domingo, 31 de julio de 2011

La Compañía de Jesús y de María festeja su Santo Patrono

Deseamos a la Compañía en la persona de su Superior su Excelencia Reverendísima Monseñor Andrés Morello y en la de sus religiosos la protección del Glorioso soldado de Cristo, que con un corazón magnánimo trabajo de manera infatigable. 

"Ad Majorem Dei Gloriam"

"Para mayor gloria de Dios"




 


San Ignacio de Loyola

SAN IGNACIO nació probablemente, en 1491, en el castillo de Loyola en Azpeitia, población de Guipúzcoa, cerca de los Pirineos. Su padre, don Bertrán, era señor de Ofiaz y de Loyola, jefe de una de las familias más antiguas y nobles de la región. Y no era menos ilustre el linaje de su madre, Marina Sáenz de Licona y Balda. Iñigo (pues ése fue el nombre que recibió el santo en el bautismo) era el más joven de los ocho hijos y tres hijas de la noble pareja. Iñigo luchó contra los franceses en el norte de Castilla. Pero su breve carrera militar terminó abruptamente el 20 de mayo de 1521, cuando una bala de cañón le rompió la pierna durante la lucha en defensa del castillo de Pamplona. Después de que Iñigo fue herido, la guarnición española capituló.


Los franceses no abusaron de la victoria y enviaron al herido en una litera al castillo de Loyola (su hogar). Como los huesos de la pierna soldaron mal, los médicos consideraron necesario quebrarlos nuevamente. Iñigo se decidió a favor de la operación y la soportó estoicamente ya que anhelaba regresar a sus anteriores andanzas a todo costo.  Pero, como consecuencia, tuvo un fuerte ataque de fiebre con tales complicaciones que los médicos pensaron que el enfermo moriría antes del amanecer de la fiesta de San Pedro y San Pablo. Sin embargo empezó a mejorar, aunque la convalecencia duró varios meses. No obstante la operación de la rodilla rota presentaba todavía una deformidad. Iñigo insistió en que los cirujanos cortasen la protuberancia y, pese a éstos le advirtieron que la operación sería muy dolorosa, no quiso que le atasen ni le sostuviesen y soportó la despiadada carnicería sin una queja. Para evitar que la pierna derecha se acortase demasiado, Iñigo permaneció varios días con ella estirada mediante unas pesas. Con tales métodos, nada tiene de extraño que haya quedado cojo para el resto de su vida.

Con el objeto de distraerse durante la convalecencia, Iñigo pidió algunos libros de caballería (aventuras de caballeros en la guerra), a los que siempre había sido muy afecto. Pero lo único que se encontró en el castillo de Loyola fue una historia de Cristo y un volumen de vidas de santos. Iñigo los comenzó a leer para pasar el tiempo, pero poco a poco empezó a interesarse tanto que pasaba días enteros dedicado a la lectura. Y se decía: "Si esos hombres estaban hechos del mismo barro que yo, bien yo puedo hacer lo que ellos hicieron". Inflamado por el fervor, se proponía ir en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora y entrar como hermano lego a un convento de cartujos. Pero tales ideas eran intermitentes, pues su ansiedad de gloria y su amor por una dama, ocupaban todavía sus pensamientos. Sin embargo, cuando volvía a abrir el libro de la vida de los santos, comprendía la futilidad de la gloria mundana y presentía que sólo Dios podía satisfacer su corazón. Las fluctuaciones duraron algún tiempo. Ello permitió a Iñigo observar una diferencia: en tanto que los pensamientos que procedían de Dios le dejaban lleno de consuelo, paz y tranquilidad, los pensamientos vanos le procuraban cierto deleite, pero no le dejaban sino amargura y vacío. Finalmente, Iñigo resolvió imitar a los santos y empezó por hacer toda penitencia corporal posible y llorar sus pecados.

Domingo VII después de Pentecostés

(Evangelio según San Marcos capítulo 7 versículos del 15 al 21)
Homilía de San Hilario, Obispo.

Nos advierte el Evangelio que las palabras lisonjeras  y la suavidad de modales se han de aquilatar por el fruto de las obras, de manera que no hemos de estimar a uno por su modo de hablar, sino por su modo de obrar; porque con frecuencia bajo la piel de la oveja se oculta la ferocidad del lobo. Así como las espinas no producen uvas, ni los cardos higos, ni los árboles malos dan buenos frutos así nos enseña el Señor  que la realidad de las buenas obras no consiste en esas maneras externas, y que por tanto, todos deben ser reconocidos por sus frutos. Porque las palabras deferentes no bastan a conquistar el reino de los cielos, ni el que dice: “Señor, Señor”, será por eso su heredero.

Qué mérito hay, en efecto, en llamar al Señor: “Señor”, ¿Es que no lo sería si no le llamáramos así? ¿y qué santidad denota el pronunciar este nombre, cuando el camino del reino celestial no se halla tanto en el hablar como en el cumplir la voluntad de Dios? “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿Acaso no hemos profetizado en tu nombre?. Otra vez condena aquí el Señor la mala fe de la los falsos profetas y las simulaciones de los hipócritas que hacen consistir toda su gloria en la virtud de la palabra, en la predicación de la doctrina, en la expulsión de los demonios o en los efectos de otras obras de este género.

Y en eso se apoyan ellos para prometerse el reino de los cielos, como si algo de lo que dicen o hacen fuese propio suyo, y no le perfeccionase todo el poder de Dios debidamente implorado; como si su ciencia no la sacasen del estudio de las divinas enseñanzas; como sino fuese el nombre de Cristo el que expulsa a los demonios. Así, pues a nosotros corresponde el merecer la eterna felicidad, y algo hemos de poner de nuestra parte, aspirando a hacer el bien, evitando el mal y obedeciendo de todo corazón a los divinos preceptos; logrando así que Dios nos tome en consideración; pero para esto nos es necesario hacer todo lo que él quiere, más que jactarnos de lo que él puede, ya que nos consta que repudia y rechaza a aquellos que se han hecho indignos de la consideración divina por sus malas obras.

viernes, 29 de julio de 2011

Santa Marta-Virgen

Marta, Marta, te afanas y turbas por muchas cosas; sin embargo una sola es necesaria. 
(Lucas, 10, 4-42).


Santa Marta, hermana de Marta Magdalena, tuvo la dicha de recibir a menudo en su casa a Jesucristo. Después de la Ascensión, los judíos la dejaron, con su hermano Lázaro y Santa Magdalena, en una barca sin remos ni timón en el mar; pero Dios les hizo de piloto y los hizo arribar a Provenza. Santa Marta construyó un convento en el que varias jóvenes, movidas por su ejemplo, consagraron a Dios su virginidad.

MEDITACIÓN SOBRE LA ÚNICA COSA NECESARIA

I. Trabajas sin descanso en hacerte rico y sabio; sin embargo, no es éste el negocio importante; puedes ganar el cielo sin ser rico, sabio o estimado de los hombres. Deja esas ocupaciones, si ellas te impiden trabajar en tu salvación; da de mano las cosas del mundo para dedicarte a la sola cosa verdaderamente necesaria. Ojalá pudieses decir como

Tertuliano:Me separé de la muchedumbre, no me ocupo ya sino de una sola cosa, no tengo ya sino un solo cuidado, ¡desembarazarme de todo cuidado!

II. La salvaci6n es absolutamente necesaria para el bien de tu alma como para el de tu cuerpo. Hay que asegurar esta alma que es inmortal; hay que mortificar el cuerpo durante esta vida, para hacerle feliz durante la eternidad. Estos bienes, estos honores, estos placeres, que tú buscas con tanta avidez pasarán velozmente; pero lo que hayas hecho para tu salvaci6n durará eternamente. Examina seriamente tu conciencia a este respecto, y encontrarás motivo para humillarte y confundirte.

III. Habrás perdido todo si no trabajas seria. mente en el negocio de tu salvaci6n durante tu vida; después de la muerte ya no hay manera. No tendrás sino una vida, un cuerpo y un alma; el hombre muere solamente una vez, y para el lado en que cae el árbol, allí queda eternamente. ¿Cómo has trabajado hasta ahora en tu salvación? ¡Ah! ¡te has Ocupado de bagatelas, y has descuidado el único negocio de importancia! No
hacemos caso de las cosas necesarias, no pensamos sino en Cosas vanas y superfluas. (San Juan Crisóstomo).

martes, 26 de julio de 2011

Santa Ana, Madre de la Santísima Virgen María

Por el fruto se conoce el árbol.(Mateo, 12, 33).Santa Ana, después de veinte años de infecundidad, obtuvo del Cielo, por sus lágrimas, sus ayunos y oraciones, el favor de ser madre. Educó a la Virgen María como a l hija que le había concedido el Cielo para algún gran destino. Cuando la niña cumplió tres años, Ana la condujo al Templo y la ofreció al Señor.
Poco tiempo después murió con la muerte de los justos, tan preciosa siempre ante los ojos de Dios.


MEDITACIÓN SOBRE TRES CONDICIONES REQUERIDAS
PARA QUE NUESTRAS ORACIONES SEAN EFICACES

I. Sólo después de veinte años de súplicas y de mortificaciones, Santa Ana fue escuchada. No te desanimes si Dios no te concede de inmediato lo que le pides: persevera en la oración, obtendrás, siempre que pidas cosas buenas y que lo pidas con humildad y confianza. Aplazas el escuchar, oh Dios mío, a fin de enseñarnos a pedir; finges no oír, a fin de que perseveremos. (San Anselmo).

II Un ángel vino a anunciar a Santa Ana que su oración había sido acogida, y ella creyó sin titubear Nuestro Señor mismo ha dicho que todo lo que pidieres en su nombre, te será concedido; ¡y todavía lo dudas! Dios
puede y quiere concederte la gracia que le pides; no carece de Poder ni de voluntad para esto, puesto que es omnipotente y más vivamente quiere hacernos don de sus mercedes que lo que nosotros mismos queremos tenerlas. Ruega, pues, pero hazlo con fe viva e inquebrantable; pide por los méritos de Jesucristo. ¿No es verdad, acaso, que te diriges a Dios sólo después de haber agotado todos los medios mundanos?

III. Santa Ana, agradecida por el favor que el cielo le había acordado, ofreció a Dios en el Templo, a la hija que le había dado. ¿Has agradecido tú las gracias que de Él has recibido? ¿Tal vez las has olvidado, acaso has abusado de ellas Para ofender a Dios tu bienhechor? No es digno de recibir nuevos beneficios quien no agradece los que ha recibido. (San Bernardo).

La mortificación
Orad por la perseverancia de los buenos.

lunes, 25 de julio de 2011

Santiago Apóstol, Patrono de Mendoza, Santiago del Estero y Santiago de Chile

El 25 de Julio se celebra la fiesta de Santiago Apóstol, patrón de España.
El apóstol Santiago, primer apóstol mártir, viajó desde Jerusalén hasta Cádiz (España). Sus predicaciones no fueron bien recibidas, por lo que se trasladó posteriormente a Zaragoza. Aquí se convirtieron muchos habitantes de la zona. Estuvo predicando también en Granada, ciudad en la que fue hecho prisionero junto con todos sus discípulos y convertidos. Santiago llamó en su ayuda a la Virgen María, que entonces vivía aún en Jerusalén, rogándole lo ayudase. La Virgen le concedió el favor de liberarlo y le pidió que se trasladara a Galicia a predicar la fe, y que luego volviese a Zaragoza.
Santiago cumplió su misión en Galicia y regresó a Zaragoza, donde corrió muchos peligros. Una noche, el apóstol estuvo rezando intensamente con algunos discípulos junto al río Ebro, cerca de los muros de la ciudad, pidiendo luz para saber si debía quedarse o huir. Él pensaba en María Santísima y le pedía que rogara con él para pedir consejo y ayuda a su divino Hijo Jesús, que nada podía entonces negarle. De pronto, se vio venir un resplandor del cielo sobre el apóstol y aparecieron sobre él los ángeles
que entonaban un canto muy armonioso mientras traían una columna de luz, cuyo pie, en medio de un rayo luminoso, señalaba un lugar, a pocos pasos del apóstol, como indicando un sitio determinado.

Sobre la columna, se le apareció la Virgen María. Santiago se levantó del lugar donde estaba rezando de rodillas, y recibió internamente el aviso de María de que debía erigir de inmediato una iglesia allí; que la intercesión de María debía crecer como una raíz y expandirse. María le indicó que, una vez terminada la iglesia, debía volver a Jerusalén. Santiago se levantó, llamó a los discípulos que lo acompañaban, que habían oído la música y visto el resplandor; les narró lo demás, y presenciaron luego todos cómo se iba desvaneciendo el resplandor de la aparición. En el lugar de la aparición, se levantó lo que hoy es la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, un lugar de peregrinación famoso en el mundo entero que no fue destruido en la guerra civil española (1936-1939), puesto que las bombas que se lanzaron no explotaron, pudiéndose hoy en día verse expuestas en el interior de la Basílica.

Santiago partió de España, para trasladarse a Jerusalén
, como María le había ordenado. En este viaje visitó a María en Éfeso. María le predijo la proximidad de su muerte en Jerusalén, y lo consoló y lo confortó en gran manera. Santiago se despidió de María y de su hermano Juan, y se dirigió a Jerusalén, donde al poco tiempo fue hecho prisionero.

Fue llevado al monte Calvario, fuera de la ciudad. Durante el recorrido, estuvo predicando y aún fue capaz de convertir a algunas personas. Cuando le ataron las manos, dijo: "Vosotros podéis atar mis manos, pero no mi bendición y mi lengua". Un tullido que se
encontraba a la vera del camino, clamó al apóstol que le diera la mano y lo sanase. El apóstol le contestó: "Ven tú hacia mí y dame tu mano". El tullido fue hacia Santiago, tocó las manos atadas del apóstol e inmediatamente sanó.

Josías, la persona que había entregado a Santiago, fue corriendo hacia él para implorar su perdón. Este hombre se convirtió a Cristo. Santiago le preguntó si deseaba ser bautizado. Él dijo que sí, por lo que el apóstol lo abrazó y le dijo: "Tú serás bautizado en tu propia sangre". Y así se
cumplió más adelante, siendo Josías asesinado posteriormente por su fe.

En otro tramo del recorrido, una mujer se acercó a Santiago con su hijo ciego para alcanzar de él la curación para su hijo, obteniéndola de inmediato.
Una vez llegado al Monte Calvario, el mismo lugar donde años antes fue crucificado nuestro Señor, Santiago fue atado a unas piedras. Le vendaron los ojos y le decapitaron.

El cuerpo de Santiago estuvo un tiempo en las cercanías de Jerusalén. Cuando se desencadenó una nueva persecución, lo llevaron a Galicia (España) algunos discípulos.
En siglos posteriores y hasta el momento actual, numerosos fieles, principalmente de Europa, recorren parcialmente el "Camino de Santiago" que les conduce a la tumba del Santo, con el fin de pedir perdón por sus pecados.


Domingo VI después de Pentecostés

(Evangelio según San Marcos capítulo 8 versículos del 1 al 9)
Homilía de San Ambrosio, Obispo.

Habiendo ya aquélla mujer que figuraba la Iglesia sido cura de un flujo de sangre y los doce Apóstoles sido destinados a anunciar el Reino de Dios, distribuyó Jesucristo el alimento de la gracia celestial. Y fijaos en aquellos a quienes lo dispensa. No a los que están ociosos, ni a los que quedan a la ciudad, es decir, a los que pasan el tiempo en la sinagoga o se complacen en los honores del siglo, sino a los que buscan a Jesucristo entre las arideces del desierto. Los que saben sobreponerse  a lo que le repugna, son los acogidos por Jesucristo; con ellos habla el Verbo Divino, no de negocios mundanos, sino del Reino de Dios. Y si entre ellos hay quien padece alguna enfermedad corporal, le aplica benignamente el remedio.

Era, pues, natural que después de haberlos curados de las molestias de las enfermedades, remediaría su hambre con alimentos, espirituales. Porque nadie recibe el alimento de Jesucristo, si primeramente no ha sido curado, y todos cuantos son llamados al banquete, han sido curados previamente por virtud del mismo mandamiento divino. Si había algún cojo, obtuvo, para poder acudir, la facultad de andar, y si alguno estaba privado de la vista, no pudo entrar en la casa del Señor, sino después de haberla recobrado.

Siempre, pues, se ha de observado este orden misterioso; primeramente, por la remisión de los pecados, se curan las heridas espirituales; después se concede con largueza el alimento de la mesa celestial. Ello no obstante, aquella multitud no fue todavía llamada a alimentarse de los manjares más sustanciosos, como tampoco los corazones que carecen de una fe sólida se nutren del cuerpo y de la sangre de Jesucristo. “Os he alimentado con leche, y no con manjares, dice el Apóstol, porque todavía no eras capaces de ellos, si no lo sois aún”. Aquí, los cinco panes recuerdan la leche; pero el alimento más sustancioso es el Cuerpo de Cristo, y la bebida más fortificante es la Sangre del Señor.

viernes, 22 de julio de 2011

Vaticano, 18 de Julio de 1870, proclama Pío IX, dogmas de infalibilidad y primacía del Papa


Concilio Universal y Ecuménico Vaticano I, encabezado por el Papa Pío IX
  El ambiente preconciliar, antes descrito, hacía prever que el Concilio, junto a la adhesión de las personas de fe, provocaría oposiciones. Algunos grupos masónicos llegaron incluso a promover un anti-concilio en la ciudad de Nápoles. Numerosos obispos, mons. Pie, de Poitiers; mons. Dechamps, de Malinas; mons. Martin, de Paderborn; mons. Manning, de Westminster, etc., publicaron libros o pastorales comentando el acontecimiento y pidiendo la oración de los fieles.
  En febrero de 1869 la revista «La Civiltá Cattolica», dirigida por los jesuitas de Roma, publica un artículo en el que auspiciaba un Concilio de breve duración, que confirmase elSyllabus y definiese por aclamación la infalibilidad pontificia. El artículo dio lugar a una prolongada manifestación de opiniones, que se centró en torno a la cuestión de si convenía o no definir la infalibilidad.
  Es decir, casi la unanimidad de los católicos -y especialmente de los miembros del episcopado- reconocía la verdad de la infalibilidad pontificia, pero había división en torno a si convenía o no definirla solemnemente en ese momento concreto: mientras muchos eran decididos partidarios de la definición por las razones apuntadas más arriba -subrayar la autoridad doctrinal de la Iglesia en un momento de crisis intelectual-, algunos, temiendo sobre todo que esa definición pudiera ser mal interpretada por los ambientes no católicos, preferían en cambio que el Concilio no tratara la cuestión.
  La controversia tuvo lugar, sobre todo, en Francia y Alemania. En Francia, se distinguieron tres corrientes: los oportunistas (favorables a la definición), entre los que se distinguieron el benedictino GuérangerVeuillot, el periódico “L’Univers” y el belga Dechamps; los antioportunistas, entre los que se contaban mons. Dupanloup, obispo de Orleáns; Montalambert y el P. Gratry, y los herederos de las tendencias galicanas que, como mons. Maret, aceptaban la infalibilidad, pero con distingos y limitaciones.
 En Alemania, el multidenunciado hereje Döllinger, enemigo secreto del papado y crítico de la cuestión del Papa Honorio, atacó fuertemente la infalibilidad pontificia y la primacía jurisdiccional del Papado publicando, con el pseudónimo de Janus, una serie de artículos que luego recogió en el libro “Der Papst und Konzil”. Las reacciones que siguieron fueron duras.
  Ante esa situación los obispos asumieron una posición conciliadora y llegaron a publicar una carta colectiva en la que, afirmando la infalibilidad pontificia, expresaban la opinión de que, por el momento, no parecía oportuna su definición.
  En España la prensa liberal mantuvo, a juicio de Martín Tejedor, una actitud «discretamente deferente», pese a las protestas de ciertos periódicos confesionales católicos. Por lo demás, la opinión común era infalibilista, y en el país se manifestó en seguida un intenso interés por el Concilio.
  También diversos gobiernos tomaron postura. El hereje Döllinger influyó en el príncipe de Honhenlohe, presidente del Consejo bávaro, que envió un mensaje a diversos países solicitando una conferencia internacional, que tomara medidas para protestar contra las eventuales decisiones religioso-políticas que pudiera adoptar el Concilio.
  Esta propuesta no fue acogida, y de hecho los gobiernos no pusieron dificultad a la preparación del Concilio y a la posterior marcha a Roma de los obispos. España -a través de las decisiones de Martos y Prim-, Portugal y Bélgica se mantuvieron al margen. En Italia Menabrea y Minghetti prometieron dejar libertad de acción al Concilio y, aunque las gobiernos anticlericales posteriores cambiaron de actitud, no alcanzaron a obstruir los trabajos. La Alemania de Bismarck y Francia, pese a que lo deseaban, se negaron a intervenir. En cuanto a Austria, estaba claro que actuaría sólo si pensaba que se iban a lesionar los derechos estatales. En suma, todo hacía prever que el Concilio iba a poder desarrollarse libre de presiones políticas, como efectivamente sucedió.
Inicio del Concilio
  El Concilio fue inaugurado el 8 dic. 1869. De los 1.050 Padres convocados, estaban presentes alrededor de 700. Predominaban los europeos -en total sumaban unos 500- y entre ellos los italianos, franceses, austro-húngaros y españoles; había también buen número de norteamericanos y canadienses -cerca de 50-; hispanoamericanos -unos 30- y misioneros de Asia, África y Oceanía. Las sesiones tuvieron lugar en la capilla de S. Proceso y S. Martiniano, en la Basílica de S. Pedro. Hubo 86 congregaciones generales y 4 sesiones públicas (dos destinadas a la inauguración y a la profesión de fe, y otras dos a la aprobación de las dos Constituciones que emanó el Concilio).
  Antes de iniciarse las deliberaciones, con objeto de evitar pérdida de tiempo en debates sobre procedimientos y dar rapidez a las sesiones de trabajo, el Papa había promulgado, con la carta apostólica Multiplices inter (2 dic. 1869), un reglamento. La organización conciliar no variaba mucho respecto a la etapa preparatoria. La Congregación directora fue sustituida por una Comisión de Postulados, a la que iban a parar las observaciones de los padres. Las cinco comisiones del periodo anterior se redujeron a cuatro diputaciones.
  Sólo el Papa, a través de las comisiones, podía presentar proyectos de esquemas o decretos a la Asamblea, y ésta, después de deliberar, los rectificaba, aprobaba o rechazaba. Todos los padres tenían derecho a hablar en las sesiones generales. Los textos definitivos se aceptaban en sesión solemne y eran promulgados por el Pontífice.
  El Pontífice, para dar satisfacción a sus peticiones, autorizó oficiosamente reuniones por grupos fuera de la Asamblea. Algunas de las personas que no aceptaron las decisiones conciliares atacaron después al Concilio diciendo que en él no hubo libertad. Esas afirmaciones no son ciertas: el reglamento no mermaba la libertad de estudios y discusión y fue además aplicado liberalmente. Los padres hablaron sin trabas. Los presidentes dejaron que se desarrollaran los debates sin clausurarlos por anticipado más que una sola vez. Las Diputaciones se mostraron propicias a recoger las enmiendas presentadas en la Asamblea. La misma libertad reinó en el terreno de las reuniones. Respecto a la libertad de voto, nunca fue lesionada. En suma, puede concluirse, con Aubert e Icard, que en el C. V. I «hubo libertad de palabra y libertad moral».
  Había ido dirigiéndose cada vez más la atención hacia el tema capital de la infalibilidad pontificia. En el aula y los ambientes conciliares se iban reflejando las diferencias ya antes reseñadas. Un amplio grupo al que se denominó la «mayoría», ya que, con mucha diferencia, era el más numeroso, era, desde el principio, infalibilista, es decir, partidario de la oportunidad de definir dogmáticamente la infalibilidad. En él se alineaban la mayor parte de los prelados españoles, italianos, irlandeses e hispanoamericanos y muchos de los holandeses, suizos, belgas, franceses, orientales y de otros países. Nombres destacados eran Dechamps, de Malinas; Ullathorne, de Birmingham; Plantier, de Nimes; Mermillod, de Lausana; Pie, de Poitiers; Senestrey, de Regensburg; Martin, de Paderborn, y Manning, de Westminster.
  La aportación de los españoles Caixal y Estradé, Payá y Rico, Moreno Maissonave, García Gil, Ramírez, San Antonio Mª Claret, Blanco, Monserrat, Lluch, Rodrigo Yusto, Jordá, Monescillo, Sanz y Forés, Conde y Corbal, Cuesta y Maroto, no careció de relieve. Los partidarios de no proceder a una definición, es decir, la «minoría», como fue designada, estaba integrada, principalmente, por obispos alemanes, austrohúngaros y franceses. Algunos, como Schwarzenberg, de Praga; Rauscher, de Viena, o Hefele, de Rottenburg, invocaban argumentos históricos para justificar su posición.
  Otros como Simor, primado de Hungría; Strossmayer, de Croacia; Ketteler, de Maguncia, y Darboy, de Paríseran antiinfalibilistas por temor a un supuesto centralismo vaticanoDupanloup, Kenrick y otros católicos liberales temían que una declaración poco matizada sobre la infalibilidad enfrentase a la Iglesia con la sociedad moderna.
  En cuanto a los orientales, se manifestaban recelosos ante todo lo que pudiera suponer una amenaza de «latinización». Algunos, entre los que destacaban Fessler, de St. PSlten; Spalding, de Baltimore, y Bonnechose, de Rouen, se movían en una posición intermedia y defendían iniciativas conciliadoras.
  El 21 enero fue entregado a los padres el esquema «De Ecclesia Christi», que había sido redactado por Perrone, Petasci, Schrader, Franzelin, Corcoran, Adragna y Cardoni. Abarcaba tres partes: 10 capítulos dedicados a la naturaleza y propiedades de la Iglesia, otro relativo al Romano Pontífice y cuatro más referentes al poder temporal del Papa y a las relaciones entre la Iglesia y el poder civil. La Asamblea debatió sobre los 10 capítulos iniciales, y encargó una refundición a Kleutgen. En ese primer proyecto de esquema, aunque se hablaba del Romano Pontífice no se trataba de su infalibilidad. Senestrey, Dechamps, Manning, Martin y otros varios padres, partidarios de la definición de la infalibilidad pontificia, redactaron un documento en ese sentido que obtuvo el apoyo de 450 firmas. Los antioportunistas presentaron diversos documentos, apoyados por 136 padres y una amplia campaña de prensaSpalding, Fessler, Pie, Icard y otros se preocuparon por buscar fórmulas intermedias. El 9 feb. la Comisión de Postulados acogió la petición de la mayoría y decidió que se añadiera al esquema sobre la Iglesia un capítulo dedicado a la infalibilidad pontificia.
Segundo periodo
  Del 22 feb. al 18 mar. se suspendieron las sesiones generales para dar lugar a algunos trabajos en el aula y para dar tiempo a las Diputaciones para que pudieran estudiar y recoger las observaciones hechas. Esa interrupción sirvió para que después los trabajos fueran más densos. A ello contribuyeron las obras de adaptación hechas en la capilla, que mejoraron sus condiciones acústicas, y unos retoques hechos en el reglamento con el propósito de dar mayor agilidad a las sesiones e impedir los desbordamientos oratorios. De todas las modificaciones introducidas, dos son las más importantes: 1) la potestad otorgada al presidente para clausurar la discusión, si 10 padres o más lo solicitaban; 2) la aceptación del principio de que bastaba la mayoría de votos para que una constitución fuese aprobada. Suscitaron algunas críticas pero se revelaron útiles; por lo demás, la potestad de clausurar la discusión fue usada una sola vez.
  Este periodo, que se extiende hasta la suspensión definitiva del Concilio, el 18 julio -lo que implica una duración de cuatro meses-, estuvo ocupado con el estudio de los dos documentos que aprobó el Concilio: la Constitución sobre la Fe católica y la Constitución sobre la infalibilidad y el primado del Romano Pontífice.

La Primacía y la Infalibilidad Papales proclamadas como dogma de Fe

Los decretos

  Las dos decisiones más trascendentales del 18 de julio de 1870 (capítulo tres, en la terminación) rezan así:
“Así, pues, si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene sólo deber de inspección y dirección, pero no plena y suprema potestad de jurisdicción sobre la Iglesia universal, no sólo en las materias que pertenecen a la fe y a las costumbres, sino también en las de régimen y disciplina de la Iglesia difundida por todo el orbe, o que tiene la parte principal, pero no toda la plenitud de esta suprema potestad; o que esta potestad suya no es ordinaria e inmediata, tanto sobre todas y cada una de las Iglesias, como sobre todos y cada uno de los pastores y de los fieles, sea anatema.”
  El capítulo cuatro concluye:
“Así, pues, Nos, siguiendo la tradición recogida fielmente desde el principio de la fe cristiana, para gloria de Dios Salvador nuestro, para exaltación de la fe católica y salvación de los pueblos cristianos, con aprobación del sagrado Concilio, enseñamos y definimos ser dogma divinamente revelado: Que el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra -esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal –, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas no por el consentimiento de la Iglesia. Y si alguno tuviere la osadía, lo que Dios no permita, de contradecir a esta nuestra definición, sea anatema.”
  En la sesión pública del 18 de julio, 535 eclesiásticos estaban presentes y todos votaron placet salvo el obispo Riccio de Cajazzo y el obispo Fitzgerald de Little Rock. El papa entonces anunció la definición y proclamó la confirmación de los decretos. En la misma sesión los dos obispos oponentes presentaron su sumisión.
Conclusión del Concilio
  En julio de 1870 estalló la guerra franco-prusiana, que, mezclada con el problema de la unidad italiana, iba a tener importantes consecuencias para el Concilio. Pío IX hubiera deseado que las sesiones de la Asamblea Vaticana prosiguieran, pero la conflagración suponía un peligro para la ciudad de Roma, acentuado por el hecho de que Napoleón III, con la esperanza de obtener la ayuda de Italia frente a Prusia, retiró las tropas que defendían la ciudad. Más tarde, la derrota francesa en Sedán precipitó los acontecimientos. El ejército italiano se dirigió sobre Roma, y el 20 septiembre el general Cadorna ocupó la Ciudad Eterna. El 9 octubre los Estados Pontificios fueron anexionados al Reino de Italia por plebiscito. Pío IX aplazó el Concilio sine die y rechazó una propuesta de trasladarlo a Malinas.
 En la bula Postquam Dei munerefechada el 20 de octubre, Pío IX declaró que a consecuencia de la “sacrílega invasión” de la ciudad de Roma las condiciones suponían la falta de la necesaria libertad, seguridad y tranquilidad para las deliberaciones del concilio. Por esta razón, como también por el hecho de que el estado de asuntos producidos por las grandes convulsiones en Europa requerían la presencia de los obispos en sus diócesis, ordenó la suspensión del concilio. Por su parte, el gobierno italiano tomó nota de la afirmación de que el nuevo régimen en Roma perjudicaba la libertad del concilio.
  Las definiciones conciliares fueron acogidas por los fieles no sólo con obediencia sino, salvo raras excepciones, con gran alegría. Los prelados que durante los debates conciliares se habían manifestado contrarios a la proclamación solemne de la infalibilidad la acogieron igualmente.Cuatro cardenales que no habían participado en la sesión pública final (Rauschen, Schwarzenberg, Mathieu y Hohenlohe) redactaron en seguida una profesión de fe, que entregaron personalmente al Papa.
  Dupanloup, apenas llegado a su diócesis, redactó una pastoral comunicando a sus fieles la proclamación del dogma y envió una carta de adhesión a Pío IX. De modo análogo actuaron los demás prelados franceses. El último en adherirse a la definición conciliar fue Gratry que, en su lecho de muerte, y ya en 1871, emitió una confesión de fe en carta dirigida al arzobispo de París.
  En Alemania, por sugerencia del arzobispo de Colonia, los prelados, reunidos en Fulda, redactaron una pastoral en la que se defendía la validez de las declaraciones del Concilio; cinco se abstuvieron, pero no tardaron en rectificar su posición. En el Imperio austro-húngaro hubo más dificultades. Dos cosas acabaron, no obstante, de decidir a los reticentes: las diversas intervenciones del card. Rauscher recordando que un Concilio regular no podía equivocarse y la réplica de Fessler -aprobada por el Papa- a algunas interpretaciones extremosas de Manning que disipó algunos equívocos. En  1871 todos los obispos austriacos se habían adherido al Concilio. Los de Hungría se sometieron poco después, salvo Haynald, que lo hizo en oct. y Strossmayer, que prolongó su rebeldía hasta diciembre de 1872.

Döllinger y los veterocatólicos o católicos viejos


Johann Josef Ignaz von Döllinger apostató
  Sólo un reducido número de católicos, principalmente alemanes, que dio origen al cisma de los Viejos católicos, persistió en su rebeldía. Con la ayuda del canonista von Schulte, el inquieto Döllinger trató de agrupar a los antivaticanistas. Antiguos discípulos de Günther y miembros de la escuela de Munich fueron sus primeros seguidores. A lo largo de 1870, se sumaron seguidores de Hermes y funcionarios y universitarios de Alemania del Sur y Bohemia. Un congreso celebrado en Munich en mayo de 1871 fijó las líneas básicas del movimiento. Döllinger deseaba una actitud de protesta pero sin crear una comunidad cismática, pero la mayoría de los congresistas decidió erigir parroquias dando así origen al cisma.
  El 18 de abril de 1871 el arzobispo Scherr, quien había sido oponente de la infalibilidad en el concilio, hizo que su excomunión fuera proclamada desde la cancillería. Döllinger reconoció el hecho de la excomunión, pero la denunció como injusta y por lo tanto vacía. Se consideró a sí mismo y a sus asociados como católico romano, oponiéndose a la organización de una iglesia separada, pero pronto unió su suerte a la de los antiguos católicos o veterocatólicos.
  Al no contar con la adhesión de ningún obispo, acudieron a los obispos jansenistas cismáticos de Utrecht a fin de poder así constituir una nueva jerarquía.
  Döllinger se consoló a sí mismo con el pensamiento de que, al menos, había renovado la idea de una unión entre todas las comuniones cristianas. Al final Döllinger entendió mejor cómo apreciar a Lutero ’ese titán del mundo espiritual’. 

  Alcance de las definiciones dogmáticas:

  Primacía de Jurisdicción. Con el decreto de la Primacía de Jurisdicción, el Papa es reconocido como instituido por Cristo como el pastor primado de la Iglesia Militante, cuyo alcance es universal, permitiéndole actuar en toda diócesis y en todo tiempo; se reconoce con la Iglesia de siempre que el obispo diocesano -ordinario- queda sujeto en poder de jurisdicción, lo cual se acentúa más porque en el Papa, al ocupar el primado, representa la fuente de donde fluyen todos los derechos otorgados al obispo en virtud de su función de Vicario de Cristo sobre la Iglesia.
  Infalibilidad. La segunda definición postula la inerrancia de las decisiones doctrinales del Papa y por lo tanto afirma para ellas una fuerza vinculante y una validez perenne sobre todo católico. El contexto del pasaje que define la infalibilidad confirma que los sucesores de Pedro no tienen una comisión nueva para revelar una nueva doctrina, sino que están encargados, bajo la asistencia del Espíritu Santo, de preservar sagrada y fielmente la exposición de la Revelación, o depósito de la Fe, trasmitido desde los santos apóstoles. 
  También se introduce la provisión de que la decisión debe proceder ex cathedraesto es, en el ejercicio de la función del papa como pastor y maestro de toda la Iglesia; debe contener alguna doctrina sobre fe o moral, definiéndose como una doctrina que ha de ser observada por todos.
  Si un pronunciamiento pertenece al depósito de la fe, si cae en el terreno de la fe o la moral, si el pronunciamiento se hace con el título y la investidura Papal y se hacen para ser creídos por todos los cristianos, son  pronunciamientos infalibles y de ahí que no puedan ser alterados.

Unidad en la Fe

Tomado de: www.forocatolico.wordpress.com

martes, 19 de julio de 2011

19 de Julio San Vicente de Paul, Confesor

Quien diere a uno de estos pequeñuelos un vaso de agua fresca solamente por razón de ser discípulo mío, os doy mi palabra que no perderá su recompensa. (Mateo, 10, 42).

¡Cómo hablar de todos los infortunios que este santo ha aliviado! Ninguno, al parecer, podría sustraerse de los ardores de su caridad. Expósitos, jóvenes extraviados, niñas en peligro de perderse, mujeres pervertidas, galeotes, cautivos de los moros, obreros inválidos, alienados, mendigos sin techo, todos los infortunados, fueron objeto de su infatigable solicitud. ¡Cuántas obras ha fundado, cuántas se han establecido bajo su patrocinio después de su muerte! ¡Ah! ¡sí, un vaso deagua dado a un pobre da derecho a una recompensa, cuál no debe ser la gloria de Vicente en el cielo!


MEDITACIÓN SOBRE EL AMOR AL PRÓJIMO
I. Dios promete recompensar a los que dieren por amor a Él un vaso de agua al prójimo. ¡Qué recompensa no dará a los que hayan hecho grandes limosnas y aliviado a sus hermanos en sus necesidades temporales y espirituales! ¡Cuántas ocasiones dejamos escapar de ejercer la caridad! Jesucristo nos pedirá cuenta de ello en el día del juicio.
Parece que nuestra salvación depende únicamente del bien o del mal que hubiéramos hecho a nuestro prójimo.

II. Jesucristo mira como hecho a Él mismo to do el bien o todo el mal que hacemos a nuestro prójimo. Todos los cristianos forman un cuerpo cuya cabeza es Cristo; quien hiere los miembros hiere también la cabeza. ¡Cuál no sería tu dicha, si pudieses dar de comer a Jesucristo, vestirle y consolarlo! Todo esto haces cuando realizas tus obras de caridad para con los pobres. Aviva tu fe a fin de ver siempre a Jesucristo en la persona de tu prójimo. Fácil te será entonces amarlo, honrarlo y hacerle el bien.

III. Parece que Dios ha querido hacernos dueños de nuestro destino cuando dijo, en varios lugares del Evangelio, que se nos tratará como nosotros hayamos tratado a nuestro prójimo. Se nos juzgará como hayamos juzgado a los demás; se nos dará si damos; se nos perdonará como hayamos perdonado. Así, pues, sobre nosotros mismos recaerá todo el bien o el mal que hacemos a los demás. ¡Cuán extraño, dice San Agustín, es ver a los hombres maltratarse recíprocamente! ¿Las otras creaturas no proporcionan ya bastantes ocasiones de sufrir?

lunes, 18 de julio de 2011

18 de Julio San Camilo de Lelis, Confesor

Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero sino como tú quieres.(Mateo, 26, 39).
Después de una juventud disipada, San Camilo se convirtió a la edad de 25 años, y más tarde comenzó sus estudios para llegar a ser sacerdote y poder así asistir más útilmente a los enfermos en trance de muerte. Fue con este objeto que fundó la Orden de los Clérigos regulares. soportó, a su vez, con inalterable paciencia, cinco enfermedades sumamente penosas, que él llamaba las misericordias del Señor. A menudo se lo oía repetir estas palabras de San Francisco de Asís: "Tan grande es la felicidad que espero, que todas las penas se convierten para mí en motivo de alegría". Se durmió en el Señor el 14 de julio de 1614, a la hora que él mismo había predicho.

MEDITACIÓN DE CÓMO SACAR
PROVECHO DE LAS ENFERMEDADES
I. Dios nos envía a menudo enfermedades para retirarnos del pecado,
para hacer que llevemos una vida más santa y, para que, mediante la
meditación de la muerte, merezcamos una más alta recompensa.
Agradezcámosle, pues, la enfermedad tanto como la salud, porque las
aflicciones son presentes de Dios, menos agradables, sin duda, pero con
frecuencia más útiles que la prosperidad. Repitamos con Job: Si hemos
recibido los bienes de manos del Señor, ¿Por qué no habríamos de recibir
también los males ?
II. Dirijámonos a Dios, y roguémosle como el mismo Jesucristo rogó al
Padre eterno en el Huerto de los Olivos: "Padre mío, si ésa es vuestra
voluntad, si vuestra gloria y mi salvación lo piden, cúrame, consuélame".
Cuando así hayas invocado a Dios, déjalo hacer y confórmate con lo que
pueda sucederte. Por duras y penosas que sean nuestras aflicciones,
todavía sufrimos menos de lo que meremos. (Salviano).
III. Si Dios te deja en ese estado de sufrimiento, alábalo, agradécele,
adora su amable Providencia; si te cura, acuérdate de que es para que lo
sirvas. Cuídate de no pecar más; es la advertencia que daba Jesucristo a
los enfermos que sanaba. Cumple todas las buenas resoluciones que
hiciste y no pagues con ingratitud a tu amable bienhechor.
La resignación
Orad por los moribundos.

domingo, 17 de julio de 2011

Aniversario de la "Quo Primum Tempore", en defensa del sacrificio perpetuo


La Santa Misa es el mismo sacrificio del Monte Calvario, traído a cada altar católico
  El Papa San Pío V no inventó nada nuevo, su confirmación del Canon de la Santa Misa el 14 de julio de 1570 tiene el perpetuo propósito de conservar intacto el Dogma y la validez sacramental del Sacrificio del Calvario, traído a la Santa Misa por el poder de Cristo conferido a sus vicarios legítimos, los sacerdotes católicos.
  El cambio del Canon atenta gravemente contra la Fe y la validez del Sacramento de la Eucaristía; así lo consideró el Sacrosanto, Ecuménico y General Concilio de Trento y sus padres investigaron intensamente para purificar y preservar del error el Canon de la Santa Misa, y confirmar y purificar hasta la forma prístina de la misma, es decir la misa tal y como fue enseñada por los primeros Padres de la Iglesia.
Antecedentes de la Quo Primum Tempore
  Simultáneamente al Concilio de Trento (1545-1563) el Canon de la Santa Misa ya era atacado abiertamente por la Sinagoga de Satanás y destruido con los nuevos ritos anglicanos y protestantes (por Cranmer, Lutero, Calvino, Zwinglio y otros).
  Así, la Iglesia universal decretó el 3 de marzo de 1547, los CÁNONES DE LOS SACRAMENTOS EN COMÚN
CAN. XIII: Si alguno dijere, que se pueden despreciar u omitir por capricho y sin pecado por los ministros, los ritos recibidos y aprobados por la Iglesia católica, que se acostumbran practicar en la administración solemne de los Sacramentos; O QUE CUALQUIER PASTOR DE LAS IGLESIAS PUEDE MUDARLOS EN OTROS NUEVOS; SEA EXCOMULGADO.  
    Y específicamente sobre el Canon precisó en la sesión del  17 de septiembre de 1562:
CAN. VI. Si alguno dijere, que el Canon de la Misa contiene errores, y que por esta causa se debe abrogar; sea excomulgado.
  El concepto abrogación incluye a cualquier autoridad de igual o mayor jerarquía (no como mal expresa JC Ceriani de la FSSPX). Así que ningún Papa o Concilio de igual jerarquía puede abrogar (cambiar) el Canon de la Santa Misa, nunca. Contrariamente a lo que afirman quienes defienden los cambios realizados por Juan 23º como lícitos y los llevan a la práctica, como sucede con la “Fraternidad Sacerdotal San Pío X”, y sus ad láteres como el “Instituto del Buen Pastor”, la Sociedad “San Juan María Vianney”, los abonados de “Una Voce” del israelita Michael Davies y la “Fraternidad San Pedro”, entre otros.

Y así lo explica claramente San Pío V en la Quo Primum Tempore:


San Pío V y San Ignacio de Loyola
EN ADELANTE Y POR LA PERPETUIDAD DE LOS TIEMPOS FUTUROS PROHIBIMOS QUE SE CANTE O SE RECITE OTRAS FÓRMULAS QUE AQUELLAS CONFORMES AL MISAL EDITADO POR NOS
  Igualmente queda excomulgado quien afirme que la Misa se debe celebrar en lengua vulgar:
CAN. IX. Si alguno dijere, que se debe condenar el rito de la Iglesia Romana, según el que se profieren en voz baja una parte del Canon, y las palabras de la consagración; o que LA MISA DEBE CELEBRARSE SÓLO EN LENGUA VULGAR, o que no se debe mezclar el agua con el vino en el cáliz que se ha de ofrecer, porque esto es contra la institución de Cristo; sea excomulgado. 
  Por último, el Sacrosanto Concilio ordenó que se iniciara la revisión del Santo Misal y se entregara dicho estudio a la persona del Sumo Pontífice para que con su autoridad infalible lo confirmara cual auténtico y lo canonizara a perpetuidad:
  “En la Sesión segunda, celebrada en tiempo de nuestro santísimo Padre Pío IV, cometió el santo Concilio a ciertos Padres escogidos, que examinasen lo que se debía hacer sobre varias censuras, y libros o sospechosos o perniciosos, y diesen cuenta al mismo santo Concilio. Y oyendo ahora que los mismos Padres han dado la última mano a esta obra, sin que el santo Concilio pueda interponer su juicio con distinción y oportunidad, por la variedad y muchedumbre de los libros; MANDA QUE SE PRESENTE AL SANTÍSIMO PONTÍFICE ROMANO CUANTO DICHOS PADRES HAN TRABAJADO, PARA QUE SE DETERMINE Y DIVULGUE POR SU DICTAMEN Y AUTORIDAD. Y LO MISMO MANDA HAGAN RESPECTO DEL CATECISMO LOS PADRES A QUIENES ESTABA ENCOMENDADO, ASÍ COMO RESPECTO DEL MISAL Y BREVIARIO.”

Promulgación de la Bula Quo Primum Tempore

  El Canon de la Misa que permanece hasta el día de hoy en la verdadera Iglesia Católica es el mismo que celebraban los santos Padres de la Iglesia, los Mártires, los Doctores, los Cruzados, los Misioneros, por ese motivo se le llama LA MISA DE SIEMPRE.
   Es la Santa Misa que celebraban los Sumos Pontífices de la Iglesia, quienes velaron siempre por su integridad y pureza, especialmente tras las añadiduras que se fueron introduciendo a lo largo de siglos y países, ya fuera con la intención de “enjoyarla” o por mala fe.
   Por lo anterior, fue necesario RESTAURAR LA SANTA MISA A SU RITO PRÍSTINO (ORIGINAL O PRIMERO) DE LOS PRIMEROS PADRES; tarea santamente asumida por los Papas Pablo IV y San Pío V, con la ayuda de eminentísimos sabios católicos del Concilio de Trento, quienes tras una gran labor de investigación histórica, verificación y revisión teológica, LA PRESENTARON PURIFICADA DE TODO ERROR Y ALTERACIÓN SUFRIDA CON EL TIEMPO.
   Este rito, definido por San Pío V como el PRÍSTINO (PRIMERO U ORIGINAL DE LA MISA) fue proclamado solemnemente en la Bula Quo Primum Tempore CODIFICADO A PERETUIDAD, como el RITO DEL MISAL ROMANO que debería ser celebrado en todo el orbe cristiano, sin cambios en su parte esencial o Canon,  hasta la consumación de los siglos.

Representación de la Última Cena en la cinta La Pasión

¿Qué es la Santa Misa?

   Como enseña la Iglesia en el Concilio de Trento:
LA SANTA MISA ESENCIALMENTE ES LA MUERTE DEL CALVARIO”.
   Durante la Misa, el Sacrificio del Calvario es traído milagrosamente a cada altar en forma REAL aunque INCRUENTA (sin derramamiento de Sangre) .
   En cada Misa la muerte es REAL, porque la muerte en el Calvario fue REAL, y se hace presente místicamente, por milagro, en cada Misa.
   Para no confiarnos a nuestro sólo entender, nos remitimos al Curso Superior de Religión del Pbro. J. Rafael Faría, cuya primera edición data de 1942:
LA MISA ES UN VERDADERO SARIFICIO
   Encierra los elementos de todo sacrificio.- encontramos en la Misa los elementos esenciales al sacrificio:
a) Ofrenda de una cosa sensible: a saber el Cuerpo y la Sangre de Cristo hechos sensibles, bajo las especies sacramentales (pan y vino).
b) Ministro legítimo: el principal es Jesucristo; sólo Él puede decir: “éste es Mi Cuerpo, ésta es Mi Sangre”. El sacerdote es el ministro secundario que hace visiblemente sus veces.
c) Inmolación. Cristo se inmola en la Misa MÍSTICAMENTE, en cuanto se presenta con carácter de víctima.
d) En honor de Dios. Porque la Misa es un acto de latría para rendir al Altísimo homenaje de adoración.
LA MISA Y EL SACRIFICIO DE LA CRUZ
   La Misa no es una simple representación sino que es LA RENOVACIÓN DEL SACRIFICIO DE LA CRUZ. El Concilio de Trento enseña que el Sacrificio de la Misa es esencialmente el mismo que el Sacrificio de la Cruz.
   El Pbro. J. Rafael Faría en su Curso Superior de Religión da respuesta al estado del Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor de las especies consagradas con las siguientes palabras:
“SE PRESENTA EN ESTADO DE MUERTE”
¿Cómo es posible lo anterior?
   Ese Sacrificio, POR SER MÍSTICO, está fuera del tiempo terrenal y al renovarse, en realidad ES EL MISMO SACRIFICIO DEL CALVARIO PERO PRESENTE, EN LA ACTUALIDAD, TRAÍDO MILAGROSAMENTE, A TODOS LOS ALTARES DEL MUDO SIN NECESIDAD DE QUE JESÚS MUERA CADA VEZ QUE SE REALIZA LA CONSAGRACIÓN. ES LA MUERTE DEL CALVARIO RENOVADA MILAGROSAMENTE, NO REINICIADA.
   Además, las sagrada forma se consume y destruye, razón por la cual sería contradictorio hablar de que consumimos a Cristo en carne viva y que luego se destruye, como de hecho sucede con la sagrada especie.
LA INMOLACIÓN MÍSTICA
   El Padre Rafel Faría abunda:
  La inmolación de Cristo en la Misa es mística, pues Él no puede ya padecer ni (volver a) morir en realidad; y consiste:
   a) En que se presenta como víctima inmolada: Porque se nos muestra en estado de profunda humillación, muy distinto de su gloria en el Cielo.
   b) En que APARECE EN ESTADO DE MUERTE: Aunque no sufra en la Eucaristía (una nueva) muerte real, SÍ EVOCA Y REPRODUCE SU INMOLACIÓN DEL CALVARIO. APARECE EN ESTADO DE MUERTE MÍSTICA PORQUE SU CUERPO APARECE MÍSTICAMENTE SEPARADO DE SU SANGRE, ya que en fuerza de las palabras de la Consagración sólo Su Cuerpo está presente en la Hostia y sólo Su Sangre está en el cáliz consagrado.
   En la Misa hay dos consagraciones diferentes; y hay separación entre las dos especies. Y tiene tanta importancia la representación sacramental de la Muerte de Cristo por esta separación mística entre Su Cuerpo y Su Sangre, que la Iglesia nunca permite la Consagración de una sola especie, ni siquiera para darle la comunión a un moribundo.
   c) En que la Víctima se consume: la víctima se consume porque la Santa Comunión pone fin a la existencia sacramental de Cristo, esto es que desaparece su Cuerpo al consumirse las especies.

CÁNONES DEL SACROSANTO SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA PRESCRITOS POR EL SACROSANTO CONCILIO DE TRENTO

CAN. I. Si alguno negare, que en el santísimo sacramento de la Eucaristía se contiene verdadera, real y substancialmente el cuerpo y la sangre juntamente con el alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y por consecuencia todo Cristo; sino por el contrario dijere, que solamente está en él como en señal o en figura, o virtualmente; sea excomulgado.
CAN. II. Si alguno dijere, que en el sacrosanto sacramento de la Eucaristía queda substancia de pan y de vino juntamente con el cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo; y negare aquella admirable y singular conversión de toda la substancia del pan en el cuerpo, y de toda la substancia del vino en la sangre, permaneciendo solamente las especies de pan y vino; conversión que la Iglesia católica propísimamente llama Transubstanciación; sea excomulgado.
CAN III. Si alguno negare, que en el venerable sacramento de la Eucaristía se contiene todo Cristo en cada una de las especies, y divididas estas, en cada una de las partículas de cualquiera de las dos especies; sea excomulgado.
CAN. IV. Si alguno dijere, que hecha la consagración no está el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo en el admirable sacramento de la Eucaristía, sino solo en el uso, mientras que se recibe, pero no antes, ni después; y que no permanece el verdadero cuerpo del Señor en las hostias o partículas consagradas que se reservan, o quedan después de la comunión; sea excomulgado.
CAN. V. Si alguno dijere, o que el principal fruto de la sacrosanta Eucaristía es el perdón de los pecados, o que no provienen de ella otros efectos; sea excomulgado.
CAN. VI. Si alguno dijere, que en el santo sacramento de la Eucaristía no se debe adorar a Cristo, hijo unigénito de Dios, con el culto de latría, ni aun con el externo; y que por lo mismo, ni se debe venerar con peculiar y festiva celebridad; ni ser conducido solemnemente en procesiones, según el loable y universal rito y costumbre de la santa Iglesia; o que no se debe exponer públicamente al pueblo para que le adore, y que los que le adoran son idólatras; sea excomulgado.
CAN. VII. Si alguno dijere, que no es lícito reservar la sagrada Eucaristía en el sagrario, sino que inmediatamente después de la consagración se ha de distribuir de necesidad a los que estén presentes; o dijere que no es lícito llevarla honoríficamente a los enfermos; sea excomulgado.
CAN. VIII. Si alguno dijere, que Cristo, dado en la Eucaristía, sólo se recibe espiritualmente, y no también sacramental y realmente; sea excomulgado.
CAN. IX. Si alguno negare, que todos y cada uno de los fieles cristianos de ambos sexos, cuando hayan llegado al completo uso de la razón, están obligados a comulgar todos los años, a lo menos en Pascua florida, según el precepto de nuestra santa madre la Iglesia; sea excomulgado.
CAN. X. Si alguno dijere, que no es lícito al sacerdote que celebra comulgarse a sí mismo; sea excomulgado.
CAN. XI. Si alguno dijere, que sola la fe es preparación suficiente para recibir el sacramento de la santísima Eucaristía; sea excomulgado. Y para que no se reciba indignamente tan grande Sacramento, y por consecuencia cause muerte y condenación; establece y declara el mismo santo Concilio, que los que se sienten gravados con conciencia de pecado mortal, por contritos que se crean, deben para recibirlo, anticipar necesariamente la confesión sacramental, habiendo confesor. Y si alguno presumiere enseñar, predicar o afirmar con pertinacia lo contrario, o también defenderlo en disputas públicas, quede por el mismo caso excomulgado.

Unidad en la Fe

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