martes, 30 de junio de 2015

Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del S...

SOLEMNIDAD DE LOS SANTOS APOSTOLES PEDRO Y PABLO

CONMEMORACION DEL APOSTOL SAN PABLO


 (Saulo de Tarso,
también llamado San Pablo Apóstol; Tarso, Cilicia, h. 4/15 - Roma?, h. 64/68)
Apóstol del cristianismo. Tras haber destacado como furibundo fustigador de la
secta cristiana en su juventud, una milagrosa aparición de Jesús convirtió a
San Pablo en el más ardiente propagandista del cristianismo, que extendió con
sus predicaciones más allá del pueblo judío, entre los gentiles: viajó como
misionero por Grecia, Asia Menor, Siria y Palestina y escribió misivas (las 
Epístolas) a diversos pueblos del entorno mediterráneo. Los
esfuerzos de San Pablo para llevar a buen fin su visión de una iglesia mundial
fueron decisivos en la rápida difusión del cristianismo y en su posterior
consolidación como una religión universal. Ninguno de los seguidores de
Jesucristo contribuyó tanto como él a establecer los fundamentos de la doctrina
y la práctica cristianas.
Biografía
Las fuentes
fundamentales acerca de la vida de San Pablo pertenecen todas al Nuevo
Testamento: los 
Hechos de los Apóstoles y las catorce Epístolas que se le atribuyen, dirigidas a diversas comunidades
cristianas. De ellas, diversos sectores de la crítica bíblica han puesto en
duda la autoría paulina de las llamadas cartas pastorales (la primera y segunda 
Epístola
a Timoteo
 y la Epístola
a Tito
),
en tanto que existe una práctica unanimidad en considerar la
Epístola a los hebreos como escrita por un autor diferente. Pese a la
disponibilidad de tales fuentes, los datos cronológicos de las mismas resultan
vagos, y cuando existen divergencias entre los 
Hechos y las Epístolas se suele dar preferencia a estas últimas.
Saulo (tal era su nombre hebreo) nació en el
seno de una familia acomodada de artesanos, judíos fariseos de cultura
helenística que poseían el estatuto jurídico de ciudadanos romanos. Después de los
estudios habituales en la comunidad hebraica del lugar, Saulo fue enviado a
Jerusalén para continuarlos en la escuela de los mejores doctores de la Ley, en especial en la del
famoso rabino Gamaliel. Adquirió así una sólida formación teológica, filosófica,
jurídica, mercantil y lingüística (hablaba griego, latín, hebreo y arameo).
No debía, sin
embargo, residir en Jerusalén el año 30, en el momento de la crucifixión de Jesús;
pero habitaba en la ciudad santa seguramente cuando, en el año 36, fue lapidado
el diácono Esteban, mártir de su fe. En concordancia con la educación que había
recibido, presidida por la más rígida observancia de las tradiciones
farisaicas, Saulo se significó por aquellos años como acérrimo perseguidor del
cristianismo, considerado entonces una secta herética del judaísmo.
Inflexiblemente ortodoxo, el joven Saulo de Tarso estuvo presente no sólo en la
lapidación de Esteban, sino que se ofreció además a vigilar los vestidos de los
asesinos.
La conversión
Los jefes de los
sacerdotes de Israel le confiaron la misión de buscar y hacer detener a los
partidarios de Jesús en Damasco. Pero de camino a esta ciudad, Saulo fue objeto
de un modo inesperado de una manifestación prodigiosa del poder divino:
deslumbrado por una misteriosa luz, arrojado a tierra y cegado, se volvió a
levantar convertido ya a la fe de Jesucristo (36 d. C.). Según el relato de los 
Hechos
de los Apóstoles
 y de varias de las
epístolas del propio Pablo, el mismo Jesús se le apareció, le reprochó su
conducta y lo llamó a convertirse en el apóstol de los gentiles (es decir, de
los no judíos) y a predicar entre ellos su palabra.


La conversión de San Pablo (óleo de Caravaggio, c. 1600)
Tras una estancia en Damasco (donde, después
de haber recuperado la vista, se puso en contacto con el pequeño núcleo de
seguidores de la nueva religión), se retiró algunos meses al desierto (no se sabe
exactamente adónde), haciendo así más firmes y profundos, en el silencio y la
soledad, los cimientos de su creencia. Vuelto a Damasco, y violentamente
atacado por los judíos fanáticos, en el año 39 hubo de abandonar
clandestinamente la ciudad descolgándose en un gran cesto desde lo alto de sus
murallas.
Aprovechó la ocasión
para marchar a Jerusalén y ponerse en contacto con los jefes de la Iglesia,San Pedro y los demás apóstoles, no sin
dificultades, porque estaba todavía muy vivo en la Ciudad Santa el
recuerdo de sus actividades como perseguidor. Le avaló en el seno de la
comunidad cristiana San Bernabé, que lo conocía bien y quizá era pariente suyo.
Regresó después a su ciudad natal de Tarso, en cuya región residió y predicó
hasta que hacia el año 43 vino a buscarlo Bernabé. A consecuencia de una
carestía que atacó duramente a Palestina, Pablo y Bernabé fueron enviados a
Antioquía (Siria), ciudad cosmopolita donde eran numerosos los seguidores de
Jesús (allí se les había dado por primera vez el sobrenombre de
"cristianos"), para llevar la ayuda fraternal de la comunidad de
Antioquía a la de Jerusalén.
El apóstol de los gentiles
En compañía de San Bernabé, San
Pablo inició desde Antioquía el primero de sus viajes misioneros, que lo llevó
en el año 46 a
Chipre y luego a diversas localidades del Asia Menor. En Chipre, donde
obtuvieron los primeros frutos de su trabajo, abandonó Saulo definitivamente su
nombre hebreo para adoptar el 
cognomen latino de Paulus, que llevaba probablemente desde niño
como segundo apellido. Su romanidad podía parecer oportuna para el desarrollo
de la misión que el apóstol se proponía llevar a cabo en los ambientes
gentiles. En adelante, sería él quien llevaría la palabra del Evangelio al
mundo pagano; con Pablo, el mensaje de Jesús saldría del marco judaico,
palestiniano, para convertirse en universal.
A lo largo de su predicación, San Pablo iba
presentándose sucesivamente en las sinagogas de las diversas comunidades
judaicas; pero esta presentación terminaba casi siempre en un fracaso. Bien
pocos fueron los hebreos que abrazaron el cristianismo por obra suya. Mucho más
eficaz caía su palabra entre los gentiles y entre los indiferentes que nada
sabían de la religión monoteísta hebraica. En este primer viaje recorrió,
además de Chipre, algunas regiones apartadas del Asia Menor. Creó centros
cristianos en Perge (Panfília), en Antioquía de Pysidia, en Listra, Iconio y
Derbe de Licaonia. El éxito fue notable; pero también fueron numerosas las
dificultades. En Listra escapó de la muerte sólo porque sus lapidadores
creyeron erróneamente que ya había muerto.


San Pablo curando a un lisiado en Listra (óleo de Karel Dujardin, 1663)
Entre el primer y el segundo viaje, San
Pablo residió algún tiempo en Antioquía (49-50 d. C.), desde donde marchó a
Jerusalén para asistir al llamado "Concilio de los Apóstoles". Las
cuestiones que iban a tratarse en el concilio eran de una gravedad difícilmente
concebible en nuestros días. Había que dilucidar la licitud de bautizar a los
paganos (algunos judeo-cristianos se oponían aún a tal iniciativa), y, sobre
todo, establecer o rechazar la obligatoriedad de los preceptos judíos para los
conversos que procedían del paganismo. El éxito de su labor evangelizadora
permitió a San Pablo imponer la tesis de que los cristianos gentiles debían
tener la misma consideración que los judíos; profundo expositor del valor de la Ley mosaica y de su
importancia histórica, San Pablo defendió que la redención operada por Cristo
marcaba el definitivo ocaso de dicha ley y rechazó la obligatoriedad de
numerosas prácticas judaicas.
El segundo viaje
evangélico (50-53) comprendió la visita a las comunidades cristianas de
Anatolia, fundadas unos años antes; luego fue recorriendo parte de la Galatia propiamente dicha,
visitó algunas ciudades del Asia proconsular y marchó después a Macedonia y
Acaya. La evangelización se hizo particularmente patente en Filippos,
Tesalónica, Berea y Corinto. También Atenas fue visitada por San Pablo, quien
pronunció allí el famoso discurso del Areópago, en el que combatió la filosofía
estoica. El resultado, desde el punto de vista evangelizador, fue más bien
exiguo. Durante su estancia en Corinto, donde estuvo en contacto con el
gobernador de la provincia, Gallón (hermano de Séneca), inició al parecer San
Pablo su actividad como escritor, enviando la primera y segunda 
Epístola
a los tesalonicenses
, en las que ilustra a los fieles acerca de la parusía o segunda
venida de Cristo y de la resurrección de la carne.
El tercer viaje (53-54-58) se inició con la
visita a las comunidades del Asia Menor y continuó también por Macedonia y
Acaya, donde San Pablo Apóstol estuvo tres meses. Pero como centro principal
fue escogida la gran ciudad de Éfeso. Allí permaneció durante casi tres años, trabajando
con un grupo de colaboradores en la ciudad y su región, especialmente en las
localidades del valle del Lico. Fue un apostolado muy provechoso, pero también
lleno de fatigas para San Pablo: culminaron éstas con el tumulto de Éfeso,
provocado por Demetrio, representante de los numerosos comerciantes que
explotaban la venta de las estatuillas-recuerdo de Artemisa. San Pablo,
refiriéndose a un episodio anterior, habla de una lucha con las fieras; es casi
seguro que la expresión es metafórica, pero convergen muchos indicios en favor
de la hipótesis de una auténtica prisión.


San Pablo Apóstol (detalle de un retrato de Rubens, c. 1611)
Desde Éfeso escribió
la primera 
Epístola a los corintios, en la que se
transparentan muy bien las dificultades encontradas por el cristianismo en un
ambiente licencioso y frívolo como era el de la ciudad del Istmo. Probablemente
se sitúa en la misma ciudad la redacción de la 
Epístola
a los gálatas
 y la Epístola
a los filipenses
, en tanto que la segunda Epístola a los corintios fue escrita poco después en Macedonia. Desde Corinto
envió el apóstol la importante 
Epístola a los romanos, en la que trata a
fondo la relación entre la fe y las obras respecto a la salvación. Con ello
pretendía preparar su próxima visita a la capital del imperio.

Últimos años
Sin embargo, los
hechos se desarrollaron de un modo distinto. Habiéndose dirigido Pablo a
Jerusalén para entregar una cuantiosa colecta a aquella pobre iglesia, fue
encarcelado por el quiliarca Lisia, quien lo envió al procónsul romano Félix de
Cesarea. Allí pasó el apóstol dos años bajo custodia militar. Decidieron
embarcarlo, fuertemente custodiado, con destino a Roma, donde los tribunales de Nerón decidirían sobre él. El viaje marítimo
fue, por otra parte, fecundo en episodios pintorescos (como el del naufragio y
la salvación milagrosa), y durante el mismo el prestigio del apóstol se impuso
al fin a sus guardianes (invierno de 60-61).
De los años 61 a 63 vivió San Pablo en
Roma, parte en prisión y parte en una especie de libertad condicional y
vigilada, en una casa particular. En el transcurso de este primer cautiverio
romano escribió por lo menos tres de sus cartas: la 
Epístola
a los efesios
, la Epístola a los colosenses y laEpístola a Filemón.


San Pablo escribiendo sus epístolas (óleo atribuido a Valentin de Boulogne, c. 1619)
Puesto en libertad,
ya que los tribunales imperiales no habían considerado consistente ninguna de
las acusaciones hechas contra él, reanudó su ministerio; pero a partir de este
momento la historia no es tan precisa. Falta para este período la ayuda
preciosa de los 
Hechos de los Apóstoles, que se interrumpen
con su llegada a Roma. San Pablo anduvo por Creta, Iliria y Acaya; con mucha
probabilidad estuvo también en España. De este período datarían dos cartas de
discutida atribución, la primera 
Epístola a Timoteo y la Epístola a Tito; también por
entonces habría compuesto la 
Epístola a los hebreos. Se percibe en
ellas una intensa actividad organizadora de la Iglesia.
En el año 66, cuando
se encontraba probablemente en la
Tréade
, San Pablo fue nuevamente detenido por denuncia de un
falso hermano. Desde Roma escribió la más conmovedora de sus cartas, la segunda 
Epístola
a Timoteo
, en la que expresa su único deseo: sufrir por Cristo y dar
junto a Él su vida por la
Iglesia. Encerrado
en horrenda cárcel, vivió los últimos
meses de su existencia iluminado solamente por esta esperanza sobrenatural. Se
sintió humanamente abandonado por todos. En circunstancias que han quedado bastante
oscuras, fue condenado a muerte; según la tradición, como era ciudadano romano,
fue decapitado con la espada. Ello ocurrió probablemente en el año 67 d. C., no
lejos de la carretera que conduce de Roma a Ostia. Según una tradición
atendible, la abadía de las Tres Fontanas ocupa exactamente el lugar de la
decapitación.
El pensamiento paulino
De forma imprudente se ha exagerado en
ocasiones la significación de la obra de San Pablo: algunos lo consideraron
como el auténtico fundador del cristianismo; otros lo acusaron de ser el primer
mixtificador del mensaje de Jesús. Es cierto que trabajó más que los demás
apóstoles y que, en sus cartas, sentó las bases del desarrollo doctrinal y
teológico del cristianismo. Pero su realmente meritoria labor, de la que él
mismo se sentía con razón orgulloso, reside en el hecho de haber sido
intérprete e incansable propagandista del mensaje de Jesús.
A San Pablo se debe, más que a los otros
apóstoles, la oportuna y neta separación entre cristianismo y judaísmo; y es
falso que tal separación se alcanzara mediante la creación de un sistema
religioso especial, que habría sido elaborado bajo la influencia de la
filosofía griega, del sincretismo cultural o de las numerosas religiones de
misterios. En el curso de sus viajes evangelizadores, San Pablo propagó su
concepción teológica del cristianismo, cuyo punto central era la universalidad
de la redención y la nueva alianza establecida por Cristo, que superaba y
abolía la vieja legislación mosaica. La Iglesia, formada por todos los cristianos,
constituye la imagen del cuerpo de Cristo y debe permanecer unida y extender la
palabra de Dios por todo el mundo.
El vigor y la
riqueza de su palabra están atestiguados por las catorce epístolas que de él se
conservan. Dirigidas a comunidades o a particulares, tienen todos los
caracteres de los escritos ocasionales. En ningún caso pretenden ser textos
exhaustivos, pero siempre son una poderosa síntesis de la enseñanza evangélica
expresada en sus más claras verdades y hasta sus últimas consecuencias. Desde
el punto de vista literario, debe reconocérsele el mérito de haber sometido por
primera vez la lengua griega al peso de las nuevas ideas. Su educación
dialéctica asoma en algunas de sus argumentaciones, y su temperamento místico
se eleva hasta la contemplación y alcanza las cumbres de la lírica en el famoso
himno a la caridad de la primera 
Epístola a los corintios.
Los escritos de San
Pablo adaptaron el mensaje de Jesús a la cultura helenística imperante en el
mundo mediterráneo, facilitando su extensión fuera del ámbito cultural hebreo
en donde había nacido. Al mismo tiempo, esos escritos constituyen una de las
primeras interpretaciones del mensaje de Jesús, razón por la que contribuyeron
de manera decisiva al desarrollo teológico del cristianismo (debido a la
inclusión de sus 
Epístolas, se atribuyen a San Pablo más de la
mitad de los libros del 
Nuevo Testamento).
Proceden de la interpretación de San Pablo
ideas tan relevantes para la posteridad como la del pecado original; la de que
Cristo murió en la cruz por los pecados de los hombres y que su sufrimiento
puede redimir a la humanidad; o la de que Jesucristo era el mismo Dios y no
solamente un profeta. Según San Pablo, Dios concibió desde la eternidad el
designio de salvar a todos los hombres sin distinción de raza. Los hombres
descienden de Adán, de quien heredaron un cuerpo corruptible, el pecado y la
muerte; pero todos los hombres, en el nuevo Adán que es Cristo, son regenerados
y recibirán, en la resurrección, un cuerpo incorruptible y glorioso, y, en esta
vida, la liberación del pecado, la victoria sobre la muerte amarga y la certeza
de una futura vida feliz y eterna. También introdujo en la doctrina cristiana
el rechazo de la sexualidad y la subordinación de la mujer, ideas que no habían
aparecido en las predicaciones de Jesucristo.
En llamativo contraste con su juventud de
fariseo intransigente, cerrado a toda amplia visión religiosa y celoso de las
prerrogativas espirituales de su pueblo, San Pablo dedicaría toda su vida a
"derribar el muro" que separaba a los gentiles de los judíos. En su
esfuerzo por hacer universal el mensaje de Jesús, San Pablo lo desligó de la
tradición judía, insistiendo en que el cumplimiento de la ley de Moisés (los
mandatos bíblicos) no es lo que salva al hombre de sus pecados, sino la fe en
Cristo; en consecuencia, polemizó con otros apóstoles hasta liberar a los
gentiles de las obligaciones rituales y alimenticias del judaísmo (incluida la
circuncisión).



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Encíclica “Annum
sacrum”


de S.S. LEÓN XIII 

Consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús 

25 de mayo de 1899
DIA XXX
  Santo Tomás nos expone
largamente porque los mismos infieles están sometidos al poder de Jesucristo.
Después de haberse preguntado si el poder judiciario de Jesucristo se extendía
a todos los hombres y de haber afirmado que la autoridad judiciaria emana de la
autoridad real, concluye netamente: "Todo está sumido a Cristo en cuanto a
la potencia, aunque no lo está todavía sometido en cuanto al ejercicio mismo de
esta potencia" (Santo Tomás, III Pars. q. 30, a.4.). Este poder de
Cristo y este imperio sobre los hombres, se ejercen por la verdad, la justicia
y sobre todo por la caridad.
Pero en esta doble base
de su poder y de su dominación, Jesucristo nos permite, en su benevolencia,
añadir, si de nuestra parte estamos conformes, la consagración voluntaria. Dios
y Redentor a la vez, posee plenamente y de un modo perfecto, todo lo que
existe. Nosotros, por el contrario, somos tan pobres y tan desprovistos de
todo, que no tenemos nada que nos pertenezca y que podamos ofrecerle en
obsequio. No obstante, por su bondad y caridad soberanas, no rehúsa nada que le
ofrezcamos y que le consagremos lo que ya le pertenece, como si fuera posesión
nuestra. No sólo no rehúsa esta ofrenda, sino que la desea y la pide:
"Hijo mío, dame tu corazón" Podemos pues serle enteramente agradables
con nuestra buena voluntad y el afecto de nuestra s almas. Consagrándonos a Él,
no solamente reconocemos y aceptamos abiertamente su imperio con alegría, sino
que testimoniamos realmente que si lo que le ofrecemos nos perteneciera, se lo
ofreceríamos de todo corazón; así pedimos a Dios quiera recibir de nosotros estos
mismos objetos que ya le pertenecen de un modo absoluto. Esta es la eficacia
del acto del que estamos hablando, y este es el sentido de sus palabras.
Puesto que el Sagrado
Corazón es el símbolo y la imagen sensible de la caridad infinita de Jesucristo,
caridad que nos impulsa a amarnos los unos a los otros, es natural que nos
consagremos a este corazón tan santo. Obrar así, es darse y unirse a
Jesucristo, pues los homenajes, señales de sumisión y de piedad que uno ofrece
al divino Corazón, son referidos realmente y en propiedad a Cristo en persona.
Nos exhortamos y animamos
a todos los fieles a que realicen con fervor este acto de piedad hacia el
divino Corazón, al que ya conocen y aman de verdad. Deseamos vivamente que se
entreguen a esta manifestación, el mismo día, a fin de que los sentimientos y
los votos comunes de tantos millones de fieles sean presentados al mismo tiempo
en el templo celestial.
Pero, ¿podemos olvidar
esa innumerable cantidad de hombres, sobre los que aún no ha aparecido la luz
de la verdad cristiana? Nos representamos y ocupamos el lugar de Aquel que vino
a salvar lo que estaba perdido y que vertió su sangre para la salvación del
género humano todo entero. Nos soñamos con asiduidad traer a la vida verdadera
a todos esos que yacen en las sombras de la muerte; para eso Nos hemos enviado
por todas partes a los mensajeros de Cristo, para instruirles. Y ahora,
deplorando su triste suerte, Nos los recomendamos con toda nuestra alma y los
consagramos, en cuanto depende de Nos, al Corazón Sacratísimo de Jesús.
De esta manera, el acto
de piedad que aconsejamos a todos, será útil a todos. Después de haberlo
realizado, los que conocen y aman a Cristo Jesús, sentirán crecer su fe y su
amor hacia Él. Los que conociéndole, son remisos a seguir su ley y sus
preceptos, podrán obtener y avivar en su Sagrado Corazón la llama de la
caridad. Finalmente, imploramos a todos, con un esfuerzo unánime, la ayuda
celestial hacia los infortunados que están sumergidos en las tinieblas de la
superstición. Pediremos que Jesucristo, a Quien están sometidos "en cuanto
a la potencia", les someta un día "en cuanto al ejercicio de esta
potencia". Y esto, no solamente "en el siglo futuro, cuando impondrá
su voluntad sobre todos los seres recompensando a los unos y castigando a los
otros" (Santo Tomás, ibidem.), sino aún en esta vida mortal, dándoles la
fe y la santidad. Que puedan honrar a Dios en la práctica de la virtud, tal
como conviene, y buscar y obtener la felicidad celeste y eterna.
Una consagración así,
aporta también a los Estados la esperanza de una situación mejor, pues este
acto de piedad puede establecer y fortalecer los lazos que unen naturalmente
los asuntos públicos con Dios. En estos últimos tiempos, sobre todo, se ha
erigido una especie de muro entre la
Iglesia
y la sociedad civil. En la constitución y
administración de los Estados no se tiene en cuenta para nada la jurisdicción
sagrada y divina, y se pretende obtener que la religión no tenga ningún papel
en la vida pública. Esta actitud desemboca en la pretensión de suprimir en el
pueblo la ley cristiana; si les fuera posible hasta expulsarían a Dios de la
misma tierra.
Siendo los espíritus la
presa de un orgullo tan insolente, ¿es que puede sorprender que la mayor parte
del género humano se debata en problemas tan profundos y esté atacada por una
resaca que no deja a nadie al abrigo del miedo y el peligro? Fatalmente
acontece que los fundamentos más sólidos del bien público, se desmoronan cuando
se ha dejado de lado, a la religión. Dios, para que sus enemigos experimenten
el castigo que habían provocado, les ha dejado a merced de sus malas
inclinaciones, de suerte que abandonándose a sus pasiones se entreguen a una
licencia excesiva.
De ahí esa abundancia de
males que desde hace tiempo se ciernen sobre el mundo y que Nos obligan a pedir
el socorro de Aquel que puede evitarlos. ¿Y quién es éste sino Jesucristo, Hijo
Único de Dios, "pues ningún otro nombre ha sido dado a los hombres, bajo
el Cielo, por el que seamos salvados" (Act. 4:12). Hay que recurrir, pues,
al que es "el Camino, la
Verdad
y la
Vida
".
El hombre ha errado: que
vuelva a la senda recta de la verdad; las tinieblas han invadido las almas, que
esta oscuridad sea disipada por la luz de la verdad; la muerte se ha
enseñoreado de nosotros, conquistemos la vida. Entonces nos será permitido
sanar tantas heridas, veremos renacer con toda justicia la esperanza en la
antigua autoridad, los esplendores de la fe reaparecerán; las espadas caerán,
las armas se escaparán de nuestras manos cuando todos los hombres acepten el
imperio de Cristo y sometan con alegría, y cuando "toda lengua profese que
el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre" (Fil. 2:11).
En la época en que la Iglesia, aún próxima a sus
orígenes, estaba oprimida bajo el yugo de los Césares, un joven emperador
percibió en el Cielo una cruz que anunciaba y que preparaba una magnífica y
próxima victoria. Hoy, tenemos aquí otro emblema bendito y divino que se ofrece
a nuestros ojos: Es el Corazón Sacratísimo de Jesús, sobre él que se levanta la
cruz, y que brilla con un magnífico resplandor rodeado de llamas. En él debemos
poner todas nuestras esperanzas; tenemos que pedirle y esperar de él la
salvación de los hombres.
Finalmente, no queremos
pasar en silencio un motivo particular, es verdad, pero legítimo y serio, que
nos presiona a llevar a cabo esta manifestación. Y es que Dios, autor de todos
los bienes, Nos ha liberado de una enfermedad peligrosa. Nos queremos recordar
este beneficio y testimoniar públicamente Nuestra gratitud para aumentar los
homenajes rendidos al Sagrado Corazón.
Nos decidimos en
consecuencia, que el 9, el 10 y el 11 del mes de junio próximo, en la iglesia
de cada localidad y en la iglesia principal de cada ciudad, sean recitadas unas
oraciones determinadas. Cada uno de esos días, las Letanías del Sagrado
Corazón, aprobadas por nuestra autoridad, serán añadidas a las otras
invocaciones. El último día se recitará la fórmula de consagración que Nos os
hemos enviado, Venerables Hermanos, al mismo tiempo que estas cartas.
Como prenda de los
favores divinos y en testimonio de Nuestra Benevolencia, Nos concedemos muy
afectuosamente en el Señor la bendición Apostólica, a vosotros, a vuestro clero
y al pueblo que os está confiado.
Dado en Roma, el 25 de
mayo de 1899,el 22 de Nuestro Pontificado.





























León XIII, Papa.

lunes, 29 de junio de 2015

Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del S...

SOLEMNIDAD DE LOS SANTOS APOSTOLES PEDRO Y PABLO

                                San
Pedro


(Simón o Simeón; Betsaida, Galilea, ? - Roma
?, h. 64/67). Apóstol de Jesucristo y primer jefe de su Iglesia. Era un
pescador del mar de Galilea, hasta que dejó su casa de Cafarnaúm para unirse a
los discípulos de Jesús en los primeros momentos de su predicación; junto con
él se unieron a Jesús otros pescadores de la localidad, como su propio hermano
Andrés y los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, todos los cuales formaron
parte del núcleo originario de los doce apóstoles.
  San Pedro carecía de estudios, pero pronto
se distinguió entre los discípulos por su fuerte personalidad y su cercanía al
maestro, erigiéndose frecuentemente en portavoz del grupo. A través de los
Evangelios puede trazarse un perfil bastante completo de su personalidad. Pedro
es sencillo, generoso e impulsivo en sus intervenciones, que a veces denotan
una incomprensión del auténtico mensaje del maestro. Jesús, por su parte,
muestra por Simón una predilección que aparece patente desde el primer
encuentro. Junto con Santiago y Juan, Pedro participaba en toda la actividad de
Jesús, asistiendo incluso a episodios íntimos de los que quedaban excluidos los
demás apóstoles. En Cafarnaúm, Jesús debió ser a menudo huésped de la familia
de la que procedía la mujer de Pedro.
El sobrenombre de Pedro se lo puso Jesús al señalarle como la «piedra» (petra en latín) sobre la que habría de edificar su Iglesia. En
Cesarea de Filipos, al nordeste del lago Tiberíades, tuvo lugar el episodio en
que San Pedro afirmó la divinidad de Jesús: "Tú eres Cristo, el Hijo de
Dios vivo" (Mat. 16, 16). Jesús juzgó la afirmación como efecto de una
iluminación de lo alto y confirió a Pedro la máxima autoridad:
"Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado
eso la carne y la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo
que tú eres Pedro, y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; las puertas
del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los
cielos. Y todo lo que atares sobre la tierra será también atado en los cielos;
y todo lo que desatares sobre la tierra, será también desatado en los
cielos" (Mat. 16, 17-19).

Personalidad impetuosa y sincera, San Pedro
tuvo también momentos de debilidad. Según el relato evangélico, San Pedro negó
hasta tres veces conocer a Jesús la noche en que éste fue arrestado, cumpliendo
una profecía que le había hecho el maestro; pero, arrepentido de aquella
negación, su fe ya no volvió a flaquear y, después de la crucifixión y la
resurrección, fue privilegiado con la primera aparición de Jesús y se dedicó a
propagar sus enseñanzas.
Tras la muerte de Jesús (hacia el año 30 d.
C.), San Pedro se convirtió en el líder indiscutido de la diminuta comunidad de
los primeros creyentes cristianos de Palestina por espacio de quince años:
dirigía las oraciones, respondía a las acusaciones de herejía lanzadas por los
rabinos ortodoxos y admitía a los nuevos adeptos (incluidos los primeros no
judíos).
Hacia el año 44 fue
encarcelado por orden del rey Herodes Agripa, pero consiguió escapar y abandonó
Jerusalén, dedicándose a propagar la nueva religión por Siria, Asia Menor y
Grecia. En esa época, probablemente, su liderazgo fue menos evidente,
disputándole la primacía entre los cristianos otros apóstoles, como Pablo o
Santiago. Asistió al llamado Concilio de Jerusalén (48 o 49), en el cual apoyó
la línea de San Pablo de abrir el cristianismo a los
gentiles, frente a quienes lo seguían ligando a la tradición judía.
Los últimos años de
la vida de San Pedro están envueltos en la leyenda, pues sólo pueden
reconstruirse a partir de relatos muy posteriores. Posiblemente se trasladó a
Roma, donde habría ejercido un largo apostolado justificativo de la futura sede
del Papado: la Iglesia
romana considera a San Pedro el primero de sus papas. Allí fue detenido durante
las persecuciones deNerón contra los cristianos, y murió
crucificado. Una tradición poco contrastada sitúa su tumba en la colina del
Vaticano, lugar en donde el emperador Constantino hizo levantar en el siglo IV la
basílica de San Pedro y San Pablo.
Las epístolas de San Pedro
Las dos epístolas de
San Pedro que se conservan forman parte, en el Nuevo Testamento, de las siete
epístolas llamadas católicas que siguen a las catorce de San Pablo. La primera
fue escrita en lengua griega, tal vez en el año 64, y va dirigida a los hebreos
dispersos del Ponto, de Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia. Está fechada en
Babilonia (V, 13), topónimo que, como en el
Apocalipsis, indica tal vez
Roma. Destaca en ella un parecido de pensamientos, de expresiones y de
enseñanzas con las epístolas de San Pablo. Enérgica, vehemente y densa en
sentencias, su estilo es conciso, elevado, autoritario y dulce a un mismo
tiempo.
El propósito de la carta es exhortativo. En
una primera serie de exhortaciones, San Pedro expone la dignidad del cristiano,
la sublimidad de su vocación y la santidad de la vida que debe ser su
consecuencia (I, 1-II, 10). Desde el capítulo II, 11 al IV, 6, con graciosas
comparaciones, el apóstol recomienda obediencia, paciencia, respeto a la
autoridad, amor a los enemigos y concordia entre los hermanos. La tercera y
última parte (IV, 7-V, 14) contiene instrucciones para una vida pura y santa,
primero para todos indistintamente y después para los pastores de almas en
particular. En toda la epístola está presente Jesús, con sus padecimientos y
sus consejos.
La segunda epístola, escrita aparentemente
unos meses después, se presenta como una continuación de la primera y va
dirigida a las mismas personas, según expresa el autor con las palabras
"He aquí la segunda carta que os escribo" (III, 1). Generalmente se
presume que San Pedro la dictó poco antes de su martirio, como se puede deducir
del apartado I, 14. En la primera parte (I, 1-21), San Pedro recuerda los
principios generales según los cuales deben los cristianos atenerse tenazmente
a la doctrina recibida y a la práctica de las virtudes. En la segunda (II,
1-22) condena máximas y costumbres de los falsos doctores, cuya perversión de
mente y corazón describe en fuertes términos y enérgico estilo. En la última
(III, 1-13), ataca los frívolos argumentos con que aquellos sectarios se
proponen desacreditar la doctrina de los fieles.


Las bellezas literarias abundan más en esta
segunda epístola que en la primera. El estilo es vigoroso, a menudo impetuoso,
y en toda ella se advierte una viveza especial y un esplendor impresionante de
metáforas. Cierta diversidad de estilo entre esta carta y la precedente ha
hecho dudar de su autenticidad; la
Iglesia
, sin embargo, la acogió en el canon tridentino,
incluyéndola entre las epístolas católicas del Nuevo Testamento.

Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del S...



                    Encíclica “Annum
sacrum”


                                       de S.S. LEÓN XIII 

                  Consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús     
25 de mayo de 1899
dia XXIX
Hace
poco, como sabéis, ordenamos por cartas apostólicas que próximamente
celebraríamos un jubileo, siguiendo la costumbre establecida por los antiguos,
en esta ciudad santa. Hoy, en la espera, y con la intención de aumentar la
piedad en que estará envuelta esta celebración religiosa, nos hemos proyectado
y aconsejamos una manifestación fastuosa. Con la condición que todos los fieles
Nos obedezcan de corazón y con una buena voluntad unánime y generosa, esperamos
que este acto, y no sin razón, produzca resultados preciosos y durables,
primero para la religión cristiana y también para el género humano todo entero.
Muchas veces Nos hemos
esforzado en mantener y poner más a la luz del día esta forma excelente de
piedad que consiste en honrar al Sacratísimo Corazón de Jesús. Seguimos en esto
el ejemplo de Nuestros predecesores Inocencio XII, Benedicto XIV, Clemente
XIII, Pío VI, Pío VII y Pío IX. Esta era la finalidad especial de Nuestro
decreto publicado el 28 de junio del año 1889 y por el que elevamos a rito de
primera clase la fiesta del Sagrado Corazón.


Pero ahora soñamos en una
forma de veneración más imponente aún, que pueda ser en cierta manera la
plenitud y la perfección de todos los homenajes que se acostumbran a rendir al
Corazón Sacratísimo. Confiamos que esta manifestación de piedad sea muy
agradable a Jesucristo Redentor.


Además, no es la primera
vez que el proyecto que anunciamos, sea puesto sobre el tapete. En efecto, hace
alrededor de 25 años, al acercarse la solemnidad del segundo Centenario del día
en que la bienaventurada Margarita María de Alacoque había recibido de Dios la
orden de propagar el culto al divino Corazón, hubo muchas cartas apremiantes,
que procedían no solamente de particulares, sino también de obispos, que fueron
enviadas en gran número, de todas partes y dirigidas a Pío IX. Ellas pretendían
obtener que el soberano Pontífice quisiera consagrar al Sagrado Corazón de
Jesús, todo el género humano. Se prefirió entonces diferirlo, a fin de ir
madurando más seriamente la decisión. A la espera, ciertas ciudades recibieron
la autorización de consagrarse por su cuenta, si así lo deseaban y se
prescribió una fórmula de consagración. Habiendo sobrevenido ahora otros
motivos, pensamos que ha llegado la hora de culminar este proyecto.


Este testimonio general y
solemne de respeto y de piedad, se le debe a Jesucristo, ya que es el Príncipe
y el Maestro supremo. De verdad, su imperio se extiende no solamente a las
naciones que profesan la fe católica o a los hombres que, por haber recibido en
su día el bautismo, están unidos de derecho a la Iglesia, aunque se
mantengan alejados por sus opiniones erróneas o por un disentimiento que les
aparte de su ternura.


El reino de Cristo
también abraza a todos los hombres privados de la fe cristiana, de suerte que
la universalidad del género humano está realmente sumisa al poder de Jesús.
Quien es el Hijo Único de Dios Padre, que tiene la misma sustancia que Él y que
es "el esplendor de su gloria y figura de su sustancia" (Hebreos
1:3), necesariamente lo posee todo en común con el Padre; tiene pues poder
soberano sobre todas las cosas. Por eso el Hijo de Dios dice de sí mismo por la
boca del profeta: "Ya tengo yo consagrado a mi rey en Sión mi monte
santo... Él me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídeme y te
daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra"
(Salmo 2: 6-8.


Por estas palabras,
Jesucristo declara que ha recibido de Dios el poder, ya sobre la Iglesia, que viene
figurada por la montaña de Sión, ya sobre el resto del mundo hasta los límites
más alejados. ¿Sobre qué base se apoya este soberano poder? Se desprende
claramente de estas palabras: "Tú eres mi Hijo." Por esta razón
Jesucristo es el hijo del Rey del mundo que hereda todo poder; de ahí estas
palabras: "Yo te daré las naciones por herencia". A estas palabras
cabe añadir aquellas otras análogas de san Pablo: "A quien constituyó
heredero universal."


Pero hay que recordar
sobre todo que Jesucristo confirmó lo relativo a su imperio, no sólo por los
apóstoles o los profetas, sino por su propia boca. Al gobernador romano que le
preguntaba:"¿Eres Rey tú?", Él contestó sin vacilar: "Tú lo has dicho:
Yo soy rey" (Juan 18:37)La grandeza de este poder y la inmensidad infinita
de este reino, están confirmados plenamente por las palabras de Jesucristo a
los Apóstoles: "Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra."
(Mt 28:18). Si todo poder ha sido dado a Cristo, se deduce necesariamente que
su imperio debe ser soberano, absoluto, independiente de la voluntad de
cualquier otro ser, de suerte que ningún poder no pueda equipararse al suyo. Y
puesto que este imperio le ha sido dado en el cielo y sobre la tierra, se
requiere que ambos le estén sometidos.


Efectivamente, Él ejerció
este derecho extraordinario, que le pertenecía, cuando envió a sus apóstoles a
propagar su doctrina, a reunir a todos los hombres en una sola Iglesia por el
bautismo de salvación, a fin de imponer leyes que nadie pudiera desconocer sin
poner en peligro su eterna salvación. Pero esto no es todo. Jesucristo ordena
no sólo en virtud de un derecho natural y como Hijo de Dios sino también en
virtud de un derecho adquirido. Pues "nos arrancó del poder de las
tinieblas" (Colos. 1:13) y también "se entregó a sí mismo para la Redención de todos"
(1 Tim 2:6).


No solamente los
católicos y aquellos que han recibido regularmente el bautismo cristiano, sino
todos los hombres y cada uno de ellos, se han convertido para Él "en
pueblo adquirido." (1 Pe. 2:9). También san Agustín tiene razón al decir
sobre este punto: "¿Buscáis lo que Jesucristo ha comprado? Ved lo que Él
dio y sabréis lo que compró: La sangre de Cristo es el precio de la compra.
¿Qué otro objeto podría tener tal valor? ¿Cuál si no es el mundo entero? ¿Cuál
sino todas las naciones? ¡Por el universo entero Cristo pagó un precio
semejante!" (Tract., XX in Joan.).
























Santo Tomás nos expone
largamente porque los mismos infieles están sometidos al poder de Jesucristo.
Después de haberse preguntado si el poder judiciario de Jesucristo se extendía
a todos los hombres y de haber afirmado que la autoridad judiciaria emana de la
autoridad real, concluye netamente: "Todo está sumido a Cristo en cuanto a
la potencia, aunque no lo está todavía sometido en cuanto al ejercicio mismo de
esta potencia" (Santo Tomás, III Pars. q. 30, a.4.). Este poder de
Cristo y este imperio sobre los hombres, se ejercen por la verdad, la justicia
y sobre todo por la caridad.

domingo, 28 de junio de 2015

Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del Santísimo Rosario:

Misioneros del Santísimo Rosario: Misioneros del Santísim

Cada Día
Acto de Contrición

¡Dulcísimo Corazón de Jesús, que en este
Divino Sacramento estás vivo e inflamado de amor por

nosotros! Aquí nos  tenéis en vuestra

presencia, pidiéndonos perdón de nuestra culpa e implorando vuestra

misericordia. Nos pesa ¡oh buen Jesús! de haberos ofendido, por ser
Vos tan bueno que no merecéis tal ingratitud. Concedednos

luz y gracia para meditar vuestras virtudes y formar según ellas nuestros pobre

corazón. Amén
Día XXVIII
CARTA ENCÍCLICA
MISERENTISSIMUS REDEMPTOR
DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO XI
SOBRE LA EXPIACIÓN QUE TODOS DEBEN
AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
9. Y ciertamente en el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús tiene la primacía y la parte principal el espíritu de expiación Y reparación; ni hay nada más conforme con el origen, índole, virtud y prácticas propias de esta devoción, como la Historia y la tradición, la sagrada liturgia y las actas de los Santos Pontífices confirman. Cuando Jesucristo se aparece a Santa Margarita María, predicándole la infinitud de su caridad, juntamente, como
Apenado, se queja de tantas injurias como recibe de los hombres por estas palabras que habían de grabarse en las Almas piadosas de manera que jamás se olvidarán: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres y de
Tantos beneficios los ha colmado, y que en pago a su amor infinito no halla gratitud alguna, sino ultrajes, a veces aun de Aquellos que están obligados a amarle con especial amor». Para reparar estas y otras culpas recomendó entre otras Cosas que los hombres comulgaran con ánimo de expiar, que es lo que llaman Comunión Reparadora, y las súplicas y Preces durante una hora, que propiamente se llama la Hora Santa; ejercicios de piedad que la Iglesia no sólo aprobó, Sino que enriqueció con copiosos favores espirituales.
Consolar a Cristo
10. Más ¿cómo podrán estos actos de reparación consolar a Cristo, que dichosamente reina en los cielos? Respondemos con palabras de San Agustín: «Dame un corazón que ame y sentirá lo que digo» (31) In Ioan. tr.XXVI 4. Un alma de veras amante de Dios, si mira al tiempo pasado, ve a Jesucristo trabajando, doliente, sufriendo durísimas Penas «por nosotros los hombres y por nuestra salvación», tristeza, angustias, oprobios, «quebrantado por nuestras Culpas» (32) Is 53,5 y sanándonos con sus llagas. De todo lo cual tanto más hondamente se penetran las almas piadosas Cuanto más claro ven que los pecados de los hombres en cualquier tiempo cometidos fueron causa de que el Hijo de Dios se entregase a la muerte; y aun ahora esta misma muerte, con sus mismos dolores y tristezas, de nuevo le infieren, Ya que cada pecado renueva a su modo la pasión del Señor, conforme a lo del Apóstol: «Nuevamente crucifican al Hijo
De Dios y le exponen a vituperio» (33) Is 5. Que si a causa también de nuestros pecados futuros, pero previstos, el alma de Cristo Jesús estuvo triste hasta la muerte, sin duda algún consuelo recibiría de nuestra reparación también futura, pero Prevista, cuando el ángel del cielo (34) Lc 22,43 se le apareció para consolar su Corazón oprimido de tristeza y angustias. Así, aún Podemos y debemos consolar aquel Corazón sacratísimo, incesantemente ofendido por los pecados y la ingratitud de Los hombres, por este modo admirable, pero verdadero; pues alguna vez, como se lee en la sagrada liturgia, el mismo Cristo se queja a sus amigos del desamparo, diciendo por los labios del Salmista: «Improperio y miseria esperó mi Corazón; y busqué quien compartiera mi tristeza y no lo hubo; busqué quien me consolara y no lo hallé» (35) Sal 68,21.
La pasión de Cristo en su Cuerpo, la Iglesia.
11. Añádase que la pasión expiadora de Cristo se renueva y en cierto modo se continúa y se completa en el Cuerpo
Místico, que es la Iglesia. Pues sirviéndonos de otras palabras de San Agustín (36) In Ps. 86.: «Cristo padeció cuanto debió
Padecer; nada falta a la medida de su pasión. Completa está la pasión, pero en la cabeza; faltaban todavía las pasiones
De Cristo en el cuerpo». Nuestro Señor se dignó declarar esto mismo cuando, apareciéndose a Saulo, «que respiraba
Amenazas y muerte contra los discípulos» (37) . Hech 91,1., le dijo: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (38) Hech 5; significando claramente
Que en las persecuciones contra la Iglesia es a la Cabeza divina de la Iglesia a quien se veja e impugna. Con razón,
Pues, Jesucristo, que todavía en su Cuerpo místico padece, desea tenernos por socios en la expiación, y esto pide con
El nuestra propia necesidad; porque siendo como somos «cuerpo de Cristo, y cada uno por su parte miembro» (39) 1 Cor 12,27,
Necesario es que lo que padezca la cabeza lo padezcan con ella los miembros (40) Ibíd.
Necesidad actual de expiación por tantos pecados
12. Cuánta sea, especialmente en nuestros tiempos, la necesidad de esta expiación y reparación, no se le ocultará a
Quien vea y contemple este mundo, como dijimos, «en poder del malo» (41) 1 Jn 5,19. De todas partes sube a Nos clamor de
Pueblos que gimen, cuyos príncipes o rectores se congregaron y confabularon a una contra el Señor y su Iglesia (42) 2 Pe 2,2.
Por esas regiones vemos atropellados todos los derechos divinos y humanos; derribados y destruidos los templos, los
Religiosos y religiosas expulsados de sus casas, afligidos con ultrajes, tormentos, cárceles y hambre; multitudes de niños
Y niñas arrancados del seno de la Madre Iglesia, e inducidos a renegar y blasfemar de Jesucristo y a los más horrendos
Crímenes de la lujuria; todo el pueblo cristiano duramente amenazado y oprimido, puesto en el trance de apostatar de la
Fe o de padecer muerte crudelísima. Todo lo cual es tan triste que por estos acontecimientos parecen manifestarse «los
Principios de aquellos dolores» que habían de preceder «al hombre de pecado que se levanta contra todo lo que se
Llama Dios o que se adora» (43) 2 Tes 2,4.
Y aún es más triste, venerables hermanos, que entre los mismos fieles, lavados en el bautismo con la sangre del
Cordero inmaculado y enriquecidos con la gracia, haya tantos hombres, de todo orden o clase, que con increíble
Ignorancia de las cosas divinas, inficionados de doctrinas falsas, viven vida llena de vicios, lejos de la casa del Padre;
Vida no iluminada por la luz de la fe, ni alentada de la esperanza en la felicidad futura, ni caldeada y fomentada por el
Calor de la caridad, de manera que verdaderamente parecen sentados en las tinieblas y en la sombra de la muerte.
Cunde además entre los fieles la incuria de la eclesiástica disciplina y de aquellas antiguas instituciones en que toda la
Vida cristiana se funda y con que se rige la sociedad doméstica y se defiende la santidad del matrimonio; menospreciada
Totalmente o depravada con muelles halagos la educación de los niños, aún negada a la Iglesia la facultad de educar a
La juventud cristiana; el olvido deplorable del pudor cristiano en la vida y principalmente en el vestido de la mujer; la
Codicia desenfrenada de las cosas perecederas, el ansia desapoderada de aura popular; la difamación de la autoridad
Legítima, y, finalmente, el menosprecio de la palabra de Dios, con que la fe se destruye o se pone al borde de la ruina.
Forman el cúmulo de estos males la pereza y la necedad de los que, durmiendo o huyendo como los discípulos,
Vacilantes en la fe míseramente desamparan a Cristo, oprimido de angustias o rodeado de los satélites de Satanás; no
Menos que la perfidia de los que, a imitación del traidor Judas, o temeraria o sacrílegamente comulgan o se pasan a los
Campamentos enemigos. Y así aun involuntariamente se ofrece la idea de que se acercan los tiempos vaticinados por
Nuestro Señor: «Y porque abundó la iniquidad, se enfrió la caridad de muchos» (44) Mt 24,12.
El ansia ardiente de expiar
13. Cuantos fieles mediten piadosamente todo esto, no podrán menos de sentir, encendidos en amor a Cristo apenado,
El ansia ardiente de expiar sus culpas y las de los demás; de reparar el honor de Cristo, de acudir a la salud eterna de
Las almas. Las palabras del Apóstol: «Donde abundó el delito, sobreabundó la gracia» (45) Rom 5,20, de alguna manera se
Acomodan también para describir nuestros tiempos; pues si bien la perversidad de los hombres sobremanera crece,
Maravillosamente crece también, inspirando el Espíritu Santo, el número de los fieles de uno y otro sexo, que con
Resuelto ánimo procuran satisfacer al Corazón divino por todas las ofensas que se le hacen, y aun no dudan ofrecerse a
Cristo como víctimas.
Quien con amor medite cuanto hemos dicho y en lo profundo del corazón lo grabe, no podrá menos de aborrecer y de
Abstenerse de todo pecado como de sumo mal; se entregará a la voluntad divina y se afanará por reparar el ofendido
Honor de la divina Majestad, ya orando asiduamente, ya sufriendo pacientemente las mortificaciones voluntarias, y las
Aflicciones que sobrevinieren, ya, en fin, ordenando a la expiación toda su vida.
Aquí tienen su origen muchas familias religiosas de varones y mujeres que, con celo ferviente y como ambicioso de
Servir, se proponen hacer día y noche las veces del Ángel que consoló a Jesús en el Huerto; de aquí las piadosas
Asociaciones asimismo aprobadas por la Sede Apostólica y enriquecidas con indulgencias, que hacen suyo también este
Oficio de la expiación con ejercicios convenientes de piedad y de virtudes; de aquí finalmente los frecuentes y solemnes
Actos de desagravio encaminados a reparar el honor divino, no sólo por los fieles particulares, sino también por las
Parroquias, las diócesis y ciudades.
LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS
Causa de muchos bienes
14. Pues bien: venerables hermanos, así como la devoción de la consagración, en sus comienzos humildes, extendidos
Después, empieza a tener su deseado esplendor con nuestra confirmación, así la devoción de la expiación o reparación,
Desde un principio santamente introducida y santamente propagada. Nos deseamos mucho que, más firmemente
Sancionada por nuestra autoridad apostólica, más solemnemente se practique por todo el universo católico. A este fin
Disponemos y mandamos que cada año en la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús —fiesta que con esta ocasión
Ordenamos se eleve al grado litúrgico de doble de primera clase con octava— en todos los templos del mundo se rece
Solemnemente el acto de reparación al Sacratísimo Corazón de Jesús, cuya oración ponemos al pie de esta carta para
Que se reparen nuestras culpas y se resarzan los derechos violados de Cristo, Sumo Rey y amantísimo Señor.
No es de dudar, venerables hermanos, sino que de esta devoción santamente establecida y mandada a toda la Iglesia,
Muchos y preclaros bienes sobrevendrán no sólo a los individuos, sino a la sociedad sagrada, a la civil y a la doméstica,
Ya que nuestro mismo Redentor prometió a Santa Margarita Marí«que todos aquellos que con esta devoción honraran
Su Corazón, serían colmados con gracias celestiales».
Los pecadores, ciertamente, «viendo al que traspasaron» (46) Jn 19,37, y conmovidos por los gemidos y llantos de toda la Iglesia,
Doliéndose de las injurias inferidas al Sumo Rey, «volverán a su corazón» (47) Is 46,8; no sea que obcecados e impenitentes en
Sus culpas, cuando vieren a Aquel a quien hirieron «venir en las nubes del cielo» (48) Mt 26,64, tarde y en vano lloren sobre
E1 (49) Cf. Ap 1,7.
Los justos más y más se justificarán y se santificarán, y con nuevas fervores se entregarán al servicio de su Rey, a quien
Miran tan menospreciado y combatido y con tantas contumelias ultrajado; pero especialmente se sentirán enardecidos
Para trabajar por la salvación de las almas, penetrados de aquella queja de la divina Víctima: « ¿Qué utilidad en mi
Sangre?»(50) Sal 19,10; y de aquel gozo que recibirá el Corazón sacratísimo de Jesú«por un solo pecador que hiciere
Penitencia» (51) Lc 15,4.
Especialmente anhelamos y esperamos que aquella justicia de Dios, que por diez justos movidos a misericordia perdonara
A los de Sodoma, mucho más perdonará a todos los hombres, suplicantemente invocada y felizmente aplacada por toda
La comunidad de los fieles unidos con Cristo, su Mediador y Cabeza.
La Virgen Reparadora
15. Plazcan, finalmente, a la benignísima Virgen Madre de Dios nuestros deseos y esfuerzos; que cuando nos dio al
Redentor, cuando lo alimentaba, cuando al pie de la cruz lo ofreció como hostia, por su unión misteriosa con Cristo y
Singular privilegio de su gracia fue, como se la llama piadosamente, reparadora. Nos, confiados en su intercesión con
Cristo, que siendo el «único Mediador entre Dios y los hombres» (52) Tim 2,3, quiso asociarse a su Madre como abogada de los
Pecadores, dispensadora de la gracia y mediadora, amantísimamente os damos como prenda de los dones celestiales
de nuestra paternal benevolencia, a vosotros, venerables hermanos, y a toda la grey confiada a vuestro cuidado, la
bendición apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, día 8 de mayo de 1928, séptimo de nuestro pontificado.
* * * * * * *
ORACIÓN EXPIATORIA
AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Dulcísimo Jesús, cuya caridad derramada sobre los hombres se paga tan ingratamente con el olvido, el desdén y el
desprecio, míranos aquí postrados ante tu altar. Queremos reparar con especiales manifestaciones de honor tan indigna
frialdad y las injurias con las que en todas partes es herido por los hombres tu amoroso Corazón.
Recordando, sin embargo, que también nosotros nos hemos manchado tantas veces con el mal, y sintiendo ahora
vivísimo dolor, imploramos ante todo tu misericordia para nosotros, dispuestos a reparar con voluntaria expiación no sólo
los pecados que cometimos nosotros mismos, sino también los de aquellos que, perdidos y alejados del camino de la
salud, rehúsan seguirte como pastor y guía, obstinándose en su infidelidad, y han sacudido el yugo suavísimo de tu ley,
pisoteando las promesas del bautismo.
A1 mismo tiempo que queremos expiar todo el cúmulo de tan deplorables crímenes, nos proponemos reparar cada uno
de ellos en particular: la inmodestia y las torpezas de la vida y del vestido, las insidias que la corrupción tiende a las
almas inocentes, la profanación de los días festivos, las miserables injurias dirigidas contra ti y contra tus santos, los
insultos lanzados contra tu Vicario y el orden sacerdotal, las negligencias y los horribles sacrilegios con que se profana
el mismo Sacramento del amor divino y, en fin, las culpas públicas de las naciones que menosprecian los derechos y el
magisterio de la Iglesia por ti fundada.
¡Ojalá que podamos nosotros lavar con nuestra sangre estos crímenes! Entre tanto, como reparación del honor divino
conculcado, te presentamos, acompañándola con las expiaciones de tu Madre la Virgen, de todos los santos y de los
fieles piadosos, aquella satisfacción que tú mismo ofrecisté un día en la cruz al Padre, y que renuevas todos los días en
los altares. Te prometemos con todo el corazón compensar en cuanto esté de nuestra parte, y con el auxilio de tu gracia,
los pecados cometidos por nosotros y por los demás: la indiferencia a tan grande amor con la firmeza de la fe, la

inocencia de la vida, la observancia perfecta de la ley evangélica, especialmente de la caridad, e impedir además con
todas nuestras fuerzas las injurias contra ti, y atraer a cuantos podamos a tu seguimiento. Acepta, te rogamos,
benignísimo Jesús, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María Reparadora, el voluntario ofrecimiento de
expiación; y con el gran don de la perseverancia, consérvanos fidelísimos hasta la muerte en el culto y servicio a ti, para
que lleguemos todos un día a la patria donde tú con el Padre y con el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los
siglos. Amén.o Rosario::

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