lunes, 1 de junio de 2015




Cada Día
Acto de Contrición

¡Dulcísimo Corazón de Jesús, que en este Divino Sacramento estás vivo e inflamado de amor por
nosotros! Aquí nos  tenéis en vuestra
presencia, pidiéndonos perdón de nuestra culpa e implorando vuestra
misericordia. Nos pesa ¡oh buen Jesús! de haberos ofendido, por ser Vos 
tan bueno que no merecéis tal ingratitud. Concedednos
luz y gracia para meditar vuestras virtudes y formar según ellas nuestros pobre
corazón. Amén

Día I
  CARTA ENCÍCLICAa
HAURIETIS AQUAS
DE SU
SANTIDAD
PÍO
XII
SOBRE
EL CULTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS


1. «Beberéis aguas con gozo en
las fuentes del Salvador» [1] Is 12,
3. . Estas palabras con las que el profeta Isaías prefiguraba simbólicamente
los múltiples y abundantes bienes que la era mesiánica había de traer consigo,
vienen espontáneas a Nuestra mente, si damos una mirada retrospectiva a los
cien años pasados desde que Nuestro Predecesor, de i. m., Pío IX,
correspondiendo a los deseos del orbe católico, mandó celebrar la fiesta del
Sacratísimo Corazón de Jesús en la Iglesia universal.

Innumerables son, en efecto,
las riquezas celestiales que el culto tributado al Sagrado Corazón infunde en
las almas: las purifica, las llena de consuelos sobrenaturales y las mueve a
alcanzar las virtudes todas. Por ello, recordando las palabras del apóstol
Santiago: «Toda dádiva, buena y todo don perfecto de arriba desciende, del
Padre de las luces» [2] Sant 1,
17. , razón tenemos para considerar en este culto, ya tan universal y cada vez
más fervoroso, el inapreciable don que el Verbo Encarnado, nuestro Salvador
divino y único Mediador de la gracia y de la verdad entre el Padre Celestial y
el género humano, ha concedido a la Iglesia, su mística Esposa, en el curso de
los últimos siglos, en los que ella ha tenido que vencer tantas dificultades y
soportar pruebas tantas. Gracias a don tan inestimable, la Iglesia puede
manifestar más ampliamente su amor a su Divino Fundador y cumplir más fielmente
esta exhortación que, según el evangelista San Juan, profirió el mismo
Jesucristo: «En el último gran día de la fiesta, Jesús, habiéndose puesto en
pie, dijo en alta voz: "El que tiene sed, venga a mí y beba el que cree en
mí". Pues, como dice la Escritura, "de su seno manarán ríos de agua
viva". Y esto lo dijo El del Espíritu que habían de recibir lo que
creyeran en El» [3] Jn 7,
37-39. Los que escuchaban estas palabras de Jesús, con la promesa de que habían
de manar de su seno «ríos de agua viva», fácilmente las relacionaban con los
vaticinios de Isaías, Ezequiel y Zacarías, en los que se profetizaba el reino
del Mesías, y también con la simbólica piedra, de la que, golpeada por Moisés,
milagrosamente hubo de brotar agua [4] Cf. Is 12, 3; Ez 47, 1-12; Zac 13, 1; Ex 17, 1-7; Núm 20, 7-13; 1 Cor 10, 4; Ap 7, 17; 22, 1.
2. La caridad divina tiene su primer origen en el Espíritu Santo, que es el Amor personal del Padre y del Hijo, en el seno de la augusta Trinidad. Con toda razón, pues, el Apóstol de

las Gentes, como haciéndose eco de las palabras de Jesucristo, atribuye a este
Espíritu de Amor la efusión de la caridad en las almas de los creyentes: «La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado» [5] Rom 5,
5. Este tan estrecho vínculo que, según la Sagrada Escritura, existe entre el Espíritu Santo, que es Amor por esencia, y la caridad divina que debe encenderse cada vez más en el alma de los fieles, nos revela a todos en modo admirable, venerables hermanos, la íntima naturaleza del culto que se ha de atribuir al Sacratísimo Corazón de Jesucristo. En efecto; manifiesto es que este culto, si consideramos su naturaleza peculiar, es el acto de religión por excelencia, esto es, una plena y absoluta voluntad de entregarnos y consagrarnos al amor del Divino Redentor, cuya señal y símbolo más viviente es su Corazón traspasado. E igualmente claro es, y en un sentido aún más profundo, que este culto exige ante todo que nuestro amor corresponda al Amor divino. Pues sólo por la caridad se logra que los corazones de los hombres se sometan plena y perfectamente al dominio de
Dios, cuando los afectos de nuestro corazón se ajustan a la divina voluntad de tal suerte que se hacen casi una cosa con ella, como está escrito: «Quien al Señor se adhiere, un espíritu es con El» [6] 1 Cor 6,17.

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