viernes, 15 de agosto de 2014

EN LA ASUNCIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA: DE
LOS DOS RECIBIMIENTOS, DE CRISTO Y DE MARÍA - Por San Bernardo


1. Subiendo hoy a los cielos la Virgen gloriosa, colmó sin duda los
gozos de los ciudadanos celestiales con copiosos aumentos, pues ella
fué la que, a la voz de su salutación, hizo saltar de gozo a aquel que
aún vivía encerrado en las maternas entrañas. Ahora bien, si el alma
de un -párvulo aún no nacido se derritió en castos afectos luego que
habló María, ¿cuál pensamos sería el gozo de los ejércitos celestiales
cuando merecieron oír su voz, ver su rostro y gozar de su dichosa
presencia? Mas nosotros, carísimos, ¿qué ocasión tenemos de
solemnidad en su asunción, qué causa de alegría, qué materia de
gozo?
Con la presencia de María se ilustraba todo el orbe, de tal suerte que
aun la misma patria celestial brilla más lucidamente iluminada con el
resplandor de esta lámpara virginal. Por eso con razón resuena en las
alturas la acción de gracias y la voz de alabanz a, pero para nosotros
más parece debido el llanto que el aplauso. Porque ¿no es, por
ventura, natural, al parecer, que cuanto de su presencia se alegra
el cielo otro tanto llore su ausencia este nuestro inferior
mundo? Sin embargo, cesen nuestras quejas, porque
tampoco nosotros tenemos aquí ciudad permanente, sino que
buscamos aquella a la cual María purísima llega hoy. Y si
estamos señala. dos por ciudadanos suyos, razón será
que, aun en el destierro, aun sobre la ribera de los ríos de
Babilonia, nos acordemos de ella, tomemos parte en sus gozos
y participemos de su alegría., especialmente de aquella alegría
que con ímpetu tan copioso baña hoy la ciudad de Dios,
para que también percibamos nosotros las gotas que destilan sobre la
tierra. Nos precedió nuestra reina, nos precedió, y tan gloriosamente
fué recibida, que confiadamente siguen a su Señora los siervecillos
clamando: Atráenos en pos de ti y correremos todos al olor de tus
aromas. Subió de la tierra al cielo nuestra Abogada, para que, como
Madre del Juez y Madre de misericordia, trate los negocios de nuestra
salud devota y eficazmente.
2. Un precioso regalo envió al cielo nuestra tierra hoy, para que,
dando y recibiendo, se asocie, en trato feliz de amistades, lo humano a
lo divino, lo terreno a lo celestial, lo ínfimo a lo sumo. Porque allá
ascendió el fruto sublime de la tierra, de donde descienden las preciosísimas dádivas y los
dones perfectos. Subiendo, pues, a lo alto, la Virgen bienaventurada otorgará
copiosos dones a los hombres. ¿Y cómo no dará? Ni le falta poder ni voluntad. Reina de los
cielos es, misericordiosa es; finalmente, Madre es del Unigénito Hijo de Dios.
Nada hay que pueda darnos más excelsa idea de la grandeza de su poder o
de su piedad, a no ser que alguien pudiera llegar a creer que el Hijo de Dios
se niega a honrar a su Madre o pudiera dudar de
que están como impregnadas de la más exquisita caridad las entrañas
de María, en las cuales la misma caridad que procede de Dios
descansó corporalmente nueve meses.
3. Y estas cosas, ciertamente, las he dicho por nosotros, hermanos,
sabiendo que es dificultoso que en pobreza tanta se pueda hallar
aquella caridad perfecta que no busca la propia conveniencia. Mas
con todo eso, sin hablar ahora de los beneficios que conseguimos por
su glorificación, si de veras la amamos nos alegraremos
inmensamente al ver que va a juntarse con su Hijo. Sí, nos
alegraremos y le daremos el parabién, a no ser que, como esté lejos de
nosotros, quisiéramos mostrarnos ingratos con aquella que nos dio al
autor de la gracia. Hoy es recibida la Virgen en la celestial
Jerusalén por Aquel a quien ella recibió al venir a este mundo; pero
¿quién será capaz de expresar con palabras con cuánto honor fue recibida,
con cuánto gozo, con cuánta alegría? Ni en la tierra hubo jamás lugar
tan digno de honor como el templo de su se no virginal, en el que
recibió María al Hijo de Dios, ni en el cielo hay otro solio regio tan
excelso como aquel al que sublimó hoy para María el Hijo de María.
Feliz uno y otro recibimiento, inefables ambos, porque ambos a dos
trascienden toda humana inteligencia. ¿Más a qué fin se recita hoy en
las iglesias de Cristo aquel pasaje del Evangelio en que se significa
cómo la mujer bendita entre todas las mujeres recibió al Salvador?
Creo que a fin de que este recibimiento que hoy celebramos se pueda
conocer de algún modo por aquél, o, más bien, a fin de que, según la
inestimable gloria de aquél, se conozca también que esta gloria es inestimable. Porque ¿quién, aunque pueda hablar con las lenguas de
los hombres y de los ángeles será capaz de explicar de qué modo,
sobreviniendo el Espíritu Santo y haciendo sombra la virtud del
Altísimo, se hizo carne el Verbo de Dios, por quien fueron hechas
todas las cosas ¿Cómo el Señor de, la majestad, que no cabe en el uni.
verso de las criaturas, se, encerró a sí mismo, hecho hombre, dentro
de las entrañas virginales?
4. Pero ¿y quién será suficiente para pensar siquiera cuán gloriosa iría
hoy la reina del mundo y con cuánto afecto de devoción saldría toda
la multitud de los ejércitos celestiales a su encuentro? ¿Con qué
cánticos sería acompañada hasta el trono de la gloria, con qué
semblante tan plácido, con qué rostro tan sereno, con qué alegres
abrazos sería recibida del Hijo y ensalzada sobre toda criatura con
aquel honor que Madre tan grande merecía, con aquella gloria que
era digna de tan gran Hijo? Felices enteramente los besos que
imprimía en sus labios cuando mamaba y cuando le acariciaba la
madre en su regazo virginal. Mas, ¿por ventura, 110 los juzgaremos
más felices los que de la boca del que está sentado a la diestra del
Padre recibió hoy en la salutación dichosa, cuando subía al trono de la
gloria cantando el cántico de la Esposa y diciendo: Béseme con el beso
de su boca? Porque cuanta mayor gracia alcanzó en la tierra sobre
todos los demás, otro tanto más obtiene también en los cielos de gloria
singular. Y si el ojo no vio ni el oído oyó, ni cupo en el corazón del
hombre lo que tiene Dios preparado a los que le aman; lo que preparó
a la que le engendró y (lo que es cierto para todos) a la que amó más
que a todos, ¿quién lo hablará? Dichosa, por tanto, María, y de
muchos modos dichosa, o recibiendo al Salvador o siendo ella recibida
del Salvador. En lo uno y en lo otro es admirable la dignidad de la
Virgen Madre; en lo uno y en lo otro es amable la dignación de la
Majestad. Entró, dice, Jesús en un castillo y una mujer le recibió en su
casa. Pero más bien nos debemos ocupar en las alabanzas, pues se
debe emplear este día en elogios festivos. Y pues nos ofrecen copiosa
materia las palabras de esta lección del Evangelio, mañana también,
concurriendo, nosotros juntamente, será comunicado sin envidia lo
que se nos dé de arriba, para que en la memoria de tan grande Virgen
no sólo se excite la devoción, sino que también sean edificadas
nuestras costumbres para aprovechamiento de la conducta de nuestra
vida, en alabanza y gloria de su Hijo, Señor nuestro, que es sobre
todas las cosas Dios bendito por los siglos. Amén.

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