domingo, 23 de diciembre de 2012

Historia del Pesebre de Navidad


La tradición del “Pesebre” o “Nacimiento” se remonta a los principios del siglo XIII, por iniciativa de San Francisco de Asís.
En los años subsiguientes se fue repitiendo la costumbre, que luego se propagó por toda Italia y de allí a Europa. Posteriormente, con la llegada de los frailes franciscanos a América, en el siglo XV y XVI se continuaría esta tradición, tomando el color de cada pueblo. La celebración se acompañaría luego con cantos religiosos y villancicos inspirados en su simbología.
Primer “Nacimiento viviente”

Dos semanas antes de la Navidad de 1223, San Francisco llamó a Juan Velita, señor del castillo de Greccio, y le dijo: “Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara enseguida lo que te voy a decir. Quiero celebrar la memoria del niño nacido en Belén, y deseo contemplar de algún modo con mis ojos cuánto sufrió en su condición de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue puesto sobre el heno, entre un buey y una mula”.
Todo se celebró como estaba previsto: la noche de Navidad, la gente del castillo se dirigió al lugar donde vivían los frailes, con cantos y con antorchas al medio del bosque. En una gruta prepararon un altar sobre un pesebre, junto al cual habían colocado una mula y un buey. Aquella noche, como escribió Tomás de Celano, se rindió honor a la sencillez, se exaltó la pobreza, se alabó la humildad y Greccio se convirtió en una nueva Belén. Para una celebración tan original Francisco había obtenido el permiso del papa Honorio III. La homilía corrió a su cargo, pues era diácono, y mientras hablaba del niño de Belén, se relamía los labios y su voz era como el balido de una oveja.  Un hombre allí presente vio en visión a un niño que dormía recostado en el pesebre, y Francisco lo despertaba del sueño. La gente volvió contenta a sus casas, llevándose como recuerdo la paja, que luego se demostró, era una buena medicina para curar a los animales.
El amor Divino hacia el género humano es de innominado valor, y es desde el punto de vista de la lógica superior, un amor absoluto.


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