lunes, 29 de agosto de 2011

28de Agosto 2011 Domingo XI después de Pentecostés

(Evangelio según San Marcos capítulo 7 versículos del 31 al 37)
Homilía de San Gregorio, Papa.
Por qué Dios, creador de todas las cosas, queriendo curar a un sordomudo, metióle los dedos en los oídos, y tocó su lengua con saliva. ¿ Que designan los dedos del Redentor, sino los dedos del Espíritu Santo?. Por esto, en otra ocasión, al lanzar algún demonio, dijo: “Si yo lanzo demonios con el dedo de Dios, es evidente que ha llegado el reino de Dios a vosotros”. Otro Evangelista refiere, con relación a este mismo milagro, que el Salvador dijo: “Mas si yo lanzo los demonios en virtud del Espíritu de Dios, ciertamente el reino de Dios ha llegado a vosotros”. Corrígese de ambos pasajes que el meter el Señor los dedos en los oídos del sordomudo, equivale abrir la inteligencia del mismo mediante los dones del Espíritu Santo, para que escuche dócilmente.
¿Y qué significa el hecho de tocar el Salvador la lengua de aquel mudo con saliva? La saliva que sale de la boca del Redentor es para nosotros la sabiduría que recibimos mediante su divina palabra. En efecto, la saliva desciende de la cabeza a la boca. Así, pues, cuando esta sabiduría, que es el mismo Jesucristo, toca nuestra lengua, al punto se hace apta para el ministerio de la predicación. “Alzando Jesús los ojos al cielo, exhaló un suspiro”. No significa esto que tuviera necesidad de suspirar, aquel que podía dar por sí lo mismo que pedía: hízolo para enseñarnos a acudir con gemidos a aquel que reina en los cielos, a fin de que se abran nuestros oídos por el don del Espíritu Santo, y nuestra lengua se haga expedita para la predicación mediante la saliva de su boca, o sea, la ciencia de la palabra divina.  

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