sábado, 21 de abril de 2012

Fidelidad de San José en imitar a Jesús

Es riguroso deber de todos los cristianos, si quieren salvarse, el conformar su vida a la de Jesucristo, e imitar los ejemplos que nos dio durante su vida mortal.
El Hijo de Dios se encarnó a fin de que, haciéndose semejante al hombre, nos fuera más fácil imitarle. En efecto, desde el primero hasta el último instante de su vida, Jesucristo no hizo cosa alguna que no haya tenido por fin instruirnos y darnos ejemplo. Por lo tanto, debemos, persuadirnos de que el Salvador nos repite a cada uno de nosotros lo que dijo a los Apóstoles después de lavarles los pies: Os he dado el ejemplo, a fin de que hagáis aquello que Yo mismo he hecho.
Jesucristo no es tan sólo el guía a quien debemos seguir, sino también el camino por el que debernos andar, si queremos hallar la verdad y llegar a la vida eterna.
Si San José llegó a a una santidad tan eminente, ¿no es acaso porque tuvo la gracia de ver más de cerca y escuchar más frecuentemente al Verbo hecho carne?
Todo, en efecto, invitaba a San José a imitar a Jesucristo, especialmente el ejemplo de María, que estaba siempre atenta a copiar minuciosamente el interior de su Hijo divino, y a procurar la perfección en todo.
El amor de que estaba inflamado San José lo llevaba a hacerse semejante a Jesús.
Cada día comprobamos que el amor natural de los padres los convierte casi en niños con sus hijos pequeños. Ahora bien; ¿quién podrá comprender todo lo que el amor sobrenatural del cual San José estaba lleno, le inspiraba hacia Jesús, a quien consideraba como a Hijo queridísimo?
¡Con qué ternura, con qué efusión de corazón, con qué respetuoso afecto se hacía niño con aquel divino Infante!
Ya sabría José, seguramente, aquello que el Salvador debía decir en el Evangelio: Si no os hacéis como niños, si no os hacéis semejantes a Él, si el amor no os trasforma en Él, no seréis jamás dignos de entrar en el Cielo.
Los que nunca amaron ardientemente y no conocen la naturaleza del amor, no pueden comprender —dice San Agustín— la fuerza que el amor tiene para trasformar al que ama en el objeto amado, y darle las mismas inclinaciones, la misma voluntad y hasta los mismos pensamientos.
Del mismo modo, un alma piadosa no puede tener la certeza de poseer el amor de Jesucristo en su corazón, si no siente, como San José, el deseo ardiente de transformarse en Él, de adquirir su espíritu, de seguir sus máximas, de no estimar sino lo que Él estima, de despreciar todo lo que Él desprecia, de amar todo lo que Él ama, las cruces, las humillaciones; en una palabra, de conformarse enteramente a Él en todo, de dejar de ser lo que se es, para comenzar a ser lo que Él es.
Pero desdichadamente, ¡qué corto es el número de los cristianos que comprenden y gustan estas verdades!… Casi todos, buscándose a sí mismos, no se encuentran más que a sí mismos, y siempre permanecen en sí mismos.
Deseamos que Dios se dé a nosotros, para hacer de Él lo que sea de nuestro agrado, pero no queremos darnos a Él sin reservas para que Él obre en nosotros según su voluntad
San José tenía continuamente los ojos del espíritu sobre Jesucristo, para reproducir en sí mismo lo mejor que le era posible toda su imagen; para conformar los sentimientos, las facultades de su alma y todos sus actos a los sentimientos, a las facultades del alma y a las acciones de su divino modelo, de manera que sus ojos eran puros, sencillos y modestos como los de Jesús; sus oídos estaban cerrados a todas las conversaciones vanas, aduladoras o poco caritativas; su boca, como la de Jesús, no se abría sino para edificar al prójimo, consolar a los afligidos, instruir a los ignorantes; no usaba de sus manos sino para hacer el bien a todos, practicando las obras de justicia y de misericordia; en una palabra, todos sus padecimientos y todos sus actos eran regulados por la modestia y perfectamente sujetos al espíritu, como los de Jesús.
Haced, oh divino Salvador, que yo tenga continuamente, como San José, los ojos del corazón y del alma sobre vuestra divina Persona, a fin de que todas mis acciones sean otros tantos rasgos que contribuyan a formar en mí vuestra imagen.
Nuestro Señor Jesucristo es la regla general y universal de nuestra vida: por lo tanto, cada acción del Salvador— dice San Basilio— debe ser la regla particular de cada una de las nuestras.
Para imitar a San José, debemos considerar atentamente cómo procedía Nuestro Señor en las varias circunstancias de la vida, a fin de conformar en todo nuestra conducta con la suya.
En nuestras relaciones con el prójimo, no debemos jamás perder de vista la modestia que se trasparentaba en toda la persona de Jesucristo, sin quitarle nada de aquella majestad que inspiraba un amor respetuoso a todos los que le veían; ni la gravedad de la conversación, acompañada siempre de una dulzura inefable y siempre regulada por una maravillosa discreción; ni la condescendencia al adaptarse al querer de unos y a soportar las importunidades de los demás; ni su respeto y la sumisión a aquellos que por su condición o dignidad estaban por sobre los demás; ni su particular afección por los pobres; en una palabra, la equidad y sencillez de su conducta, unida a una prudencia del todo divina.
San José estaba especialmente atento a imitar los sentimientos de respeto y humildad, de adoración del Salvador, cuando cumplía con algún deber de religión o se dirigía al Padre celestial.
Procuremos también nosotros, en nuestros ejercicios de piedad, tener continuamente los ojos sobre este divino modelo. Que nunca falten a nuestras oraciones las disposiciones que Jesús tenía cuando por nosotros oró en el huerto de los Olivos: se separa de las criaturas; se postra, adora y sumerge en un profundo anonadamiento; se llena de una perfecta contrición por todos los pecados del mundo; hace penitencia y se arrepiente profundamente, aceptando con resignación la muerte que los hombres han merecido. No obstante el debilitamiento de las fuerzas en que cae, persevera una hora entera en la oración, animado de la más viva confianza, llamando a Dios su Padre, y diciéndole que sabe que todo le es posible; en una palabra, se somete a todo lo que quiera mandarle.
Pero sobre todo debemos, como San José y según el consejo del grande Apóstol, tratar de formar a Jesucristo en nuestros corazones, a fin de que no vivamos más de nuestra propia vida, sino de la vida de Jesucristo, teniendo sus mismos sentimientos, sus mismos pensamientos, sus mismos afectos; amando lo que él ama, evitando con diligencia lo que él aborrece, teniendo en nuestras acciones el mismo principio y el mismo fin que el divino Salvador.
Pero no siempre depende de nosotros imitar los actos exteriores de la vida de Jesucristo. Dios no lo exige sino a un corto número de cristianos. Pero todos son llamados a imitar el espíritu de Jesucristo.
Sin cambiar en nada lo exterior en lo que respecta a las vanas condiciones, de nosotros depende ser humildes en la grandeza, y con San José estar contentos en la condición oscura en que Dios nos ha puesto, sin avergonzarnos por ello y sin desear grandezas. De nosotros depende renunciar con el afecto a los bienes, si es que los poseemos, y a no quejarnos de la pobreza, bendiciendo a Dios, que nos quiere hacer semejantes a Jesús, a María y a José.
Depende enteramente de nosotros mandar con dulzura y con humildad —como lo hizo San José, quien no olvidó jamás que la autoridad la había recibido de Dios—, u obedecer a los hombres con miras nobles y dignas de un cristiano.
Todos recibimos la gracia de conformarnos de esta manera a los sentimientos interiores de Jesús, para pensar y obrar cada uno en nuestro estado como Él mismo había pensado y obrado.
Estas frecuentes miradas sobre Jesús inflamarán nuestro amor, nos harán entrar en una gran familiaridad con Él, nos inspirarán confianza, nos conseguirán la gracia, y nos harán perfectos en todas las virtudes.
Que sea este nuestro empeño, nuestra oración y nuestro gusto: el tener siempre presente en nuestro espíritu el recuerdo de alguno de sus misterios, para excitarnos a imitarle y a amarle.
Cuanto más fieles seamos en imitar sus virtudes, más cerca estaremos de Él en la gloria, porque seremos más semejantes a su celeste y eterna belleza.

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