viernes, 31 de julio de 2015

Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del S...

FIESTA DE: SAN IGNACIO DE LOYOLA
FUNDADOR DE LA COMPAÑIA DE JESUS Y PATRONO DE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES.

San Ignacio de Loyola 

31 de
Julio

Año 1556
San Ignacio: ruégale a Dios
por todos los que como tí 

deseamos extender el Reino de Cristo,

y hacer amar más a nuestro Divino Salvador.
"Todo para mayor Gloria de Dios"
(San Ignacio)
San Ignacio nació en 1491 en el castillo
de Loyola, en Guipúzcoa, norte de España, cerca de los montes Pirineos que
están en el límite con Francia.
Su padre Bertrán De Loyola y su madre Marina
Sáenz, de familias muy distinguidas, tuvieron once hijos: ocho varones y tres
mujeres. El más joven de todos fue Ignacio.
El nombre que le pusieron en el bautismo
fue Iñigo.
Entró a la carrera militar, pero en 1521, a la edad de 30 años,
siendo ya capitán, fue gravemente herido mientras defendía el Castillo de
Pamplona. Al ser herido su jefe, la guarnición del castillo capituló ante el
ejército francés.
Los vencedores lo enviaron a su Castillo
de Loyola a que fuera tratado de su herida. Le hicieron tres operaciones en la
rodilla, dolorosísimas, y sin anestesia; pero no permitió que lo atasen ni que
nadie lo sostuviera. Durante las operaciones no prorrumpió ni una queja. Los
médicos se admiraban. Para que la pierna operada no le quedara más corta le amarraron
unas pesas al pie y así estuvo por semanas con el pie en alto, soportando
semejante peso. Sin embargo quedó cojo para toda la vida.
A pesar de esto Ignacio tuvo durante toda
su vida un modo muy elegante y fino para tratar a toda clase de personas. Lo
había aprendido en la Corte
en su niñez.
Mientras estaba en convalecencia pidió
que le llevaran novelas de caballería, llenas de narraciones inventadas e
imaginarias. Pero su hermana le dijo que no tenía más libros que "La vida
de Cristo" y el "Año Cristiano", o sea la historia del santo de
cada día.



Y le sucedió un caso muy especial. Antes,
mientras leía novelas y narraciones inventadas, en el momento sentía
satisfacción pero después quedaba con un sentimiento horrible de tristeza y
frustración . En cambio ahora al leer la vida de Cristo y las Vidas de los
santos sentía una alegría inmensa que le duraba por días y días. Esto lo fue
impresionando profundamente.
Y mientras leía las historias de los
grandes santos pensaba: "¿Y por qué no tratar de imitarlos? Si ellos
pudieron llegar a ese grado de espiritualidad, ¿por qué no lo voy a lograr yo?
¿Por qué no tratar de ser como San Francisco, Santo Domingo, etc.? Estos
hombres estaban hechos del mismo barro que yo. ¿Por qué no esforzarme por
llegar al grado que ellos alcanzaron?". Y después se iba a cumplir en él
aquello que decía Jesús: "Dichosos los que tienen un gran deseo de ser
santos, porque su deseo se cumplirá" (Mt. 5,6), y aquella sentencia de los
psicólogos: "Cuidado con lo que deseas, porque lo conseguirás".
Mientras se proponía seriamente
convertirse, una noche se le apareció Nuestra Señora con su Hijo Santísimo. La
visión lo consoló inmensamente. Desde entonces se propuso no dedicarse a servir
a gobernantes de la tierra sino al Rey del cielo.
Apenas terminó su convalecencia se fue
en peregrinación al famoso Santuario de la Virgen de Monserrat. Allí tomó el serio propósito
de dedicarse a hacer penitencia por sus pecados. Cambió sus lujosos vestidos
por los de un pordiosero, se consagró a la Virgen Santísima
e hizo confesión general de toda su vida.
Y se fue a un pueblecito llamado Manresa,
a 15 kilómetros
de Monserrat a orar y hacer penitencia, allí estuvo un año. Cerca de Manresa
había una cueva y en ella se encerraba a dedicarse a la oración y a la
meditación. Allá se le ocurrió la idea de los Ejercicios Espiritales, que tanto
bien iban a hacer a la humanidad.
Después de unos días en los cuales
sentía mucho gozo y consuelo en la oración, empezó a sentir aburrimiento y
cansancio por todo lo que fuera espiritual. A esta crisis de desgano la llaman
los sabios "la noche oscura del alma". Es un estado dificultoso que
cada uno tiene que pasar para que se convenza de que los consuelos que siente
en la oración no se los merece, sino que son un regalo gratuito de Dios.
Luego le llegó otra enfermedad
espiritual muy fastidiosa: los escrúpulos. O sea el imaginarse que todo es
pecado. Esto casi lo lleva a la desesperación.
Pero iba anotando lo que le sucedía y lo
que sentía y estos datos le proporcionaron después mucha habildad para poder
dirigir espiritualmente a otros convertidos y según sus propias experiencias
poderles enseñar el camino de la santidad. Allí orando en Manresa adquirió lo
que se llama "Discreción de espíritus", que consiste en saber
determinar qué es lo que le sucede a cada alma y cuáles son los consejos que
más necesita, y saber distinguir lo bueno de lo malo. A un amigo suyo le decía
después: "En una hora de oración en Manresa aprendí más a dirigir almas,
que todo lo que hubiera podido aprender asistiendo a universidades".
En 1523 se fue en peregrinación a
Jerusalén, pidiendo limosna por el camino. Todavía era muy impulsivo y un día
casi ataca a espada a uno que hablaba mal de la religión. Por eso le
aconsejaron que no se quedara en Tierra Santa donde había muchos enemigos del
catolicismo. Después fue adquiriendo gran bondad y paciencia.
A los 33 años empezó como estudiante de
colegio en Barcelona, España. Sus compañeros de estudio eran mucho más jóvenes
que él y se burlaban mucho. El toleraba todo con admirable paciencia. De todo
lo que estudiaba tomaba pretexto para elevar su alma a Dios y adorarlo.
Después pasó a la Universidad de Alcalá.
Vestía muy pobremente y vivía de limosna. Reunía niños para enseñarles
religión; hacía reuniones de gente sencilla para tratar temas de
espiritualidad, y convertía pecadores hablandoles amablemente de lo importante
que es salvar el alma.
Lo acusaron injustamente ante la
autoridad religiosa y estuvo dos meses en la cárcel. Después lo declararon
inocente, pero había gente que lo perseguía. El consideraba todos estos
sufrimientos como un medio que Dios le proporcionaba para que fuera pagando sus
pecados. Y exclamaba: "No hay en la ciudad tantas cárceles ni tantos
tormentos como los que yo deseo sufrir por amor a Jesucristo".
Se fue a Paris a estudiar en su famosa
Universidad de La
Sorbona. Allá
formó un grupo con seis compañeros que se han
hecho famosos porque con ellos fundó la Compañía de Jesús. Ellos son: Pedro Fabro,
Francisco Javier, Laínez, Salnerón, Simón Rodríguez y Nicolás Bobadilla.
Recibieron doctorado en aquella universidad y daban muy buen ejemplo a todos.
Los siete hicieron votos o juramentos de
ser puros, obedientes y pobres, el día 15 de Agosto de 1534, fiesta de la Asunción de María. Se
comprometieron a estar siempre a las órdenes del Sumo Pontífice para que él los
emplease en lo que mejor le pareciera para la gloria de Dios.
Se fueron a Roma y el Papa Pablo III les
recibió muy bien y les dio permiso de ser ordenados sacerdotes. Ignacio, que se
había cambiado por ese nombre su nombre antiguo de Íñigo, esperó un año desde
el día de su ordenación hasta el día de la celebración de su primera misa, para
prepararse lo mejor posible a celebrarla con todo fervor.
San Ignacio se dedicó en Roma a predicar
Ejercicios Espirituales y a catequizar al pueblo. Sus compañeros se dedicaron a
dictar clases en universidades y colegios y a dar conferencias espirituales a
toda clase de personas.
Se propusieron como principal oficio
enseñar la religión a la gente.
En 1540 el Papa Pablo III aprobó su
comunidad llamada "Compañía de Jesús" o "Jesuitas". El
Superior General de la nueva comunidad fue San Ignacio hasta su muerte.
En Roma pasó todo el resto de su vida.
Era tanto el deseo que tenía de salvar
almas que exclamaba: "Estaría dispuesto a perder todo lo que tengo, y
hasta que se acabara mi comunidad, con tal de salvar el alma de un
pecador".
Fundó casas de su congregación en España
y Portugal. Envió a San Francisco Javier a evangelizar el Asia. De los jesuitas
que envió a Inglaterra, 22 murieron martirizados por los protestantes. Sus dos
grandes amigos Laínez y Salmerón fueron famosos sabios que dirigieron el
Concilio de Trento. A San Pedro Canisio lo envió a Alemania y este santo llegó
a ser el más célebre catequista de aquél país. Recibió como religioso jesuita a
San Francisco de Borja que era rico político, gobernador, en España. San
Ignacio escribió más de 6 mil cartas dando consejos espirituales.
El Colegio que San Ignacio fundó en Roma
llegó a ser modelo en el cual se inspiraron muchísimos colegios más y ahora se
ha convertido en la célebre Universidad Gregoriana.
Los jesuitas fundados por San Ignacio
llegaron a ser los más sabios adversarios de los protestantes y combatieron y
detuvieron en todas partes al protestantismo. Les recomendaba que tuvieran
mansedumbre y gran respeto hacia el adversario pero que se presentaran muy
instruidos para combatirlos. El deseaba que el apóstol católico fuera muy
instruido.
El libro más famoso de San Ignacio se
titula: "Ejercicios Espirituales" y es lo mejor que se ha escrito
acerca de como hacer bien los santos ejercicios. En todo el mundo es leído y
practicado este maravilloso libro. Duró 15 años escribiéndolo.
Su lema era: "Todo para mayor
gloria de Dios". Y a ello dirigía todas sus acciones, palabras y
pensamientos: A que Dios fuera más conocido, más amado y mejor obedecido.
En los 15 años que San Ignacio dirigió a
la Compañía
de Jesús, esta pasó de siete socios a más de mil. A todos y cada uno trataba de
formarlos muy bien espiritualmente.
Como casi cada año se enfermaba y
después volvía a obtener la curación, cuando le vino la última enfermedad nadie
se imaginó que se iba a morir, y murió subitamente el 31 de julio de 1556 a la edad de 65 años.
En 1622 el Papa lo declaró Santo y
después Pío XI lo declaró Patrono de los Ejercicios Espirituales en todo el
mundo. Su comunidad de Jesuitas es la más numerosa en la Iglesia Católica.

ORACIÓN DE SAN IGNACIO DE LOYOLA:
                                                        
Alma de Cristo
Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

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