfermo. Como el mismo penitente relató más tarde a la condesa y a otras personas, todas sus confesiones anteriores habían sido sacrílegas y debía su salvación a la bondad de san Vicente. La condesa quedó horrorizada al oír hablar de tales sacrilegios. La señora de Gondi era una buena mujer que, en vez de encastillarse en la ilusión de orgullo, por la que tantos amos se desentienden del cuidado de sus criados, comprendía que estaba ligada a sus servidores por los lazos de la justicia y de la caridad, que la obligaban a velar por el bien espiritual de su servidumbre. Las buenas inclinaciones de la condesa ayudaron también a san Vicente a caer en la cuenta del abandono religioso en que vivían los campesinos de Francia, de suerte que la condesa le convenció fácilmente para que predicase en la iglesia de Folleville e instruyese al pueblo sobre la confesión. Tras los primeros sermones, fue tan grande la multitud de los que acudieron a hacer su confesión general, que Vicente tuvo que pedir ayuda a los jesuitas de Amiens.
Ese mismo año de 1617, por consejo del P. Bérulle, Vicente renunció al cargo de tutor para encargarse de la parroquia de Chatillon-les-Dombes. En el desempeño de ese puesto consiguió la conversión del conde de Rougemont y otros personajes que llevaban una vida escandalosa. Pero al poco tiempo retornó a París y empezó a trabajar con los galeotes de la Conciérgerie. Fue nombrado oficialmente capellán de los galeotes (de los que estaba encargado el general Felipe de Gondi), y su primer cuidado consistió en predicar una misión en Burdeos, en 1622. Por entonces, comenzó a circular la leyenda -cuya veracidad no ha sido probada- de que Vicente sustituyó una vez a un galeote en una galera.
La condesa de Joigny le ofreció una renta para que fundase una misión permanente para el pueblo, en la forma en que lo creyese conveniente, pero Vicente no hizo nada por el momento, ya que su humildad le llevaba a creerse incapaz de semejante empresa. La condesa, que sólo encontraba la paz en la dirección espiritual del santo, le arrancó la promesa de que nunca dejaría de dirigirla y de que la asistiría en la hora de la muerte. Deseosa por otra parte de hacer cuanto estaba en su mano por el bien espiritual de sus súbditos, consiguió que su esposo la ayudase a formar una asociación de misioneros que consagrasen su celo a atender a sus vasallos y, en general, a los campesinos. El conde habló del proyecto a su hermano, el arzobispo de París, quien puso a su disposición el edificio del antiguo colegio «Bons Enfants» para alojar a la comunidad. Los misioneros estaban obligados a renunciar a las dignidades eclesiásticas, a trabajar en las aldeas y pueblecitos de menor importancia y a vivir de un fondo común. San Vicente tomó posesión de la casa en abril de 1625.
Como lo había prometido, el santo asistió a la condesa en su última hora, pues Dios la llamó a Sí dos meses después. En 1633, el superior de los Canónigos Regulares de San Víctor, regaló a los misioneros el convento de San Lázaro, que se convirtió en la sede principal de la congregación. Por ello se llama a los padres de la misión, unas veces lazaristas y otras vicentinos. Se trata de una congregación de sacerdotes diocesanos que hacen cuatro votos simples de pobreza, castidad, obediencia y perseverancia. Se ocupan principalmente de las misiones entre los campesinos y de la dirección de seminarios diocesanos; actualmente tienen colegios y misiones en todo el mundo. Cuando murió san Vicente, la congregación tenía ya veinticinco casas, en Francia, el Piamonte, Polonia y aun en Madagascar.
Pero el celo de «Monsieur Vincent», como empezó a llamársele cariñosamente, no se satisfizo con esa fundación, sino que trató de remediar las necesidades corporales y espirituales del pueblo por todos los medios posibles. Con ese fin, estableció las cofradías de la caridad (la primera de ellas en Chatillon), cuyos miembros se dedicaban a asistir a los enfermos de las parroquias. Tal fue el origen de las Hermanas de la Caridad, que san Vicente Fundó con santa Luisa de Marillac. De las Hermanas de la Caridad se ha dicho que «tienen por convento el cuarto de los enfermos, por capilla la iglesia parroquial y por claustro las calles de la ciudad». El santo organizó también la asociación de las Damas de la Caridad entre las señoras ricas de París, para conseguir fondos y ayuda para las obras de beneficencia. No contento con eso, fundó varios hospitales y asilos para huérfanos y ancianos y empezó a construir, en Marsella, el hospital para galeotes, que no llegó a terminar. Para financiar todos esos establecimientos encontró generosos bienhechores y dejó fijadas reglas muy sabias para su administración. Igualmente redactó un plan de retiro espiritual para los candidatos al sacerdocio, un método de examen de conciencia para la confesión general y otro para deliberar sobre la vocación, e instituyó una serie de conferencias sobre las obligaciones clericales, para remediar los abusos e ignorancia que descubría a su alrededor. Parece casi increíble que un hombre de humilde origen, sin fortuna y sin las cualidades que el mundo más aprecia, haya podido realizar solo una tarea tan extraordinaria.
Al saber san Vicente la miseria que reinaba en Lorena durante la guerra en esa región, consiguió en París una suma fabulosa de dinero para socorrer a los habitantes. Además, envió a sus misioneros a predicar entre los pobres y enfermos de Polonia, Irlanda, Escocia y aun de las Hébridas. Su congregación rescató en el norte de África a 1200 esclavos cristianos y socorrió a muchísimos otros. El rey Luis XIII mandó llamar al santo para que le asistiese en su lecho de muerte, y la regente, Ana de Austria, le consultaba acerca de los asuntos eclesiásticos y la concesión de beneficios. Sin embargo, san Vicente no consiguió persuadir a la reina, en el asunto de la Fronda, a que hiciese renunciar a su ministro Mazarino por el bien del pueblo. Gracias a la ayuda del santo, las Benedictinas inglesas de Gante pudieron fundar un convento en Boulogne en 1652.
Pero esta colosal actividad no distraía un instante a Vicente de su unión con Dios. En los fracasos, decepciones y ataques, conservaba una serenidad extraordinaria y su único deseo era que Dios fuese glorificado en todas las cosas.
Por increíble que pueda parecer, san Vicente «era un hombre de carácter belicoso y colérico», según lo confiesa él mismo; podría creerse que se trata de una exageración debida a la humildad, pero otros testigos confirman esas palabras. «Sin la gracia -dice el mismo Vicente-, me habría dejado llevar de mi temperamento duro, áspero e intratable». Pero la gracia de Dios no le faltó y supo aprovecharla hasta convertirse en un hombre dulce, afectuoso y extraordinariamente fiel a los impulsos de la caridad y el amor de Dios. El santo quería que la humildad fuese la base de su congregación y no se cansaba de repetirlo. En cierta ocasión, se negó a admitir en su congregación a dos hombres de gran saber, diciendo: "Vuestras habilidades están por encima de nuestro nivel y pueden encontrar mejor empleo en otra parte. Nuestra gran ambición es instruir a los ignorantes, mover a penitencia a los pecadores y sembrar en el corazón de los cristianos el evangelio de la caridad, la humildad, la mansedumbre y la sencillez». Según las reglas de san Vicente, los misioneros no debían hablar nunca acerca de sí mismos, porque tales conversaciones proceden generalmente de soberbia y fomentan el amor propio. Era muy grande la preocupación de san Vicente por la rapidez con que se divulgaba el jansenismo en Francia. «Durante tres meses -confesó el santo- el único objeto de mis plegarias ha sido la doctrina de la gracia y, cada día, Dios ha confirmado mi convicción de que Nuestro Señor Jesucristo murió por todos nosotros y que desea salvar al mundo entero». Él mismo se opuso activamente a los predicadores de la falsa doctrina y no toleró que permaneciera en su congregación ningún sacerdote que profesara sus errores.
Hacia el fin de su vida, la salud del santo estaba totalmente quebrantada. Murió apaciblemente, sentado en su silla, el 27 de septiembre de 1660, a los ochenta años de edad. Clemente XI le canonizó en 1737, y León XIII proclamó a ese humilde campesino patrono de todas las asociaciones de caridad. Entre éstas se destaca la Sociedad de San Vicente de Paul, que Federico Ozartam fundó en París en 1883, siguiendo el espíritu del santo.
Las fuentes sobre la vida de san Vicente de Paul son muy numerosas. Han sido editadas con gran cuidado por el P. Pierre Coste, Saint Vincent de Paul, correspondance, entrétiens, documents (1920-1925), en catorce volúmenes. La biografía escrita por el mismo autor, Le grand saint du siécle (3 vols.), completa dicha obra. La primera biografía de san Vicente fue la que publicó Mons. Abelly cuatro años después de su muerte. Las biografías modernas son innumerables; citemos, entre otras, las de Bougaud, de Broglie, y Lavedan. Esta última, a pesar de su maravilloso estilo, no iguala en veracidad histórica La vraie vie de S. Vincent de Paul de Redier (1927), ni el S. Vincent de Paulde P. Renaudin (1929).
De la media-teca de ETF puede descargarse «Monsieur Vincent», excelente película de 1947 basada en la vida del santo. 

martes, 18 de julio de 2017

SAN CAMILO DE LELIS, FUNDADOR DE LOS SIERVOS DE LOS ENFERMOS
Vida de los Santos de A. Butler.
SAN CAMILO DE LELIS, FUNDADOR DE LOS SIERVOS DE LOS ENFERMOS - Vidas de los Santos de A. Butler
Pierre Hubert Subleyras, San Camilo de Lelis salva a los 
enfermos del Hospital del Espíritu Santo. Pal. Braschi, Roma
(1614 P. C.) - Camilo de Lelis nació en 1550, en una localidad de los Abruzos llamada Bocchianico. Su madre era ya sexagenaria cuando tuvo al hijo. A los diecisiete años de edad, Camilo, que era un coloso de 1.90 m de estatura, se enroló con su padre en eI ejército veneciano para luchar contra los turcos. Pero pronto contrajo una dolorosa y repulsiva enfermedad en la pierna, que había de hacerle sufrir toda su vida. En 1571 ingresó, como paciente y criado, en el hospital de incurables de San Giacomo, en Roma. Pero nueve meses después fue despedido a causa de su temperamento revoltoso, y volvió al servicio activo en la guerra contra los turcos. En su vida posterior, Camilo decía que había sido un gran pecador; en realidad el peor de sus vicios era el del juego, que le ponía con frecuencia en situaciones difíciles. Los `receptos de la moral natural y religiosa prohiben arriesgar sumas enormes en los juegos de azar, pues no puede considerarse justo un contrato irrazonable en el que no se guarda la medida de la justa proporción. En caso de que Camilo haya caído en la cuenta de las consecuencias de su pasión dominante, no por ello cambió de vida y, en 1574, apostó en las calles de Nápoles sus ahorros, sus armas, todo lo que poseía y perdió hasta la camisa que llevaba puesta.
Obligado por la miseria y recordando un voto hecho mucho tiempo atrás de ingresar en la orden de San Francisco, entró a trabajar en la construcción de un convento capuchino en Manfredonia. La conmovedora exhortación que hizo a los obreros el guardián del convento, completó la conversión de Camilo. Mientras reflexionaba sobre las palabras del sacerdote, el futuro santo cayó de rodillas, pidió perdón de sus pecados con muchas lágrimas y se encomendó a la misericordia de Dios. La conversión tuvo lugar en 1575, cuando Camilo tenía veinticinco años y, en ese mismo instante empezó su carrera de penitencia. Camilo ingresó, poco después, en el noviciado de los capuchinos, pero la enfermedad de la pierna le impidió hacer la profesión. Entonces volvió al hospital de San Giacomo, donde se consagró al cuidado de los enfermos. Los administradores, viendo su caridad y habilidad, le nombraron, al cabo de algún tiempo, superintendente del hospital.
Es difícil imaginar actualmente las condiciones espirituales y materiales de los hospitales de la época, pues con frecuencia había que emplear como enfermeros a la peor gentuza. Ante la negligencia y falta de escrúpulos de los enfermeros, Camilo concibió el proyecto de fundar una asociación de personas deseosas de consagrarse, por caridad, al cuidado de los enfermos. Pronto encontró a algunos compañeros dispuestos a seguirle en ese camino; pero su proyecto se estrelló, al principio, contra las envidias y sospechas que provocan todas las grandes obras. Para poder ayudar más a los enfermos, desde el punto de vista espiritual, Camilo, después de consultar a su confesor, san Felipe Neri, decidió recibir las órdenes sagradas; en efecto, poco después recibió el sacerdocio de manos del vicario de Roma, Tomás Goldwell, obispo de Saint Asaph, que estaba desterrado de su diócesis inglesa. Un caballero romano llamado Fermo Calvi le asignó una renta el día de su ordenación. San Camilo decidió entonces independizarse del hospital de San Giacomo y empezar la tarea por su cuenta, contra la opinión de san Felipe Neri. Con otros dos compañeros, dio principio a la nueva congregación. Los tres amigos, que observaban una regla común, iban todos los días al gran hospital del Espíritu Santo, donde asistían a los enfermos con tanto cariño y cuidado, que parecía que estaban curando las heridas del mismo Jesucristo. Visitaban a todos los pacientes, los servían con una caridad inmensa y, con sus exhortaciones, los preparaban para recibir los sacramentos y aceptar con resignación la muerte.
El fundador tuvo que enfrentarse con adversarios muy poderosos y grandes dificultades. Pero su confianza en Dios le sacó adelante. En 1585, alquiló una casa y el éxito le movió a extender sus actividades. Así pues, prescribió que los miembros de la congregación hicieran un voto de atender a los prisioneros, a los enfermos infecciosos y a los enfermos graves de las casas particulares. En 1595 y en 1601, envió a algunos de sus religiosos con las tropas que iban a Hungría y Croacia. Tal fue el comienzo de los enfermeros de guerra. No pretendemos disminuir la gloria de Enrique Dunant, el fundador de la asociación de la Cruz Roja Internacional, pero sería injusto olvidar a los que, antes que él, se ocuparon de los heridos en el campo de batalla, como san Camilo de Lelis y Florencia Nightingale.
En 1588, san Camilo fundó una nueva casa en Nápoles, a petición de las autoridades de la ciudad. Como se había prohibido que entrasen en el puerto unos navíos en los que había algunos apestados, los Siervos de los Enfermos (como se llamaba a los compañeros de san Camilo) subieron a asistirlos a bordo. En la empresa perecieron dos de los compañeros del santo, los primeros «mártires» del nuevo instituto. San Camilo tuvo ocasión de mostrar también su heroica caridad, durante una epidemia de peste que causó gran mortandad en Roma y durante una época de carestía que asoló a la misma ciudad. En 1591, Gregorio XIV elevó la congregación de san Camilo a la categoría de orden religiosa. En la actualidad, los Siervos de los Enfermos, que desde el punto de vista canónico son clérigos regulares, cuentan con sacerdotes y hermanos legos y siguen consagrados al cuidado de los enfermos en hospitales e instituciones privadas.
Como lo indicábamos más arriba, el fundador de la orden estuvo enfermo toda su vida: durante cuarenta y seis años padeció el mal de su pierna que, además, tuvo fracturada desde los treinta y seis años y también tenía dos llagas muy dolorosas en la planta del pie. Desde mucho antes de morir, padeció de náuseas y apenas podía comer. Sin embargo, en vez de permitir que sus hermanos le cuidasen, los enviaba a asistir a los otros enfermos. Cuando sus propias enfermedades le impedían caminar, encontraba manera de arrastrarse, noche y día, por los hospitales para ver si los enfermos necesitaban alguna cosa. Entre los males que se evitaron gracias al celo de san Camilo, se cuenta el remedio a los trágicos descuidos de enterrar a los moribundos sin cerciorarse de que estuviesen muertos. Ordenó el santo a sus religiosos que continuasen las oraciones de los agonizantes por lo menos un cuarto de hora después de la muerte aparente y que no tolerasen que se cubriese demasiado pronto el rostro de los muertos. San Camilo fundó quince casas religiosas y ocho hospitales. Dios premió su celo y caridad con los dones de profecía y milagros y le concedió innumerables gracias extraordinarias.
En 1607 san Camilo renunció a la dirección de su orden. Sin embargo, asistió al capítulo general que tuvo lugar en Roma, en 1613 y acompañó después al superior general en la visita de las casas del instituto para despedirse de sus hermanos con una última exhortación. Recibió el santo viático de manos del cardenal Ginnasi. Después de la extremaunción, dirigió unas conmovedoras palabras a los presentes y expiró éI 14 de julio de 1614, a los sesenta y cuatro años de edad. Fue canonizado en 1746. El Papa León XIII le proclamó patrono de los enfermos junto con san Juan de Dios, y Pío XI le nombró patrono de los enfermeros y de sus asociaciones.

lunes, 17 de julio de 2017

SAN ALEJÓ, EL HOMBRE DE DIOS
Vidas de los Santos de A. Butler
SAN ALEJO, EL HOMBRE DE DIOS - Vidas de los Santos de A. Butler
(Siglo V) - Se cuenta que a principios del siglo V, vivía en Edesa de Siria un mendigo a quien el pueblo veneraba como a un santo. Después de su muerte, un autor anónimo escribió su biografía. Como ignoraba el nombre del mendigo, le llamó simplemente «el hombre de Dios». Según ese documento, el hombre de Dios vivió en la época del obispo Rábula, quien murió el año 436. El mendigo compartía con otros miserables las limosnas que recogía a las puertas de las iglesias y se contentaba con lo que sus compañeros le dejaban. A su muerte, fue sepultado en la fosa común. Pero antes de morir, reveló a un enfermero del hospital, que él era el único hijo de un noble romano. Cuando el obispo se enteró del caso, mandó exhumar el cadáver, pero no se encontraron más que los andrajos del hombre de Dios y ningún cadáver. La fama del suceso se extendió rápidamente.
Antes del siglo IX, se había dado en Grecia el nombre de Alejo al hombre de Dios, y san José el Himnógrafo (+ 833) dejó escrita en un «kanon» la leyenda, adornada, naturalmente, con numerosos detalles. Aunque se tributaba ya cierto culto al santo en España, la devoción a san Alejo se popularizó en Occidente gracias a la actividad de un obispo de Damasco, Sergio, desterrado a Roma a fines del siglo X. Dicho obispo estableció en la iglesia de San Bonifacio del Aventino un monasterio de monjes griegos, y nombró a san Alejo copatrono de la iglesia. Como se decía que san Alejo era romano, el pueblo adoptó pronto la leyenda y, desde entonces, el santo ha sido muy popular. Se cuenta que en el siglo XII la leyenda de san Alejo ejerció profunda influencia sobre el hereje Pedro Waldo. En el siglo XV, los «Hermanos de San Alejo» le eligieron por patrono y, en 1817, la congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María le nombró patrono secundario. También en el Oriente le profesa el pueblo gran devoción y aun le llama «el hombre de Dios».
La leyenda de este predecesor de san José Benito Labre, que tiene también cierto parecido con san Juan Calibites, puede resumirse así, por lo menos tal como circula en Occidente:
San Alejo era el hijo único del rico senador romano Eufeimo y de su esposa Aglaé. Nació y pasó su juventud en Roma, en el siglo V. Sus padres le enseñaron, con el ejemplo, que las riquezas que se reparten entre los pobres constituyen un tesoro en el cielo y un tesoro colmado y desbordante. Así pues, Alejo socorría desde niño a cuantos necesitados encontraba, considerándolos como benefactores por el hecho de recibir su ayuda. Temiendo que una vida de honores le distrajese del fin principal de la existencia, Alejo determinó renunciar a todas las cosas y retirarse del mundo. Por dar gusto a sus padres se casó con una rica joven, pero el mismo día del matrimonio partió de Roma, con el consentimiento de su esposa. Disfrazado de mendigo, llegó hasta Siria, donde vivió en extrema pobreza en una miserable casucha contigua a la iglesia de la Madre de Dios, en Edesa. Así pasó diecisiete años, hasta que una imagen de la Santísima Virgen habló para revelar al pueblo la santidad de su siervo, a quien calificó de «el hombre de Dios». Entonces, san Alejo huyó nuevamente a Roma para escapar a los honores. Su padre no le reconoció, pero le recibió como criado y le permitió habitar en una covacha. debajo de la escalera. Así vivió Alejo otros diecisiete años en la casa de su padre, soportando con paciencia y en silencio que le tratasen como criado. Después de su muerte, se encontró un escrito en el que revelaba su verdadera identidad y relataba su vida.
Algunos de los caminos extraordinarios que el Espíritu Santo emplea para santificar a ciertos privilegiados son más admirables que imitables. Si los santos se toman tanto trabajo para buscar las humillaciones, bien podemos nosotros aprovechar dilligentemente las quye la Providencia nos envía. Sólo a fuerza de humillarnos, podem os alcanzar la verdadera humildad y desairragar de nuestros corazones el orgullo. El veneno de este vicio corrompe todos los estados y condiciones y, con frecuencia, sobrevive aun en los hombres que han conseguido dominar todas las otras pasiones. Aun los más perfectos tienen que luchar contra el orgullo y, si no nos esforzamos por desarraigarlo, en poco tiempo echará aperder cuanto de bueno haya en nuestra vida. El orgullo se esconde detrás de las mejores acciones, nos acecha a cada paso y puede asaltarnos en cualquier parte. Y cuanto más arraigado está, más dificil es descubrirlo y reaccionar contra él. San Juan Climaco narra que un novicio a quien su superior había reprendido por la soberbia que mostraba, respondió: "Perdonadme, padre mío, pero no soy soberbio". El superior replicó, con razón: "Nada prueba mejor que los sois, que el hecho de que lo ignoráis".
Esta exhortación a la humildad cuadra perfectamente con la historia de San Alejo. Pero la vida del santo es también un ejemplo excelente de la manera como una leyenda crece y se deforma con el tiempo. Fijémonos simplemente en ciertos puntos: por ejemplo, la fuga de Alejo el día mismo del matrimonio es un incidente muy común en los anales hagiográficos. Evidentemente, un hombre sensato que no quiera casarse, no espera hasta el día del matrimonio para huir; pero, naturalmente, el dato de que aguarde hasta el día del matrimonio impresiona más la imaginación popular. Otro ejemplo: la imagen que revela al pueblo la santidad del hombre de Dios, ofrece al hagiógrafo un pretexto edificante para hacer volver al personaje a su país natal.
Aunque en 1217 se encontraron unas reliquias en la iglesia de San Bonifacio, en Roma, lo único cierto que sabemos sobre San Alejo es que vivió (si es que existió), murió y fue sepultado en Edesa. Ningún martirologio antiguo y ningún libro litúrgico romano menciona el nombre de san Alejo, el cual, según parece, era desconocido en la Ciudad Eterna hasta el año 972.
A. Amiaud editó en «La légende syriaque de S. Alexis» (1889) el texto sirio del siglo V, en el que se narra que el «hombre de Dios» reveló antes de morir que había nacido en Roma. En Analecta Bollandiana, vol. XIX (1900), pp. 241-256, se halla el texto de la versión griega más conocida; según parece, el texto griego fue redactado en Roma. Las versiones latinas pueden verse en Acta Sanctorum, julio, vol. IV. La literatura sobre el tema es enorme. Merecen especial mención los artículos de Poncelet enScience Catholique, vol. IV. (1890) y de Mons. Duchesne en Mélanges d'Archéologie, vol. X (1890). Acerca de San Alejo en el arte, cf. Künstle, Ikonographie der Heiligen, II, pp. 48-49. Sobre los aspectos folklóricos cf. Bächtold-Stäubli, Handwörterbuch des deutschen Aberglaubens, vol. I, cc. 261-262. Véase también Analecta Bollandiana, vol. LXII (1944), pp. 281-283; vol. LXIII (1945), pp. 48-55; y vol. LXV (1947), pp. 157-195. En este último artículo el P. B. de Gaiffier cita otros veintiún ejemplos, tomados de la hagiografía, de maridos que abandonaron a su esposa inmediatamente después del matrimonio sin haberla tocado ("Intactam sponsam relinquens"), o de parejas que, habiendo sido forzadas a contraer matrimonio, hacen voto de virginidad. Dichos ejemplos van desde las Actae Thomae hasta Bernardo de Montjoux. El P. de Gaiffier estudia también la evolución de la leyenda de la huída de San Alejo.
TRIUNFO DE LA SANTA CRUZ
                 (En España)
Flos Sanctorum de la Familia Cristiana. - P. Francisco De Paula Morell
TRIUNFO DE LA SANTA CRUZ (En España) - Flos Sanctorum de la Familia Cristiana - P. Francisco De Paula Morell
Líbranos Señor del mal de las guerras
y, por el estandarte de la Santa Cruz, 
colócanos bajo la seguridad
de tu protección, para destruir todas 
 
las asechanzas de los adversarios. 

(De la Secreta del la Misa del Día.).
   Entre las ilustres victorias que Dios nuestro Señor ha dado a los cristianos contra los infieles y enemigos suyos, es muy admirable la de las Navas de Tolosa, que alcanzó el rey de Castilla don Alfono el VIII, en compañía de los reyes de Aragón y de Navarra, sobre el rey moro Mahomat y su innumerable ejército. Recabó el arzobispo de Toledo del Papa Inocencio III que concediese cruzada a todos los que viniesen a aquella guerra, y les otorgase las mismas gracias e indulgencias que se concedían a los que iban a la conquista de la Tierra Santa; y fue tan grande el concurso de gentes que acudieron de toda España y aun de Francia e Italia, que se puso en orden uno de los más lucidos ejércitos que en España se habían visto. Salieron pues de Toledo los soldados cristianos a los veinte días del mes de junio; y venciendo las dificultades del camino, ganaron de mano de los bárbaros algunos pueblos, como Malagón y Calatrava, y llegaron al puerto que llaman del Muradal, en donde estaba el rey Mahomat con su ejército, muy grande y poderoso. Supo el moro por sus espías que los cruzados extranjeros se habian retirado, en cierto motín que sucedió en el ejército; y determinó esperar al rey en campo raso, y así se retiró un poco a los llanos de Baeza, dejando en las Navas de Tolosa (que es un paso muy estrecho) parte de su gente para hacer daño en los cristianos. El camino era muy trabajoso y áspero, y los enemigos estaban ya a la vista; mas un pastor muy práctico de toda aquella tierra guió a los cruzados por la ladera del monte, de tal manera, que llegaron al sitio que deseaban, viéndolos los enemigos sin poderles estorbar el paso. El rey Mahomat presentó luego batalla a los cristianos, y llegada la noche del domingo, el rey Alfonso mandó pregonar a sus tropas que se apercibiesen para la batalla con la confesión y comunión; y levantando las manos al cielo, suplicó al Señor les diese victoria de sus enemigos. Vinieron pues a las manos los dos ejércitos, y al principio parecía que llevaban lo mejor los moros, de manera que el rey dijo al arzobispo don Rodrigo: "¡Ea, arzobispo; muramos aquí, yo, y vos!" Mas el arzobispo le respondió: "No, señor, no moriremos, sino que Venceremos". Luego se conoció la ventaja de los cristianos y el favor del cielo; porque la cruz que un canónigo de Toledo llevaba delante del arzobispo, pasó por todos los escuadrones enemigos sin daño del que la llevaba, aunque de todas partes le tiraban infinitas saetas. Llegando el estandarte real que llevaba una imagen de Nuestra Señora a donde estaba la mayor fuerza del ejército moro, lo desbarató y deshizo como humo. El rey Mahomat, con algunos de su corte, apenas pudo escapar, quedando muertos en el campo doscientos mil almohades. Esta insigne victoria llenó de gran alegría y regocijo a toda la cristiandad, y para memoria de ella se instituyó la fiesta del triunfo de la santa Cruz, porque la santa Cruz rompió por medio de los escuadrones enemigos y quebrantó aquel día todo el poder de la soberbia morisma. 
REFLEXIÓN
   Supliquemos al Señor que por la virtud de la santa Cruz sea también confundida y humillada la arrogancia de los herejes, sectarios y demás enemigos de Jesucristo, que turban la paz del pueblo cristiano con tan gran menoscabo de su felicidad temporal y eterna. 
ORACIÓN
   Oh Dios, que por la virtud de tu santa Cruz diste a tu pueblo creyente glorioso triunfo de sus enemigos, rogámoste que concedas victoria y honra perpetua a los piadosos adoradores de la santa Cruz. Por J. C. N. S. Amén.

domingo, 16 de julio de 2017

CONMEMORACIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARIA DEL MONTE CARMELO
Año LItúrgico -  Dom Prospero Gueranger



¡Oh Dios!, que ennobleciste a la Orden del Carmelo con el singular título de la beatísima Virgen María tu Madre: concédenos propicio que cuantos hoy celebramos solemnemente su conmemoración, fortalecidos con su valimiento merezcamos llegar a los goces sempiternos.(Oración Colecta de la Misa de la Fiesta)


EL MONTE CARMELO. — A los que han tenido la dicha de hacer la peregrinación a los Santos Lugares de Palestina, nunca se les borrará de la memoria su paso por el monte Carmelo. Esta montaña que domina desde 170 metros de altura a la ciudad de Caiffa y al Mediterráneo, es una de las más hermosas de toda Palestina. Es, sin duda, una de las más célebres y su paisaje encantador ha excitado el entusiasmo de Oriente, e inspirado numerosas comparaciones poéticas de la Sagrada Escritura. Cuando el Esposo del Cantar de los Cantares desea poner más de relieve la hermosura de su Esposa, no encuentra expresión más adecuada que comparar su cabeza con el monte Carmelo: "Caput tuum ut Carmelus." Cuando Isaías nos presenta el esplendor y gloria del futuro Mesías, le pinta coronado con la gloria del Líbano y revestido de todas las bellezas del Carmelo: "Gloria Libani data est ei, decor Carmeli et Saron." Y nos muestra la gran estima que debemos tener a este santo monte cuando dice que la justicia habitará en la soledad y la santidad tendrá su lugar sobre el Carmelo: "Habitabit in solitudine iudicium, et iustitia in Carmelo sedebit." Finalmente Dios mismo por boca de otro Profeta le colma de elogios, llamando al Carmelo, su tierra, su herencia: "Terram meam et hereditatem meam", y a Jerusalén le prometió: "En el día de mi amor, te saqué de Egipto a la tierra del Carmelo", como si este nombre encerrara en si todos los bienes con los que quería enriquecer a su pueblo, es decir a la Iglesia y a cada uno en particular.
LA MONTAÑA MARIANA. — Lo que da más realce a este santo monte es, además de la morada de Elias y la victoria que alcanzó sobre los profetas de Baál, es la célebre visión que nos describe el primer libro de los reyes. Hacía tiempo que una gran sequía asolaba la tierra de Israel. Elias, conmovido por los sufrimientos de su pueblo, "subió a la cumbre del Carmelo y postrándose en tierra y poniendo el rostro entre las rodillas, dijo a su siervo: Sube y mira hacia el mar. Subió, miró y dijo: No se ve nada. Elias le dijo: Vuelve hacerlo siete veces. La séptima vez dijo el siervo: Veo una nubecilla como la palma de la mano de un hombre". Poco después el cielo se oscureció, se levantó fuerte vendaval y cayó agua en abundancia. Todos los exegetas y místicos ven en esta "nubecilla, nubécula parva", una imagen profética de la Virgen María, que por la encarnación dió la vida y fecundidad al mundo. El primer Responsorio de la fiesta de los Santos del Carmelo lo dice expresamente; "Elias oraba sobre la cumbre del Carmelo y en el símbolo de una nubecilla vió a la insigne Virgen. A los que Elias se revela así la amarán a causa de todas las maravillas que les manifestará esta visión." De hecho la Iglesia ha aprobado esta interpretación, añadiendo a los títulos gloriosos de la Santísima Virgen el de Nuestra Señora del Carmen y nos invita ella también a nosotros como el profeta con estas palabras: "Sube y mira."
LA ORDEN DEL CARMEN. — La tradición de la Orden del Carmen sostiene que los solitarios que moraron en esta santa cumbre, aun antes del cristianismo, honraron con verdadero culto a la que debía engendrar al Mesías. Aseguran también que muchos recibieron el Espíritu Santo el día de Pentecostés, teniendo después la dicha de gozar del trato y familiaridad con la Sma. Virgen. De esta entrevista se llevaron una veneración y amor tan particulares, que tuvieron la alegría de ser los primeros que edificaron una capilla en su honor, en el mismo lugar donde Elias la había visto en figura de una nubecilla.
Desde sus comienzos el Carmen vuelve sus ojos a la Sma. Virgen y el libro titulado "La Institución de los primeros monjes" nos muestra a través de inexactitudes históricas, a la Orden dominada por las grandes figuras que encarna su ideal, cada una según su rango: Elias y la Virgen María: Siendo María para ellos la plenitud deslumbradora de la vida contemplativa, el modelo del servicio perfecto debido al Señor y la entrega total a su voluntad.
EL ESCAPULARIO. — A mediados del siglo XIII San Simón Estok, General de la Orden del Carmen, recibió de manos de la Santísima Virgen, el sagrado escapulario como testimonio de su amor y protección para todos aquellos que lo llevaran. Aseguró que "todo el que muriera con este hábito no caería en el fuego eterno". Un siglo después se apareció a Santiago de Euze, futuro Juan XXII, para anunciarle su próxima elevación al Sumo Pontificado mandándole publicar el privilegio de una pronta salida del purgatorio, que había obtenido de su Hijo, para los hijos del Carmen: "Yo, su Madre, le dice, por una gracia especial descenderé a ellos el sábado siguiente a su muerte, y a todos los que hallare en el purgatorio, los libraré y los llevaré a la vida eterna."
La autoridad de los Soberanos Pontífices, hicieron pronto asequibles estas gracias espirituales a los fieles con la institución de la cofradía del Santo Escapulario, al participar sus miembros de todos los méritos y privilegios de la Orden del Carmen. Hoy son pocos los verdaderos cristianos que no lleven este escapulario o la medalla llamada del "Monte Carmelo" y he aquí por qué la fiesta de hoy, no es sólo la de una ilustre familia religiosa, sino también de toda la Iglesia entera, puesto que toda ella es deudora a la Virgen del Carmen de innumerables beneficios y de una protección constante
LA NUBE MÍSTICA. — Reina del Carmelo, recibe hoy los votos de la Iglesia terrestre. Fuiste la única esperanza del mundo cuando gemía en una angustiosa espera sin fin. Impotente para penetrar aún tus grandezas, quiso a pesar de eso, adornarte con los más preciosos símbolos bajo este mundo de figuras; el reconocimiento anticipado mezclado de admiración, sirvió para crearte como una aureola sobrehumana de todas perfecciones de belleza, de fuerza y gracia que sugiere la vista de los lugares tan encantadores, de campiñas en flor, de cumbres pobladas de árboles, de valles fértiles, de este Carmelo principalmente que significa jardín de Dios. En su cumbre nuestros padres, que sabían que la Sabiduría tiene su trono en la nube adelantaron sus ardientes deseos al signo salvador; y allí, debido a sus plegarias, se les dió lo que la Escritura llama ciencia perfecta y que designa como el conocimiento de los grandes caminos de las nubes. Y cuando Aquel que hace su carroza y su palacio de la oscuridad de la nube, se manifestó por ella en un recuerdo no lejano a la vista penetrante del Padre de los Profetas, se vió unirse a los más altos personajes de la humanidad en un grupo selecto en las soledades de la montaña bendita, como antiguamente Israel en el desierto, para observar los menores movimientos de la nube misteriosa', recibir de ella la única dirección en las veredas de esta vida, su única luz en la larga noche de esperas.
Oh María, que desde entonces presides las velas de los soldados de Cristo y nunca les has faltado un solo día desde que Dios descendió verdaderamente por ti, no sólo cubres la región de Judea sino a toda la tierra con una nube cargada de un sinnúmero de bendiciones. Los hijos de los profetas lo experimentaron cuando la tierra de los profetas se hizo infiel, y tuvieron que llevar un día a otros lugares sus costumbres y tradiciones; comprobaron que el rocío fecundador de la nube del Carmelo llegaría hasta Occidente, que su protección se dejaría sentir en todas partes. Esta fiesta, oh Madre divina, es el momento auténtico de su reconocimiento, acrecentado después con nuevas bendiciones, cuya munificencia acompañó a este otro éxodo de los últimos restos de Israel. Y nosotros los hijos de la vieja Europa con razón transmitimos el eco de su piadosa alegría; porque desde que las tiendas fueron levantadas alrededor de las colinas donde la nueva Sión fué edificada sobre Pedro, se ha esparcido por todas partes su lluvia llena de bendiciones, lanzando al abismo las llamas eternas, y apagando los ardores del lugar de la expiación.
PLEGARIA POR LA ORDEN DEL CARMEN. — Oh Madre de la divina gracia, dígnate pagar a esta Orden la deuda de nuestro agradecimiento puesto que estamos unidos en el mutuo agradecimiento hacia ti. Protégela y consérvala en estos desgraciados tiempos. Que no sólo el viejo tronco mantenga la sabia escondida en sus profundas raices, sino que también las vetustas ramas vean gozosas el advenimiento de las nuevas que llevan en sí las flores y los frutos como los llevaron sus antecesores. Conserva en sus hijos el espíritu de soledad y contemplación que tuvieron sus padres a la sombra de la nube; haz que sus hijos sean también fieles a las tradiciones de sus predecesores en todos los lugares que el Espíritu Santo les ha esparcido para conjurar al huracán y atraer las bendiciones de la nube misteriosa. Ojalá los austeros perfumes de la montaña santa continúen purificando a su alrededor el aire corrompido por tantas miasmas; y por fin que el Carmelo ofrezca a su Esposo sus almas virginales, sus corazones puros, sus bellas flores que tiene la satisfacción de plantar en el jardín del Señor.
SEXTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTES 
Año Litúrgico -  Dom Prospero Gueranger

Multiplicación de los panes
EL PECADO DE DAVID. — El Oficio del sexto Domingo después de Pentecostés, comenzaba ayer tarde con la exclamación punzante de un arrepentimiento inmenso. David, el Rey-Profeta, el vencedor de Goliat, vencido a su vez por la incitación de los sentidos, y que pasó del adulterio al homicidio, gritaba bajo el peso de su doble crimen: ¡"Dios mío, te ruego, perdona la iniquidad de tu siervo, porque he obrado como un insensato"!
El pecado, cualquiera que sea el culpable y la fálta, es siempre debilidad y locura. El orgullo del Angel rebelde o del hombre caído, por más que hagan, no podrán impedir que la ignominia de estas dos palabras se clave, como un estigma humillante, en la rebeldía contra Dios, en el olvido de la ley, en los actos insensatos de la creatura que, invitada a elevarse a las serenas regiones donde reside su autor, se sustrae y huye hacia la nada, para caer más bajo aún que la misma nada de donde había salido. Locura voluntaria, sin embargo, y debilidad sin excusa; porque, si el ser creado no posee por sí mismo sino tinieblas y miserias, la bondad suprema pone a su disposición, por medio de la gracia que nunca falta, la fuerza y la luz de Dios.
VIGILANCIA. —El último, el más oscuro pecador, no podría, pues, dar razones para justificar sus faltas; pero la ofensa es tanto más injuriosa a Dios, cuanto le viene de la creatura más colmada de sus gracias y situada, por su bondad, más alta que otras en el orden de la gracia. ¡No lo olviden esas almas para quiénes el Señor, lo mismo que para David, ha multiplicado sus magnificencias,'' Conducidos por los caminos reservados de su amor, deberían haber llegado ya con facilidad a la cumbre de la unión divina; sólo una vigilancia sin fin puede guardar al que no ha dejado aún el peso de la carne; siempre y en todas partes es posible la caída; y ¡cuánto más espantosa es, si el pie se resbala desde las cumbres elevadas de esta tierra de destierro, que confinan ya con la patria y dan ingreso a las potencias del Señor!. Entonces, los precipicios abiertos, que el alma había evitado en la subida, parecen llamarla todos a la vez; va rodando de abismo en abismo, horrorizando a veces a los mismos malvados, por la violencia de lasi pasiones largo tiempo contenidas, que la arrastran.
CONFIANZA. — Desde el fondo de la sima en que la ha arrojado su lamentable caída, humíllese y llore su crimen; no tema levantar los ojos de nuevo a las alturas en que poco ha parecía ella misma formar parte de las falanges de los bienaventurados; clame sin tardanza, como David: "¡Pequé contra el Señor!"; y como a él se le responderá: "El Señor ha perdonado tu pecado; no morirás'"; y como en David, Dios podrá obrar en ella todavía maravillas. David inocente había parecido la imagen fiel de Cristo, objeto divino de las complacencias de los cielos y de la tierra; David pecador, pero penitente, quedó como la figura más noble del Hombre- Dios, cargado de los crímenes del mundo, llevando sobre sí la venganza misericordiosa y justa de su Padre ofendido.
M I S A
La Iglesia nos invita a buscar en el Introito un nuevo sentimiento sobre lo que puede la fuerza del cristiano: su fe en el poder del Señor, que no le puede faltar, y la conciencia de su miseria, que le guarda de toda presunción.
INTROITO
El señor es la fortaleza de su pueblo y el protector de la salud de su Ungido: salva a tu pueblo, Señor, y bendice a tu heredad, y rígelos para siempre. — Salmo: A ti, Señor, clamaré; Dios mío, no me desoigas: no sea que, callando tú, me asemeje a los que bajan al sepulcro. V. Gloria al Padre.
La Colecta presenta un admirable resumen de la acción fuerte y suave de la gracia sobre toda la conducta de la vida cristiana. Está inspirada en el texto de Santiago: "Todo don excelente, todo don perfecto, viene de lo alto y desciende del Padre de las luces".
COLECTA
Oh Dios de las virtudes, de quien procede todo cuanto hay de mejor: infunde en nuestros pechos el amor de tu nombre, y aumenta en nosotros la religión; para que nutras lo que es bueno y, por medio de la piedad, custodies lo nutrido. Por nuestro Señor.
EPISTOLA
Lección de la Epístola del Ap. S. Pablo a los Romanos. (VI, 3-11).
Hermanos: Todos los que hemos sido bautizados en Jesucristo, lo hemos sido en su muerte. Porque en el bautismo hemos quedado sepultados con El, muriendo al pecado: a fin de que así como Cristo resucitó de entre los muertos para gloria del Padre, así también nosotros vivamos nueva vida. Porque si fuéremos injertados en El, imitando su muerte, lo seremos también en su resurrección. Sabiendo bien que nuestro viejo hombre ha sido crucificado juntamente con El, para que sea destruido el cuerpo de pecado, y no sirvamos más al pecado. Y si estamos muertos con Cristo, creemos que viviremos también juntamente con Cristo; sabiendo que Cristo resucitado de entre los muertos ya no muere, la muerte ya no le dominará. Porque habiendo muerto para el pecado, murió una sola vez: mas habiendo vuelto a la vida, vive para Dios. Así también vosotros, pensad que estáis realmente muertos al pecado, y vivos para Dios, en Jesucristo Señor nuestro.
EL APÓSTOL DE LOS GENTILES. — Las Misas de los Domingos después de Pentecostés, no nos habían presentado más que una vez hasta ahora las Epístolas de San Pablo. San Pedro y San Juan tenían reservado un lugar de preferencia en la misión de enseñar a los fieles al principio de los sagrados Misterios. Parece que la Iglesia en estas semanas, que representan los primeros tiempos de la predicación apostólica, ha querido recordar de este modo el puesto predominante del Apóstol de la fe y del Apóstol del amor en esta promulgación de la nueva alianza que se hizo en el seno del pueblo Judío. Pablo, en efecto, no era todavía más que Saulo, el perseguidor, y se mostraba como el más violento enemigo de la palabra, que debía más tarde llevar con tanto esplendor hasta los confines del mundo. Si después su conversión hizo de él un apóstol ardiente y convencido, aun para los mismos Judíos, sin embargo, se vió en seguida que la casa de Jacob no era la parte de apostolado que le correspondía, no era la porción de su herencia. Después de haber afirmado públicamente su creencia en Jesús, Hijo de Dios, y de haber confundido a la sinagoga con la autoridad de su testimonio, dejó que silenciosamente se llegase al fin de la tregua concedida a Judá para aceptar la alianza; aguardó en su retiro' a que el Vicario del Hombre- Dios, el Jefe del Colegio Apostólico, diese la señal de llamada a los Gentiles, y abriere él en persona las puertas de la Iglesia a estos nuevos hijos de Abraham.
Pero Israel abusó demasiado tiempo de la condescendencia divina; ya se acerca la hora del repudio para la ingrata Jerusalén; ya se ha vuelto por fin el Esposo hacia las razas extranjeras. Ahora tiene la palabra el Doctor de los Gentiles, la conservará hasta el último día; no se callará hasta que, después de convertir a la gentilidad sublevada contra Dios, la afirme en la fe y en el amor.
Hoy se dirigen a los Romanos, las instrucciones inspiradas del gran Apóstol. La Iglesia observará, en la lectura de estas admirables Epístolas, el mismo orden ode su inscripción en el canon de las Escrituras: la Epístola a los Romanos, las dos a los Corintios, las dirigidas a los Gálatas, a los Efesios, Filipenses, Colosenses, pasarán sucesivamente ante nuestra vista. ¡Sublime correspondencia, en: la que el alma de Pablo, entregándose por completo, da a la vez el precepto y el ejemplo del amor! "Os ruego—dice sin cesar—que seáis imitadores míos, como yo lo soy de Jesucristo"
LA VIDA CRISTIANA. — La santidad, los padecimientos, y luego la gloria de Jesús, su vida prolongada en sus miembros tal es para San Pablo la vida cristiana; simple y sublime noción que resume, a su parecer, el comienzo, el progreso y la consumación de la obra del Espíritu de amor en toda alma santificada. Más adelante le veremos desarrollar ampliamente esta verdad práctica, de la cual se contenta ahora con poner las bases en la Epístola que hoy nos hace leer la Iglesia. ¿Qué es el Bautismo, en efecto, ese primer paso en el camino que conduce al cielo, sino una incorporación del neófito al Hombre-Dios, muerto una vez al pecado para vivir eternamente en Dios su Padre? El Sábado Santo, al borde de la fuente sagrada, comprendimos, con la ayuda de un trozo semejante del Apóstol, las realidades divinas cumplidas bajo la onda misteriosa. La Iglesia no hace, hoy más que recordarnos ese gran principio de los comienzos de la vida cristiana y establecerle como punto de partida para las instrucciones que se han de seguir. Si el primer acto de la santificación del fiel, sumergido con Jesucristo en su bautismo, tiene por objeto rehacerle completamente, crearle de nuevo en este Hombre-Dios, injertar su nueva vida sobre la vida misma de Jesús para producir en ella sus frutos, no nos admiraremos de que el Apóstol no trace al cristiano otro procedimiento de contemplación, otra regla de conducta que el estudio y la imitación del Salvador. La perfección del hombre y su recompensa están sólo en El: asi pues, según el conocimiento que habéis recibido de él, caminad en El, porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, estáis revestidos de Cristo. El Doctor de las naciones lo declara: no conoce, ni podría predicar otra cosa. En su escuela, apropiándonos los sentimientos que tenía Jesucristo llegaremos a ser otros Cristos, o mejor, un solo Cristo con el Hombre-Dios, por la unión de los pensamientos y la conformidad de las virtudes, bajo el impulso del mismo Espíritu Santificador.
La lectura de la Epístola y la del Evangelio, el Gradual y el Verso, vienen todos a reavivar en nuestros corazones la humilde y confiada oración que debe elevarse sin cesar del alma del cristiano a su Dios.
GRADUAL
Vuélvete un poco, Señor, y aplácate con tus siervos. V. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Aleluya, aleluya. V. En ti, Señor, he esperado, no sea confundido para siempre: en tu justicia líbrame, y sálvame: inclina a mí tu oído, apresúrate a librarme. Aleluya.
EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según S. Marcos. (VIII, 1-9).
En aquel tiempo, como hubiera con Jesús una gran muchedumbre, y no tuvieran qué comer, convocando a los discípulos, les dijo: Tengo compasión de la multitud: porque he aquí que ya me han seguido tres días, y no tienen qué comer: y, si los despido en ayunas para sus casas, desfallecerán en el camino: porque algunos de ellos han venido de lejos. Y respondiéronle sus discípulos: ¿Quién podrá saciarlos de pan aquí, en la soledad? Y los preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Ellos dijeron: Siete. Y mandó a la multitud que se sentara sobre la tierra. Y, tomando los siete panes, dando gracias, los partió, y se los dió a sus discípulos, para que los sirvieran. Y los sirvieron a la multitud. Y tenían también unos pocos pececillos: y también los bendijo, y los mandó servir. Y comieron, y se saciaron, y recogieron, de los fragmentos que sobraron, siete cestos. Y eran, los que habían comido, casi cuatro mil: y los despidió.
"El Señor nos llama, decía el pueblo antiguo al salir de Egipto tras de Moisés; iremos a tres jornadas de camino al desierto para sacrificar allí al Señor, nuestro Dios'". Los discípulos de Jesucristo, en nuestro Evangelio, le han seguido igualmente al desierto; después de tres días han sido alimentados con un pan milagroso que presagiaba la víctima del gran Sacrificio figurado por el de Israel. Pronto el presagio y la figura van a ceder lugar, sobre el altar que está ante nosotros, a la más sublime de las realidades. Abandonemos la tierra de servidumbre en que nos retienen nuestros vicios; todos los días nos llama misericordiosamente el Señor; pongamos para siempre nuestras almas lejos de las frivolidades mundanas, en el retiro de un recogimiento profundo. Roguemos al Señor, al cantar el Ofertorio, que se digne asegurar nuestros pasos en los senderos de este desierto interior, en que nos escuchará siempre favorablemente y multiplicará en favor nuestro las maravillas de su gracia.
OFERTORIO
Afirma mis pies en tus caminos, para que no se extravíen mis pasos: inclina tu oído, y oye mis palabras: glorifica tus misericordias, tú, que salvas a los que esperan en ti, Señor.
La eficacia de nuestras oraciones sólo está asegurada en cuanto la fe anima e inspira su objeto. Al recibir la Iglesia los dones de sus hijos para el sacrificio, pide en la Secreta que sea así para con todos ellos.
SECRETA
Sé propicio. Señor, con nuestras súplicas, y acepta benigno las oblaciones de tu pueblo: y, para que no sea inútil el voto, ni vana la petición de nadie, haz que, lo que pedimos fielmente, lo consigamos eficazmente. Por nuestro Señor.
La Antífona de la Comunión, sacada del Salmo XXVI, canta la dicha del alma que ha recobrado la paz y que ya siempre morará en la casa del Señor.
COMUNION
Andaré en torno de tu tabernáculo, e inmolaré en él la hostia de alabanza: cantaré y diré un salmo al Señor.
Los sagrados Misterios son el verdadero fuego que purifica al que se abandona a sus ardores divinos, le desligan por completo de los restos del pecado y le afirman en el camino de la perfección. Digamos, pues, con la Iglesia:
POSCOMUNION
Hemos sido llenos, Señor, de tus dones: suplicárnoste hagas que seamos purificados por su efecto y protegidos con su auxilio. Por nuestro Señor.

sábado, 15 de julio de 2017

SAN ENRIQUE, EMPERADOR
Vida de los Santos de A. Butler


SAN ENRIQUE, EMPERADOR - Vidas de los Santos de A. Butler
(1024 P. C.) - Enrique II, hijo de Enrique, duque de Baviera y de Gisela de Borgoña, nació el año 972. Fue educado por san Wolfgango, obispo de Ratisbona y, en 995, sucedió a su padre en el gobierno del ducado de Baviera. Estuvo casado con santa Cunegunda, pero no tuvieron hijos. En 1002, a la muerte de su primo Otón III, fue elegido emperador. Enrique no perdió nunca de vista los peligros a los que se hallan expuestos los gobernantes. Consciente de la importancia y extensión de las obligaciones que le imponía su cargo, supo mantenerse, por la oración, en una actitud de humildad y de temor de Dios, y su virtud salió victoriosa del peligro de los honores.
Jamás olvidó el fin para el que Dios le había elevado a la más alta dignidad temporal y trabajó con todas su fuerzas por promover la paz y la prosperidad de su reino. Hay que especificar, sin embargo, que san Enrique se valió algunas veces de la Iglesia para sus fines políticos, imitando así a su predecesor Otón el Grande. Sin discutir la autoridad espiritual de la Iglesia, se opuso en ciertos casos a su engrandecimiento temporal. Y hemos de confesar que, desde el punto de vista del bienestar de la cristiandad, algunas de las medidas políticas del santo emperador fueron equívocas.
San Enrique tuvo que emprender numerosas guerras para defender y consolidar su imperio. Tales, por ejemplo, las guerras de Italia, antes de recibir la corona. Arduino de Ivrea se había hecho coronar rey en Milán; san Enrique cruzó los Alpes y le arrojó del poder. En 1014, llegó triunfalmente a Roma, donde fue coronado emperador por el Papa Benedicto VIII. El santo restauró con gran munificencia las sedes episcopales de Hildesheim, Magdeburgo, Estrasburgo y Meersburgo e hizo ricos presentes a las iglesias de Aquisgrán y Basilea, entre otras. Es falso que el santo haya convertido a la fe a san Esteban, rey de Hungría, quien era hijo de padres cristianos, pero en cambio sí incitó a dicho monarca a trabajar por la conversión de sus súbditos.
En 1006, san Enrique fundó la sede de Bamberga y construyó una gran catedral para fortalecer el poder germánico entre los wendos. Los obispos de Wurzburgo y Eichstätt se opusieron a ello, pues la empresa llevaba consigo el desmembramiento de sus diócesis; pero el Papa Juan XIX dio la razón al emperador, y Benedicto VIII consagró la catedral en el año de 1020. San Enrique construyó y dotó también un monasterio en Bamberga e hizo donaciones a varias diócesis para promover el honor divino y proveer a las necesidades de los pobres. En 1021, fue de nuevo a Italia en una expedición contra los griegos de Apulia. En el camino de vuelta cayó enfermo y fue transportado a Monte Cassino. Según se dice, fue milagrosamente curado por la intercesión de San Benito, pero quedó baldado para siempre.
Enrique sabía atender aun a los detalles de menor importancia, a pesar de los innumerables deberes de un jefe de Estado; por ello, al mismo tiempo que cumplía a la perfección sus obligaciones públicas, no olvidaba que su primer deber consistía en mirar por el bien de su alma. Apoyó con entusiasmo las ideas de reforma eclesiástica del gran monasterio de Cluny, como lo prueba el hecho de que se opuso a su pariente, amigo y antiguo capellán, Aribo, a quien el mismo había nombrado arzobispo de Mainz, cuando condenó en un sínodo a los que apelaban a Roma sin su permiso. Es muy conocida la leyenda de que, deseando san Enrique hacerse monje, prometió obediencia al abad del monasterio de Saint-Vanne, en Verdun, el cual le mandó por precepto de obediencia que siguiese gobernando el Imperio. En realidad, ésta y otras anécdotas semejantes cuadran mal con el carácter y la vida del emperador. San Enrique fue uno de los más grandes gobernantes del Sacro Romano Imperio y se santificó, precisamente, como soldado y jefe de Estado, cumpliendo con deberes muy diferentes a los que cumplen los monjes. Las leyes edificantes son un producto de la invención de los habitantes de Bamberga y las biografías del tipo de la que escribió Adalberto, no reflejan la verdadera personalidad de San Enrique. Lo que sabemos sobre él se refiere más bien a su actuación pública. San Enrique II no tuvo, como san Luis de Francia, un Joinville que describiese su vida íntima. El santo emperador promovió cuanto pudo la reforma eclesiástica, sobre todo por el cuidado con que elegía a los obispos y por el apoyo que prestó a monjes tan destacados como san Odilón de Cluny y Ricardo de Saint-Vanne. Eugenio III canonizó a San Enrique en 1146 y san Pío X le proclamó patrono de los oblatos benedictinos. Se ha difundido la leyenda de que vivió en abstinencia con su mujer, santa Cunegunda, pero no hay pruebas de ello, ni hay ningún testimonio contemporáneo de que el propio Emeperador lo haya comunicado en su lecho de muerte.
San Enrique era el personaje más importante de Europa a principios del siglo XI, de suerte que ocupa un sitio muy destacado en las crónicas de la época, como las de Raúl Glaber y Tietmaro. Además, existen dos biografías latinas que se atribuyen respectivamente al obispo de Utrecht, Adalboldo y Adalberto, diácono de Bamberga. Pueden verse en Acta Sanctorum, julio, vol. III, y en MGH., Scriptores, vol. IV. Desde el punto de vista religioso, la mejor biografía es la de H. Gunter, Kaiser Heinrich der Heilige (1904). Sobre la vida pública del santo pueden verse las obras de Hauck, Kirchengeschichte Deutschlands, vol. III, y Cambridge Medieval History vol. III. Véase también a F. Dvornik, The Making of Central and Eastern Europe (1949), pp. 185.222. Acerca del pretendido voto de castidad de San Enrique, véase nuestro aartículo sobre su esposa Santa Cunegunda (3 de marzo) y la bibliografía que damos en él.
14/07. SAN BUENAVENTURA, OBISPO Y DOCTOR
Vida de los Santos de A. Butler
Francisco Zurbarán, S. Buenaventura en el Concilio de Lyon, 1629. Museo del Louvre
Francisco Zurbarán, S. Buenaventura en el 
Concilio de Lyon, 1629. Museo del Louvre
(1274 P. C.) - Por lo que se refiere a sus primeros años, lo único que sabemos acerca de este ilustre hijo de san Francisco de Asís es que nació en Bagnorea, cerca de Viterbo, en Italia, en 1221, y que sus padres fueron Juan Fidanza y María Ritella. Después de tomar el hábito en la orden seráfica, estudió en la Universidad de París, bajo la dirección del maestro inglés Alejandro de Hales. Buenaventura, a quien la historia debía conocer con el nombre de «Doctor seráfico», enseñó teología y Sagrada Escritura en la Universidad de París, de 1248 a 1257. A su genio penetrante unía un juicio muy equilibrado, que le permitía ir al fondo de las cuestiones y dejar de lado todo lo superfluo para discernir todo lo esencial y poner al descubierto los sofismas de las opiniones erróneas. Nada tiene, pues, de extraño que el santo se haya distinguido en la filosofía y teología escolásticas. Buenaventura ofrecía todos los estudios a la gloria de Dios y a su propia santificación, sin confundir el fin con los medios y sin dejar que degenerara su trabajo en disipación y vana curiosidad. No contento con transformar el estudio en una prolongación de la plegaria, consagraba gran parte de su tiempo a la oración propiamente dicha, convencido de que ésa era la clave de la vida espiritual. Porque, como lo enseña san Pablo, sólo el Espíritu de Dios puede hacernos penetrar sus secretos designios y grabar sus palabras en nuestros corazones. Tan grande era la pureza e inocencia del santo, que su maestro, Alejandro de Hales, afirmaba que «parecía que no había pecado en Adán». El rostro de Buenaventura reflejaba el gozo, fruto de la paz en que su alma vivía. Como el mismo santo escribió, «el gozo espiritual es la mejor señal de que la gracia habita en un alma».
El santo no veía en sí más que faltas e imperfecciones y, por humildad, se abstenía algunas veces de recibir la comunión, por más que su alma ansiaba unirse al objeto de su amor y acercarse a la fuente de la gracia. Pero un milagro de Dios permitió a san Buenaventura superar tales escrúpulos. Las actas de canonización lo narran así: «Desde hacía varios días no se atrevía a acercarse al banquete celestial. Pero, cierta vez en que asistía a la misa y meditaba sobre la Pasión del Señor, nuestro Salvador, para premiar su humildad y su amor, hizo que un ángel tomara de las manos del sacerdote una parte de la hostia consagrada y la depositara en su boca». A partir de entonces, Buenaventura comulgó sin ningún escrúpulo y encontró en la comunión una fuente de gozo y de gracias. San Buenaventura se preparó a recibir el sacerdocio con severos ayunos y largas horas de oración, pues su gran humildad le hacía acercarse con temor y temblor a esa altísima dignidad.
Buenaventura se entregó con entusiasmo a la tarea de cooperar a la salvación de sus prójimos, como lo exigía la gracia del sacerdocio. La energía con que predicaba la palabra de Dios encendía los corazones de sus oyentes; cada una de sus palabras estaba dictada por un ardiente amor. Durante los años que pasó en París, compuso una de sus obras más conocidas, el «Comentario sobre las Sentencias de Pedro Lombardo», que constituye una verdadera suma de teología escolástica. El papa Sixto IV, refiriéndose a esa obra, dijo que «la manera como se expresa sobre la teología, indica que el Espíritu Santo hablaba por su boca». Los violentos ataques de algunos de los profesores de la Universidad de París contra los franciscanos perturbaron la paz de los años que Buenaventura pasó en esa ciudad. Tales ataques se debían, en gran parte, a la envidia que provocaban los éxitos pastorales y académicos de los hijos de san Francisco y a que la santa vida de los frailes resultaba un reproche constante a la mundana existencia de otros profesores. El jefe del partido que se oponía a los franciscanos era Guillermo de Saint Amour, quien atacó violentamente a san Buenaventura en una obra titulada «Los peligros de los últimos tiempos». Éste tuvo que suspender sus clases durante algún tiempo y contestó a los ataques con un tratado sobre la pobreza evangélica, con el título de «Sobre la pobreza de Cristo». El Papa Alejandro IV nombró a una comisión de cardenales para que examinasen el asunto en Anagni, con el resultado de que fue quemado públicamente el Iibro de Guillermo de Saint Amour, fueron devueltas sus cátedras a los hijos de san Francisco y fue ordenado el silencio a sus enemigos. Un año más tarde, en 1257, san Buenaventura y santo Tomás de Aquino recibieron juntos el título de doctores.
San Buenaventura escribió un tratado «Sobre la vida de perfección», destinado a la beata Isabel, hermana de san Luis de Francia y a las Clarisas Pobres del convento de Longchamps. Otras de sus principales obras místicas son el «Soliloquio» y el tratado «Sobre el triple camino». Es conmovedor el amor que respira cada una de las palabras de san Buenaventura. Gerson, el erudito y devoto canciller de la Universidad de París, escribe a propósito de sus obras: «A mi modo de ver, entre todos los doctores católicos, Eustaquio (porque así podemos traducir el nombre de Buenaventura) es el que más ilustra la inteligencia y enciende al mismo tiempo el corazón. En particular, el Breviloquium y el Itinerarium mentis in Deum están compuestos con tanto arte, fuerza y concisión, que ningún otro escrito puede aventajarlos». Y en otro libro, comenta: «Me parece que las obras de Buenaventura son las más aptas para la instrucción de los fieles, por su solidez, ortodoxia y espíritu de devoción. Buenaventura se guarda cuanto puede de los vanos adornos y no trata de cuestiones de lógica o física ajenas a la materia. No existe doctrina más sublime, más divina y más religiosa que la suya». Estas palabras se aplican sobre todo, a los tratados espirituales que reproducen sus meditaciones frecuentes sobre las delicias del cielo y sus esfuerzos por despertar en los cristianos el mismo deseo de la gloria que a él le animaba. Como dice en su escrito, «Dios, todos los espíritus gloriosos y toda la familia del Rey Celestial nos esperan y desean que vayamos a reunirnos con ellos. ¡Es imposible que no se anhele ser admitido en tan dulce compañía! Pero quien en este valle de lágrimas no haya tratado de vivir con el deseo del cielo, elevándose constantemente sobre las cosas visibles, tendrá vergüenza al comparecer a la presencia de la corte celestial». Según el santo, la perfección cristiana, más que en el heroísmo de la vida religiosa, consiste en hacer bien las acciones más ordinarias. He aquí sus propias palabras: «La perfección del cristiano consiste en hacer perfectamente las cosas ordinarias. La fidelidad en las cosas pequeñas es una virtud heroica». En efecto, tal fidelidad constituye una constante crucifixión del amor propio, un sacrificio total de la libertad, del tiempo y de los afectos y, por ello mismo, establece el reino de la gracia en el alma.
En 1257, Buenaventura fue elegido superior general de los Frailes Menores. No había cumplido aún los treinta y seis años y la Orden estaba desgarrada por la división entre los que predicaban una severidad inflexible y los que pedían que se mitigase la regla original; naturalmente, entre esos dos extremos, se situaban todas las otras interpretaciones. Los más rigoristas, a los que se conocía con el nombre de «los espirituales», habían caído en el error y en la desobediencia, con lo cual habían dado armas a los enemigos de la orden en la Universidad de París. El joven superior general escribió una carta a todos los provinciales para exigirles la perfecta observancia de la regla y la reforma de los relajados, pero sin caer en los excesos de los espirituales. El primero de los cinco capítulos generales que presidió san Buenaventura, se reunió en Narbona en 1260. Ahí presentó una serie de declaraciones de las reglas que fueron adoptadas y ejercieron gran influencia sobre la vida de la Orden, pero no lograron aplacar a los rigoristas. A instancias de los miembros del capítulo, san Buenaventura empezó a escribir la vida de san Francisco de Asís. La manera como llevó a cabo esa tarea, muestra que estaba empapado de las virtudes del santo sobre el cual escribía. Santo Tomás de Aquino, que fue a visitar un día a Buenaventura cuando éste se ocupaba de escribir la biografía del «Pobrecito de Asís», le encontró en su celda sumido en la contemplación. En vez de interrumpirle, santo Tomás se retiró, diciendo: «Dejemos a un santo trabajar por otro santo». La vida escrita por san Buenaventura, titulada «La Leyenda Mayor», es una obra de gran importancia acerca de la vida de san Francisco, aunque el autor manifiesta en ella cierta tendencia a forzar la verdad histórica para emplearla como testimonio contra los que pedían la mitigación de la regla. San Buenaventura gobernó la orden de San Francisco durante diecisiete años y se le llama, con razón, el segundo fundador.
En 1265, el papa Clemente IV trató de nombrar a san Buenaventura arzobispo de York, a la muerte de Godofredo de Ludham, pero el santo consiguió disuadir de ello al Pontífice. Sin embargo, al año siguiente, el beato Gregorio X le nombró cardenal obispo de Albano, le ordenó aceptar el cargo por obediencia y le llamó inmediatamente a Roma. Los legados pontificios le esperaban con el capelo y las otras insignias de su dignidad; según se cuenta, fueron a su encuentro hasta cerca de Florencia y le hallaron en el convento franciscano de Mugello, lavando los platos. Como Buenaventura tenía la manos sucias, rogó a los legados que colgasen el capelo en la rama de un árbol y que se paseasen un poco por el huerto hasta que terminase su tarea. Sólo entonces san Buenaventura tomó el capelo y fue a presentar a los legados los honores debidos.
Gregorio X encomendó a san Buenaventura la preparación de los temas que se iban a tratar en el Concilio ecuménico de Lyon, acerca de la unión con los griegos ortodoxos, pues el emperador Miguel Paleólogo había propuesto la unión a Clemente IV. Los más distinguidos teólogos de la Iglesia asistieron a dicho Concilio. Como se sabe, santo Tomás de Aquino murió cuando se dirigía a él. San Buenaventura fue, sin duda, el personaje más notable de la asamblea. Llegó a Lyon con el Papa, varios meses antes de la apertura del Concilio. Entre la segunda y la tercera sesión reunió el capítulo general de su orden y renunció al cargo de superior general. Cuando llegaron los delegados griegos, el santo inició las conversaciones con ellos y la unión con Roma se llevó a cabo. En acción de gracias, el Papa cantó la misa el día de la fiesta de San Pedro y San Pablo. La epístola, el evangelio y el credo, se cantaron en latín y en griego y san Buenaventura predicó en la ceremonia. El Seráfico Doctor murió durante las celebraciones, la noche del 14 al 15 de julio. Ello le ahorró la pena de ver a Constantinopla rechazar la unión por la que tanto había trabajado. Pedro de Tarantaise, el dominico que ciñó más tarde la tiara pontificia con el nombre de Inocencio V, predicó el panegírico de san Buenaventura y dijo en él: «Cuantos conocieron a Buenaventura le respetaron y le amaron. Bastaba simplemente con oírle predicar para sentirse movido a tomarle por consejero, porque era un hombre afable, cortés, humilde, cariñoso, compasivo, prudente, casto y adornado de todas las virtudes».
Se cuenta que, como superior general, fue un día a visitar el convento de Foligno. Cierto frailecillo tenía muchas ganas de hablar con él, pero era demasiado humilde y tímido para atreverse. Pero, en cuanto partió san Buenaventura, el frailecillo cayó en la cuenta de la oportunidad que había perdido y echó a correr tras él y le rogó que le escuchase un instante. El santo accedió inmediatamente y tuvo una larga conversación con él, a la vera del camino. Cuando el frailecillo partió de vuelta al convento, lleno de consuelo, san Buenaventura observó ciertas muestras de impaciencia entre los miembros de su comitiva y les dijo sonriendo: «Hermanos míos, perdonadme, pero tenía que cumplir con mi deber, porque soy a la vez superior y siervo y ese frailecillo es, a la vez, mi hermano y mi amo. La regla nos dice: `Los superiores deben recibir a los hermanos con caridad y bondad y portarse con ellos como si fuesen sus siervos, porque los superiores, son, en verdad, los siervos de todos los hermanos'. Así pues, como superior y siervo, estaba yo obligado a ponerme a la disposición de ese frailecillo, que es mi amo, y a tratar de ayudarle lo mejor posible en sus necesidades». Tal era el espíritu con que el santo gobernaba su orden. Cuando se le había confiado el cargo de superior general, pronunció estas palabras: «Conozco perfectamente mi incapacidad, pero también sé cuán duro es dar coces contra el aguijón. Así pues, a pesar de mi poca inteligencia, de mi falta de experiencia en los negocios y de la repugnancia que siento por el cargo, no quiero seguir opuesto al deseo de mi familia religiosa y a la orden del Sumo Pontífice, porque temo oponerme con ello a la voluntad de Dios. Por consiguiente, tomaré sobre mis débiles hombros esa carga pesada, demasiado pesada para mí. Confío en que el cielo me ayudará y cuento con la ayuda que todos vosotros podéis prestarme». Estas dos citas revelan la sencillez, la humildad y la caridad que caracterizaban a san Buenaventura. Y, aunque no hubiese pertenecido a la orden seráfica, habría merecido el título de «Doctor Seráfico» por las virtudes angélicas que realzaban su saber. Fue canonizado en 1482 y declarado Doctor de la Iglesia en 1588.
No existe ninguna biografía propiamente dicha que date de la época del santo, pero en las crónicas de la Orden Franciscana y en otras fuentes antiguas se encuentran numerosos datos sobre él. En la monumental edición Quaracchi de las obras del Doctor Seráfico se han reunido los datos más importantes, tomados, por ejemplo, de Salimbene, Bernardo de Besse, Angelo Clareno, la Crónica de los XXIV Generales, etc. (vol. X). El texto del proceso de canonización que se llevó a cabo en Lyon en 1479-1480, se halla en Miscellanea Francescana di storia, di lettere, di arti, vols. XVII y XVIII (1916 y 1917); pero dicho documento sólo trata prácticamente de los milagros. La canonización, como se sabe, tuvo lugar en 1482, en tiempos de Sixto IV. Entre las numerosas biografías modernas, la más exacta parece ser la de L. Lemmens en la versión italiana publicada en Milán en 1921. Para esa versión el autor revisó el texto original que había publicado en alemán en 1909, y lo modificó mucho, siguiendo el consejo de los críticos, particularmente de los del Archivum Franciscanum Historicum (vol. III, pp. 344-348). La biografía italiana de D. M. Sparacio (1921) exagera un poco el punto de vista de los franciscanos conventuales y adolece de cierto espíritu polémico. La biografía francesa de Leonardo de Carvalho e Castro (1923), aunque admirablemente presentada, minimiza la actividad de san Buenaventura en París y su oposición a los maestros de la orden de Santo Domingo. En cambio J.P. Jules d'Albi, S. Bonaventure e les luttes doctrinales de 1267-1277 (1923). exagera un tanto la agresividad del gran franciscano en las luchas teológicas. P Glorieux publicó en Archivum Francicanum Historicum (vol. XIX pp. 145.168) un importante estudio de la cronología de la vida de S. Buenaventura; según dicho estudio, la tesis de A. G. Little (ibid., pp. 145-168) de que el Doctor Seráfico estuvo en Oxford en 1259, tiene muy pocas probabilidades de ser verdadera. No podemos dejar de mencionar otras dos biografías francesas: la de E. Clop (1922), y la de E. Gilson (1927). Véase también el excelente juicio sobre el santo en Histoire de la fondation et de l'évolution de l'Ordre des frères Mineurs(1928), pp. 249-333, del P. Cartien. En dicha obra se encontrará una buena bibliografía como también en DTC., Cf. E. Longpré en DHG., vol. IX cc. 741-788, y en Dictionnaire de Spiritualité, vol. I, cc. 1768-1843. ElBreviloquium de San Buenaventura, constituye un conciso resumen de sus teorías.

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