lunes, 30 de noviembre de 2015

Mes de María Inmaculada


ACORDAOS
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se
ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado. Animado por esta confianza,
a Vos acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Oh madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benigna mente. Amén

II
Prosigue la misma materia
1. María, cooperadora en nuestra redención
Dice san Bernardo que, conforme un hombre y una mujer cooperaron a nuestra ruina, así un hombre y una mujer debían cooperar a nuestra reparación, y éstos fueron Jesús y su Madre María. “No hay duda –dice el santo– de que Jesucristo él sólo se basta para redimirnos, pero fue más congruente que a la hora de nuestra reparación estuvieran presentes los dos sexos que lo habían estado cuando la caída”. Por eso san Alberto Magno llama con razón a María colaboradora en la redención. Y ella misma reveló a santa Brígida que como Adán y Eva por la fruta prohibida vendieron al mundo, ella con su Hijo con un solo corazón rescataron al mundo. Bien pudo Dios crear el mundo de la nada dice san Anselmo; pero habiéndose perdido el mundo por la culpa, no ha querido Dios repararlo sin la cooperación de María. “El que pudo hacerlo todo de la nada no quiso repararlo sin
María”.
De tres maneras, dice Suárez, ha cooperado la Madre de Dios a nuestra salvación: primero, habiendo merecido con mérito de congruo la encarnación del Verbo; segundo, habiendo rogado mucho por nosotros, y tercero, habiendo ofrecido de todo corazón la vida de su Hijo por nuestra salvación. Y por eso ha establecido justamente el Señor que habiendo cooperado María con tanto amor al bien de los hombres y con tanta gloria a la salvación de todos, todos obtengan por su medio la salvación.
María es llamada la cooperadora de nuestra justificación porque a ella le ha confiado Dios todas las gracias que se nos dispensan. Por lo que, afirma san Bernardo, todos los hombres, pasados, presentes y por venir, deben ver en María
como el medio de lograr la salvación y la negociadora de la misma durante todos los siglos.
Dice Jesucristo que nadie puede encontrarlo si antes su eterno Padre no lo atrae con su divina gracia. “Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae”. “Así ahora –según Ricardo de San Víctor– dice Jesús de su Madre: Ninguno viene a mí si mi Madre no lo atrae con sus plegarias”. Jesús es el fruto de María como lo dijo Isabel: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre” (Lc 1, 42). Y el que quiere el fruto tiene que ir al árbol. El que quiere a Jesús debe ir a María, y el que encuentra a María también encuentra con toda certeza a Jesús. Santa Isabel, cuando vio que la santísima Virgen llegaba a visitarla a su casa, no sabiendo cómo agradecer tanta humildad, exclamó: “¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a visitarme?” (Lc 1, 43). ¿Cuándo merecí yo que viniera a verme la Madre de mi Dios? Pero ¡cómo! ¿No sabía Isabel que a su casa habían llegado no sólo la santísima Virgen, sino Jesús también? Y entonces, ¿por qué se declara indigna de recibir a la Madre y no más bien de que viniera el Hijo a visitarla? ¡Qué bien comprendía la santa que cuando venía María llevaba también a Jesús! Y por eso le bastó con agradecer a la Madre sin tener que nombrar al Hijo.

2. María, cooperadora en nuestra salvación
“Viene a ser como nave de mercader que trae de lejos el sustento” (Pr 31, 14). María es aquella nave afortunada que nos trajo del cielo a la tierra a Jesucristo, pan vivo, que vino del cielo para darnos la vida eterna, como él mismo lo dice: “Yo soy el pan vivo que he bajado del cielo; el que coma de esta pan vivirá eternamente” (Jn 6, 51-52). Por eso dice Ricardo de San Lorenzo que en el mar del mundo se pierden todos los años los que no se encuentran dentro de esta nave protegidos por María. Y añade: “En cuanto veamos que se encrespan las olas de este mar, debemos gritar a María: ¡Señora! ¡Sálvanos, que perecemos! Siempre que nos veamos en peligro de perdernos por las tentaciones y malas pasiones, debemos recurrir a María, gritando: “Pronto, María, ayúdanos, sálvanos si no quieres vernos perdidos”. Adviértase que este autor no tiene escrúpulo en decir a María: “Sálvanos, que perecemos”, como tiene dificultad en hacerlo el autor tantas veces refutado, que pretende prohibir que digamos a la Virgen que nos salve, pues dice que el salvar es sólo cosa de Dios. Pero si un condenado a muerte puede pedir a un favorito del rey que le salve la vida intercediendo ante el príncipe, ¿por qué no hemos de poder decir a la Madre de Dios que nos salve impetrándonos la gracia de la vida eterna? San Juan Damasceno no tenía dificultad en decir a la Virgen: “Reina inmaculada y pura, sálvame, líbrame de la eterna condenación”. San Buenaventura llamaba así a María: “¡Oh salvación de los que te invocan!” La santa Iglesia aprueba que la llamemos “salud de los enfermos”. ¿Y vamos a tener escrúpulo en pedirle que nos salve, siendo así que, como dice un autor, a nadie sino por ella se le abren las puertas de la salvación? Antes lo había dicho san Germán: “Nadie se salva sino por ti”; y se refería a María.
Pero veamos lo que dicen otros santos de la necesidad que tenemos de la intercesión de la Madre de Dios. Decía el glorioso san Cayetano que podemos buscar la gracia, pero que no la obtendremos sin la intercesión de María. Y lo confirma san Antonino diciendo con bella expresión: “El que pide sin ella, intenta volar sin alas”. El que pide y pretende conseguir las gracias sin la intercesión de María pretende volar sin alas; porque, como el faraón dijo a José: “En tu mano está la tierra de Egipto” (Gn 47, 6); y como a todos los que a él recurrían en demanda de auxilio les decía: “Id a José”, así Dios cuando le pedimos la gracia nos manda a María: “Id a María”. Y es que él ha decretado, dice san Bernardo, no conceder ninguna gracia sino por mano de María. Por lo que dice Ricardo de San Lorenzo: “Nuestra salvación está en manos de María para que nosotros los cristianos le podamos decir mucho mejor que los egipcios decían a José: Nuestra salvación está en su mano”. Lo mismo dice el venerable Idiota: “Nuestra salvación está en su mano”. Y lo mismo, aún con más vigor, Casiano: “Toda la salvación del mundo depende de los innumerables favores de María”. El protegido por María se salva; el que no es protegido se pierde. San Bernardino de Siena le dice: “Señora, ya que eres la dispensadora de todas las gracias y la gracia de la salvación sólo puede venirnos de tu mano, quiere esto decir que de ti depende nuestra salvación”.

3. María nos alcanza la perseverancia
Por esto, razón tuvo en decir Ricardo de San Lorenzo que como una piedra cae al instante si se le quita la tierra que la sostiene, así un alma, quitada la ayuda de María, caerá primero en el pecado y después en el infierno. Añade san Buenaventura que Dios no nos salvará sin la intercesión de María, y que así como un niño no puede vivir si le falta la nodriza, así cada uno, si María deja de protegerlo, no puede salvarse. Por eso exhorta: “Procura que tu alma tenga sed de la devoción a María, consérvala siempre y no la dejes, para que al fin llegues a recibir en el cielo su maternal bendición”. Y dice san Germán: ¿Quién conocería a Dios sino por ti, oh María santísima? ¿Quién se vería libre de peligros? ¿Quién recibiría ninguna gracia si no fuese por ti, Madre de Dios, Virgen y Madre y llena de gracia? Estas son sus hermosas palabras: “No existe nadie, oh santísima, que llegue a tener noticia de Dios sino por ti; nadie que llegue a salvarse sino por ti, Madre de Dios; nadie que se libre de los peligros sino por ti, Virgen y Madre; nadie recibe un don de Dios sino por ti, la llena de gracia”. Si tú no despejas el camino nadie se verá libre de las mordeduras de las pasiones y del pecado.

4. María es camino hacia Jesús
Así como no tenemos acceso al Padre eterno sino por medio de Jesucristo, así dice san Bernardo, no tenemos acceso a Jesucristo sino por medio de María. Y ésta es la hermosa razón por la que, dice san Bernardo, ha determinado el Señor que todos se salven por intercesión de María: para que por medio de María recibamos al Salvador que se nos ha dado por medio de María. Por eso la llama la Madre de la gracia y se nuestra salvación. ¿Qué sería de nosotros –pregunta san Germán–, qué gracia nos quedaría para salvarnos, si nos abandonases, oh María, que eres la vida de los cristianos? Pero replica el autor que refutamos: Si todas las gracias pasan por María, al implorar la intercesión de los santos, ¿tendrán que recurrir ellos a María para obtenernos por su intercesión las gracias? Pero esto, dice, nadie lo cree ni lo ha soñado jamás. En cuanto a creerlo, respondo yo, no veo ningún error ni inconveniente. ¿Qué inconveniente hay en decir que Dios, para honrar a su Madre habiéndola constituido reina de todos los santos y queriendo que todas las gracias se distribuyan a través de sus manos, quiera también que los santos recurran siempre a ella para obtener las gracias a sus devotos? En cuanto a decir que nadie lo ha soñado, yo encuentro que lo han afirmado expresamente san Bernardo, san Anselmo, san Buenaventura y, con ellos, Suárez, y tantos y tantos. “En vano –dice san Bernardo– se rezaría a los santos si ella no ayudara”. Sería inútil buscar en otros santos alguna gracia si María no se interpusiese para obtenerla. En este sentido explica un autor aquel pasaje de David: “Suplicarán mirando a tu rostro todos los ricos de la tierra”. Los ricos de ese gran pueblo de Dios son los santos, quienes cuando quieren impetrar cualquier gracia para algún devoto suyo, todos se encomiendan a María para que se la obtenga. Por eso, dice con razón el P. Suárez: Nosotros rogamos a los santos que sean nuestros intercesores ante María como Señora y Reina que es. Entre los santos no solemos utilizar a alguno como intercesor ante otro, porque todos son del mismo orden. Pero los demás santos sí utilizan la intercesión de María como Reina y Señora.
Esto es precisamente lo que ofreció san Benito a santa Francisca Romana, como se lee en el P. Marchese. Se le apareció el santo y, tomándola bajo su protección, le prometió ser su abogado ante la Madre de Dios. En confirmación de todo esto, añade san Anselmo hablando con la Virgen: “Señora, todo lo que puede obtener la intercesión de todos los santos unidos a ti, también lo puede obtener tu intercesión sin su ayuda. ¿Por qué lo puedes? ¿Por qué eres tan poderosa? Porque nada más que tú eres la Madre de nuestro Salvador, tú la esposa de Dios, tú la Reina del cielo y de la tierra. Si tú no hablas a favor nuestro, ningún santo rogará por nosotros ni nos ayudará. Si tú te callas, ninguno ayudará, ninguno invocará. Pero si tú te mueves a rezar por nosotros, todos se pondrán a rezar y a ayudar”. Todos los santos se empeñarán en suplicar por nosotros y socorrernos. El P. Séñeri, en su libro El devoto de María, aplicando con la santa Iglesia a María las palabras de la
Sabiduría, “yo sola hice todo el giro del cielo” (Ecclo 24, 8), dice que como la primera esfera con su movimiento hace que giren todas las demás, así cuando María se mueve a rezar por un alma hace que todo el paraíso se ponga a rezar con ella.
También dice san Buenaventura que ahora manda, como Reina que es, a todos los ángeles y santos que la acompañen y se unan a ella en todas sus plegarias.

5. María es nuestra común esperanza por voluntad de Dios
Así se comprende por qué la santa Iglesia nos manda invocar y saludar a la Madre de Dios con el nombre de esperanza nuestra: ¡Dios te salve, esperanza nuestra! El rebelde Lucero decía que no podía aguantar que la Iglesia de Roma llamase a María, una criatura, la esperanza nuestra y vida nuestra, porque, decía, sólo Dios, y Jesucristo como nuestro mediador, son la esperanza nuestra; pero en cambio Dios maldice al que pone su confianza en las criaturas, como dice Jeremías: “Maldito el hombre que pone su confianza en otro hombre” (Jr 17, 5). Pero la santa Iglesia nos enseña a invocar en toda ocasión a María y a llamarla nuestra esperanza. ¡Dios te salve, esperanza nuestra! El que pone su confianza en la criatura independientemente de Dios, ciertamente que es maldito de Dios porque él es la fuente y el dispensador de todo bien, y la criatura, sin Dios, nada tiene ni nada puede dar. Pero si el Señor ha dispuesto, como ya hemos demostrado, que todas las gracias pasan por María como por un canal de misericordia, entonces podemos y debemos afirmar que María es nuestra esperanza, pues por medio de ella recibimos las gracias de Dios. Y por esto san Bernardo la llamaba toda la razón de nuestra esperanza. Lo mismo afirmaba san Juan Damasceno cuando hablando con la Virgen le decía: “En ti he colocado mi esperanza completa y de ti dependo, puestos en ti mis ojos”. Señora, en ti he colocado toda mi esperanza y espero con todo interés de ti mi salvación. Santo Tomás dice en el opúsculo octavo que María es toda la esperanza de nuestra salvación, toda esperanza de vida. San Efrén profesa que: “No hay en nosotros otra confianza más que en ti, oh Virgen sincerísima. Protégenos y guárdanos bajo las alas de tu piedad”. Acógenos, viene a decirle, bajo tu protección si quieres vernos salvados, ya que no tenemos otra esperanza de alcanzar la vida eterna sino por tu medio.
Concluyamos diciendo con san Bernardo: “Procuremos venerar con todo el amor de nuestro corazón a esta Madre de Dios, María, ya que esta es la voluntad del Señor, quien ha querido que todos los beneficios los recibamos de su mano”. Por eso nos exhorta el santo para que siempre que queramos alguna gracia tratemos de encomendarnos a María y confiemos conseguirla por su medio: “Busquemos la gracia, pero busquémosla por medio de María”, porque, dice el santo, si tú no mereces la gracia que pides, sí merece obtenerla María, que la cederá a favor tuyo. Y advierte a cada uno el mismo san Bernardo que todo lo que ofrezcamos a Dios con obras o con palabras, procuremos todo confiarlo a María si queremos que el Señor lo acepte.
EJEMPLO
Favor de María a Teófilo Es famosa la historia de Teófilo escrita por Eutiquiano, patriarca de Constantinopla, testigo ocular de los hechos, y que es referida luego por san Pedro Damiano, san Bernardo, san Buenaventura, san Antonino y otros que nombra el P. Crasset.
Teófilo era arcediano de la Iglesia de Adana, en Cilicia. Tan estimado por los fieles que lo querían por su obispo; pero él, por humildad, lo rehusó. Pero habiéndole acusado calumniosamente unos malvados y habiendo sido depuesto de su cargo, concibió tal dolor que, cegado por la pasión, fue en busca de un mago judío a fin de que le evocara a Satanás para que le ayudase en su desgracia. El demonio le exigió que, si quería su ayuda, renegase de Jesús y su Madre María y lo declarase en documento firmado por su mano. Teófilo firmó el abominable documento.
Al día siguiente, el obispo, habiendo reconocido el mal hecho, le pidió perdón y lo rehabilitó en su cargo. Desde ese momento Teófilo, lacerado de remordimientos de conciencia por su enorme pecado, no hacía otra cosa más que llorar. ¿Y qué hizo? Fue a la iglesia y postrado a los pies de la imagen de María, llorando, le dijo: “Oh Madre de Dios, no me quiero desesperar teniéndote a ti que eres tan piadosa y me puedes ayudar...” Y así estuvo durante cuatro días ante la santísima Virgen, llorando y rezando. Y he aquí que al fin, por la noche, se le apareció la madre de misericordia y le dijo: “Teófilo, ¿qué has hecho? Has renunciado a mi amistad y a la de mi Hijo. ¿Y por qué? ¿Por entregarte a mi enemigo y al tuyo?” “Señora –respondió Teófilo–, perdóname y consígueme el perdón de tu Hijo”. Entonces María, viendo su confianza, le dijo: “Tranquilízate, que quiero rogar a mi Hijo por ti”. Animado por esto, Teófilo redobló sus lágrimas, sus plegarias y sus penitencias, no apartándose del lado de la imagen. Y he aquí que de nuevo se le apareció María, y con rostro risueño le dijo: “Teófilo, alégrate, he presentado tus lágrimas y oraciones a Dios y él te ha recibido y perdonado. De hoy en adelante le serás agradecido y fiel”. “Señora –le dijo Teófilo–, esto no basta para consolarme plenamente. El enemigo tiene en su poder aquella impía escritura en que firmé mi renuncia a ti y a tu Hijo; tú puedes hacer que me la restituya... Después de tres días, al despertar Teófilo, encontró sobre su pecho la malhadada escritura.
Al día siguiente, mientras el obispo oficiaba en la Iglesia, en presencia de todo el pueblo, fue Teófilo a postrarse a sus pies y le refirió todo lo sucedido llorando a mares, y le entregó la maldita escritura, que el obispo hizo quemar inmediatamente delante de todos los fieles, que no hacían más que llorar de alegría exaltando la bondad de Dios y la misericordia de María para con aquel gran pecador. Teófilo se volvió a la iglesia de la Virgen, donde después de tres días murió lleno de contento, dando gracias a Jesús y a su santa Madre.

ORACIÓN PARA PEDIR LA PROTECCIÓN DE MARÍA
Reina y madre de misericordia
que otorgas la gracia
a todos los que a ti recurren
con tal generosidad porque eres reina
y con tanto amor
porque eres madre amantísima.
A ti acudo, pobre de méritos y virtudes
y cargado de deudas con la divina justicia.
María, tú tienes
las llaves de la divina misericordia;
no me abandones en mis miserias
y no me dejes postrado en mi pobreza.
Eres tan generosa con todos
y tan acostumbrada a otorgar
mucho más que lo que se te pide...
Sé igual de generosa conmigo.
Protégeme, Señora, que es lo que te pido.
Si tú me proteges, nada temo.
No temo a los demonios porque tú eres
más poderosa que todo el infierno.
No temo por mis pecados
porque me puedes conseguir perdón de todos
con una palabra que digas al Señor.
No temo ni al enojo de Dios
si tengo tu favor,
porque con una súplica tuya se aplaca.
Si tú me amparas
lo espero todo, porque lo puedes todo.
Madre de misericordia, en ayudar a pecadores
pones tu gozo y tu gloria;
y los socorres si no se obstinan.
Yo soy pecador, pero no soy obstinado.
Ya que puedes ayudarme, ayúdame.
Yo me pongo del todo en tus manos.
Dime lo que he de hacer para agradar a Dios,
que quiero hacerlo presto y con tu ayuda.
María, eres mi Madre, mi luz, mi consuelo,
refugio y esperanza mía. Amén, amén.

BENDITA SEA TU PUREZA
Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea, en tan graciosa belleza. A Ti celestial princesa, Virgen Sagrada María, te ofrezco en este día, alma vida y corazón. Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía. Amén.


San Andrés Apóstol

Siglo I 


« Dichoso tú, querido apóstol Andrés, que tuviste
la suerte de ser el primero de los apóstoles en encontrar
a Jesús. Pídele a Él que nosotros le seamos totalmente
fieles en todo, hasta la muerte. »

San Andrés Apóstol San Andrés (cuyo nombre significa "varonil") nació en Betsaida, población de Galilea, situada a orillas del lago Genesaret. Era hijo del pescador Jonás y hermano de Simón Pedro. La familia tenía una casa en Cafarnaum, y en ella se hospedaba Jesús cuando predicaba en esta ciudad.

Andrés tiene el honor de haber sido el primer discípulo que tuvo Jesús, junto con San Juan el evangelista. Los dos eran discípulos de Juan Bautista, y este al ver pasar a Jesús (cuando volvía el desierto después de su ayuno y sus tentaciones) exclamó: "He ahí el cordero de Dios". Andrés se emocionó al oír semejante elogio y se fue detrás de Jesús (junto con Juan Evangelista), Jesús se volvió y les dijo: "¿Qué buscan?". Ellos le dijeron: "Señor: ¿dónde vives?". Jesús les respondió: "Venga y verán". Y se fueron y pasaron con Él aquella tarde. Nuca jamás podría olvidar después Andrés el momento y la hora y el sitio donde estaban cuando Jesús les dijo: "Vengan y verán". Esa llamada cambió su vida para siempre.

Andrés se fue luego donde su hermano Simón y le dijo: "Hemos encontrado al Salvador del mundo" y lo llevó a donde Jesús. Así le consiguió a Cristo un formidable amigo, el gran San Pedro.

Al principio Andrés y Simón no iban con Jesús continuamente sino que acudían a escucharle siempre que podían, y luego regresaban a sus labores de pesca. Pero cuando el Salvador volvió a Galilea, encontró a Andrés y a Simón remendando sus redes y les dijo: "Vengan y me siguen", y ellos dejando a sus familias y a sus negocios y a sus redes, se fueron definitivamente con Jesús. Después de la pesca milagrosa, Cristo les dijo: "De ahora en adelante serán pescadores de almas".

 San Andrés El día del milagro de la multiplicación de los panes, fue Andrés el que llevó a Jesús el muchacho que tenía los cinco panes. Andrés presenció la mayoría de los milagros que hizo Jesús y escuchó, uno por uno, sus maravillosos sermones. Vivió junto a Él por tres años.

En el día de Pentecostés, Andrés recibió junto con la Virgen María y los demás Apóstoles, al Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, y en adelante se dedicó a predicar el evangelio con gran valentía y obrando milagros y prodigios.

Un escrito que data del siglo III, el "Fragmento de Muratori" dice: "Al apóstol San Juan le aconsejaban que escribiera el Cuarto Evangelio. Él dudaba, pero le consultó al apóstol San Andrés, el cual le dijo: ‘Debe escribirlo. Y que los hermanos revisen lo que escriba’".

Una tradición muy antigua cuenta que el apóstol Andrés fue crucificado en Patrás, capital de la provincia de Acaya, en Grecia. Que lo amarraron a una cruz en forma de X y que allí estuvo padeciendo durante tres días, los cuales aprovechó para predicar e instruir en la religión a todos los que se le acercaban. Dicen que cuando vio que le llevaban la cruz para martirizarlo, exclamó: "Yo te venero oh cruz santa que me recuerdas la cruz donde murió mi Divino Maestro. Mucho había deseado imitarlo a Él en este martirio. Dichosa hora en que tú al recibirme en tus brazos, me llevarán junto a mi Maestro en el cielo".

La tradición coloca su martirio en el 30 de noviembre del año 63, bajo el imperio cruel de Nerón.

viernes, 27 de noviembre de 2015

29 de Noviembre

 Mes de María Inmaculada

ACORDAOS
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se
ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado. Animado por esta confianza,
a Vos acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Oh madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benigna mente. Amén

Capítulo V
MARÍA, NUESTRA MEDIADORA
A ti suspiramos gimiendo y llorando en
este valle de lágrimas
I
Necesidad que tenemos de la intercesión
de María para salvarnos

1. María intercede por nosotros
El invocar y rezar a los santos, y especialmente a la reina de todos  los santos, María santísima, a fin de obtener la gracia de Dios es no sólo lícito, sino útil y santo, y es verdad de fe definida por los Concilios contra los herejes que la condenan como cosa injuriosa para Jesucristo que es nuestro único mediador. Pero si un Jeremías ruega después de su muerte por Jerusalén¡ (2M 15, 14); si los ancianos del Apocalipsis presentan a Dios las oraciones de los santos; si san Pedro promete a sus discípulos acordarse de ellos después de su muerte; si san Esteban ruega por sus perseguidores; si san Pablo ruega por sus compañeros; si, en suma, pueden los santos rogar por nosotros, ¿por qué no vamos a poder nosotros implorar a los santos para que intercedan en nuestro favor? Que Jesucristo sea nuestro único mediador con toda justicia porque con sus méritos nos ha obtenido la reconciliación con Dios, ¿quién lo niega? Mas, por otra parte, es una impiedad negar que Dios se complace en conceder las gracias por la intercesión de los santos y especialmente de María, su Madre santísima, que Jesús tanto desea verla amada y honrada por nosotros. Es sabido que el honor entregado a la madre redunda en honor del hijo. “Gloria de los hijos son sus padres” (Pr 17, 6). Por eso dice san Bernardo: “No hay duda de que todo lo que cede en honra de la madre, al hijo pertenece”. No oscurece la gloria del hijo el que alaba a la madre, porque cuanto más se alaba a la madre, más se honra al hijo. Y san Ildefonso dice que todo el honor que se rinde a la reina madre se tributa al hijo rey. Nadie duda de que por los méritos de Jesucristo se ha concedido a María toda la autoridad para ser la mediadora de nuestra salvación; no es nuestra Señora mediadora por estricta justicia, sino por gracia de Dios, intercediendo, como lo dice san Buenaventura: “María es la fidelísima intercesora de nuestra salvación”. Y san Lorenzo Justiniano: “¿Cómo no va a estar llena de gracia la que es escala del paraíso, puerta del cielo y con toda verdad mediadora entre Dios y los hombres?” Por eso nos advierte muy bien san Anselmo que cuando rezamos a la santísima Virgen para obtener las gracias no es que desconfiemos de la divina misericordia, sino que, ante todo, desconfiamos de nuestra propia indignidad, y nos encomendamos a María para que con su dignidad supla nuestra miseria.

2. María y la devoción a ella nos son imprescindibles
Que recurrir a María sea cosa utilísima y santa no pueden dudarlo sino los que no tienen fe. Pero lo que quiero probar es que la intercesión de María es necesaria para nuestra salvación; necesaria, no absolutamente, sino moralmente, para hablar con propiedad. Y digo yo que esta necesidad brota de la misma voluntad de Dios, que quiere que todas las gracias que nos dispensa pasen por las manos de María, como lo dice san Bernardo y es sentencia común entre teólogos y doctores, como lo dice el autor de El reino de María. Esta sentencia la sostienen Vega, Mendoza Paciuchelli, Séñeri, Poiré, Crasset e innumerables autores. El P. Natal Alejandro, autor por cierto muy mirado en las proposiciones que sostiene, dice ser voluntad de Dios que todas las gracias las debemos esperar por medio de María. “El cual –son sus palabras– quiere que todos los bienes los esperemos de él, pero pidiendo la poderosísima intercesión de la Virgen madre cuando la invocamos como se debe”. Y cita para confirmarlo el célebre dicho de san Bernardo: “Esta es su voluntad, que todo lo obtengamos por María”.
Lo mismo siente el P. Contenson, quien explicando las palabras de Jesús en la cruz a san Juan: “He aquí a tu madre”, añade: “Como si dijera: nadie participará de mi sangre si no es por la intercesión de mi Madre. Las llagas son fuentes de gracias, pero a nadie llegarán sus raudales sino encauzados por María. Juan, discípulo mío, tanto más serás amado por mí cuanto más la ames”.
Esta proposición de que cuantos bienes nos llegan del Señor nos llegan por medio de María no agrada a cierto autor, el cual, por lo demás, aunque habla con no poca piedad y doctrina de la verdadera y falsa devoción, sin embargo, al hablar de la devoción hacia la Madre de Dios se muestra muy tacaño en reconocerle esta gloria, que no han tenido inconveniente en proclamar san Germán, san Juan Damasceno, san Anselmo, san Buenaventura, san Antonino, san Bernardino de Siena, el venerable abad de Celles y tantos otros doctores que no han tenido dificultad en afirmar que, por lo dicho, la intercesión de María no es sólo útil, sino necesaria. Dice el mencionado autor que semejante proposición de que Dios no concede ninguna gracia sino por medio de María es una hipérbole salida de la boca de algunos santos por un fervor exagerado, los
cuales, hablando con propiedad, sólo querían decir que habiendo recibido por María a Jesucristo, por sus méritos recibimos todas las gracias. De otro modo, dice, sería un error creer que Dios no puede conceder las gracias sin la intercesión de María, ya que el Apóstol dice que no tenemos más que un solo Dios y un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo (1Tm 2, 3). Hasta aquí lo que dice ese autor.
Pero, con su permiso, le responderé con la misma doctrina que enseña en su libro: que una es la mediación por estricta justicia y otra la mediación de gracia por vía de intercesión. Es muy distinto decir que Dios no pueda, a decir que Dios noquiera conceder las gracias sin la intercesión de María. Con mucho gusto confieso que Dios es el manantial de todo bien y Señor absoluto de todas
las gracias, y que María es una criatura que todo lo que tiene lo ha recibido por gracia de Dios. Pero ¿quién puede negar que es sumamente razonable y conveniente afirmar que Dios, para exaltar a esta maravillosa criatura que lo ha honrado y amado más que todas las demás juntas, y que el Señor, habiendo elegido a María por Madre de su Hijo y 
redentor de todos, quiere que todas las gracias que se han de conceder a los redimidos pasen y se distribuyan por las manos de María? Confieso que Jesucristo es el único mediador de justicia con todo derecho, que con sus méritos nos mereció la gracia y la salvación; pero afirmo que María es mediadora por gracia y que si todo lo que obtiene es por los méritos de Jesucristo, porque lo pide en nombre de él, es que las gracias que obtenemos todas las conseguimos por su intercesión. Nada hay en esto que sea opuesto a los dogmas sagrados, sino que, por el contrario, todo ello es conforme al sentir de la Iglesiaque en las oraciones que ella aprueba nos enseña a recurrir constantemente a esta Madre de Dios y a llamarla: Salud de los enfermos, refugio de pecadores, auxilio de los cristianos, vida y esperanza nuestra. La misma santa Iglesia en el Oficio de las festividades de María, aplicándole palabras del libro de la sagrada Escritura, nos da a entender que por ella nos colma Dios de esperanza: “En mí está toda esperanza de vida y de virtud” (Ecclo 24, 25). Por María encontraremos la vida y la salvación eterna: “El que me encuentre, encontrará la vida y alcanzará del Señor la salvación” (Pr 8, 35). Y en otro lugar: “Los que se guían por mí, no pecarán; los que me esclarecen, tendrán la vida eterna” (Ecclo 24, 30-31); cosas todas que expresan la necesidad que tenemos de la intercesión de María.

3. María en el sentir de los doctores
Este es el sentir en que se afirman tantos santos padres y teólogos, de los cuales no es justo decir, como lo hace el autor nombrado, que para exaltar a María, ha usado de hipérbole, o sea, exageraciones excesivas. Exagerar y proferir hipérboles es exceder los límites de la verdad, lo cual no se puede decir de los santos, que, por serlo, han hablado guiados por el Espíritu de Dios que es el Espíritu de la Verdad. Y séame permitido hacer una breve digresión para expresar mi propio sentir: cuando una sentencia es de alguna manera honrosa para la Virgen santísima, tiene algún fundamento y no es contraria ni a la fe ni a los decretos de la Iglesia ni a la verdad, no mantenerla o contradecirla porque la sentencia contraria también puede ser verdadera, denota poca devoción a la Madre de Dios. No quiero yo pertenecer al número de estos devotos tibios, ni querría que de ellos fueran mis lectores. Seamos más bien del número de los que creen plenamente y con toda firmeza todo lo que redunda en gloria de María, porque como dice el abad Ruperto, entre los obsequios más grandes que podemos hacer a esta Madre está el de creer firmemente sus grandezas.
Y aunque no hubiera habido otra razón, basta para quitar el temor de excederse en las alabanzas de María lo que dice san Agustín, que por mucho que alabemos a María todo será poco para lo que ella se merece debido a su dignidad de Madre de Dios. Añádase la autoridad de la santa Iglesia que nos hace rezar en la misa de la Virgen: “Feliz eres, sagrada Virgen María, y dignísima de toda alabanza”. Pero volvamos a nuestro propósito y veamos lo que dicen los santos de nuestra sentencia. San Bernardo afirma que Dios ha colmado a María con todas las gracias para que los hombres, por medio de María, como por un canal reciban todos los bienes. Y el santo hace la reflexión de que en el mundo, antes de que naciera la santísima Virgen, no había para todos los hombres esta corriente de gracia porque no existía este anhelado acueducto. Pero que para esto ha sido dada María al mundo, para que por este canal llegasen de continuo las gracias a nosotros. Como Olofernes, para rendir la ciudad de Betulia, ordenó cortar el acueducto, así el demonio procura como puede hacer que el alma pierda la devoción a la Madre de Dios, porque una vez cegado este canal de la gracia, más fácilmente la conquistará. “Considera –dice san Bernardo– con qué afecto y devoción quiere el Señor que recurramos siempre a esta nuestra reina María con plena confianza en su protección, porque en ella ha colocado la plenitud de todo bien a fin de que en ella y por ella tengamos plena confianza y reconozcamos que todos los bienes de Dios nos vienen por mano de María. Lo mismo dice san Antonino: “Por ella viene del cielo cuanto de gracia llega al mundo”. Todas las misericordias que se dispensa a los hombres, todas vienen por mano de María.

4. María es como la luna y la puerta del cielo
Por eso es llamada luna; porque, como dice san Buenaventura, como la luna está intermedia entre la tierra y los cuerpos celestes, y lo que de ellos recibe lo difunde a la tierra, así la Virgen es reina colocada entre Dios y nosotros, y ella nos difunde la gracia”. Como la luna está entre la tierra y el sol, y todo lo que de él recibe ella lo refleja en la tierra, así María recibe los influjos celestiales de la gracia del sol divino para transmitirlos a los que vivimos en la tierra. Por eso también es llamada por la Iglesia puerta del cielo: “¡Feliz puerta del cielo!”, porque, como reflexiona el mismo san Bernardo, así como todo rescripto de gracia mandado por el rey pasa por la puerta de su palacio, así ninguna gracia llega del cielo a la tierra si no pasa por las manos de María”. Dice además san Buenaventura que María se llama puerta del cielo porque ninguno puede entrar en el cielo si no pasa por María que es como la puerta.
En igual sentido se afirma san Jerónimo o, como dicen otros, un antiguo escritor, autor del sermón sobre la Asunción, y que anda entre las obras de san Jerónimo. Dice que en Jesucristo está la plenitud de la gracia como en la cabeza desde la cual luego se difunde hacia los miembros, que somos nosotros, todas las sustancias vitales, es decir, las ayudas divinas PATRA conseguir la eterna salvación. Y en María está la misma plenitud como en el cuello por el que esas sustancias vitales pasan a los miembros. “En Cristo está la plenitud de la gracia como en la cabeza que influye; en María, como en el cuello que trasfunde”. Lo mismo viene confirmado por san Bernardino de Siena, quien más claramente explicó este pensamiento diciendo que por medio de María se transmiten a los fieles, que son el cuerpo místico de Jesucristo, todas las gracias de la vida espiritual que descienden a ella de Cristo nuestra cabeza.

5. María, tesorera de las gracias, nos dio a Jesús
San Buenaventura asigna la razón de esto al decir: “Desde que estuvo en el seno de la Virgen toda la naturaleza divina, me atrevo a decir que esta Virgen adquirió como cierta jurisdicción en la efusión de todas las gracias, habiendo emanado de su seno, como de un océano de la divinidad, los ríos de todas las gracias”. Lo mismo, con palabras más claras, viene a decir san Bernardino de Siena: “Desde el momento en que la Virgen Madre concibió en su seno al Verbo de Dios, adquirió, por así decirlo, cierta jurisdicción sobre todos los dones del Espíritu Santo, de manera que ninguna criatura ha obtenido ni obtendrá ninguna gracia de Dios, sino conforme a la piadosa distribución que haga tal Madre”. Ricardo de San Víctor dice de modo semejante que cuando Dios quiere favorecer a alguna de sus  criaturas, quiere que todo pase por las manos de María. Por lo cual elvenerable abad de Celles exhorta a cada uno a recurrir a esta tesorera de todas las gracias como él la llama, porque sólo por su medio el mundo y los hombres han de recibir todo el bien que pueden esperar. Por lo que se ve claramente que esos santos y escritores, al decir que todas las gracias nos viene por medio de María, no han tenido intención de decir solamente que esto sucede porque de María hemos recibido a Jesucristo, como dice el autor antes nombrado, sino que también aseguran que Dios, después de habernos dado a Jesucristo, quiere que de ahí en adelante se dispensen, se han dispensado y se dispensarán a los hombres hasta el fin de los tiempos; todas absolutamente se dispensarán por las manos y por la intercesión de Mará. Así que, concluye Suárez, es el sentir universal de la Iglesia que la intercesión de María sea no solamente útil para nosotros, sino del todo necesaria. Necesaria, no de necesidad absoluta, porque sólo la mediación de Jesucristo es absolutamente necesaria, pero sí por necesidad moral, porque siente la Iglesia, como dice san Bernardo, que Dios ha determinado que toda gracia se nos otorgue por manos deMaría: “No quiso Dios que tengamos nada que no pase por las manos de María”. Y antes que san Bernardo ya lo afirmó san Ildefonso diciéndole a la Virgen: “Oh María, el Señor ha decretado encomendar a tus manos todos los bienes que ha dispuesto otorgar a los hombres, y por eso a ti te ha confiado todos los tesoros y riquezas de la gracia”. Por lo mismo san Pedro Damiano dice que Dios no quiso hacerse hombre sin el consentimiento de María; lo primero, para que todos le quedáramos sumamente agradecidos; lo segundo, para que comprendamos que el querer de esta Virgen se ha confiado la salvación de todos.
San Buenaventura, considerando las palabras de Isaías: “Saldrá un renuevo del tronco de Jesús y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu del Señor” (Is 11, 1-2). Dice estas hermosas palabras: “El que desea conseguir la gracia del Espíritu Santo, busque la flor en la vara. Por la vara, a la flor, y por la flor llegue a Dios”. El que desea adquirir la gracia del Espíritu Santo, que busque la flor en la vara, es decir, a Jesús en María, ya que por la vara llegamos a la flor y por la flor encontramos a Dios. Y añade más adelante: “Si quieres conseguir esa flor, inclina con las plegarias la rama que sostiene la flor”. Inclina a tu favor con la oración el tallo en que se encuentra la flor y la obtendrás. En el sermón de la Epifanía, dice el seráfico doctor comentando las palabras: “Encontraron al Niño con su Madre” (Mt 2, 11): “jamás se encontrará a Jesús sino con María y por medio de María. En vano lo busca quien no lo busca junto a María”. Decía san IIdefonso: “Yo quiero ser siervo del Hijo, y como no será siervo del Hijo quien no lo sea de la Madre, por eso ambiciono ser siervo de María”.
EJEMPLO
Convertido al no renegar de María Refieren el Belovacense y Cesáreo que un joven noble, por sus vicios, se vio reducido de rico como lo había dejado su padre, a tanta pobreza que necesitaba mendigar para comer. Se fue a vivir lejos, donde no fuese conocido para no pasar tanta vergüenza. Por el camino se encontró con un viejo criado de su padre, quien al verlo tan afligido por la pobreza en que había caído le dijo que no perdiese el ánimo, porque él podía ponerlo en relación con un príncipe que lo proveería de todo. El antiguo sirviente se había convertido en un impío hechicero. Un día tomó consigo al infeliz joven y lo llevó a través de un bosque a la orilla de un lago, donde comenzó a hablar con una persona invisible. El joven le preguntó con quién hablaba. Le respondió que con el demonio; y al ver el espanto del joven trató de animarlo para que no tuviera miedo. Y continuó hablando con el demonio: “Señor –le dijo–, este joven está reducido a extrema miseria y quiere volver a su antigua posición”. “Cuando quiera obedecerme –respondió el enemigo– le haré más rico que antes, pero en primer lugar tiene que renegar de Dios”. Ante esta propuesta se horrorizó el joven, pero instigado por le maldito mago lo hizo y renegó de Dios. “Pero esto no basta –replicó el demonio–, es necesario también que reniegue de María, porque ella es la que nos causa más pérdidas. ¡A cuántos nos los arranca de las manos y los lleva a Dios para salvarlos!” “¿Qué yo reniegue de mi madre? ¡Eso sí que no! –gritó el joven–. ¡Ella es toda mi esperanza! ¡Prefiero andar mendigando toda mi vida!” Y el joven se alejó apresuradamente de aquel lugar. A la vuelta acertó a pasar por unaiglesia de María. Entró el desconsolado joven y, postrándose ante su imagen, comenzó a llorar amargamente y a pedir a la santísima Virgen que le obtuviera el perdón de sus pecados. Y he aquí que María, desde su imagen, se puso a rogar a su Hijo a favor de aquel infeliz. Jesús le dijo: “Pero si es un ingrato, Madre mía; ha renegado de mí”. Mas como María no dejaba de suplicarle, al fin le dijo: “Madre mía, jamás te he negado nada; sea perdonado ya que tú me lo pides”. Todo esto lo estaba observando providencialmente el señor que había comprado la hacienda del joven. Y viendo la piedad de María con aquel pecador y como tenía una hija única se la dio por esposa, haciéndolo heredero de todos sus bienes. Y así aquel joven recuperó, gracias a María, la gracia de Dios y hasta los ,bienes temporales.

ORACIÓN PARA PEDIR EL AMOR A DIOS
Qué esperanza de salvación y vida eterna
me da el Señor
al haberme otorgado por su misericordia
tal confianza en el auxilio de su Madre,
a pesar de que por mis pecados
he incurrido en su desgracia y he merecido fatal condena.
Doy gracias a Dios y a mi protectora María
que se ha dignado
acogerme bajo su manto,
como lo demuestran tantas gracias
como por su medio he recibido.
Sí que te agradezco, Madre mía,
tantos bienes como me has regalado.
Reina mía, ¡de cuántos peligros me has librado!
¡Cuántas luces y misericordias
me has alcanzado de Dios!
¿Qué atenciones o qué beneficios
has recibido de mí
para que así te empeñes en favorecerme?
Sólo tu bondad es quien te mueve.
Aunque diera por ti mi sangre y mi vida,
sería muy poco parea lo que te debo,
a ti que me has librado de eterna muerte
y por ti he recobrado la gracia de Dios, como confío.
De ti proviene, lo sé, toda mi dicha.
Mi Señora, yo lo que tengo que hacer
es alabarte siempre y amarte.
Acepta el afecto de un pobre pecador
que está enamorado de tu bondad.
Si mi corazón es indigno de amarte
por estar lleno de afectos terrenales,
cámbiamelo, que en tu mano está el hacerlo.
Y luego úneme a mi Dios de tal manera
que no pueda separarme de su amor.
Esto quieres de mí, que ame a tu Dios;
y lo mismo pido de ti, que yo le ame
y le ame siempre, que nada más deseo. Amén.

BENDITA SEA TU PUREZA
Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea, en tan graciosa belleza. A Ti celestial princesa, Virgen Sagrada María, te ofrezco en este día, alma vida y corazón. Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía. Amén.
28 de Noviembre
Mes de María Inmaculada


ACORDAOS
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se
ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado. Animado por esta confianza,
a Vos acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Oh madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benigna mente. Amén

II
María tiene poder para defender a los
que la invocan en las tentaciones 
del demonio
1. María vence al mal
No sólo María santísima es reina del cielo y de los santos, sino que también ella tiene imperio sobre el infierno y los demonios por haberlos derrotado valientemente con su poder. Ya desde el principio de la Humanidad, Dios predijo a la serpiente infernal la victoria y el dominio que había de ejercer sobre él nuestra reina al anunciar que vendría al mundo una mujer que lo vencería: “Pondré enemistades entre ti y la mujer... Ella quebrantará tu cabeza” (Gn 3, 15). ¿Y quién fue esta mujer su enemiga sino María, que con su preciosa humildad y vida santísima siempre venció y abatió su poder? “En aquella mujer fue prometida la Madre de nuestro Señor Jesucristo”, dice san Cipriano. Y por eso argumenta que Dios no dijo “pongo”, sino “pondré”, para que no se pensara que se refería a Eva. Dice pondré enemistad entre ti y la mujer para demostrar que esta triunfadora de Satán no era la Eva allí presente, sino que debía de ser otra mujer hija suya que había de proporcionar a nuestros primeros padres mayor bien, dice san Vicente Ferrer, que aquellos de que nos habían privado al cometer el pecado original. María es, pues, esa mujer grandiosa y fuerte que ha vencido al demonio y le ha aplastado la cabeza abatiendo su soberbia, como lo dijo Dios: “Ella quebrantará tu cabeza”. Cuestionan algunos si estas palabras se refieren a María o a Jesucristo, porque los Setenta traducen: “Él quebrantará tu cabeza...” Pero en cualquier caso, sea el Hijo por medio de la Madre o la Madre por virtud del Hijo, han desbaratado a Lucifer y, con gran despecho suyo, ha quedado aplastado y abatido por esta Virgen bendita, como dice san Bernardo. Por lo cual vencido en la batalla, como esclavo, se ve forzado a obedecer las órdenes de esta reina. “Bajo los pies de María, aplastado y triturado, sufre absoluta servidumbre”. Dice san Bruno que Eva, al dejarse vencer de la serpiente nos acarreó tinieblas y muerte; pero la santísima Virgen, venciendo al demonio nos trajo la luz y la vida. Y lo amarró de modo que el enemigo no puede ni moverse ni hacer el menor mal a sus devotos.
2. María nos libra del maligno
Hermosa es la explicación que da Ricardo de San Lorenzo de aquellas palabras de los Proverbios: “En ella confía el corazón de su marido que no tendrá necesidad de botín” (Pr 31, 11), y dice: “Confía en ella el corazón de su esposo, es decir, Cristo; y es que ella enriquece a su esposo con los despojos que le quita al diablo”. “Dios ha confiado a María el corazón de Jesús a fin de que ella corra con el cuidado de hacerlo amar de los hombres”. Así lo explica Cornelio a Lápide. Y de ese modo no le faltarán despojos, es decir, almas rescatadas que ella le consigue despojando al infierno, salvándolas de los demonios con su potente ayuda. Ya se sabe que la palma es señal de la victoria; por eso nuestra reina está colocada en excelso trono a vista de todas las potestades como palma signo de victoria segura, que es lo que se pueden prometer todos los que se colocan bajo su amparo. “Extendí mis ramos como palma de Cadés” (Ecclo 24, 18), es decir, para defender, como añade san Alberto Magno. Hijos, parece decirnos María, cuando os asalta el enemigo recurrid a mí, miradme y confiad, porque en mí que os defiendo veréis también lograda nuestra victoria”. Y es que recurrir a María es el medio segurísimo para vencer todas las asechanzas del infierno, porque ella, dice san Bernardino de Siena, tiene señorío sobre los demonios y el infierno, a quienes domeña y abate. Que por eso María es llamada terrible contra las potestades infernales como ejército bien disciplinado. “Terribles como ejército en orden de batalla” (Ct 6, 3), porque sabe combinar muy bien su poder, su misericordia y sus plegarias para confundir a sus enemigos y en beneficio de sus devotos, que en las tentaciones invocan su potente socorro. “Y, como la vida, di frutos de suave aroma” (Ecclo 24, 23). “Yo, como la vid –le hace decir el Espíritu Santo–, he dado frutos de suave fragancia”. “Dicen –explica san Bernardo referente a este pasaje– que al florecer las viñas se ahuyentan los reptiles venenosos”. Así también tienen que huir los demonios de las almas afortunadas que tienen aromas de la devoción de María. También por esto María es llamada “cedro”. “Como cedro ha sido exaltada en el Líbano” (Ecclo 24, 17). No sólo porque así como el cedro es incorruptible, así María no sufrió la corrupción del pecado, sino también porque, como dice el cardenal Hugo a este respecto, como el cedro con su penetrante olor ahuyenta a las serpientes, así María con su santidad pone en fuga a los demonios.

3. María nos asegura lavictoria
En Israel, por medio del arca se ganaban las batallas. Así vencía Moisés a sus enemigos. “Al tiempo de elevar el arca decía Moisés: Levántate, Señor, y que sean dispersados tus enemigos” (Nm 10, 35). Así fue conquistada Jericó, así fueron derrotados los filisteos. “Allí estaba el arca de Dios” (1R 14, 18). Ya es sabido que el arca fue figura de María. “El arca que contenía el maná, o sea, Cristo, es la santísima Virgen que consigue la victoria sobre los malvados y los demonios”. Y como en el arca se encontraba el maná, así en María se encuentra Jesús, del que igualmente fue figura el maná, por medio de este arca se obtiene la victoria sobre los enemigos de la tierra y del infierno. Por eso dice san Bernardino de Siena que cuando María, arca del Nuevo Testamento, fue elevada a ser reina del cielo, quedó muy débil y abatido el poderío del demonio sobre los hombres. “¡Cómo tiemblan ante María y su nombre poderosísimo los demonios en el infierno!”, exclama san Buenaventura. El santo compara a estos enemigos con aquellos de los que habla Job: “Fuerzan de noche las casas... y si los sorprende la aurora la ven como las sombras de la muerte” (Jb 24, 16). Los ladrones van a robar las casas de noche; pero si en eso les sorprende la aurora, huyen como si se les apareciera la sombra de la muerte. Lo mismo, dice san Buenaventura, sucede cuando los demonios entran en un alma si ésta se encuentra espiritualmente a oscuras. Pero en cuanto al alma le viene la gracia y la misericordia de María, esta hermosa aurora disipa las tinieblas y pone en huida a los enemigos infernales como se huye de la muerte. ¡Bienaventurado el que siempre, en las batallas contra el infierno, invoca el hermosísimo nombre de María! Dios reveló a santa Brígida que ha concedido tan gran poder a María para vencer a los demonios, que cuantas veces asaltan a un devoto de la Virgen que pide su ayuda, a la menor señal suya huyen despavoridos, prefiriendo que se les multipliquen los tormentos del infierno a verse dominados por el poder de María. “Como lirio entre espinas, así es mi amiga entre las vírgenes” (Ct 2, 2). Comentando estas palabras en que el esposo divino alaba a su amada esposa cuando la compara con la azucena entre espinas, que así es su amada entre todas, reflexiona Cornelio a Lápide y dice: “Así como la azucena es remedio contra las serpientes y sus venenos, así invocar a María es remedio especialísimo para vencer todas las tentaciones, sobre todo las de impureza, como lo comprueban quienes lo practican. Decía san Juan Damasceno: “Oh Madre de Dios, teniendo una confianza invencible en ti, me salvaré. Perseguiré a mis enemigos teniendo por escudo tu protección y tu omnipotente auxilio”. Lo mismo puede decir cada uno de nosotros que gozamos la dicha de ser los siervos de esta gran reina: Oh Madre de Dios, si espero en ti jamás seré vencido, porque defendido por ti perseguiré a mis enemigos, y oponiéndoles como escudo tu protección y tu auxilio omnipotente, los venceré. El monje Jacobo, doctor entre los padres griegos, hablando de María con el Señor, así le dice: “Tú, Señor mío, me has dado esta Madre como un arma potentísima para vencer infaliblemente a todos mis enemigos”. Se lee en el Antiguo Testamento que el Señor, desde Egipto hasta la tierra de promisión, guiaba a su pueblo durante el día con una nube en forma de columna, y por la noche con una columna de fuego (Ex 13, 21). En esta nube en forma de columna y en esta columna en forma de fuego, dice Ricardo de San Lorenzo, está figurada María y sus dos oficios que ejercita constantemente para nuestro bien; como nube nos protege de los ardores de la divina justicia, y como fuego nos protege de los demonios. Es ella como columna de fuego, afirma el santo, porque como la cera se derrite ante el fuego, así los demonios pierden sus fuerzas ante el alma que con frecuencia se encomienda a María y trata devotamente de imitarla.

4. María es nombre de victoria contra el mal
“¡Cómo tiemblan los demonios –afirma san Bernardo– con sólo oír el nombre de María!” “Al nombre de María se dobla toda rodilla. Y los demonios no sólo temen, sino que al oír esta voz se estremecen de terror”. “Así como los hombres –dice Tomás de Kempis– caen por tierra espantados cuando oyen el estampido de un trueno cercano, así caen derribados los demonios cuando oyen que se nombra a María”. ¡Qué maravillosas victorias han obtenido sobre sus enemigos los devotos de María con sólo invocar su nombre! Así lo venció san Antonio de Papua; así el beato Enrique Susón; así tantos otros amantes de María. Refieren las relaciones de las misiones del Japón que a un cristiano se le presentaron muchos demonios en forma de animales feroces para amenazarlo y espantarlo, pero él les dijo: “No tengo armas con qué asustaros; si lo permite el Altísimo, haced de mí lo que os plazca. Pero, eso sí, tengo en mi defensa los dulcísimos nombres de Jesús y de María”. Apenas dijo esto cuando a la voz de estos nombres tremendos se abrió la tierra y se tragó a los espíritus soberbios. San Anselmo asegura con su experiencia haber visto y conocido a muchos que al nombrar a María se habían visto libres de los peligros.
“Glorioso y admirable es tu nombre, ¡oh María! –exclama san Buenaventura–. Los que lo pronuncian en la hora de la muerte no temen, pues los demonios, al oírlo, al punto dejan tranquila el alma”. Muy glorioso y admirable es tu nombre, oh María; los que se acuerdan de pronunciarlo en la hora de la muerte no tienen ningún miedo al infierno, porque los demonios, en cuanto oyen que se nombra a María, al instante dejan en paz a esa alma. Y añade el santo que no temen tanto en la tierra los enemigos a un gran ejército bien armado, como las potestades  del infierno al nombre de María y a su protección. “Tú, Señora –dice san Germán–,con la sola invocación de tu nombre potentísimo aseguras a tus siervos contra todos los asaltos del enemigo.

5. María ayuda a superar toda tentación
¡Ah! Si las criaturas tuvieran cuidado de invocar el nombre de María con toda confianza, en las tentaciones, ciertamente, nunca caerían. Sí, porque como dice el beato Alano, al oír este sublime nombre huye el demonio y se estremece el infierno. “Satán huye y tiembla l infierno cuando digo: Ave María”. También reveló la misma reina a santa Brígida que hasta de los pecadores más perdidos y más alejados de Dios y más poseídos del demonio huyeenseguida el enemigo en cuanto sienten que ellos invocan en su ayuda con verdadera voluntad de enmendarse el poderosísimo nombre de ella. Pero añadió la Virgen que los demonios, si el alma no se enmienda y no arroja de sí el pecado con la contrición, pronto retornan y siguen poseyéndola.
EJEMPLO
María asiste a un devoto suyo En Reischersperg vivía Arnoldo, canónigo regular muy devoto de la santísima Virgen. Estando para morir recibió los santos sacramentos y rogó a los religiosos que no le abandonasen en aquel trance. Apenas había dicho esto, a la vista de todos comenzó a temblar, se  turbó su mirada y se cubrió de frío sudor, comenzando a decir con voz entrecortada: “¿No veis esos demonios que me quieren arrastrar a los infiernos?” Y después gritó: “Hermanos, invocad para mí la ayuda de María; en ella confío que me dará la victoria”. Al oír esto empezaron a rezar las letanías de la Virgen, al decir: Santa María, ruega por él, dijo el moribundo: “Repetid, repetid el nombre de María, que siento como si estuviera ante el tribunal de Dios”. Calló un breve tiempo y luego exclamó: “Es cierto que lo hice, pero luego también hice penitencia”. Y volviéndose a la
Virgen
le suplicó: “Oh María, yo me salvaré si tú me ayudas”. Enseguida los demonios le dieron un nuevo asalto, pero él se defendía haciendo la señal de la cruz con un crucifijo e invocando a María. Así pasó toda aquella noche. Por fin, llegada la mañana, ya del todo sereno, Arnoldo exclamó: “María, mi Señora y mi refugio, me ha conseguido el perdón y la salvación”. Y mirando a la Virgen que le invitaba a seguirlo, le dijo: “Ya voy, Señora, ya voy”. Y haciendo un esfuerzo para incorporarse, no pudiendo seguirla con el cuerpo, suspirando dulcemente la siguió con el alma, como esperamos a la gloria bienaventurada.

ORACIÓN ANTE EL PELIGRO
María, esperanza mía,
mira a tus pies a un pobre pecador
tantas veces por mi culpa esclavo del mal.
Reconozco que me dejé vencer del enemigo
por no acudir a ti, refugio mío.
Si a ti hubiera siempre recurrido
y siempre te hubiera invocado,
jamás hubiera caído.
Espero, Señora y Madre,
haber salido por tu medio del mal
y que Dios me habrá perdonado.
Pero temo caer de nuevo en sus cadenas.
Sé que mis enemigos desean perderme
y me preparan nuevos asaltos y tentaciones.
Ayúdame tú, mi reina y mi refugio.
Tenme bajo tu protección;
no consientas que de nuevo
me vea esclavo del pecado.
Sé que siempre que te invoque
me ayudarás a salir victorioso.
Virgen santísima,
que siempre de ti me acuerde,
sobre todo al encontrarme en la batalla;
haz que no deje de invocarte
diciendo: “María, ayúdame; ayúdame, María”.
Y cuando llegue la hora de mi muerte,
reina mía, asísteme entonces como nunca;
haz tú misma que me acuerde de invocarte
con la boca y el corazón con más frecuencia
para que, expirando
con tu dulce nombre en los labios
y el de tu Hijo Jesús,
pueda ir a bendeciros y alabaros
para no separarme de vosotros
por toda la eternidad en el paraíso. Amén.

BENDITA SEA TU PUREZA
Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea, en tan graciosa belleza. A Ti celestial princesa, Virgen Sagrada María, te ofrezco en este día, alma vida y corazón. Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía. Amén.
 Mes de María Inmaculada


ACORDAOS
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se
ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado. Animado por esta confianza,
a Vos acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Oh madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benigna mente. Amén

Capítulo IV
MARÍA, NUESTRO SOCORRO
A ti llamamos los desterrados hijos de Eva
I
María está pronta para ayudar a quien la invoca

1. María es nuestro socorro
¡Pobres de nosotros que siendo hijos de la infeliz Eva, y por lo mismo reos ante Dios de la misma culpa, condenados a la misma pena, andamos agobiados por este valle de lágrimas, lejos de nuestra patria, llorando afligidos por tantos dolores del cuerpo y del alma! Pero ¡bienaventurado el que, entre tantas miserias, con frecuencia se vuelve hacia la consoladora del mundo y refugio de miserables, a la excelsa Madre de Dios y devotamente la llama y le ruega! “Bienaventurado el hombre que me escucha y vigila constantemente a las puertas de mi casa” (Pr 8, 34). “¡Dichoso –dice María– el que escucha mis consejos y llama constantemente a las puertas de mi misericordia, suplicando que interceda por él y lo socorra!” La santa Iglesia nos enseña a sus hijos con cuánta atención y confianza debemos recurrir a nuestra amorosa protectora, mandando que la honremos con culto muy especial. Por esto cada año se celebran muchas fiestas en su honor; un día a la semana está especialmente consagrado a obsequiar a María; en el Oficio divino, los sacerdotes y religiosos la invocan en representación de todo el pueblo cristiano; y todos los días a la mañana, al mediodía y al atardecer los devotos la saludan al toque del Ángelus. En las públicas calamidades quiere la santa Iglesia que se recurra a la Madre de Dios con novenas, oraciones, procesiones y visitas a sus santuarios e imágenes. Esto es lo que pretende María de nosotros, que siempre la andemos buscando e invocando, no para mendigar de nosotros esos obsequios y honores, que son bien poca cosa para lo que se merece, sino para que al acrecentarse nuestra confianza y devoción pueda socorrernos y consolarnos mejor. “Ella busca –dice san Buenaventura– que se le acerquen sus devotos con veneración y confianza; a éstos los ama, los nutre y los recibe por hijos”.

2. María está pronta a socorrernos
Dice el mismo santo que Ruth quiere decir “la que ve y se apresura”, y ella fue figura de María porque viendo nuestras desgracias se apresura a socorrernos con toda su misericordia. A lo que se añade lo que dice Novarino: que María, viendo nuestras miserias, ansiosa y llena de amor deseo de hacernos bien, se dispone a socorrernos; y como no es tacaña en derramar las gracias, como madre de misericordia, no se demora en desparramar entre sus hijos los tesoros de su generosidad. ¡Qué pronta está esta buena madre a ayudar a quien la invoca! Explicando Ricardo de san Lorenzo las palabras de la Sagrada Escritura: “Tus pechos, como dos gamitos mellizos”, dice que María está pronta a dar la mística leche de su misericordia al que la pide, con la celeridad con que van los gamos veloces. Y dice: “A la más leve presión de un Ave María, derrama sobre quien la invoca oleadas de gracias”. Así que, dice Novarino, María no corre, sino que vuela en auxilio de quien la invoca. Ella, dice el mismo autor, al ejercer la misericordia es semejante a Dios; como el Señor, al instante alivia al que le pide ayuda, porque es fiel a la promesa con que se ha comprometido: “Pedid y recibiréis”, así María, en cuanto se siente invocada, al instante se presenta con su ayuda. Por esto mismo podemos entender quién es la
mujer del Apocalipsis a quien se le dieron las alas del águila grande para volar al desierto (Ap 12, 14). Ribera entiende que estas alas son el amor con que María voló a Dios. Pero el beato Amadeo dice a nuestro propósito que esas alas del águila son la celeridad con que María, superando la velocidad de los serafines, socorre siempre a sus hijos.
Por eso se lee en el Evangelio de San Lucas que cuando María fue a visitar a santa Isabel y a colmar de gracias a toda aquella familia no anduvo con demoras, sino que, como dice el Evangelio: “Se levantó María y se marchó con prontitud a la montaña” (Lc 1, 39). Lo cual no se dice que hiciera a la vuelta. Por eso también se lee que las manos de María son como torneadas, porque, como dice Ricardo de San Lorenzo, así como labrar a torno es la manera más fácil y rápida, así María está más pronta que los demás santos a ayudar a sus devotos. Ella tiene supremos deseos de consolar a todos, y en cuanto se siente invocada, al instante, con sumo placer, acepta las plegarias y socorre al instante. Con razón, san Buenaventura llamaba a María “salvación de los que la invocan”, queriendo decir que para salvarse basta invocar a esta Madre de Dios. Ella, al decir de San Lorenzo, se manifiesta siempre pronta a ayudar a quien la llama. Y es que, como dice Bernardino de Busto, más desea tan excelsa Señora darnos las gracias de lo que nosotros deseamos recibirlas.

3. María nos dispensa su ayuda a pesar de nuestros pecados
Ni la muchedumbre de nuestros pecados debe disminuir nuestra confianza de ser oídos por María. Cuando ante ella nos postramos, encontramos a la madre de misericordia, y para la misericordia sólo hay lugar si encuentra miserias que aliviar. Por lo que como una amorosa madre no siente repugnancia de curar al hijo leproso, aunque la cura fuera molesta y nauseabunda, así nuestra maravillosa Madre no nos abandona cuando recurrimos a ella, por muy grande que sea la podredumbre de nuestros pecados que ella tiene que curar. Esta idea es de Ricardo de San Lorenzo. Esto mismo quiso dar a entender María apareciéndose a santa Gertrudis con el manto extendido para acoger a todos los que a ella acudían. Y vio la santa, a la vez, que todos los ángeles se dedican a defender a los devotos de María de las tentaciones diabólicas. Es tanta la piedad que nos tiene esta buena Madre y tanto el amor que siente, que no espera nuestras plegarias para socorrernos: “Se anticipa a quienes la codician, poniéndoseles delante ella misma” (Sb 6, 14). Estas palabras san Anselmo se las aplica a María y dice que ella se adelanta a ayudar a los que desean su protección. Con lo cual debemos comprender que ella nos impetra de Dios innumerables gracias antes de que se las pidamos. Que por eso dice Ricardo de San Víctor que María, con razón, es asemejada a la luna: “Hermosa como la luna”, porque no sólo es veloz cual la luna para ayudar a quien la invoca, sino que además está tan ansiosa de nuestro bien que en nuestras necesidades se anticipa a nuestras súplicas y está presta a socorrernos antes que nosotros listos para invocarla. De esto nace, dice el mismo Ricardo de San Víctor, el estar tan lleno de piedad el pecho de María que, apenas conoce nuestras miserias, al instante derrama la mística leche de su misericordia, pues no puede conocer las necesidades de cualquiera sin acudir al punto a socorrerlo. Esta inmensa piedad que tiene María de nuestras miserias, que la impulsa a compadecerse y aliviarnos aun antes de que la invoquemos, bien lo dio a entender en las bodas de Caná, como lo refiere el Evangelio de San Juan en el capítulo segundo. Se dio cuenta esta piadosa Madre de la confusión y vergüenza de aquellos esposos que estaban del todo afligidos al ver que faltaba el vino en el banquete; y sin que nadie se lo pidiera, movida solamente de su gran corazón que no puede ver las aflicciones de nadie sin compadecerse, fue a pedir a su Hijo, exponiéndole la necesidad de aquella familia para que los consolara. Y le dijo simplemente: “No tienen vino”. Después de lo cual el Hijo, para consolar a aquella buena gente, pero mucho más para contentar el corazón tan compasivo de su Madre que así lo deseaba, hizo el conocido milagro de transformar el agua de las ánforas en el mejor de los vinos. Y argumenta Novarino: “Si María, aunque nadie se lo pida, está tan pronta a adivinar y socorrer nuestras necesidades, cuánto más lo estará para socorrer a quien la invoca y suplica que le ayude”.

4. María jamás desoye una invocación
Y si alguno aún dudase de ser socorrido por María cuando a ella acude, vea cómo lo reprende Inocencio III: “¿Quién la invocó y no fue por ella escuchado?” ¿Dónde hay uno que haya buscado la ayuda de esta Señora y María no lo haya escuchado? “¿Quién –exclama ahora Eutiques, oh bienaventurada, acudió en demanda de tu omnipotente ayuda y se vio jamás abandonado? ¡Nadie, jamás!” ¿Quién, oh Virgen la más santa, ha recurrido a tu materno corazón que puede aliviar a cualquier miserable y salvar al pecador más perdido y se ha visto de ti abandonado? De verdad que nadie, nunca jamás. Esto no ha sucedido ni nunca ha de suceder. “Acepto –decía san Bernardo– que no se hable más de tu misericordia ni se te alabe por ella, oh Virgen santa, si se encontrara alguno que habiéndote invocado en sus necesidades se acordara de que no había sido atendido por ti”. Dice el devoto Blosio: “Antes desaparecerán el cielo y la tierra que deje María de auxiliar a quien con buena intención suplica su socorro y confía en ella”. Añade san Anselmo para acrecentar nuestra confianza que cuando recurrimos a esta divina Madre no sólo debemos estar seguros de su protección, sino de que, a veces, parecerá que somos más presto oídos y salvados acudiendo a María e invocando su santo nombre que invocando el nombre de Jesús nuestro Salvador. Y da esta razón: que a Cristo, como Juez, le corresponde castigar, y a la Virgen como madre, siemprele corresponde compadecerse. Quiere decir que encontramos antes la salvación recurriendo a la Madre que al Hijo, no porque sea María más poderosa que el Hijo para salvarnos, pues bien sabemos que Jesús es nuestro exclusivo Redentor, quien con sus méritos nos
ha obtenido y él únicamente obtiene la salvación, sino porque recurriendo a Jesús y considerándolo también como nuestro Juez, a quien corresponde castigar a los ingratos, nos puede faltar (sin culpa de él) la confianza necesaria para ser oídos; pero acudiendo a María, que no tiene otra misión más que la de compadecerse como madre de misericordia y de defendernos como nuestra abogada, pareciera que nuestra confianza fuera más segura y más grande. “Muchas cosas se piden a Dios y no se obtienen, y muchas se piden a María y se consiguen porque Dios ha dispuesto honrarla de esta manera”. Y eso ¿por qué? Y responde Nicéforo que esto sucede no porque María sea más poderosa que Dios, sino porque Dios ha decretado que así tiene que ser honrada su Madre.
Qué dulce promesa le hizo el Señor a santa Brígida. Se lee en el libro primero
de sus Revelaciones, capítulo 50, que un día oyó la santa que hablando Jesús con su Madre le decía: “Madre querida, pídeme lo que quieras que nada te negaré; y bien sabes que a todos los que me buscan por amor a ti, aunque sean pecadores, con tal que deseen enmendarse, yo prometo escucharlos”. Lo mismo fue revelado a santa Gertrudis cuando oyó que nuestro Redentor decía a María que él, con su omnipotencia, le había concedido tener misericordia con los pecadores que la invocaban y tenía licencia para usar de esa misericordia como le pareciere. Que todos los que invoquen a María con total confianza, como a madre de misericordia, le hablen como san Agustín: “Acuérdate, oh piadosísima Mará, que jamás se ha oído decir que nadie de los que han implorado tu protección se haya visto por ti abandonado”. Y por eso perdóname si te digo que no quiero ser este primer desgraciado que recurriendo a ti se vaya a ver abandonado.
EJEMPLO
María socorre a san Francisco de Sales Muy bien experimentó la fuerza de esta oración san Francisco de Sales, como se narra en su vida. Tenía el santo unos diecisiete años y se encontraba en París dedicado al estudio y entregado al santo amor de Dios, disfrutando de dulces delicias de cielo. Mas el Señor, para probarlo y estrecharlo más a su amor, permitió que el demonio le obsesionase con la tentación de que todo lo que hacía era perdido porque en los divinos decretos estaba reprobado. La oscuridad y aridez en que Dios quiso dejarlo al mismo tiempo, porque se encontraba insensible a los pensamientos más dulces sobre la divina bondad, hicieron que la tentación tomara más fuerza para afligir el corazón del santo joven, hasta el punto de que por esos temores y desolaciones perdió el apetito, el sueño, el color y la alegría, de modo que daba lástima a todos los que lo veían.
Mientras duraba aquella terrible tempestad, el santo joven no sabía concebir otros pensamientos ni proferir otras palabras que no fueran de desconfianza y de dolor. “¿Con que –decía– estaré privado de la gracia de Dios, que en lo pasado se me ha mostrado tan amante y suave? ¡Oh amor, oh belleza a quien he consagrado todos mis afectos! ¿Ya no gozaré más de tus consolaciones? ¡Oh
Virgen Madre de Dios, la más hermosa de todas las hijas de Jerusalén! ¿Es que no te he de ver en el paraíso? Ah Señor, ¿es que no he de ver tu rostro? Al menos no permitas que yo vaya a blasfemar y maldecirte en el infierno”. Estos eran los tiernos sentimientos de aquel corazón afligido y enamorado de Dios y de la Virgen.
La tentación duró un mes, pero al fin el Señor se dignó librarlo por medio de María santísima, la consoladora del mundo, a la que el santo había consagrado su virginidad y en la que afirmaba tener puesta toda su confianza.Entre tanto, una tarde, yendo hacia casa, vio una tablilla pegada al muro. La leyó, y era la siguiente oración: “Acordaos, piadosísima María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a ti se haya visto por ti desamparado”. Postrado junto al altar de la Madre de Dios rezó con afecto aquella oración, le renovó su voto de castidad y prometió rezarle todos los días un rosario. Y luego añadió: “Reina mía, sé mi abogada ante tu divino Hijo, al que no me atrevo a recurrir. Madre mía, si yo, infeliz, en la otra vida no puedo amar a mi Señor que es tan digno de ser amado, al menos consígueme que te ame en este mundo inmensamente. Esta es la gracia que te pido y de ti la espero”. Así rezó a la Virgen y se abandonó por completo en brazos de la divina misericordia, resignado completamente a la voluntad de Dios. Pero apenas había concluido su oración, en un instante la Virgen le libró de la tentación. Recuperó del todo la paz del alma y la salud corporal y siguió viviendo devotísimo de María, cuyas alabanzas y misericordias no cesó de anunciar en predicaciones y libros toda la vida.

ORACIÓN EN DEMANDA DEL SOCORRO DE MARÍA
¡Madre de Dios y reina de los ángeles!
¡Esperanza de los hombres!
¡Mira al que te llama y a ti recurre!
Me postro ante ti, yo, pobre esclavo,
me consagro por tu siervo para siempre
y me ofrezco a servirte y honrarte
cuanto pueda, toda la vida.
Poco puede honrarte
un esclavo tan ruin y rebelde
que tanto ha ofendido a mi Dios y Redentor.
Pero si me aceptas, aunque sin merecerlo,
y con tu intercesión me haces digno,
tu misma misericordia me hará santo
y te daré el honor que yo solo no puedo.
Acéptame y no me rechaces, Madre mía.
Estas ovejas perdidas
vino a rescatar el Verbo eterno,
y por salvarlas se hizo Hijo tuyo.
¿Despreciarás a esta oveja extraviada
que a ti recurre para encontrar a Jesús?
Ya está entregado el rescate que me salva;
mi Salvador ya derramó su sangre preciosa,
la que basta para salvar mil mundos.
Basta que esa sangre se me aplique,
y esto en tus manos está, Virgen bendita.
En tus manos está salvar al que quieres.
Ayúdame, mi reina, y sálvame.
En ti confío, a tu intercesión me entrego.
Salud de los que te invocan, sálvame.

BENDITA SEA TU PUREZA
Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea, en tan graciosa belleza. A Ti celestial princesa, Virgen Sagrada María, te ofrezco en este día, alma vida y corazón. Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía. Amén.


Virgen de la Medalla Milagrosa


 

El 27 de noviembre de 1830 la Virgen Santísima se apareció a Santa Catalina Labouré, humilde religiosa vicentina, y se le apareció de esta manera: La Virgen venía vestida de blanco. Junto a Ella había un globo luciente sobre el cual estaba la cruz. Nuestra Señora abrió sus manos y de sus dedos fulgentes salieron rayos luminosos que descendieron hacia la tierra. María Santísima dijo entonces a Sor Catalina:

"Este globo que has visto es el mundo entero donde viven mis hijos. Estos rayos luminosos son las gracias y bendiciones que yo expando sobre todos aquellos que me invocan como Madre. Me siento tan contenta al poder ayudar a los hijos que me imploran protección. ¡Pero hay tantos que no me invocan jamás! Y muchos de estos rayos preciosos quedan perdidos, porque pocas veces me rezan".

Entonces alrededor de la cabeza de la Virgen se formó un círculo o una aureola con estas palabras: "Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti". Y una voz dijo a Catalina: "Hay que hacer una medalla semejante a esto que estas viendo. Todas las personas que la lleven, sentirán la protección de la Virgen", y apareció una M, sobre la M una cruz, y debajo los corazones de Jesús y María. Es lo que hoy está en la Medalla Milagrosa.

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