domingo, 30 de septiembre de 2012

XVIII Domingo después Pentecostés

(Evangelio según San Mateo capítulo 9 versículos del 1 al 8) 

Homilía de San Pedro Crisólogo. 


Lo que hemos leído hoy en el Evangelio nos muestra que Jesucristo, por sus actos humanos, obró misterios divinos, y que valiéndose de recursos visibles realizó operaciones invisibles. “Subió a la barca-dice el Evangelista-atravesó el lago y fue a su ciudad”. ¿Por ventura no es él mismo quien, separando las aguas, dejó al descubierto el fondo del mar, para que el pueblo de Israel pasase a pie enjuto entre las olas asombradas, como por un desfiladero? ¿No es él quien allanó debajo de los pies de Pedro las olas embravecidas, de suerte que el líquido elemento ofreciese un apoyo firme a sus plantas?
¿Qué razón tuvo, pues, para no usar en provecho propio de la obediencia del mar, y para servirse de una barca al tratarse de atravesar un lago tan reducido? “Subió a la barca-dice el Evangelio-y atravesó el lago”. Mas ¿qué, hay en esto de extraño, hermanos míos?. Jesucristo vino a sumir nuestras debilidades y a comunicarnos su fuerza, a tomar la que es humano y a cedernos lo que es divino; a recibir injurias a conceder honores; a cargar sobre sí nuestros males y a traernos la salud; porque el médico que no conoce por experiencia propia la enfermedad, no sabe curar, y el que no haya enfermado con el enfermo, no puede devolver la salud.
Si, pues, Jesucristo no hubiera descendido de la altura de sus perfecciones, nada hubiera tenido de común con los hombres; y si no se hubiera sujetado a la condición de nuestra vida corporal, en vano se hubiera revestido de nuestra carne. “Subió a la barca-dice el Evangelio– y atravesó el lago”. El Creador y el Señor del Universo, cuando se hubo reducido por nosotros a las estrecheces de nuestra carne, empezó a tener una patria terrenal, hízose ciudadano judío, y aquel de quien todos los padres han recibido la existencia comenzó a tener padres propios. Hizo todo esto a fin de inventar por el amor, atraer por la caridad, ganar por el afecto y persuadir por la bondad, a los que habrían retraído la autoridad, dispersado el temor y alejado el rigor del poder.

sábado, 29 de septiembre de 2012

San Miguel Arcángel


 La oración a San Miguel del Papa León XIII
En Octubre 13, 1884, el Papa León XIII, experimento una visión horrible. Después de celebrar la Santa Misa, estaba consultando sobre ciertos temas con sus cardenales en la capilla privada del Vaticano cuando de pronto se detuvo al pie del altar y quedo sumido en una realidad que solo el veía. Su rostro tenia expresión de horror y de impacto. Se fue palideciendo. Algo muy duro había visto. De repente, se incorporo, levanto su mano como saludando y se fue a su estudio privado. Lo siguieron y le preguntaron: ¿Que le sucede su Santidad? ¿Se siente mal?
El respondió: "¡Oh
, que imágenes tan terribles se me han permitido ver y escuchar!", y se encerró en su oficina.
¿Qué vio León XIII?  "Vi demonios y oí sus crujidos, sus blasfemias, sus burlas. Oí la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios, diciendo que el podía destruir la Iglesia y llevar todo el mundo al infierno si se le daba suficiente tiempo y poder. Satanás pidió permiso a Dios de tener 100 años para poder influenciar al mundo como nunca antes había podido hacerlo." También León XIII pudo comprender que si el demonio no lograba cumplir su propósito en el tiempo permitido, sufriría una derrota humillante. Vio a San Miguel Arcángel aparecer y lanzar a Satanás con sus legiones en el abismo del infierno.
Después de media hora, llamo al Secretario para la Congregación de Ritos. Le entrego una hoja de papel y le ordeno que la enviara a todos los obispos del mundo indicando que bajo mandato tenia que ser recitada después de cada misa, la oración que ahí el había escrito.

                                                                "San Miguel Arcángel,
                                                               defiéndenos en la batalla.
Sé nuestro amparo
contra la perversidad y asechanzas
del demonio.
Reprímale Dios, pedimos suplicantes,
y tú Príncipe de la Milicia Celestial,
arroja al infierno con el divino poder
a Satanás y a los otros espíritus malignos
que andan dispersos por el mundo
para la perdición de las almas.
Amén." 


domingo, 23 de septiembre de 2012

XVII Domingo después Pentecostés


(Evangelio según San Mateo capítulo 12 versículos del 34 al 46)

Homilía de San Juan Crisóstomo.

Confundidos los saduceos, volvieron los fariseos a la carga, y aunque les abría convenido más mantenerse quietos, prefirieron continuar la lucha; y enviaron por delante a un especialista de la interpretación de la Ley, a que preguntara a Jesús, no para instruirse, sino para tentarle, cuál era el primer mandamiento de la Ley. Porque siendo el primer mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios”, pensaban ellos que Jesús, que se hacía Dios, alegaría razones para reformar este mandamiento, añadiéndole algo. ¿Qué hizo, pues el Señor? Queriendo poner de manifiesto que el móvil que les había llevado a tentarle era su falta absoluta de caridad, hija de la envidia que les consumía, díjoles: “Amarás al Señor, Dios tuyo; este es el máximo y primer mandamiento. El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
¿Y por qué le es semejante? Porque el segundo conduce al primero y de este recibe su fuerza. “Pues quien obra mal, odia la luz, y no se acerca a ella”. Y además: “Dijo el insensato en su corazón: No hay Dios”. Y más aun: “Corrompiéronse, e hiciéronse abominables en sus afanes”. Y también: “ La avaricia es la reina de todos los males, de la cual, arrastrados algunos, se desviaron de la fe”. Y por ultimo: “Quien me ama guardará mis preceptos”, de los cuales es raíz y principio éste: “Amarás al Señor, Dios tuyo, y a tu prójimo como a ti mismo”.
Si, pues, amar a Dios es también amar al prójimo (porque el Salvador dijo: Si me amas Pedro, apacienta mis ovejas”), y si el amor del prójimo hace que observemos los mandamientos, con razón afirma el Señor que este doble amor contiene toda la Ley y los Profetas. Y así como hemos visto antes que, interrogado Jesucristo, a propósito de la resurrección, dio una respuesta más completa de lo que pedían los tentadores, así también, interrogado en la ocasión presente sobre el primer mandamiento, refirióse por su cuenta al segundo, que no dista mucho del primero, pues es semejante al mismo. Respondiendo así, dio a entender disimuladamente que los fariseos obraban al hacer estas preguntas instigados por el odio. “Pues la caridad, se ha dicho, no es envidiosa”. 

domingo, 16 de septiembre de 2012

XVI Domingo después Pentecostés


Evangelio según San Lucas 14, 1-11.

Homilía de San Ambrosio, Obispo.

He ahí, en primer lugar, la curación de un hidrópico en quien el peso de la carne entorpecía los movimientos del alma y extinguía el ardor del espíritu. Viene después una lección de humildad, cuando el Señor condena, con ocasión del banquete nupcial, a los que eligen los primeros puestos. Ello no obstante, lo hizo con suavidad deseoso de mitigar con su bondad persuasiva la severidad de la reprimenda, de convencerlos mediante razones y de que la corrección aplicada sirviera para moderar su ambición. Esta lección de humildad va acompañada de una lección de misericordia, y las palabras del Señor nos demuestran que la misericordia digna de ese nombre debe practicarse con los pobres y los débiles; porque ser hospitalarios con los que recompensan la hospitalidad, antes denota ser avaros que no caritativos.

Finalmente, a uno de los convidados, como a un veterano que ha cumplido sus años de servicio, da Jesucristo por recompensa el precepto de despreciar las riquezas, ya que el reino de los cielos no puede ser adquirido ni por aquel que, enteramente entregado a las cosas de aquí bajo, ha comprado posesiones terrenales, ya que el Señor dijo: “Vende cuanto tienes y sígueme”; ni por aquel que compró bueyes (ya que Elíseo degolló y distribuyo los que tenía); ni, en fin, por aquel que habiendo tomado mujer, se preocupa de las cosas de este mundo, y no de las de Dios. Cierto que no se intenta condenar el estado conyugal, pero se afirma que la virginidad ha sido llamada a un honor más alto que las nupcias, “porque la mujer soltera o virgen, piensa en las cosas de Dios, para ser santa en cuerpo y alma”.

Mas, para conquistarnos ahora la amistad de las personas casadas, como más arriba nos hemos conciliado la de las viudas, digamos que no estamos lejos de la opinión de muchos intérpretes que estiman que las tres clases de hombres excluidos de las participación en el gran festín son: los paganos, los judíos y los herejes. Y por esto el Apóstol nos manda huir de la avaricia, por miedo de que engolfados, como los gentiles, en la iniquidad, la malicia, la impudicia y la avaricia, no podemos llegar al reino de Cristo. “Porque ningún impúdico, o avariento, vicios que implican una idolatría, será heredero del reino de Cristo y de Dios”.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Dulce Nombre de María


Ha sido Lucas en su evangelio quien nos ha dicho el nombre de la doncella que va a ser la Madre de Dios: "Y su nombre era María". El nombre de María, traducido del hebreo "Miriam", significa, Doncella, Señora, Princesa.

Estrella del Mar, feliz Puerta del cielo, como canta el himno Ave maris stella. El nombre de María está relacionado con el mar pues las tres letras de mar guardan semejanza fonética con María. También tiene relación con "mirra", que proviene de un idioma semita. La mirra es una hierba de África que produce incienso y perfume.
En el Cantar de los Cantares, el esposo visita a la esposa, que le espera con las manos humedecidas por la mirra. "Yo vengo a mi jardín, hermana y novia mía, a recoger el bálsamo y la mirra". "He mezclado la mirra con mis aromas. Me levanté para abrir a mi amado: mis manos gotean perfume de mirra, y mis dedos mirra que fluye por la manilla de la cerradura". Los Magos regalan mirra a María como ofrenda de adoración. "Y entrando a la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron y abriendo sus cofres, le ofrecieron oro, incienso y mirra". La mirra, como María, es el símbolo de la unión de los hombres con Dios, que se hace en el seno de María. Maria es pues, el centro de unión de Dios con los hombres. Los lingüistas y los biblistas desentrañan las raíces de un nombre tan hermoso como María, que ya llevaba la hermana de Moisés, y muy común en Israel. Y que para los filólogos significa hermosa, señora, princesa, excelsa, calificativos todos bellos y sugerentes.

EL NOMBRE Y LA MISION

En la Historia de la Salvación es Dios quien impone o cambia el nombre a los personajes a quienes destina a una misión importante. A Simón, Jesús le dice: "Tú te llamas Simón. En adelante te llamarás Kefá, Pedro, piedra, roca, porque sobre esta roca edificaré mi Iglesia". María venía al mundo con la misión más alta, ser Madre de Dios, y, sin embargo, no le cambia el nombre. Se llamará, simplemente, MARIA, el nombre que tenía, y cumple todos esos significados, pues como Reina y Señora la llamarán todas las generaciones. María, joven, mujer, virgen, ciudadana de su pueblo, esposa y madre, esclava del Señor. Dulce mujer que recibe a su niño en las condiciones más pobres, pero que con su calor lo envuelve en pañales y lo acuna. María valiente que no teme huir a Egipto para salvar a su hijo. Compañera del camino, firme en interceder ante su hijo cuando ve el apuro de los novios en Caná, mujer fuerte con el corazón traspasado por la espada del dolor de la Cruz de su Hijo y recibiendo en sus brazos su Cuerpo muerto. Sostén de la Iglesia en sus primeros pasos con su maternidad abierta a toda la humanidad. María, humana. María, decidida y generosa. María, fiel y amiga. María fuerte y confiada. María, Inmaculada, Madre, Estrella de la Evangelización.


domingo, 9 de septiembre de 2012

XV Domingo después Pentecostés

(Evangelio según San Lucas capítulo 7 versículos del 11 al 16)

Homilía de San Agustín, Obispo.

Si la resurrección de aquel joven llenó de júbilo a la viuda, su madre, también nuestra madre la Santa Iglesia  se regocija al ver los hombres que cada día resucitan espiritualmente. Aquél había muerto a la vida del cuerpo; éstos a la del alma. La muerte visible de aquel era llorada visiblemente. Pero la muerte invisible de éstos, nadie la llora ni siquiera la conoce. Preocupase de estos muertos  el único que los conoce, y sólo los conoce el que puede devolverles la vida. En efecto, si el Señor no hubiera venido para resucitar estos muertos, no hubiera dicho el Apóstol: “Levántate, tú que duermes, y resucita de la muerte, y te alumbrará Cristo”.

Tres muertos vemos que fueron resucitados visiblemente por el Señor, peor se cuentan por millares los que resucito invisiblemente. En cuanto a los muertos que resucito visiblemente, ¿Quién puede saber su número?. Porque no todo lo que hizo esta escrito. “Muchas cosas hizo Jesús-dice San Juan– que si se escribieran pienso que no cabrían en el mundo los libros que las narrasen”. Sin duda que muchos otros, pues, fueron resucitados, pero no sin razón se mencionan tres. Nuestro Señor Jesucristo quería que entendiéramos en un sentido espiritual lo que obraba en los cuerpos. No hacía milagros sólo por hacerlos, sino que quería excitar la admiración por ellos en los que contemplaban, y que apareciesen también llenos de confianzas para los que comprendían su sentido.

Así como hay quienes ven las letras de códice primorosamente escrito, pero no saben leer, y alaban, sí, el arte del copista, maravillados de la hermosura de sus rasgos, pero ignoran lo que aquellos caracteres significan, y deben deducirse a elogiar lo que ven, sin entenderlo, al paso que otros, no contentos con alabar la destreza del copista, penetran en el significado del escrito, y no sólo pueden ver, como todo el mundo, sino también leer, lo cual no es posible  al que nunca aprendió hacerlo; así los que vieron milagros de Jesucristo sin penetrar en su significación y en lo que dejaban vislumbrar a las almas dotadas de inteligencia, maravilláronse únicamente ante el hecho material, mientras que los demás admiraron a la vez los hechos y penetraron en sus sentidos. Así debemos proceder nosotros en la escuela de Jesucristo.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Natividad de la Santísima Virgen María


Hoy, 8 de septiembre, se celebra la festividad de la Natividad de la Virgen María.

Un anticipo y anuncio inmediato de la redención obrada por Jesucristo es el nacimiento de su Madre la Virgen María, concebida sin mancha de pecado, llena de gracia y bendita entre todas las mujeres.

La primera fuente de la narración del nacimiento de la Virgen es el apócrifo Protoevangelio de Santiago, que coloca el nacimiento de la Virgen en Jerusalén, en el lugar en que debió existir una basílica en honor a María Santísima, junto a la piscina probática, según cuentan diversos testimonios entre los años 400 y 600. Después del año 603 el patriarca Sofronio afirma que ése es el lugar donde nació la Virgen. Posteriormente, la arqueología ha confirmado la tradición.

La fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen surgió en Oriente, y con mucha probabilidad en Jerusalén, hacia el s. V. Allí siempre estuvo viva la tradición de la casa natalicia de María. La fiesta surgió muy probablemente como dedicación de una iglesia a María, junto a la piscina probática; tradición que se relaciona con el actual santuario de Santa Ana.

domingo, 2 de septiembre de 2012

XIV Domingo después Pentecostés


(Evangelio según San Mateo 6, 24-33)

Homilía de San Agustín, Obispo

“Nadie puede servir a dos señores”. A esta misma idea se refiere lo que nuestro Señor expone a continuación: “Porque o tendrá aversión al uno y amor al otro, o si sujeta al primero mirará con desdén al segundo”. Hay que examinar atentamente este pasaje. Nuestro Señor mismo indica quiénes son estos dos señores cuando añade: “no podéis servir a Dios y a Mammón”. Los hebreos dan, según dicen, a las riquezas el nombre de Mammón. En lengua púnica, este nombre tiene el mismo sentido, porque mammón significa gancia.

Pero servir a Mammón, es también ser esclavo de aquel cuya perversidad le ha puesto a la cabeza de las cosas terrenales, y la cual llama el Señor: “príncipe de este mundo”. Por consiguiente, “o el hombre le odiará y amará a otro”, esto es, a Dios, “o se sujetará aquél y mirará con desdén a éste”. En efecto, el que se hace esclavo de las riquezas, se sujeta a un dueño duro y a un señor cruel; pues encadenado por codicia, soporta la tiranía del demonio, y ciertamente, no le ama, porque ¿Quién puede amar al demonio? Ello no obstante, lo soporta.

En razón de esto, os digo: no os acongojéis por el cuidado de hallar qué comer para sustentar vuestra vida, o de donde sacaréis vestidos para cubrir vuestro cuerpo”. No sea que, después de renunciar a las cosas superfluas, se divida el corazón al buscar las cosas necesarias, y para adquirirlas se tuerza nuestra intención en las mismas obras que creemos realizar por un motivo de misericordia. Es decir, que, cuando al parecer nos desvivimos por los intereses del prójimo, no procuremos más nuestro provecho que su utilidad, y con todo nos consideremos exentos de faltas al pretender sólo lo necesario, y no lo superfluo.

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