lunes, 30 de noviembre de 2015

Mes de María Inmaculada


ACORDAOS
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se
ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado. Animado por esta confianza,
a Vos acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Oh madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benigna mente. Amén

II
Prosigue la misma materia
1. María, cooperadora en nuestra redención
Dice san Bernardo que, conforme un hombre y una mujer cooperaron a nuestra ruina, así un hombre y una mujer debían cooperar a nuestra reparación, y éstos fueron Jesús y su Madre María. “No hay duda –dice el santo– de que Jesucristo él sólo se basta para redimirnos, pero fue más congruente que a la hora de nuestra reparación estuvieran presentes los dos sexos que lo habían estado cuando la caída”. Por eso san Alberto Magno llama con razón a María colaboradora en la redención. Y ella misma reveló a santa Brígida que como Adán y Eva por la fruta prohibida vendieron al mundo, ella con su Hijo con un solo corazón rescataron al mundo. Bien pudo Dios crear el mundo de la nada dice san Anselmo; pero habiéndose perdido el mundo por la culpa, no ha querido Dios repararlo sin la cooperación de María. “El que pudo hacerlo todo de la nada no quiso repararlo sin
María”.
De tres maneras, dice Suárez, ha cooperado la Madre de Dios a nuestra salvación: primero, habiendo merecido con mérito de congruo la encarnación del Verbo; segundo, habiendo rogado mucho por nosotros, y tercero, habiendo ofrecido de todo corazón la vida de su Hijo por nuestra salvación. Y por eso ha establecido justamente el Señor que habiendo cooperado María con tanto amor al bien de los hombres y con tanta gloria a la salvación de todos, todos obtengan por su medio la salvación.
María es llamada la cooperadora de nuestra justificación porque a ella le ha confiado Dios todas las gracias que se nos dispensan. Por lo que, afirma san Bernardo, todos los hombres, pasados, presentes y por venir, deben ver en María
como el medio de lograr la salvación y la negociadora de la misma durante todos los siglos.
Dice Jesucristo que nadie puede encontrarlo si antes su eterno Padre no lo atrae con su divina gracia. “Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae”. “Así ahora –según Ricardo de San Víctor– dice Jesús de su Madre: Ninguno viene a mí si mi Madre no lo atrae con sus plegarias”. Jesús es el fruto de María como lo dijo Isabel: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre” (Lc 1, 42). Y el que quiere el fruto tiene que ir al árbol. El que quiere a Jesús debe ir a María, y el que encuentra a María también encuentra con toda certeza a Jesús. Santa Isabel, cuando vio que la santísima Virgen llegaba a visitarla a su casa, no sabiendo cómo agradecer tanta humildad, exclamó: “¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a visitarme?” (Lc 1, 43). ¿Cuándo merecí yo que viniera a verme la Madre de mi Dios? Pero ¡cómo! ¿No sabía Isabel que a su casa habían llegado no sólo la santísima Virgen, sino Jesús también? Y entonces, ¿por qué se declara indigna de recibir a la Madre y no más bien de que viniera el Hijo a visitarla? ¡Qué bien comprendía la santa que cuando venía María llevaba también a Jesús! Y por eso le bastó con agradecer a la Madre sin tener que nombrar al Hijo.

2. María, cooperadora en nuestra salvación
“Viene a ser como nave de mercader que trae de lejos el sustento” (Pr 31, 14). María es aquella nave afortunada que nos trajo del cielo a la tierra a Jesucristo, pan vivo, que vino del cielo para darnos la vida eterna, como él mismo lo dice: “Yo soy el pan vivo que he bajado del cielo; el que coma de esta pan vivirá eternamente” (Jn 6, 51-52). Por eso dice Ricardo de San Lorenzo que en el mar del mundo se pierden todos los años los que no se encuentran dentro de esta nave protegidos por María. Y añade: “En cuanto veamos que se encrespan las olas de este mar, debemos gritar a María: ¡Señora! ¡Sálvanos, que perecemos! Siempre que nos veamos en peligro de perdernos por las tentaciones y malas pasiones, debemos recurrir a María, gritando: “Pronto, María, ayúdanos, sálvanos si no quieres vernos perdidos”. Adviértase que este autor no tiene escrúpulo en decir a María: “Sálvanos, que perecemos”, como tiene dificultad en hacerlo el autor tantas veces refutado, que pretende prohibir que digamos a la Virgen que nos salve, pues dice que el salvar es sólo cosa de Dios. Pero si un condenado a muerte puede pedir a un favorito del rey que le salve la vida intercediendo ante el príncipe, ¿por qué no hemos de poder decir a la Madre de Dios que nos salve impetrándonos la gracia de la vida eterna? San Juan Damasceno no tenía dificultad en decir a la Virgen: “Reina inmaculada y pura, sálvame, líbrame de la eterna condenación”. San Buenaventura llamaba así a María: “¡Oh salvación de los que te invocan!” La santa Iglesia aprueba que la llamemos “salud de los enfermos”. ¿Y vamos a tener escrúpulo en pedirle que nos salve, siendo así que, como dice un autor, a nadie sino por ella se le abren las puertas de la salvación? Antes lo había dicho san Germán: “Nadie se salva sino por ti”; y se refería a María.
Pero veamos lo que dicen otros santos de la necesidad que tenemos de la intercesión de la Madre de Dios. Decía el glorioso san Cayetano que podemos buscar la gracia, pero que no la obtendremos sin la intercesión de María. Y lo confirma san Antonino diciendo con bella expresión: “El que pide sin ella, intenta volar sin alas”. El que pide y pretende conseguir las gracias sin la intercesión de María pretende volar sin alas; porque, como el faraón dijo a José: “En tu mano está la tierra de Egipto” (Gn 47, 6); y como a todos los que a él recurrían en demanda de auxilio les decía: “Id a José”, así Dios cuando le pedimos la gracia nos manda a María: “Id a María”. Y es que él ha decretado, dice san Bernardo, no conceder ninguna gracia sino por mano de María. Por lo que dice Ricardo de San Lorenzo: “Nuestra salvación está en manos de María para que nosotros los cristianos le podamos decir mucho mejor que los egipcios decían a José: Nuestra salvación está en su mano”. Lo mismo dice el venerable Idiota: “Nuestra salvación está en su mano”. Y lo mismo, aún con más vigor, Casiano: “Toda la salvación del mundo depende de los innumerables favores de María”. El protegido por María se salva; el que no es protegido se pierde. San Bernardino de Siena le dice: “Señora, ya que eres la dispensadora de todas las gracias y la gracia de la salvación sólo puede venirnos de tu mano, quiere esto decir que de ti depende nuestra salvación”.

3. María nos alcanza la perseverancia
Por esto, razón tuvo en decir Ricardo de San Lorenzo que como una piedra cae al instante si se le quita la tierra que la sostiene, así un alma, quitada la ayuda de María, caerá primero en el pecado y después en el infierno. Añade san Buenaventura que Dios no nos salvará sin la intercesión de María, y que así como un niño no puede vivir si le falta la nodriza, así cada uno, si María deja de protegerlo, no puede salvarse. Por eso exhorta: “Procura que tu alma tenga sed de la devoción a María, consérvala siempre y no la dejes, para que al fin llegues a recibir en el cielo su maternal bendición”. Y dice san Germán: ¿Quién conocería a Dios sino por ti, oh María santísima? ¿Quién se vería libre de peligros? ¿Quién recibiría ninguna gracia si no fuese por ti, Madre de Dios, Virgen y Madre y llena de gracia? Estas son sus hermosas palabras: “No existe nadie, oh santísima, que llegue a tener noticia de Dios sino por ti; nadie que llegue a salvarse sino por ti, Madre de Dios; nadie que se libre de los peligros sino por ti, Virgen y Madre; nadie recibe un don de Dios sino por ti, la llena de gracia”. Si tú no despejas el camino nadie se verá libre de las mordeduras de las pasiones y del pecado.

4. María es camino hacia Jesús
Así como no tenemos acceso al Padre eterno sino por medio de Jesucristo, así dice san Bernardo, no tenemos acceso a Jesucristo sino por medio de María. Y ésta es la hermosa razón por la que, dice san Bernardo, ha determinado el Señor que todos se salven por intercesión de María: para que por medio de María recibamos al Salvador que se nos ha dado por medio de María. Por eso la llama la Madre de la gracia y se nuestra salvación. ¿Qué sería de nosotros –pregunta san Germán–, qué gracia nos quedaría para salvarnos, si nos abandonases, oh María, que eres la vida de los cristianos? Pero replica el autor que refutamos: Si todas las gracias pasan por María, al implorar la intercesión de los santos, ¿tendrán que recurrir ellos a María para obtenernos por su intercesión las gracias? Pero esto, dice, nadie lo cree ni lo ha soñado jamás. En cuanto a creerlo, respondo yo, no veo ningún error ni inconveniente. ¿Qué inconveniente hay en decir que Dios, para honrar a su Madre habiéndola constituido reina de todos los santos y queriendo que todas las gracias se distribuyan a través de sus manos, quiera también que los santos recurran siempre a ella para obtener las gracias a sus devotos? En cuanto a decir que nadie lo ha soñado, yo encuentro que lo han afirmado expresamente san Bernardo, san Anselmo, san Buenaventura y, con ellos, Suárez, y tantos y tantos. “En vano –dice san Bernardo– se rezaría a los santos si ella no ayudara”. Sería inútil buscar en otros santos alguna gracia si María no se interpusiese para obtenerla. En este sentido explica un autor aquel pasaje de David: “Suplicarán mirando a tu rostro todos los ricos de la tierra”. Los ricos de ese gran pueblo de Dios son los santos, quienes cuando quieren impetrar cualquier gracia para algún devoto suyo, todos se encomiendan a María para que se la obtenga. Por eso, dice con razón el P. Suárez: Nosotros rogamos a los santos que sean nuestros intercesores ante María como Señora y Reina que es. Entre los santos no solemos utilizar a alguno como intercesor ante otro, porque todos son del mismo orden. Pero los demás santos sí utilizan la intercesión de María como Reina y Señora.
Esto es precisamente lo que ofreció san Benito a santa Francisca Romana, como se lee en el P. Marchese. Se le apareció el santo y, tomándola bajo su protección, le prometió ser su abogado ante la Madre de Dios. En confirmación de todo esto, añade san Anselmo hablando con la Virgen: “Señora, todo lo que puede obtener la intercesión de todos los santos unidos a ti, también lo puede obtener tu intercesión sin su ayuda. ¿Por qué lo puedes? ¿Por qué eres tan poderosa? Porque nada más que tú eres la Madre de nuestro Salvador, tú la esposa de Dios, tú la Reina del cielo y de la tierra. Si tú no hablas a favor nuestro, ningún santo rogará por nosotros ni nos ayudará. Si tú te callas, ninguno ayudará, ninguno invocará. Pero si tú te mueves a rezar por nosotros, todos se pondrán a rezar y a ayudar”. Todos los santos se empeñarán en suplicar por nosotros y socorrernos. El P. Séñeri, en su libro El devoto de María, aplicando con la santa Iglesia a María las palabras de la
Sabiduría, “yo sola hice todo el giro del cielo” (Ecclo 24, 8), dice que como la primera esfera con su movimiento hace que giren todas las demás, así cuando María se mueve a rezar por un alma hace que todo el paraíso se ponga a rezar con ella.
También dice san Buenaventura que ahora manda, como Reina que es, a todos los ángeles y santos que la acompañen y se unan a ella en todas sus plegarias.

5. María es nuestra común esperanza por voluntad de Dios
Así se comprende por qué la santa Iglesia nos manda invocar y saludar a la Madre de Dios con el nombre de esperanza nuestra: ¡Dios te salve, esperanza nuestra! El rebelde Lucero decía que no podía aguantar que la Iglesia de Roma llamase a María, una criatura, la esperanza nuestra y vida nuestra, porque, decía, sólo Dios, y Jesucristo como nuestro mediador, son la esperanza nuestra; pero en cambio Dios maldice al que pone su confianza en las criaturas, como dice Jeremías: “Maldito el hombre que pone su confianza en otro hombre” (Jr 17, 5). Pero la santa Iglesia nos enseña a invocar en toda ocasión a María y a llamarla nuestra esperanza. ¡Dios te salve, esperanza nuestra! El que pone su confianza en la criatura independientemente de Dios, ciertamente que es maldito de Dios porque él es la fuente y el dispensador de todo bien, y la criatura, sin Dios, nada tiene ni nada puede dar. Pero si el Señor ha dispuesto, como ya hemos demostrado, que todas las gracias pasan por María como por un canal de misericordia, entonces podemos y debemos afirmar que María es nuestra esperanza, pues por medio de ella recibimos las gracias de Dios. Y por esto san Bernardo la llamaba toda la razón de nuestra esperanza. Lo mismo afirmaba san Juan Damasceno cuando hablando con la Virgen le decía: “En ti he colocado mi esperanza completa y de ti dependo, puestos en ti mis ojos”. Señora, en ti he colocado toda mi esperanza y espero con todo interés de ti mi salvación. Santo Tomás dice en el opúsculo octavo que María es toda la esperanza de nuestra salvación, toda esperanza de vida. San Efrén profesa que: “No hay en nosotros otra confianza más que en ti, oh Virgen sincerísima. Protégenos y guárdanos bajo las alas de tu piedad”. Acógenos, viene a decirle, bajo tu protección si quieres vernos salvados, ya que no tenemos otra esperanza de alcanzar la vida eterna sino por tu medio.
Concluyamos diciendo con san Bernardo: “Procuremos venerar con todo el amor de nuestro corazón a esta Madre de Dios, María, ya que esta es la voluntad del Señor, quien ha querido que todos los beneficios los recibamos de su mano”. Por eso nos exhorta el santo para que siempre que queramos alguna gracia tratemos de encomendarnos a María y confiemos conseguirla por su medio: “Busquemos la gracia, pero busquémosla por medio de María”, porque, dice el santo, si tú no mereces la gracia que pides, sí merece obtenerla María, que la cederá a favor tuyo. Y advierte a cada uno el mismo san Bernardo que todo lo que ofrezcamos a Dios con obras o con palabras, procuremos todo confiarlo a María si queremos que el Señor lo acepte.
EJEMPLO
Favor de María a Teófilo Es famosa la historia de Teófilo escrita por Eutiquiano, patriarca de Constantinopla, testigo ocular de los hechos, y que es referida luego por san Pedro Damiano, san Bernardo, san Buenaventura, san Antonino y otros que nombra el P. Crasset.
Teófilo era arcediano de la Iglesia de Adana, en Cilicia. Tan estimado por los fieles que lo querían por su obispo; pero él, por humildad, lo rehusó. Pero habiéndole acusado calumniosamente unos malvados y habiendo sido depuesto de su cargo, concibió tal dolor que, cegado por la pasión, fue en busca de un mago judío a fin de que le evocara a Satanás para que le ayudase en su desgracia. El demonio le exigió que, si quería su ayuda, renegase de Jesús y su Madre María y lo declarase en documento firmado por su mano. Teófilo firmó el abominable documento.
Al día siguiente, el obispo, habiendo reconocido el mal hecho, le pidió perdón y lo rehabilitó en su cargo. Desde ese momento Teófilo, lacerado de remordimientos de conciencia por su enorme pecado, no hacía otra cosa más que llorar. ¿Y qué hizo? Fue a la iglesia y postrado a los pies de la imagen de María, llorando, le dijo: “Oh Madre de Dios, no me quiero desesperar teniéndote a ti que eres tan piadosa y me puedes ayudar...” Y así estuvo durante cuatro días ante la santísima Virgen, llorando y rezando. Y he aquí que al fin, por la noche, se le apareció la madre de misericordia y le dijo: “Teófilo, ¿qué has hecho? Has renunciado a mi amistad y a la de mi Hijo. ¿Y por qué? ¿Por entregarte a mi enemigo y al tuyo?” “Señora –respondió Teófilo–, perdóname y consígueme el perdón de tu Hijo”. Entonces María, viendo su confianza, le dijo: “Tranquilízate, que quiero rogar a mi Hijo por ti”. Animado por esto, Teófilo redobló sus lágrimas, sus plegarias y sus penitencias, no apartándose del lado de la imagen. Y he aquí que de nuevo se le apareció María, y con rostro risueño le dijo: “Teófilo, alégrate, he presentado tus lágrimas y oraciones a Dios y él te ha recibido y perdonado. De hoy en adelante le serás agradecido y fiel”. “Señora –le dijo Teófilo–, esto no basta para consolarme plenamente. El enemigo tiene en su poder aquella impía escritura en que firmé mi renuncia a ti y a tu Hijo; tú puedes hacer que me la restituya... Después de tres días, al despertar Teófilo, encontró sobre su pecho la malhadada escritura.
Al día siguiente, mientras el obispo oficiaba en la Iglesia, en presencia de todo el pueblo, fue Teófilo a postrarse a sus pies y le refirió todo lo sucedido llorando a mares, y le entregó la maldita escritura, que el obispo hizo quemar inmediatamente delante de todos los fieles, que no hacían más que llorar de alegría exaltando la bondad de Dios y la misericordia de María para con aquel gran pecador. Teófilo se volvió a la iglesia de la Virgen, donde después de tres días murió lleno de contento, dando gracias a Jesús y a su santa Madre.

ORACIÓN PARA PEDIR LA PROTECCIÓN DE MARÍA
Reina y madre de misericordia
que otorgas la gracia
a todos los que a ti recurren
con tal generosidad porque eres reina
y con tanto amor
porque eres madre amantísima.
A ti acudo, pobre de méritos y virtudes
y cargado de deudas con la divina justicia.
María, tú tienes
las llaves de la divina misericordia;
no me abandones en mis miserias
y no me dejes postrado en mi pobreza.
Eres tan generosa con todos
y tan acostumbrada a otorgar
mucho más que lo que se te pide...
Sé igual de generosa conmigo.
Protégeme, Señora, que es lo que te pido.
Si tú me proteges, nada temo.
No temo a los demonios porque tú eres
más poderosa que todo el infierno.
No temo por mis pecados
porque me puedes conseguir perdón de todos
con una palabra que digas al Señor.
No temo ni al enojo de Dios
si tengo tu favor,
porque con una súplica tuya se aplaca.
Si tú me amparas
lo espero todo, porque lo puedes todo.
Madre de misericordia, en ayudar a pecadores
pones tu gozo y tu gloria;
y los socorres si no se obstinan.
Yo soy pecador, pero no soy obstinado.
Ya que puedes ayudarme, ayúdame.
Yo me pongo del todo en tus manos.
Dime lo que he de hacer para agradar a Dios,
que quiero hacerlo presto y con tu ayuda.
María, eres mi Madre, mi luz, mi consuelo,
refugio y esperanza mía. Amén, amén.

BENDITA SEA TU PUREZA
Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea, en tan graciosa belleza. A Ti celestial princesa, Virgen Sagrada María, te ofrezco en este día, alma vida y corazón. Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía. Amén.


San Andrés Apóstol

Siglo I 


« Dichoso tú, querido apóstol Andrés, que tuviste
la suerte de ser el primero de los apóstoles en encontrar
a Jesús. Pídele a Él que nosotros le seamos totalmente
fieles en todo, hasta la muerte. »

San Andrés Apóstol San Andrés (cuyo nombre significa "varonil") nació en Betsaida, población de Galilea, situada a orillas del lago Genesaret. Era hijo del pescador Jonás y hermano de Simón Pedro. La familia tenía una casa en Cafarnaum, y en ella se hospedaba Jesús cuando predicaba en esta ciudad.

Andrés tiene el honor de haber sido el primer discípulo que tuvo Jesús, junto con San Juan el evangelista. Los dos eran discípulos de Juan Bautista, y este al ver pasar a Jesús (cuando volvía el desierto después de su ayuno y sus tentaciones) exclamó: "He ahí el cordero de Dios". Andrés se emocionó al oír semejante elogio y se fue detrás de Jesús (junto con Juan Evangelista), Jesús se volvió y les dijo: "¿Qué buscan?". Ellos le dijeron: "Señor: ¿dónde vives?". Jesús les respondió: "Venga y verán". Y se fueron y pasaron con Él aquella tarde. Nuca jamás podría olvidar después Andrés el momento y la hora y el sitio donde estaban cuando Jesús les dijo: "Vengan y verán". Esa llamada cambió su vida para siempre.

Andrés se fue luego donde su hermano Simón y le dijo: "Hemos encontrado al Salvador del mundo" y lo llevó a donde Jesús. Así le consiguió a Cristo un formidable amigo, el gran San Pedro.

Al principio Andrés y Simón no iban con Jesús continuamente sino que acudían a escucharle siempre que podían, y luego regresaban a sus labores de pesca. Pero cuando el Salvador volvió a Galilea, encontró a Andrés y a Simón remendando sus redes y les dijo: "Vengan y me siguen", y ellos dejando a sus familias y a sus negocios y a sus redes, se fueron definitivamente con Jesús. Después de la pesca milagrosa, Cristo les dijo: "De ahora en adelante serán pescadores de almas".

 San Andrés El día del milagro de la multiplicación de los panes, fue Andrés el que llevó a Jesús el muchacho que tenía los cinco panes. Andrés presenció la mayoría de los milagros que hizo Jesús y escuchó, uno por uno, sus maravillosos sermones. Vivió junto a Él por tres años.

En el día de Pentecostés, Andrés recibió junto con la Virgen María y los demás Apóstoles, al Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, y en adelante se dedicó a predicar el evangelio con gran valentía y obrando milagros y prodigios.

Un escrito que data del siglo III, el "Fragmento de Muratori" dice: "Al apóstol San Juan le aconsejaban que escribiera el Cuarto Evangelio. Él dudaba, pero le consultó al apóstol San Andrés, el cual le dijo: ‘Debe escribirlo. Y que los hermanos revisen lo que escriba’".

Una tradición muy antigua cuenta que el apóstol Andrés fue crucificado en Patrás, capital de la provincia de Acaya, en Grecia. Que lo amarraron a una cruz en forma de X y que allí estuvo padeciendo durante tres días, los cuales aprovechó para predicar e instruir en la religión a todos los que se le acercaban. Dicen que cuando vio que le llevaban la cruz para martirizarlo, exclamó: "Yo te venero oh cruz santa que me recuerdas la cruz donde murió mi Divino Maestro. Mucho había deseado imitarlo a Él en este martirio. Dichosa hora en que tú al recibirme en tus brazos, me llevarán junto a mi Maestro en el cielo".

La tradición coloca su martirio en el 30 de noviembre del año 63, bajo el imperio cruel de Nerón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Buscar este blog