jueves, 29 de junio de 2017

SAN PABLO, APÓSTOL DE LOS GENTILES.
Vida de los Santos de A. Butler
San Pablo -Vidas de los Santos de Butler
(¿67? p.c.) DE ENTRE todos los santos cuyos datos nos proporcionan las Sagradas Escrituras, San Pablo es al que se conoce más íntimamente. No sólo poseemos un registro exterior de sus hechos, proporcionado por su discípulo San Lucas en los Hechos de los Apóstoles, sino que contamos con sus propias revelaciones íntimas de sus cartas que, si bien tenían el propósito de beneficiar a los destinatarios, ponen al desnudo su alma.* Sin transcribir una buena parte del Nuevo Testamento, sería difícil esbozar un retrato fiel del carácter y la personalidad del Apóstol de los Gentiles; pero suponemos que el Nuevo Testamento está en manos de todos nuestros lectores. En el primer volumen de esta serie, bajo la fecha del 25 de enero, se trató la conversión de San Pablo. En esta nota, nos ha parecido conveniente dejar de lado las treinta y dos páginas que dedica Butler a los viajes misioneros de Pablo y sus escritos, para hacer un resumen de lo que dice San Lucas en los últimos quince capítulos de los Hechos.
Después de que Saulo fue derribado en el camino de Damasco, por la voz de Cristo y, de encarnizado perseguidor de los cristianos, se transformó en el más fiel de los siervos del Señor, se curó de la temporal ceguera que le aquejaba y se retiró a "Arabia", donde pasó recluido tres años. De regreso en Damasco, comenzó a predicar el Evangelio con fervor. Pero la furia de los enemigos de su doctrina creció a tal punto que, para salvar la vida, tuvo que escapar escondido en un cesto que se descolgó por la muralla de la ciudad. Se dirigió a Jerusalén, donde, lógicamente, los cristianos y los mismos Apóstoles, a quienes hacía poco perseguía, le miraban con mucha desconfianza, hasta que el generoso apoyo de Bernabé disipó sus temores. Pero no pudo quedarse en Jerusalén, puesto que el resentimiento de los judíos hacia él amenazaba con perderle y, advertido por una visión que tuvo mientras se hallaba en el templo, se refugió, durante algún tiempo en Tarso, su ciudad natal. Hasta ahí fue Bernabé para convencerle de que le acompañase a Antioquía, en Siria, donde los dos predicaron con tanto éxito, que pudieron fundar una numerosa comunidad de creyentes que, en aquella ciudad y por vez primera, se conocieron con el nombre de cristianos.
Al cabo de una estadíAl cabo de una estadía de doce meses, Saulo hizo su segunda visita a Jerusalén, en el año 44, junto con Bernabé, para llevar socorro a los hermanos que sufrían de hambre. Ya para entonces, todas las dudas respecto a la sinceridad de Pablo habían quedado disipadas. Después de regresar a Antioquía y, por inspiración del Espíritu Santo, él y Bernabé recibieron la ordenación sacerdotal y partieron hacia una jornada de misiones, primero a Chipre y después al Asia Menor. En Chipre convirtieron al procónsul Sergio Paulo y pusieron en ridículo al falso mago y profeta Elimas, por quien el romano se había dejado engañar. De ahí pasaron a Perga y atravesaron las montañas del Tauro para arribar a Antioquía de Pisidia; continuaron la marcha para predicar en Iconio y luego en Listra (donde al sanar milagrosamente a un tullido, se los tomó por dioses) : Bernabé era Júpiter y Pablo, Mercurio, porque era el que hablaba). Pero entre los judíos de Listra surgieron los enemigos que provocaron una rebelión contra los predicadores; apedrearon a Pablo (desde su visita a Chipre había cambiado su nombre de Saulo por el de Pablo) y lo dejaron por muerto. Sin embargo, no lo estaba y, con ayuda de Bernabé, escaparon para refugiarse en Derbe; a su debido tiempo, continuaron la marcha hacia el ambiente más tranquilo de Antioquía de Siria. En aquella primera expedición transcurrieron unos dos o tres años, puesto que, al parecer, en el año 49, Pablo fue por tercera vez a Jerusalén y estuvo presente en la asamblea, por la que se decidió definitivamente la actitud de la Iglesia Cristiana hacia los gentiles convertidos. Probablemente fue en el invierno entre los años 48 y 49, cuando ocurrió en Antioquía, el incidente, registrado en el segundo capítulo de la Epístola a los Calatas, de las reconvenciones hechas a San Pedro por su judaismo conservador.
El lapso entre los años 49 y 52 encontró a San Pablo ocupado en la empresa de su segundo gran viaje. Acompañado por Silas, pasó de Derbe a Listra, sin preocuparse por lo que le había ocurrido ahí la primera vez; pero en esta segunda ocasión, fue cordialmente acogido por los fieles agrupados en torno a Timoteo, cuyos familiares moraban en la ciudad; por otra parte, Pablo se mostró más precavido y no dio ocasión a que los judíos se irritasen contra él y aceptó al circunciso Timoteo, cuyo padre era griego, pero por parte de madre, era judío. Junto con Timoteo y Silas, continuó San Pablo su jornada a través de Frigia y Galacia, sin dejar de predicar y de fundar iglesias. Sin embargo, no le fue posible avanzar más por la ruta que seguía hacia el norte, a causa de una visión que tuvo, en la que se le ordenaba devolverse hacia Macedonia. En consecuencia, partió desde la Tróade; al parecer, ya para entonces, el bienamado doctor San Lucas, autor de uno de los Evangelios y de los Hechos de los Apóstoles, formaba parte del grupo de viajeros. En Filipo ocurrió el interesante episodio de la joven adivina que, al paso del grupo, comenzó a vociferar: "¡Esos hombres son los servidores de Dios Altísimo!" A pesar de que aquella proclamación parecía ayudar a la causa de San Pablo, éste se volvió irritado hacia la joven y ordenó que la abandonase su espíritu de adivinación. Con aquello, la muchacha quedó desprovista de los poderes que la habían hecho famosa y, sus amos, que obtenían de ello pingües ganancias, comenzaron a lamentarse estrepitosamente y acabaron por llevar a Pablo y a Silas ante los magistrados. Los dos misioneros fueron apaleados y arrojados en la prisión, pero muy pronto, quedaron en libertad, por un milagro. No hay necesidad de describir las incidencias en cada una de las etapas de este viaje. La comitiva atravesó Macedonia, tocó Beroea, fue a Atenas y de ahí a Corinto. Se relata que, en Atenas, San Pablo pronunció un discurso en el Aerópago y tuvo ocasión de referirse y hacer comentarios, respecto al altar que se había erigido ahí, "al dios desconocido". En Corinto sus prédicas causaron profunda impresión y se dice que permaneció ahí durante un año y seis meses. Parece que, en el año 52, San Pablo partió de Corinto para hacer su cuarta visita a Jerusalén, posiblemente para estar presente en las fiestas de Pentecostés; sin embargo, su estancia fue breve, puesto que, muy pronto, le volvemos a encontrar en Antioquía.
Su tercer viaje abarcó dos años entre el 52 y el 56. Luego de atravesar Galacia, la provincia romana de "Asia", Macedonia y Acaia, retrocedió camino hacia Macedonia donde se embarcó para hacer una quinta visita a Jerusalén. Es posible que, durante este período, pasara tres inviernos en Efeso y fue ahí donde ocurrió el tumultuoso disturbio creado por Demetrio, el platero y tallador, cuando las prédicas de Pablo arruinaron los lucrativos negocios de los mercaderes en la compra y venta de las imágenes de la diosa Diana. Asimismo, se relata la forma indignada con que le recibieron los ancianos en Jerusalén y la conmoción popular que se produjo, cuando el Apóstol hizo una visita al Templo. Ahí fue detenido, maltratado y cargado de cadenas, pero tuvo oportunidad de defenderse brillantemente ante el tribunal. La investigación oficial quedó en suspenso y el reo fue enviado a Cesárea, porque se descubrió la conspiración de cuarenta judíos que habían jurado "no comer ni beber, hasta que Pablo estuviese muerto". Su cautiverio en Cesárea duró dos años, los mismos que gobernaron el distrito los procónsules Félix y Festo, mientras que el proceso judicial aguardaba, en vista de que los gobernadores no podían encontrar prueba alguna de que el reo hubiese cometido un delito merecedor de castigo y, por otra parte, no querían hacer frente a las protestas y violencias populares, si declaraban inocente al reo odiado por los judíos. Entretanto, Pablo "apeló al César"; en otras palabras, exigió, valido en sus derechos de ciudadano romano, que su causa fuese vista por el propio emperador. Por lo tanto, el prisionero, bajo la vigilancia del centurión Julio, fue enviado a Myra y trasportado de ahí a Creta, en un barco alejandrino con un cargamento de trigo. Aquella nave, sorprendida por un huracán, naufragó frente a las costas de Malla. Tras largas demoras, San más fiel de los siervos del Señor, se curó de la temporal ceguera que le aquejaba y se retiró a "Arabia", donde pasó recluido tres años. De regreso en Damasco, comenzó a predicar el Evangelio con fervor. Pero la furia de los enemigos de su doctrina creció a tal punto que, para salvar la vida, tuvo que escapar escondido en un cesto que se descolgó por la muralla de la ciudad. Se dirigió a Jerusalén, donde, lógicamente, los cristianos y los mismos Apóstoles, a quienes hacía poco perseguía, le miraban con mucha desconfianza, hasta que el generoso apoyo de Bernabé disipó sus temores. Pero no pudo quedarse en Jerusalén, puesto que el resentimiento de los judíos hacia él amenazaba con perderle y, advertido por una visión que tuvo mientras se hallaba en el templo, se refugió, durante algún tiempo en Tarso, su ciudad natal. Hasta ahí fue Bernabé para convencerle de que le acompañase a Antioquía, en Siria, donde los dos predicaron con tanto éxito, que pudieron fundar una numerosa comunidad de creyentes que, en aquella ciudad y por vez primera, se conocieron con el nombre de cristianos.
Al cabo de una estadía de doce meses, Saulo hizo su segunda visita a Jerusalén, en el año 44, junto con Bernabé, para llevar socorro a los hermanos que sufrían de hambre. Ya para entonces, todas las dudas respecto a la sinceridad de Pablo habían quedado disipadas. Después de regresar a Antioquía y, por inspiración del Espíritu Santo, él y Bernabé recibieron la ordenación sacerdotal y partieron hacia una jornada de misiones, primero a Chipre y después al Asia Menor. En Chipre convirtieron al procónsul Sergio Paulo y pusieron en ridículo al falso mago y profeta Elimas, por quien el romano se había dejado engañar. De ahí pasaron a Perga y atravesaron las montañas del Tauro para arribar a Antioquía de Pisidia; continuaron la marcha para predicar en Iconio y luego en Listra (donde al sanar milagrosamente a un tullido, se los tomó por dioses) : Bernabé era Júpiter y Pablo, Mercurio, porque era el que hablaba). Pero entre los judíos de Listra surgieron los enemigos que provocaron una rebelión contra los predicadores; apedrearon a Pablo (desde su visita a Chipre había cambiado su nombre de Saulo por el de Pablo) y lo dejaron por muerto. Sin embargo, no lo estaba y, con ayuda de Bernabé, escaparon para refugiarse en Derbe; a su debido tiempo, continuaron la marcha hacia el ambiente más tranquilo de Antioquía de Siria. En aquella primera expedición transcurrieron unos dos o tres años, puesto que, al parecer, en el año 49, Pablo fue por tercera vez a Jerusalén y estuvo presente en la asamblea, por la que se decidió definitivamente la actitud de la Iglesia Cristiana hacia los gentiles convertidos. Probablemente fue en el invierno entre los años 48 y 49, cuando ocurrió en Antioquía, el incidente, registrado en el segundo capítulo de la Epístola a los Calatas, de las reconvenciones hechas a San Pedro por su judaismo conservador.
El lapso entre los años 49 y 52 encontró a San Pablo ocupado en la empresa de su segundo gran viaje. Acompañado por Silas, pasó de Derbe a Listra, sin preocuparse por lo que le había ocurrido ahí la primera vez; pero en esta segunda ocasión, fue cordialmente acogido por los fieles agrupados en torno a Timoteo, cuyos familiares moraban en la ciudad; por otra parte, Pablo se mostró más precavido y no dio ocasión a que los judíos se irritasen contra él y aceptó al circunciso Timoteo, cuyo padre era griego, pero por parte de madre, era judío. Junto con Timoteo y Silas, continuó San Pablo su jornada a través de Frigia y Galacia, sin dejar de predicar y de fundar iglesias. Sin embargo, no le fue posible avanzar más por la ruta que seguía hacia el norte, a causa de una visión que tuvo, en la que se le ordenaba devolverse hacia Macedonia. En consecuencia, partió desde la Tróade; al parecer, ya para entonces, el bienamado doctor San Lucas, autor de uno de los Evangelios y de los Hechos de los Apóstoles, formaba parte del grupo de viajeros. En Filipo ocurrió el interesante episodio de la joven adivina que, al paso del grupo, comenzó a vociferar: "¡Esos hombres son los servidores de Dios Altísimo!" A pesar de que aquella proclamación parecía ayudar a la causa de San Pablo, éste se volvió irritado hacia la joven y ordenó que la abandonase su espíritu de adivinación. Con aquello, la muchacha quedó desprovista de los poderes que la habían hecho famosa y, sus amos, que obtenían de ello pingües ganancias, comenzaron a lamentarse estrepitosamente y acabaron por llevar a Pablo y a Silas ante los magistrados. Los dos misioneros fueron apaleados y arrojados en la prisión, pero muy pronto, quedaron en libertad, por un milagro. No hay necesidad de describir las incidencias en cada una de las etapas de este viaje. La comitiva atravesó Macedonia, tocó Beroea, fue a Atenas y de ahí a Corinto. Se relata que, en Atenas, San Pablo pronunció un discurso en el Aerópago y tuvo ocasión de referirse y hacer comentarios, respecto al altar que se había erigido ahí, "al dios desconocido". En Corinto sus prédicas causaron profunda impresión y se dice que permaneció ahí durante un año y seis meses. Parece que, en el año 52, San Pablo partió de Corinto para hacer su cuarta visita a Jerusalén, posiblemente para estar presente en las fiestas de Pentecostés; sin embargo, su estancia fue breve, puesto que, muy pronto, le volvemos a encontrar en Antioquía.
Su tercer viaje abarcó dos años entre el 52 y el 56. Luego de atravesar Galacia, la provincia romana de "Asia", Macedonia y Acaia, retrocedió camino hacia Macedonia donde se embarcó para hacer una quinta visita a Jerusalén. Es posible que, durante este período, pasara tres inviernos en Efeso y fue ahí donde ocurrió el tumultuoso disturbio creado por Demetrio, el platero y tallador, cuando las prédicas de Pablo arruinaron los lucrativos negocios de los mercaderes en la compra y venta de las imágenes de la diosa Diana. Asimismo, se relata la forma indignada con que le recibieron los ancianos en Jerusalén y la conmoción popular que se produjo, cuando el Apóstol hizo una visita al Templo. Ahí fue detenido, maltratado y cargado de cadenas, pero tuvo oportunidad de defenderse brillantemente ante el tribunal. La investigación oficial quedó en suspenso y el reo fue enviado a Cesárea, porque se descubrió la conspiración de cuarenta judíos que habían jurado "no comer ni beber, hasta que Pablo estuviese muerto". Su cautiverio en Cesárea duró dos años, los mismos que gobernaron el distrito los procónsules Félix y Festo, mientras que el proceso judicial aguardaba, en vista de que los gobernadores no podían encontrar prueba alguna de que el reo hubiese cometido un delito merecedor de castigo y, por otra parte, no querían hacer frente a las protestas y violencias populares, si declaraban inocente al reo odiado por los judíos. Entretanto, Pablo "apeló al César"; en otras palabras, exigió, valido en sus derechos de ciudadano romano, que su causa fuese vista por el propio emperador. Por lo tanto, el prisionero, bajo la vigilancia del centurión Julio, fue enviado a Myra y trasportado de ahí a Creta, en un barco alejandrino con un cargamento de trigo. Aquella nave, sorprendida por un huracán, naufragó frente a las costas de Malla. Tras largas demoras, San Pablo fue embarcado en otra nave que lo condujo al puerto de Puteoli y, de ahí, se trasladó por tierra a Roma. El libro de los Hechos lo abandona en este punto, en espera de su proceso ante Nerón.
Desde entonces, los movimientos y la historia del gran apóstol son muy inciertos. Parece probable que fue procesado en Roma, tras un largo encarcelamiento y, declarado inocente, quedase en libertad. Hay pruebas de que todavía realizó un cuarto viaje. Algunos sostienen que visitó España, pero nosotros podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que fue una vez más a Macedonia, donde es posible que haya pasado el invierno entre el año 65 y el 66, en la ciudad de Nisópolis. Al regresar a Roma, fue de nuevo detenido y encarcelado. No se sabe con certeza si fue condenado junto con San Pedro, pero sí puede asegurarse que, en su calidad de ciudadano romano, la forma de la ejecución tenía que ser distinta. La tradición firmemente arraigada y, al parecer, digna de confianza, dice que le cortaron la cabeza, en un punto de la Vía Ostiense llamado Aquae Salviae (la actual Tre Fontane), cerca del sitio donde hoy se levanta la basílica de San Pablo Extramuros y donde se venera la tumba del Apóstol. Es creencia común que San Pablo fue ejecutado el mismo día y el mismo año que San Pedro, pero no hay pruebas ciertas sobre ello. Poco antes de su martirio, logró hacer llegar a su fiel Timoteo una emotiva carta que contenía estas famosas palabras: "Aún ahora estoy pronto al sacrificio. Sé que el día de mi tránsito está cerca. Mi sangre va a ser derramada como el vino de una copa. ¡Qué importa! He combatido la buena batalla; he consumado mi carrera. Sólo me resta recibir la corona que me dará, en el último día, el Señor, justo juez; y no sólo a mí, sino a todos los que esperan con amor su venida".
También en el caso de San Pablo hay abundante literatura que sería imposible considerar en detalle. Como guía particularmente valiosa sobre los innumerables problemas que surgen de la obra y los escritos del Apóstol, se recomienda, sobre todo, el breve volumen de Fr. F. Prat, Saint Paul. Se publicó en la serie Les Saints. El Saint Paul de Fouard, es también muy conocido y da amplios detalles sobre la historia del personaje. Habrán de servir de gran ayuda, los comentarios sobre las Epístolas, hechos por el obispo anglicano, Lightfoot, así como los libros de su amigo el explorador arqueológico Sir. W. M. Ramsey, sobre todo, su Saint Paul, the Traveller (1908) y The Church in the Román Empire (1893). Necesariamente, todos los comentarios sobre los Hechos de los Apóstoles tratan la historia de San Pablo; ver, por ejemplo, a E. Jacquier, Les Actes des Apotres (1926) y a Camerlynck y Van der Heeren, Commentarius in Actus Apostólorum (1923). Otros libros útiles son: K. Pieper, Paulus, siene Missionarische Personlichkeit (1926); P. Delatre, Les Epitres de S. Paul (1924-1926); Tricot, S. Paul (1928). La indispensable Teología de San Pablo de Fr. Prat. Otras publicaciones recientes traducidas al inglés, son Paul of Tarsus de Mons. J. Holzner (1944) y Sí. Paul, Apostle and Martyr, de Giordani (1946); hay una extensa biografía en italiano, por D. A. Penna, San Paulo (1946); E. B. Alio, S. Paul, Apotre de Jésus-Christ (1946) y el estudio de R. Sencourt, St. Paul: Envoy of Grace (1948). Hay muchos escritos apócrifos en los cuales San Pablo figura, incluso cartas que se le atribuyen. Las Actas de San Pablo fueron editadas por W. Schubart, quien las tomó de un papiro manuscrito de Hamburgo. Las Actas de Pablo y Tecla han sido impresas más de una vez; véase en este libro, el 23 de septiembre, a Santa Tecla, lo mismo que a O. von Gebhardt, en Texte und Untersuchungen, vol. vil, parte II (1902) ; consúltese a L. Vouaux, en Les Actes de Paul el ses Lettres apocryphes (1913). Sobre la tumba del Apóstol en el conjessio de la iglesia de San Pablo Extramuros, ver a Grisar, en Analecta Romana, p. 259 y ss. Tal vez nadie haya escrito sobre San Pablo con mayor intuición que el cardenal Newman, quien era especialmente apto para apreciar el secreto del atractivo del Apóstol.

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