sábado, 9 de mayo de 2015

10 de Mayo
V Domingo después de Pascua
(San Juan capítulo 16, versículos 23 al 30)
Homilía de San Agustín, Obispo.
   Ahora hemos de tratar de estas palabras del Señor: “En verdad en verdad os digo, que cuanto pidiere al Padre en mi nombre, os lo concederá”. Ya hemos dicho en las anteriores explicaciones, al tratar  de las palabras del Señor, respectos de aquellos, que piden algunas cosas al Padre en nombre de Cristo, y no las reciben, que nos pide en nombre del Salvador cuando se pide algo contra la salvación, ya que no hemos de fijarnos tan sólo en el sonido de las letras y sílabas, sino en el significado del sonido. Y esto debemos tenerlo presente especialmente cuando dice: “En mi nombre”.
   Por lo mismo, el que piense de Cristo lo que no debe pensarse del único Hijo de Dios, no pide en su nombre, aunque pronuncie el nombre de Cristo, ya que pide en nombre de aquel de quien piensa cuando pide. Mas aquel que siente de Cristo lo que debe sentir, este tal pide en su nombre, y recibe lo que pide, sino es contra su eterna salud. Pero recibe cuanto pude recibir. Algunas gracias no son rehusadas, más se difieren para ser concedidas en su tiempo oportuno. Así deben entenderse lo que dice: “Os daré”, para designar con estas palabras aquellos beneficios que afectan particularmente a los que piden. Ya que todos los Santo son oídos cuando piden en favor suyo, pero no lo son siempre cuando pidén por los demás, tanto si son amigos como enemigos, u otros cualesquiera, ya que no se dijo de cualquier modo: “Dará”, sino “Os dará”.

    Hasta ahora, dice, nada habéis pedido en mi nombre. Pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo. Esto que llama “gozo completo”, a la verdad no consiste, en un gozo carnal sino espiritual, y cuando sea tan grande que al mismo nada se debe añadir, entonces verdaderamente será completo. Todo cuanto se pida relacionado con la consecución de este gozo, se ha de pedir en nombre de Cristo, y esto así lo pediremos si comprendemos bien la naturaleza de la gracia, si el objeto de nuestras peticiones lo constituye la vida verdaderamente bienaventurada. Pedir cualquier otra cosa es no pedir nada. No que sea nada absolutamente, sino que en comparación de bien tan grande como es la bienaventuranza, que reputa como nada.

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