martes, 17 de marzo de 2015

IV Domingo de Cuaresma

(Evangelio según San Juan capítulo 6 versículos del 1 al 15)

Homilía de San Agustín, Obispo.


Los milagros que realizó Nuestro Señor Jesucristo son en verdad obras divinas, y nos ayudan en gran manera para conocer a Dios por medio de las cosas visibles. El es de tal naturaleza que no puede ser visto con los ojos del cuerpo; por otra parte, los milagros, con los cuales gobierna todo el mundo y dirige todas las criaturas por su misma continuidad no excitan nuestra admiración, y así vemos que apenas nadie fija la atención en las admirables y extraordinarias maravillas de Dios que resplandecen en cualquier grano de semilla. Por esto, en su admirable misericordia, se reservó realizar, en tiempo oportuno, algunas obras fuera del ordinario curso de la naturaleza, a fin de que quedásemos sorprendidos viendo, no cosas mayores, sino desacostumbradas, ya que las de cada día no producían efecto en nuestro ánimo.

Ciertamente es mayor milagro el gobierno de todo el mundo que la alimentación de cinco mil hombres con cinco panes. Y con todo, de aquello nadie se admira. De esto nos admiramos, no porque sea cosa mayor, si no porque es rara. Y a la verdad ¿quien ahora alimenta a todo el mundo, sino aquel que con pocos granos produce los alimentos? Jesucristo obró,  pues,  como Dios. Con el mismo poder  con que multiplica pocos granos produciendo las mieses, hizo que en sus manos se multiplicasen los cinco panes. El poder estaba en las manos de Cristo. Aquellos cinco panes eran como semillas no puestas en la tierra sino multiplicadas por aquél que hizo la tierra.


Presentó, pues, este milagro a nuestros sentidos para elevar nuestros pensamientos, y lo mostró a nuestros ojos para ejercitar nuestra mente. Quiso que admiráramos al Dios invisible a través de sus obras visibles, a fin de que, robustecidos en la fe y purificados por ella, deseásemos ver a  aquel Dios cuya invisible realidad nos manifiesta las cosas visibles. Pero no solamente vemos estas cosas en los milagros de Cristo. Preguntamos a los mismos milagros qué nos predican a Cristo, pues también ellos tienen su lenguaje para quien sabe comprenderlos. En efecto, siendo Cristo el Verbo de Dios, todo lo que hace el Verbo es también una palabra para nosotros.

¿Cuál es nuestra fe? Pidamos a la misma Virgen Santísima, la fe que Ella tuvo mientras vivió en esta tierra, para poder cumplir los mandamientos  de Dios.



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