domingo, 9 de octubre de 2011

Domingo XVII después de Pentecostés

(Evangelio según San Mateo capítulo 12 versículos del 34 al 46)
Homilía de San Juan Crisóstomo.

Confundidos los saduceos, volvieron los fariseos a la carga, y aunque les abría convenido más mantenerse quietos, prefirieron continuar la lucha; y enviaron por delante a un especialista de la interpretación de la Ley, a que preguntara a Jesús, no para instruirse, sino para tentarle, cuál era el primer mandamiento de la Ley. Porque siendo el primer mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios”, pensaban ellos que Jesús, que se hacía Dios, alegaría razones para reformar este mandamiento, añadiéndole algo. ¿Qué hizo, pues el Señor? Queriendo poner de manifiesto que el móvil que les había llevado a tentarle era su falta absoluta de caridad, hija de la envidia que les consumía, díjoles: “Amarás al Señor, Dios tuyo; este es el máximo y primer mandamiento. El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”

¿Y por qué le es semejante? Porque el segundo conduce al primero y de este recibe su fuerza. “Pues quien obra mal, odia la luz, y no se acerca a ella”. Y además: “Dijo el insensato en su corazón: No hay Dios”. Y más aun: “Corrompiéronse, e hiciéronse abominables en sus afanes”. Y también: “ La avaricia es la reina de todos los males, de la cual, arrastrados algunos, se desviaron de la fe”. Y por ultimo: “Quien me ama guardará mis preceptos”, de los cuales es raíz y principio éste: “Amarás al Señor, Dios tuyo, y a tu prójimo como a ti mismo”.

Si, pues, amar a Dios es también amar al prójimo (porque el Salvador dijo: Si me amas Pedro, apacienta mis ovejas”), y si el amor del prójimo hace que observemos los mandamientos, con razón afirma el Señor que este doble amor contiene toda la Ley y los Profetas. Y así como hemos visto antes que, interrogado Jesucristo, a propósito de la resurrección, dio una respuesta más completa de lo que pedían los tentadores, así también, interrogado en la ocasión presente sobre el primer mandamiento, refirióse por su cuenta al segundo, que no dista mucho del primero, pues es semejante al mismo. Respondiendo así, dio a entender disimuladamente que los fariseos obraban al hacer estas preguntas instigados por el odio. “Pues la caridad, se ha dicho, no es envidiosa”.  

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