viernes, 19 de junio de 2015

Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del S...

Cada Día
Acto de Contrición

¡Dulcísimo Corazón de Jesús, que en este
Divino Sacramento estás vivo e inflamado de amor por

nosotros! Aquí nos  tenéis en vuestra

presencia, pidiéndonos perdón de nuestra culpa e implorando vuestra

misericordia. Nos pesa ¡oh buen Jesús! de haberos ofendido, por ser
Vos tan bueno que no merecéis tal ingratitud. Concedednos

luz y gracia para meditar vuestras virtudes y formar según ellas nuestros pobre

corazón. Amén
Día XIX
CARTA ENCÍCLICA
HAURIETIS AQUAS
DE SU

SANTIDAD
PÍO XII
SOBRE
III.
CONTEMPLACIÓN DEL AMOR DEL CORAZÓN DE JESÚS
Un culto providencial
35. Ante tantos males que, hoy más que nunca, trastornan
profundamente a individuos, familias, naciones y orbe entero, ¿dónde,
venerables hermanos, hallaremos un remedio eficaz? ¿Podremos encontrar alguna
devoción que aventaje al culto augustísimo del Corazón de Jesús, que responda
mejor a la índole propia de la fe católica, que satisfaga con más eficacia las
necesidades espirituales actuales de la Iglesia y del género humano? ¿Qué
homenaje religioso más noble, más suave y más saludable que este culto, pues se
dirige todo a la caridad misma de Dios?
 [119] Mt 24, 12. Por
último, ¿qué puede haber más eficaz que la caridad de Cristo —que la devoción
al Sagrado Corazón promueve y fomenta cada día más— para estimular a los
cristianos a que practiquen en su vida la perfecta observancia de la ley
evangélica, sin la cual no es posible instaurar entre los hombres la paz
verdadera, como claramente enseñan aquellas palabras del Espíritu Santo: «Obra
de la justicia será la paz»[120]
Is 32, 17
Por lo cual, siguiendo el ejemplo de nuestro inmediato
antecesor, queremos recordar de nuevo a todos nuestros hijos en Cristo la
exhortación que León XIII, de i. m., al expirar el siglo pasado, dirigía a
todos los cristianos y a cuantos se sentían sinceramente preocupados por su
propia salvación y por la salud de la sociedad civil: «Ved hoy ante vuestros
ojos un segundo lábaro consolador y divino: el Sacratísimo Corazón de Jesús...
que brilla con refulgente esplendor entre las llamas. En El hay que poner toda
nuestra confianza; a El hay que suplicar y de El hay que esperar nuestra
salvación»
 [121] Enc. Annum Sacrum: AL 19 (1900) 79. Enc. Miserentissimus
Redemptor
: AAS 20 (1928) 167
.
Deseamos también vivamente que cuantos se glorían del nombre
de cristianos e, intrépidos, combaten por establecer el Reino de Jesucristo en
el mundo, consideren la devoción al Corazón de Jesús como bandera y manantial
de unidad, de salvación y de paz. No piense ninguno que esta devoción
perjudique en nada a las otras formas de piedad con que el pueblo cristiano,
bajo la dirección de la Iglesia, venera al Divino Redentor. Al contrario, una
ferviente devoción al Corazón de Jesús fomentará y promoverá, sobre todo, el
culto a la santísima Cruz, no menos que el amor al augustísimo Sacramento del
altar. Y, en realidad, podemos afirmar —como lo ponen de relieve las
revelaciones de Jesucristo mismo a santa Gertrudis y a santa Margarita María—
que ninguno comprenderá bien a Jesucristo crucificado, si no penetra en los arcanos
de su Corazón. Ni será fácil entender el amor con que Jesucristo se nos dio a
sí mismo por alimento espiritual, si no es mediante la práctica de una especial
devoción al Corazón Eucarístico de Jesús; la cual —para valernos de las
palabras de nuestro predecesor, de f. m., León XIII— nos recuerda «aquel acto
de amor sumo con que nuestro Redentor, derramando todas las riquezas de su
Corazón, a fin de prolongar su estancia con nosotros hasta la consumación de
los siglos, instituyó el adorable Sacramento de la Eucaristía»[122]
Litt. ap. quibus Archisodalitas a Corde
Eucharistico Iesu ad S. Ioachim de Urbe erigitur
,
17 febr. 1903; AL 22 (1903) 307 s.; cf. enc.
 Mirae caritatis, 22 mayo
1902: AL 22 (1903) 116. Ciertamente, «no es pequeña la parte que en la
Eucaristía tuvo su Corazón, por ser tan grande el amor de su Corazón con que
nos la dio»
 [123] S. Alberto M., De Eucharistia, dist. 6, tr.
1, c. 1:
 Opera Omnia ed. Borgnet, vol. 38, Parisiis 1890, p. 358..
Final
36. Finalmente, con el ardiente deseo de poner una firme
muralla contra las impías maquinaciones de los enemigos de Dios y de la
Iglesia, y también hacer que las familias y las naciones vuelvan a caminar por
la senda del amor a Dios y al prójimo, no dudamos en proponer la devoción al
Sagrado Corazón de Jesús como escuela eficacísima de caridad divina; caridad
divina, en la que se ha de fundar, como en el más sólido fundamento, aquel
Reino de Dios que urge establecer en las almas de los individuos, en la
sociedad familiar y en las naciones, como sabiamente advirtió nuestro mismo
predecesor, de p. m.: «El reino de Jesucristo saca su fuerza y su hermosura de
la caridad divina: su fundamento y su excelencia es amar santa y ordenadamente.
De donde se sigue necesariamente: cumplir íntegramente los propios deberes, no
violar los derechos ajenos, considerar los bienes naturales como inferiores a
los sobrenaturales y anteponer el amor de Dios a todas las cosas»
 [124] Enc. Tametsi: AL 20 (1900) 303.
Y
para que la devoción al Corazón augustísimo de Jesús produzca más copiosos
frutos de bien en la familia cristiana y aun en toda la humanidad, procuren los
fieles unir a ella estrechamente la devoción al Inmaculado Corazón de la Madre
de Dios. Ha sido voluntad de Dios que, en la obra de la Redención humana, la
Santísima Virgen María estuviese inseparablemente unida con Jesucristo; tanto,
que nuestra salvación es fruto de la caridad de Jesucristo y de sus
padecimientos, a los cuales estaban íntimamente unidos el amor y los dolores de
su Madre. Por eso, el pueblo cristiano que por medio de María ha recIbído de
Jesucristo la vida divina, después de haber dado al Sagrado Corazón de Jesús el
debido culto, rinda también al amantísimo Corazón de su Madre celestial
parecidos obsequios de piedad, de amor, de agradecimiento y de reparación. En
armonía con este sapientísimo y suavísimo designio de la divina Providencia,
Nos mismo, con un acto solemne, dedicamos y consagramos la santa Iglesia y el
mundo entero al Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María
 [125] Cf.
AAS 34 (1942) 345 sq
.

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